Proxeneta pero casado


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JUAN CARLOS ARIAS|

Algunos casos a Reyes le hierven la sangre. No les ponen pelos de punta, ni asustan: le indignan porque tiene corazón, vive modestamente en un piso por el que paga suministros, hipoteca, gastos, mantiene…. Reyes no implica lo personal con lo profesional. No es su conducta. Pero aquí hubo y habrá excepción.

Comencemos. En nuestra sociedad hay chulos. Los percibimos de dos tipos: el prepotente pendenciero altivo, o el que vive de la mujer o mujeres. Los de segunda categoría se subdividen entre pusilánimes, pobres de espíritu o a quienes su pareja le instituye socialmente cabeza de familia y ella está en menesteres más interesantes como trabajar, hacer negocios, cuidar de la familia.

Borja rompe todos los moldes. Su mujer hasta desequilibró su mente porque llevaba dos décadas pagándole coche, ropa, casa y fiestas. El único mérito del hombre fueron dos semillas que germinaron. Aburrido de no hacer nada tras trabajar en un despacho como aparejador decidió darse vueltas por calles cercanas a su domicilio, tomarse unas cañas con parroquianos y esperar a la parienta para cumplir en la cama.

Llegó el hartazgo de rutinas matrimoniales y apareció el divorcio. Lo hijos veinteañeros se posicionaron por pena por el padre holgazán y jeta. Adoraban, además, a sus abuelos paternos que vivían en una casa militar que pagan los españoles y de los que no les echa ni una brigada armada hasta los dientes de legionarios, regulares y tricornios. Borja cocinó allí su jeta de vividor.

Reyes, cual detective implicado en el caso, desveló que Borja tenía vida económica oculta. Aparejaba ingresos por reformas. Borja guardaba el botín de sus fechorías ocultas a la madre de sus hijos en una vivienda presidida por un retrato del Generalísimo, por supuesto. ¡Faltaría plus!

Reyes desveló que Borja era el manijero oculto de un arquitecto que llevaba muriéndose de cáncer quince años. El tipo era de nota. Esta jeta jugaba con la misericordia ajena mientras que aprovechó la explosión de la burbuja, esa crisis que alcanza siempre a los mismos, para despedir sin pago a la plantilla del estudio, cerrarlo, intentar venderlo y navegar por la economía sumergida gracias a la clientela que desechaba facturar lo que paga ‘en mano’.

Los descubrimientos de Reyes llegaron hasta una demanda de Borja que pretendía una pensión de la que fuera su esposa y otro tanto por alimentar a sus hijos, que forjaban su jeta cono ninis. Tenían donde aprender.

La historia terminó fatal. Reyes no esperaba menos. La chulería de Borja no pasó de miradas torvas en pasillos judiciales. Estaba pillado y la Justicia le dio sólo parte de la razón. Era, es y será un proxeneta que tuvo Libro de Familia.

Texto ©  Juan Carlos Arias- Todos los derechos reservados

Publicación ©   Solo Novela Negra – Todos los derechos reservados

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