Novela por entregas, Ignacio Barroso, Capítulo 10

Dos horas antes de la cita estás frente a la comisaría, en el Roastbeef Cafe. Resulta arriesgado, lo sabes, pero necesitabas salir del despacho. Has permanecido encerrado prácticamente las 48 horas y la falta de aire fresco empezaba a pasarte factura. Sensación de animal enjaulado. Fumando como un condenado a muerte media hora de su ejecución, sintiendo pasar las horas como si fueran edades geológicas. Ansiedad y necesidad de escapar de esas cuatro paredes que encierran tantos recuerdos.
Y ahí estás, en el mejor sitio en el que un alcohólico con abstinencia puede acabar: un bar. Y para hacerlo todo más divertido y tentador, un bar repleto de polis. No crees que nadie te reconozca, pero podría darse el caso. Un aviso y Patterson apareciendo en escena como un detective de la época de la Ley Seca entrando en un almacén clandestino atestado de cajas de whisky y todo se iría a la mierda. Tanta espera para nada. Russell esfumándose.Y tú, perdiendo la pasta y una información más que valiosa.

Estás de suerte. El bar está prácticamente vacío. Aún no ha habido cambio de turno. Ninguna cara conocida, ni la del camarero. Esta noche no está de servicio el amigo de los soplos a la prensa. En su lugar hay una tía arisca y seca. No es ni guapa ni fea. Una cara más, del montón, pero cuya educación parece haberse centrado en alabar su supuesta belleza a juzgar por los aires que se gasta.
No te cuesta demasiado imaginártela sentada en el regazo de su abuela, comiendo galletas mientras la anciana senil repetía una y otra vez : «¿quién es la chica más guapa de la costa oeste?», y claro, una mentira dicha mil veces acaba por ser verdad, o algo parecido leíste alguna vez sobre un ministro de propaganda nazi.

