Perdición, el antro de David Ábaco por Beckett & Hawk (anímense a concursar)

David Ábaco, nuestro protagonista de “Loft: La muerte sabe a blues”, “Perdición: el asesino de la polaroid” y “En lo más profundo de la noche”, se merecía un relato, a ver si así se anima más gente a concursar.

 

PERDICIÓN (O cómo Ábaco conoció el Perdición)

 

La vida tiene ojos de mujer y cuerpo de blues. Por eso cuando le dijeron adiós todo se derrumbó. Cogió sus cosas de la mesa, miró a su jefe y se marchó. Ahora estaba sentado en un taburete de un viejo y oscuro bar de mala muerte, en una carretera perdida y muy lejos de su casa. En una mano tenía un cigarro, el primero en diez años, y en la otra un bourbon con hielo. Se había quitado la corbata que tantos años había llevado y se desabrochó la camisa.

—A la mierda. —murmuró.

Se bebió de un trago el bourbon intentando encontrar a Dios en el fondo del vaso y le pidió al camarero que dejara la botella. La noche era muy larga y el diablo rondaba buscando a su víctima. Su imagen se reflejaba en el cristal que había detrás de la barra. Sonrió. Podía reconocer a un perdedor a una milla de distancia. Apagó el cigarro y encendió otro. Tosió. No estaba acostumbrado.
Dos borrachos discutían y en el fondo del bar una muchacha joven parecía llorar. En una de las mesas un viejo hablaba solo y en una esquina alguien trajeado esnifaba polvo blanco.

Empezaba a arrepentirse de haberse parado allí cuando alguien se sentó a su lado…
Uno de los dos borrachos rompió una botella. Pelea segura.

—¿Me das fuego? —dijo una voz de mujer.

Una rubia platino salida de la nada lo miraba desde el otro taburete. Por mucho que lo intentó no olió a azufre. Le encendí un cigarro y le invité a un bourbon. Era un hombre solo, perdido y tenía una historia que contar.
El camarero llevó un vaso de leche a la joven que no dejaba de llorar, tenía un hijo en su vientre al que tenía que cuidar. El viejo babeaba y el ejecutivo no paraba de reír. Uno de los borrachos yacía en el suelo.

La rubia humedeció sus labios y clavó su mirada en sus ojos. Un gato negro pasó por delante de ellos cuando se perdieron en el oscuro reservado. Fuera aulló un perro. Fue un cuerpo a cuerpo intenso que terminó con un trago y un billete grande en el escote. El galló cantó tres veces cuando salía por la puerta. El bar estaba vacío. El camarero tenía una sonrisa misteriosa en su cara.

—Por cierto, ¿cómo se llama este bar? —preguntó antes de salir.
—Perdición —respondió el camarero.
Subió a su coche, le quedaba un largo viaje y muchas cosas que explicar a su mujer.
Y es que la vida está escrita con notas de blues que nadie sabe leer.
Amen.
Por cierto, si alguna vez quieres saber dónde está este bar, yo te lo puedo decir, no hace mucho tiempo estuve allí.

Para variar, salí algo perjudicado.

 

©Relato: Beckett & Hawk, 2021.

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