Novela por entregas, (Capítulo 4) por Ignacio Barroso

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Seamos objetivos. Tienes cincuenta y tantos años. No sabrías precisar con exactitud los tantos a no ser que tuvieras un calendario delante y algo de tiempo para hacer cálculos. Has pasado la mitad de tu existencia borracho, caminando en la delgada línea que separa el placer por la bebida del alcoholismo. Has tocado fondo demasiadas veces y los excesos te empiezan a pasar factura. Sobre todo en el bolsillo. Nunca has tenido un puto centavo. Siempre has gastado más de lo que ganabas y no es de extrañar que durante años sacaras una paga extra trapicheando con alijos y objetos robados. Y ahora, mírate. Un puto golpe de suerte se ha encargado de borrar de un plumazo tus penurias. La pasta de McGregor te ha venido como llovida del cielo. No te has molestado en contar cuánto había en el maletín. Por razones lógicas te parecía grosero hacerlo delante de él, y al llegar al despacho te has olvidado de tus labores de contable por completo. Tenías demasiada prisa por empezar a pulirte los billetes y ya se sabe, el tiempo es oro (en este caso, nunca mejor dicho).

Lo primero que has hecho ha sido dejar la pasta y el sobre a buen recaudo antes de tomarte una copa para ir calentado motores. Después has empezado con las pajas mentales. Parecías un recién casado que acaba de mudarse y hace una lista de posibles mejoras que hacer los fines de semana en su nidito de amor. Has pensado en adecentar tu vestuario. Comprar trajes caros, nuevos. De estos chalecos a juego y zapatos italianos. Y con esa idea has ido de compras a la zona cara de la ciudad. Después, aflojando pasta como un millonario salido en un bar de putas, el siguiente paso en tu lista de deseos: cambiar de distrito o de edificio. Alquilar algo decente, alejado de ese ambiente de rameras, gays, adictos y camellos en el que te has consumido durante tanto tiempo.

Pero la cosa ha quedado ahí. En tu cabeza. Tenías prisa y otros planes.

Pasaste de largo frente al bar de Joe, tu destino era la tienda china de la esquina. Entraste como el último emperador de la dinastía Ming e hiciste un encargo. Wang no te entendía. Es un viejo de ojos casi cerrados y medio ciego, con dos mechones de pelo lacio y blanco cayéndole sobre los hombros y aspecto de estar siempre fumado. Sus negocios son lucrativos: el opio, las falsificaciones y las putas orientales. Pero de lo que le estabas hablando, no tenía ni la más remota idea.

El tiempo apremiaba, el dinero te quemaba en el bolsillo, la tienda apestaba a vejez, especias orientales y orina de gato. Aunque ahora que lo piensas, nunca has visto ningún minino por los alrededores. Sólo platos de comida humeante y las largas colas que se forman en la puerta de la tienda una vez a la semana para comprar sus deliciosas sopas de cordero estilo Pekín. Pero gatos, lo que se dicen gatos maullando y bufando, ninguno.

—Wang, necesito una chica que venga a limpiar a mi casa —decías, al borde de perder la paciencia.

—Sí, clalo. Chicas. Yo tenel putas chinas, muy bonitas. Chupal y follal. Balato. Tú, plecio amigo.

La conversación pronto se estancó quedando en punto seco. Compraste dos botellas de alta graduación, Ginebra Premium ponía en las etiquetas, un eufemismo para no decir que estabas comprando alcohol metílico rebajado con agua, y un cartón de Lucky Strike. Pagaste y te fuiste. Wang te obsequió con una sonrisa que dejó a la vista una colección de dientes amarillentos y podridos, y añadió su coletilla de rigor:

—Mil glacias. Vuelve plonto, amigo.

En la calle un coche de la poli pasa a tu lado. Lo miras con curiosidad. En su interior pipiolos con acné recién salidos de la academia jugando a ser héroes callejeros, candidatos seguros a una salva de disparos en un entierro de estado antes de llegar a ser los tíos duros que pretenden. Ya se sabe, las armas las cargas el diablo y en esas calles suele haber demasiados diablos con las armas listas para dar pasaporte a quien ande preguntando o tocando los huevos al personal. En resumidas cuentas, tienen un futuro negro que pasa porque cualquier muchacha joven de cuerpo apetecible y la cabeza llena de pájaros deje de cocinar un pastel de manzana para atender una llamada telefónica y se entere de que acaba de enviudar. Triste. Pero así es esta puta vida: sales de un agujero negro entre llantos y con el tiempo acabas en otro, también entre lágrimas que en este caso no son tuyas.

