Premisas familiares

Empezamos mal, ¿quién carajo era ese sujeto para decirme a qué hora debía levantarme? Había echado mujeres por menos que eso; la tentación de encajarle un directo al mentón estirado fue tan intensa que, de haber estado despierto, no hubiera podido resistirla. La modorra impidió que reuniera la fuerza suficiente para liberar el brazo de la almohada y ejecutar la acción que el presumido merecía.

Lejos de enterarse de mis intenciones, el tipo husmeaba en mi biblioteca como si los libros activaran una trampa, un pasaje propio de las mansiones de las películas de terror.

—Hay que asumir el paso de los años, mi amigo, cuando no da el cuero, hay que quedarse en casa.

El intruso remilgado continuaba generando méritos para la paliza que algún día, cuando me hallara en condiciones, le daría. Cinco minutos de mediana lucidez fueron suficientes para comprender que mi maltrecho físico no haría un buen papel ante sus músculos trabajados; vestía una remera ajustada al cuerpo para destacarlos. Predije que su cerebro carecía de las mismas horas de práctica; recorría mi desordenada acumulación de libros buscando un título que reconociera, desorientado cual si los títulos estuvieran en chino. Pero halló uno; en tanto me ponía el jean, sacó el ejemplar de La dalia negra, de James Ellroy. Admito que quedé helado, con el botón a mitad del camino al ojal. Mi visitante se encargó pronto de disipar cualquier mérito que hubiera pensado atribuirle.

—¡Vi la película! Con Scarlett Johansson, ¡qué buena está esa rubia, por favor! Le daría un mes seguido, día y noche.

La película de Brian de Palma no era mala pero ni punto de comparación con una de las grandes novelas negras, de las pocas a la altura de los clásicos. Lo dejé pasar; ya estaba listo para atenderlo, cualquier discusión al respecto retardaría la desaparición del desagradable personaje y demoraría, con ello, la recuperación de mi mañana. Y de mi cuarto, que hace las veces de biblioteca y estudio. «Es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre», decía mi abuelo Jeremías. Nunca supe qué quiso decir, pero lo cito cuando alguno inquiere sobre mi forma de vida.

El sujeto me dejó con las ganas de recitar el credo familiar; apenas me vio presentable, salió del cuarto, indicándome con la cabeza que lo siguiera. Me enfermó darme cuenta que le permitía actuar como si fuera el dueño de mi pieza – cocina – baño. Atravesó raudo las modestas dependencias que cubrían esas funciones. Lo alcancé en la vereda. El sol acabó con las últimas neblinas mentales; mi furia creció, ¿cómo se había metido ese sujeto en mi cuarto? Postergué la pregunta; el imbécil extraía un fajo de billetes de mil del bolsillo delantero del pantalón, se volvió más urgente averiguar cómo hacer para pasarlos al mío.

—Mi mujer me engaña, un clásico, ¿no?

Esta vez acepté sus palabras, refrendándolo con un exagerado movimiento de cabeza; no hay imbécil que no reciba cuernos, a menos que su cónyuge sea imbécil también.

—Quiero fotos, filmaciones de teléfonos, lo de siempre.

Tosí; fue la única manera que hallé para no estallar de risa. Lo de siempre, dijo el idiota, como si lo suyo fuera moverse en el hampa. El sujeto se volvió a observar la cuadra, siempre con el fajo a la vista; un poco tarde, si fuera una barriada de avería, hubiera sido cadáver cinco minutos atrás. Me mantuve callado, suponiendo que mi actitud haría que la cuenta de los billetes se detuviera en una cifra más alta.

—Diez mil ahora, diez mil contra la entrega del material.

Esa plata yo la juntaba en cuatro meses, cuando andaba de suerte; pero ese pelotudo se había introducido en el corazón de mi intimidad, cometiendo el sacrilegio de despertarme una mañana de domingo.

—Por esas chirolas no te hubieras molestado en despertarme.