Pero mejor centrémonos.
El caso es ese. Que la camarera se debe considerar la reina del baile o la princesa de un cuento y se siente fuera de lugar. Lejos de joderse y asumir que la vida es lo que es: una puta mierda, y que en Los Ángeles no va a aparecer ningún príncipe azul a lomos de un blanco corcel a rescatarla y llevarla a un castillo repleto de tapices, mayordomos serviciales y amas de llaves chismosas. Que va a pasarse media vida entre fogones y polis de mirada lujuriosa, hasta que una mañana abra los ojos y se dé cuenta de que el paso del tiempo, parir cinco hijos y mantener a un marido borracho y putero han obrado una tragedia en su físico y su estado anímico. La niña que sonreía al espejo repitiendo el mantra de su abuela sobre su belleza habrá dejado atrás su atractivo para acabar convertida en una candidata más a seguir los pasos de Marylin. Barbitúricos y alcohol. Lástima que en su caso su muerte le importe una mierda al mundo y nadie vaya a echarla de menos.
Sientes unas terribles ganas de orinar. A falta de whisky o cerveza, tratas de paliar la sed con café. Llevas tres. Estás como una moto y tu vejiga amenaza con reventar. Apuras el último trago. Preguntas por el cuarto de baño. La camarera deja de hacerse la manicura, levanta la cabeza y te señala con un gesto el fondo del local. Aprietas el paso. La habitación resulta ridículamente pequeña. Alicatada hasta la altura de los ojos en azulejos blancos recubiertos de números de teléfonos de putas y servicios sexuales escritos a mano. Del techo cuelga un fluorescente que proyecta una luz blanca, como de quirófano acompañada de un incómodo zumbido. Pasas de él y te concentras en lo tuyo, alivio fisiológico con los esfuerzos que la hiperplasia de próstata suele acarrear. Acabas. Te lavas las manos y vuelves a la barra.
Tienes tiempo de sobra. Enciendes un cigarro y pides otra café. Das una calada. La boca te sabe a cenicero. Te ponen ese agua turbia que llevas bebiendo desde que has llegado en una taza desportillada, pagas y te entretienes removiéndolo con la cucharilla como si fueras un niño en pleno subidón de chocolate, maravillado ante el universo onírico que se abre ante sus ojos.
Tus juegos se detienen en seco. A tu lado acaban de acodarse cuatro polis. Visten de paisano, pero apestan a madera. Te ríes para tus adentros, en silencio. Los delincuentes de los viejos tiempos lo decían entre paliza y paliza. A los polis se los reconoce a la legua por la manera que tienen de vestir y desenvolverse cuando no llevan el uniforme puesto. Y al parecer es cierto. Putas enseñanzas de la vida, nunca pararán de sorprenderte.
No tienes tiempo para recordar más lecciones de tu época dorada. Los tíos que tienes al lado están excitados. Nerviosos. Mala señal. O tal vez puede que saques algo positivo de sus males. Te empapas de lo que hay a tu alrededor. Nada. La camarera se ha sentado en una esquina, alejada de los clientes. Sigue concentrada en la perfección de sus uñas. Nadie parece haberse fijado en vosotros. Pegas la oreja, y escuchas pacientemente mientras fumas.
La conversación te resulta más que conocida. Cambio de turno y unos patrulleros pasados de benzedrina. Minuta. Detenciones. Homicidios. Patrullar por la parte negra de la ciudad. Racismo encubierto. Palizas a maricones… Beben como esponjas mientras hablan. Los gintonics que piden se vacían a una velocidad pasmosa, es cuestión de tiempo que salte la chispa. Te gustaría pedirte una copa e intimar con ellos. Ya sabes, rollo poli viejo que alecciona a los pimpollos que acaban de salir de la academia. Contarles historias de verdad. No esas mierdas que escuchas. Palizas a un tío en un sótano durante días, sólo para liberar la adrenalina y el estrés que un matrimonio condenado a la ruptura produce. Coches llenos de mexicanos rumbo al desierto. Técnicas para limpiar de sarasas y demás escoria las calles… Pero no. No se puede. Estás fisgando en lo que hablan, no has ido allí para hacer amigos ni exponer una clase magistral de brutalidad policial a nadie.
Das un trago. El café está helado. Te entran ganas de escupirlo. Haces un esfuerzo y te lo tragas. Uno de los polis empieza a meterse en faena. Parece algo borracho, locuaz. Pueden ser peligrosos. Lo sabes. Un poli cabreado y bebido es un hijo de puta con placa y muy mala hostia. Los estudias con cautela. Fotografiando mentalmente sus caras. Cicatrices. Cortes de pelo. Cualquier mierda que te permita reconocerlos si te los encuentras en otro lugar y en otras circunstancias.
—¿Qué me decís del hijo de puta de Patterson? —dice uno de ellos, arrastrando las palabras—. Está convencido. Dice que el cuerpo que encontramos en el parking es el de Willy McGregor.
Willy McGregor. Patterson. Esto empieza a ponerse interesante, piensas acodándote en la barra.
—Sí, al que le faltaba media cabeza de un disparo —sigue diciendo—. El muy hijo de puta estaba irreconocible, pero yo creo que no era él.
Sus compañeros parecen ignorarle. Dos de ellos están de espaldas a ti, manipulando algo que uno ha sacado del bolsillo. Dicen algo a los otros dos en voz baja y se dirigen al baño. Se quedan el poli parlanchín y otro. El hablador vuelve a la carga.
—Te digo que Patterson está en un error, tío. Ese fiambre no era el de Willy McGregor. Ese cabrón sigue vivo.
—¿Tú qué vas a saber? —pregunta el otro, molesto por la insistencia de su compañero—. Si el jefe dice que el niñato ese está fiambre, asunto resuelto. Desapareció. Se investigó el caso. No apareció el coche. Tampoco el cuerpo. Pasa el tiempo. Encontramos un cadáver. El jefe dice que es el de Willy McGregor, asunto resuelto. Sea o no, ese palmado cierra la investigación. Una locaza menos en las calles.
Dicho esto, ambos callan. Los otros dos vuelven. O hacía mucho frío y se han acatarrado o la obsesión que muestran por sorber y tocarse las narices es consecuencia de otra cosa. No te quedas para averiguarlo. Apuras el café con cara de asco y sales del Roastbeef Cafe. Queda media hora para tu encuentro con Russell y prefieres apurar el tiempo paseando. Ya has escuchado demasiado. Ahora sólo falta poner en orden las conclusiones a las que has llegado.

