Pequeña venganza

La escritora Ángeles Navarro Peiro nos deleita con un interesante relato dentro del ámbito familiar.

Pequeña venganza

Todo parecía formar parte de la liturgia de un ritual. Se quitó el abrigo; después se despojó de la ropa de luto: falda y blusa negras. Dobló las prendas con esmero y las colocó al pie de la tumba. A pesar del frío nocturno que me hacía temblar —lo que podía delatar mi presencia en el cementerio—, ella ni siquiera daba la impresión de tiritar al quedarse en paños menores. No se quitó, sin embargo, el tocado de fieltro negro adornado con tres plumas de garza. El viento jugaba con su fina enagua corta de seda blanca pegándosela al cuerpo, marcando las curvas de las caderas y los pezones de los senos. Ante mis ojos atónitos, se subió encima de la lápida, se bajó los calzones y, sin la menor vacilación, se puso a orinar sobre las letras grabadas:

SEBASTIÁN ORTIZ DE LA FUENTE

1860-1920

*

Comencé a frecuentar la casa de los Ortiz hacia 1910, cuando mi tío Sebastián, un pariente lejano, contrajo matrimonio con Esperanza Casanueva, una muchachita de apenas diecisiete años; siendo él viudo y habiendo pasado ya de los cincuenta. Era una historia como tantas otras: familia de alcurnia empobrecida entrega hija a ricachón entrado en años para salir de apuros. Yo no conocía a la jovencita, pero cuando la vi aparecer en la iglesia del brazo de su padre, tan frágil, tan niña, mi corazón se conmovió, sobre todo al mirar hacia el altar y ver al energúmeno que la aguardaba vestido de novio.

Mi tío organizaba en su casa tertulias en las que se debatía sobre política, literatura o cualquier tema de actualidad. Nunca me apeteció asistir a ellas porque sabía que siempre se imponía su opinión y, a la postre, su voluntad. De carácter irascible, no dudaba en echar a la calle a quien lo contradijera. Se contaba que en más de una ocasión se batió en duelo y que su magnífica puntería no había dado la menor oportunidad a sus adversarios. Por todo eso, yo, un liberal librepensador empedernido, de treinta y pocos años, no deseaba participar en sus reuniones. Por el contrario, acudía asiduamente al Nuevo Café de Levante, sito en la calle Arenal, donde disfrutaba de otro tipo de duelos, los verbales, liderados por don Ramón María del Valle Inclán y en los que participaban a menudo don José Martínez Ruiz, Azorín, y los hermanos don Pío y don Ricardo Baroja, entre otros escritores, pintores y artistas en general.

Sin embargo, fue en el momento en el que contemplé a Esperanza caminando hacia el altar, cuando decidí que la mansión de mi tío en la calle Mayor se iba a convertir en mi segunda casa. Comencé a asistir a sus tertulias sin el menor interés por los temas que se suscitaban. Permanecía todo el tiempo pendiente de verla aparecer junto con las doncellas para atender, bajo la mirada severa de su esposo, las necesidades gastronómicas de los contertulios. Algunas veces creí advertir huellas de llanto en sus mejillas y, otras —lo que era aún más grave—moretones en los brazos que se habían intentado ocultar a base de maquillaje. No parecía prestarme mayor atención que la exigida por las normas de la más elemental cortesía. Yo, en cambio, la devoraba con los ojos cada vez que se inclinaba para servirme un té o pasarme un trozo de pastel.

Andando el tiempo, no sé cómo consiguió ella que su marido le permitiera reunirse en una pequeña salita aledaña con otras mujeres, esposas o hijas de los concurrentes. A veces escuchábamos risas, algo apagadas por las gruesas paredes, e inmediatamente don Sebastián llamaba gritando a alguna doncella para que acudiera donde estaban las señoras y les transmitiera de su parte que o bajaban la voz o las echaba a todas a la calle. Lo curioso del caso es que ningún padre o marido parecía molestarse, por el contrario, reían la gracia. Por más que me esforzaba, no comprendía cómo Esperancita —así la llamaba en mis fantasías— podía aguantar a tal marido y presentarse siempre ante nosotros con una sonrisa —triste, eso sí— en los labios.

Un día en el que el mal tiempo reinante había hecho que el número de asistentes a la tertulia fuera menor, acudí como siempre porque, aunque tuviera que luchar contra un ejército de mamelucos, jamás me perdería los instantes en los que el vuelo de su falda me rozaba casualmente. Quiso la suerte que don Sebastián estuviera algo indispuesto y que se recluyera en su dormitorio. Por medio de Esperancita nos transmitió su deseo de que la tertulia se celebrara igualmente sin su presencia. Yo me sentí libre de deambular por la casa. Escuché voces que salían de la salita en la que se reunían las mujeres. Debían de ser pocas, dadas las condiciones meteorológicas. No parecía que trataran de poesía ni de la alta costura parisina sino que más bien se hacían confidencias porque, más que hablar, susurraban y se les escapaban risitas de vez en cuando. Me quedé quieto junto a la puerta. Reconocí la voz de Esperancita. Se quejaba de algo. La verdad es que debía de tener múltiples razones para hacerlo. De pronto la escuché con claridad:

—¿Sabéis lo que os digo? Que cuando muera mi marido, iré a su tumba y me haré pipí.

A sus palabras siguió una larga carcajada y yo, bastante desconcertado, volví al salón donde se encontraban los hombres.

*

Acabé alquilando una buhardilla frente a la casa de mi tío. Era lo más que me podía permitir con mis ingresos de letrado en un bufete de segunda y de mis colaboraciones literarias en un semanario local. Con la ayuda de unos potentes prismáticos vigilaba las idas y venidas de Esperancita siempre que mis obligaciones me lo permitían.

Cuando murió don Sebastián —de una apoplejía fulminante—, dejé de ir al trabajo durante unos días porque no quería perderme ninguno de los movimientos de la viuda, hermosísima a pesar del luto riguroso. Fue así cómo la vi salir una noche y esperar en el portal a que llegara el chofer con su vehículo. Bajé corriendo las escaleras. No hacía mucho me había hecho con una motocicleta Guzzi que era poco más que una bicicleta con motor.

Seguí al Ford negro de los Ortiz hasta verlo parar junto al cementerio de San Isidro donde mi tío estaba enterrado. Ella entró por una portezuela lateral; la principal parecía cerrada a cal y canto. Desconozco cómo se las ingenió para que esa estuviera abierta. Yo la seguí entre las sombras procurando hacer el menor ruido posible.

*

Cuando terminó de orinar, miró hacia donde me escondía y me tendió los brazos para que me arrojara en ellos. Corrí y la abracé con tal fuerza que la ligera enagua se deslizó por sus hombros. Se quedó completamente desnuda, a excepción del tocado de fieltro con las tres plumas de garza negra. Dejé de sentir el frío de la noche y, sobre el sepulcro, me hundí dentro de aquel cuerpo bañado por luz de luna.

Me di cuenta entonces de que había contado conmigo para llevar a cabo su venganza. Y también comencé a sospechar que el fallecimiento de mi tío, que en paz descanse, quizás no había sido del todo natural.

© Ángeles Navarro Peiro. 2018

 

 

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