Le puse dignidad y giré para volverme al interior. Vamos, que en ese fajo había no menos de cien billetes. Me detuvo, dejando caer una mano pesada en mi clavícula. Tan pesada que evaporó mi deseo de retribuirle el gesto con un directo a la boca del estómago.

—Perdón, treinta mil y treinta mil.

—Ahora estamos hablando. Dame fotos de tu mujer, dirección de tu casa, del laburo de ella y lo que tengas.

Si él actuaba, yo también podía hacerlo. Tenía el celular en el bolsillo trasero, como las chicas. Se puso a buscar; obvio, pediría el mío para compartir la información. ¿El mío?; con suerte, estaría en casa. Fui a buscarlo. La suerte me sonrió, lo había dejado cargando, en la cocina, lo que nunca.

Regresé a la vereda sacando pecho. El tipo me pasó las fotos; él andaba por los cuarenta, ella tendría unos cinco años menos. Lo que le faltaba de edad le sobraba de lomo; silbé cuando la vi. Pensé que había perdido sesenta mil pesos por no controlarme pero no, su imbecilidad era a toda prueba.

—Está buena, ¿no? Yo siempre comí de lo mejor. Espero noticias.

Alzó la mano y se dirigió al Toyota estacionado bajo la sombra del plátano de Pereyra. Lo saludaba como una marmota, con mis treinta en la mano, cuando recordé que no me había dado su número. Corrí, abriendo las manos. Domingo a la mañana, menos mal que en mi barrio es sagrado no levantarse antes de la una; iba moviendo los billetes como un limpiaparabrisas.

—¡No me dio el teléfono!

Hizo otro gesto canchero, propio del hombre que se rebaja a tratar con personas de baja aptitud mental.

—Está en los archivos que le compartí, ¿no sabe utilizar un teléfono?

Los cuernos se los ponían a él, y me trataba como si el idiota fuera yo. Sesenta mil, me repetí, para acabar saludando y no mandándolo a la mierda. Me metí en casa cuando desapareció, como a cien kilómetros por hora. Cerré. La llave no estaba, con razón había entrado el imbécil. Busqué en el piso, fui hasta el baño, rogué que no la hubiera vomitado. Me contagiaba del imbécil; para vomitar una llave primero habría que comérsela y yo nunca había llegado a ese punto de embriaguez. Así, enfrentando el espejo, las revelaciones llegaron en cascada —fueron dos, pero una sobre la otra—. La primera, las llaves estaban junto al dentífrico. La segunda, más grave; ¡yo no era detective, ni policía, ni investigador!

Retrocedí como sacudido por una trompada. Me recobré; puse llave a la puerta de calle —tenía treinta mil razones para tener cuidado—. Los billetes estaban, ergo, era verdad; un cliente me había contratado para reunir pruebas sobre el amorío de su mujer. ¿Quién lo había mandado?, ¿de dónde sacó que un patético escritor de cuentos policiales era una persona capacitada para cumplir su encargo? ¿Cómo haría para seguir a la mujer si tenía que cumplir los horarios de los talleres literarios? Obvio; jamás se me cruzó devolverle el dinero y explicarle la confusión, por aquello de la pobreza sórdida de mi abuelo y el respeto a las tradiciones familiares. El tema merecía una profunda reflexión y una consulta con mi más confiable asesora; metí los billetes dentro de ella y le confié mi cabeza por unas horas. ¿Qué tan difícil podría resultar seguir a una mujer tan despampanante?

*  * *

Aún no había terminado mi primera jornada de seguimiento y mis músculos, en asamblea extraordinaria, exigían la renuncia. Con buen tino, había deducido que la dama no haría el amor en las oficinas del banco donde trabajaba; mi sagacidad me alivió la faena, inicié mis labores a las cinco de la tarde. El descanso extra sirvió de poco; ella abandonó el banco, recorrió unos metros y subió a un automóvil. Mi locomoción era una bicicleta y la mujer no era de las que respetaban las velocidades máximas.