El parque está a oscuras. Te gusta caminar así. A solas con tus pensamientos, sin distracciones ni detenerte a mirar qué coño es esa masa gelatinosa que pisas y que queda pegada a la suela de tus zapatos. Enciendes un cigarrillo. Arrugas el paquete y lo tiras al suelo. En el cielo brillan la luna y las estrellas. A lo lejos ves destellos de colores y algo más allá se intuye la bastedad del desierto. Aunque también podría tratarse de un descampado, la orientación nunca fue tu fuerte.
A tu lado unos arbustos empiezan a moverse de manera rítmica. Te detienes. Oyes gemidos roncos. Viriles. Una idea pasa por tu cabeza. Vas desarmado. No tienes licencia y pasearte al lado de la comisaría con tu 38 en el bolsillo sería una locura. Pero da igual. Te metes la mano en el bolsillo del pantalón. Tiras el cigarrillo prácticamente entero. Empieza la diversión.
Apartas unas ramas que tienes delante. Frente a ti aparecen dos tíos montándoselo de lo lindo. Uno de rodillas y el otro taladrándole el culo con fuerza.
—¡Policía! —gritas con autoridad.
Los tortolitos se quedan de piedra. Te miran sin saber qué hacer, enganchados el uno al otro como dos perros pillados in fraganti. Se desacoplan a toda prisa. Tratan de vestirse sin dejar de mirarte. Estás disfrutando. Sólo faltarían Mickey y Donald para darles una paliza en condiciones y acabar la faena.
Como aquella vez en los baños de un centro comercial a principios de los 50, poco antes de que empezara lo de Corea. Cobraron de lo lindo. No sabes si dejarían su enfermedad sexual o no; pero de que estuvieron varios meses sin poder llevarse nada a la boca tienes constancia.
—Vamos pervertidos, largo de aquí o vais de cabeza al calabozo por escándalo público —amenazas, metiéndote en el papel de poli chungo—. Y ya sabéis le pasa a las princesitas como vosotros allí adentro…
Uno de ellos, el que debe hacer las veces de macho en la pareja, te mira fijamente. Está a medio vestir y al parecer tu chiste no le ha hecho mucha gracia. Le aguantas la mirada. Te sientes impune. Capaz de todo. La tensión entre vosotros sigue creciendo. Su chica se pone entre los dos. Das un paso atrás cuando te da la espalda y su culo roza tus pantalones.
—Vámonos cariño. No merece la pena —dice, acariciándole con ternura femenina las mejillas sin rasurar.
Los dos se van. Te quedas a solas con tus carcajadas. El tiempo pasa volando cuando lo pasas en grande machacando escoria, piensas al ver las luces de un coche indicándote que ya es la hora. Sales de entre los matorrales. Al lado hay un Ford Blanco. Conduce Russell. Te acercas a la ventanilla del conductor. Das dos golpes con los nudillos. Asiente. Quita el seguro de la puerta del copiloto. La abres y te sientas. Empieza el viaje.

El trayecto se te antoja eterno. Dos horas sentado. En silencio. Sin fumar. La única vez que tu acompañante ha abierto la boca ha sido para decirte que lo olvidaras, que nada de tabaco en su coche. Desde entonces, ni una palabra. Sólo kilómetros y paisaje. Llegáis a una zona de bungalows con la costa del Pacífico al fondo.
—Aquí es —anuncia, antes de bajarse del coche.
Le sigues. Camina rápido, mirando a su alrededor. Parece nervioso. Saca una llave y abre la puerta de una caseta de madera pintada de blanco. Entras tras él. Todo está a oscuras. No enciende ninguna luz, parece conocer el terreno que pisa. Tú no, algo que se traduce en tropezar con una mesa baja y un perchero.
Russell comprueba que todas las persianas están bajadas y entonces sí, enciende una lamparilla de despacho, colocada sobre una mesa de camping. Te señala una silla de plástico. Te sientas y contemplas lo que te rodea. Es una habitación diáfana, sin tabiques. El mobiliario brilla por su ausencia. La mesa y la silla. La mesita bajera que ha dejado su firma en tu espinilla y el perchero. Una cama de lona plegada apoyada en un rincón y un hornillo eléctrico. A eso se resume todo.
—No he podido hacer la copia. Es material clasificado —dice, dándose aires de espía; aunque sabes que está mintiendo—. Está todo aquí —aclara, dejando sobre la mesa una carpeta de solapas rojas—. Copia lo que tengas que copiar.
—No es lo que habíamos acordado —protestas.
—Es lo que hay. Lo tomas o lo dejas. Te va a costar lo mismo.
Le fulminas con la mirada. Sus aires de hombre resuelto empiezan a resquebrajarse. Baja la mirada. Eso está mejor. El niño al que pegaban en el recreo parece querer escapar de la jaula de tipo duro que se está marcando Russell. Aprovechas el momento.
—Miraré lo que hay. Si merece la pena te pago.
Te mira con rencor. Su disfraz desaparece por completo. Parece reflexionar unos instantes. Finalmente asiente con al cabeza y se acerca a la puerta.
—Tienes una hora. Si necesitas papel, hay en la carpeta. Espero que te hayas traído bolígrafo para poder escribir. Te espero fuera. Cuando acabes, sal.
No. No llevas bolígrafo. No sueles firmar autógrafos por la calle. Te toca joderte y tratar de retener la mayor cantidad de información posible.
Dentro de la carpeta hay un dossier escueto. Conoces el funcionamiento. Un caso caliente que no conduce a nada. Nombre del desaparecido. Descripción. Últimos movimientos conocidos. Amigos y familiares. Lugares que solía frecuentar y poco más. De no ser por el uso de la voz impersonal y el logotipo del Departamento de Policía, casi podría decirse que es el mismo documento que te entregó McGregor al contratarte.
Casi, porque no aparece ningún domicilio en Los Ángeles ni ningún dato relacionado con la familia ni su amigo el que pasó a mejor vida. Tampoco es de extrañar. McGregor tendrá suficientes recursos como para comprar voluntades y hacer que algún poli despistado traspapele ese tipo de datos.
Lo lees dos veces. Casi te lo has aprendido de memoria, como una lección en el colegio. Sin embargo, vuelves a leerlo una tercera. Leyendo, en esta ocasión, entre líneas algún dato que se te haya pasado por alto. Sientes la cabeza congestionada. Te enciendes un cigarrillo. Russell te ha dicho que no puedes fumar en el coche; nada de que no puedas hacerlo a solas en el bungalow. Das un par de caladas largas, saciando tu abstinencia de alquitrán. Y entonces lo ves. Algo que si bien lo habías leído antes, lo habías pasado por alto. El nombre del policía que había llevó el caso. Está escrito sobre corrector blanco. Sin dudarlo, rasgas levemente con la uña, apareciendo el extremo superior de dos tes consecutivas. Al parecer, no fue el tal Johnson M. quien llevó el caso. Las cosas parecen apuntar mucho más arriba. No te hace falta arrancar el resto. Sabes cuál es el nombre que oculta. Estás satisfecho con lo que acabas de descubrir. Exultante. Te acomodas en la silla, y fumas con la cabeza echada hacia atrás, echando el humo en circunferencias perfectas que se pierden en la oscuridad que la lamparilla de mesa no es capaz de eliminar.
Pasado un rato, sales del bungalow y buscas a Russell. Está en el coche. Le haces un ademán. Se baja y llega a tu altura.
—¿Todo en orden? —pregunta.
Asientes. Tiras la colilla. Él entra, recoge el dossier y vuelve a salir. Cierra a toda a prisa. Parece que le urge salir de allí cuanto antes. Le sigues la corriente. Montáis en el coche. La excursión ha terminado. Te esperan dos horas largas de silencio y sin tabaco. Aunque tampoco parece importarte demasiado. Lo único en lo que piensas es por qué un capitán de policía se iba a hacer cargo de la desaparición de alguien como el hijo de Fred McGregor. Y más aún, por qué Patterson llevó la investigación y no la gente de la comisaría de Hollywood para luego acabar cargando el mochuelo al tal Johnson. Tu cabeza es un hervidero de ideas y preguntas que se suceden en cadena. Lástima que las respuestas no acudan tan rápido como las dudas que las originan.
Aparcáis junto a la comisaría. Pagas lo que debes. Russell te propone ir a tomar algo. Rechazas el ofrecimiento y bajas del coche. Caminas despacio. Alerta. Temeroso de encontrarte en mitad de una encerrona. Desde la experiencia del parking y Bobby te has vuelto bastante receloso. Rozando lo paranoico. Pero nada. Llegas de una pieza al despacho. Estás cansado, aunque tu cerebro se niega a apagarse. Te espera una noche muy larga por delante, y lo peor es que sabes que al amanecer estarás igual que ahora, algo más cansado y ojeroso, pero en la misma puta casilla de salida.

 

©Novela por entregas: Ignacio Barroso, 2020.

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