La maldita estuvo diez minutos en su casa, salió dentro de unas calzas brillosas y recorrió la ciudad de punta a punta. Hizo compras, fue a sacar turno a la peluquería, retiró ropa de una tintorería y, a las siete de la tarde, se metió en un gimnasio. La esperé afuera, dolorido, rogando que fuera la finalización de su día; el gimnasio tampoco permitía encuentros furtivos, conocía el lugar. Aproveché el recreo —la mujer no ejercitaría menos de una hora— para sentarme cómodo en la plaza, con el auto de mi objetivo a la vista.

La comodidad me llevó al sueño; cuando un pelotazo en la cara me despertó, el automóvil no estaba en su sitio. Tras patear la pelota bien lejos y recibir las puteadas de los pibes, monté la bicicleta. Veinte cuadras hasta la casa; si no estaba allí, podía dar el día por perdido.

Repetí sesenta mil, sesenta mil, sesenta mil, cada vez que empujé los pedales; sin aire, me detuve en la esquina de la casa a estudiar la situación. El chalet de dos plantas estaba iluminado, el coche del imbécil estacionado delante de la puerta, pero ni señas del Honda de la mujer. Tocar timbre o llamar al cornudo para preguntarle si ella estaba en casa no me haría ver como un profesional; acepté que no tenía más remedio que regresar a mi morada y descansar. Me tocaría suspender los tres talleres del martes para continuar el trabajo; ojalá mis alumnas no se ofendieran —tenía siete talleres con una alumna en cada uno; incluso, cada tanto, se acordaban de pagarme.

Cuando no lo creía posible, arribé a mi hogar. Agotado, abrí la puerta y encendí la luz. Entraba la bicicleta cuando una voz me sobresaltó.

—¿Cuánto te paga?

Supe que era ella, destellos geniales que uno tiene a veces. Giré. El poco aire que me quedaba, desapareció; la mujer resultaba imponente a dos pasos, la ajustada ropa deportiva húmeda tras el esfuerzo, la respiración agitada por la indignación. Mostré seis dedos.

—Te doy cien si te olvidás del caso.

—¿Cien mil?

—Cien mil, mañana nueve y media de la mañana, para no ver más tu cara ni esa bicicleta impresentable.

Pude haber defendido mi bicicleta —mi cara era indefendible— pero recordé a tiempo que era de mi hermano. Cien mil razones son muchas para el orgullo de un ajeno conjunto de hierros y gomas.  Los ojos negros de la dama penetraron mi mente, desnudándola, mientras yo intentaba recuperar el habla. No fue necesario responderle; me dijo que se presentaría al horario fijado y se marchó. Insulté al aire, tras asegurarme que se perdía el ruido del motor; madrugar nunca se me dio bien.

Más tarde, renacido tras picar la última hamburguesa de la heladera, me pregunté cómo había dado ella conmigo, ¿acaso me había seguido desde la plaza? Un actuación perfecta; la había perdido y luego no había notado que me seguía. Esos dos eran uno peor que el otro, ¿para qué continuaban casados si se desconfiaban tanto? Ambos merecían lo que tendrían.

Me comuniqué con Benjamín; artista plástico, era el indicado. Diría que escuché sus saltos de alegría pero no fue así, sólo los imaginé. No dudó un segundo para aceptar la propuesta; veinte mil pesos le vendrían de perillas. Me dijo gracias mil veces, tras asegurarme que estaría a las nueve y media cerca de casa, para ver bien a la rubia que tenía que seguir y fotografiar.

El abuelo tenía razón, había que ser sórdido. Esa noche, después de premiarme con una cena en el puerto, descubrí lo bien que se duerme cuando uno es fiel a las premisas familiares.

Texto: © Juan Pablo Goñi Capurro, 2018.

Impactos: 3

1 pensamiento sobre “Premisas familiares

  1. Impecable relato, impactante su trama y desarrollo. Perfecto detalle de la historia, sorprendente su final inteligente, basado en premisas familiares heredadas, y que quedan ahí en la mente por si acaso se deban aplicar.

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