El coche acaba perdiéndose calle abajo. Cruzas y caminas cargado con la bolsa de papel que encierra las botellas. Te diriges a tu despacho malhumorado. No ha habido suerte, la mierda va a seguir acumulándose un tiempo más porque no la vas a recoger. Eres un detective metido en un caso de los gordos, no una asistenta, joder.

En la puerta empiezan los problemas. Llevas bastante tiempo pensando en quitar el candado que pusiste al ocupar el apartamento y poner una cerradura como Dios manda, pero siempre lo has ido dejando para mañana y ahora pasa lo que pasa. Al llegar al descansillo de la escalera descubre a dos yonquis hurgando en la puerta. Tienen pinta de estar bastante necesitados porque siguen a lo suyo sin darse cuenta de tu presencia.

—¿Os ayudo, chicos? —preguntas, dejando la bolsa en el suelo.

Se quedan paralizados. Se giran hacia ti despacio. Parecen dos espectros. La luz que entra por el tragaluz del techo les alumbra de manera tenue, convirtiéndolos en una especie de fantasmas de mirada asustadiza y pupilas dilatadas. No parecen ser una amenaza seria. Son jóvenes. Adictos. Carne de fosa común. Vamos, unos mierdas a los que vas a enseñar una lección básica que la vida, quizá, aún no se haya tomado la molestia de mostrarles.

El que tienes a la izquierda empieza a temblar y gimotear. Dice gilipolleces de que tiene frío y se siente débil, que no querían molestarte, que sólo buscaban un sitio donde dormir. Parece manejable. El otro, en cambio, no. Se le ve experimentado, resabiado. Los ojos le brillan con malicia, como si estuviera calculando por dónde y cómo atacar.

Tensión.

Silencio.

Te acercas a él. Es el peligroso. El otro hasta te va a venir bien cuando te quites de en medio a su colega. Rebuscas en los bolsillos. Vas desarmado. Mierda. Lo único que puedes usar como algo potencialmente peligroso son las llaves o una de las botellas, aunque la idea de agacharte a coger una se te antoja como una soberana gilipollez. Es dejar claras tus intenciones y arriesgarte a recibir la primera hostia. Detrás de ti hay una ventana, o lo que queda de ella: un hueco en la pared que se abre como un orificio de bala en mitad de la espalda. Frío y cortante.

Das un paso a un lado. Tu contrincante sonríe. Su compañero sigue lloriqueando como una puta histérica. Estás por pedir tiempo muerto en lo que está por pasar y darle una bofetada, a ver si así reacciona y deja de molestar. Pero no hay tiempo. Empieza la fiesta. Tu contrincante ataca primero. No sabes de dónde la ha sacado, pero entre las manos tiene una barra de hierro. Parece pesada y contundente. El hijo de puta se abalanza sobre ti descargando un golpe que va derecho a tu cabeza. Estás algo mayor para andar jugando al karateca que para golpes y devuelve hostias letales. Te agachas como buenamente puedes. Clonc. La barra impacta contra la pared. Demasiada inercia en el golpe. Es tu turno. Te levantas a toda prisa y le abrazas, aprisionando sus brazos. El arma cae al suelo y rueda escaleras abajo. Clinc, clinc, clinc. Resuellas. La adrenalina en tus venas sustituye a la sangre. Le empujas contra la pared de enfrente. Su colega está en el suelo, babeando como un subnormal mientras llama a su madre a gritos. Afortunadamente no hay vecinos quisquillosos que salgan a protestar o llamen a la poli. Algo bueno tenía que tener el vivir de ocupa en un edificio abandonado.

Chocáis con fuerza. Lo primero en frenar el golpe es la espalda del yonqui. Se queda sin aire después de expulsar una bocanada de aire fétido contra tu cara. Sientes asco. Le zarandeas con fuerza. Una y otra vez su cabeza choca contra el yeso viejo y cuarteado que tiene detrás. Forcejea. Intenta librarse de ti, pero no le dejas. Rodillazo en la ingle. No contabas con ello. Te doblas por la mitad como una bisagra y tu espalda cruje para darle más realismo a la escena. Presientes que un puño va a descargarse de manera letal contra tu nuca de un momento a otro. Tomas impulso y le empotras otra vez contra la pared. Aunque parezca increíble, te sientes en plena forma. Le sacudes un puñetazo en mitad del pecho, a la altura del esternón. Otro en la mandíbula. Algo suena como una rama seca partiéndose: crack. Los dos golpes se han sucedido a toda velocidad, y no podrías decir a ciencia cierta cuál de los dos ha sido el que ha roto algo. Te duelen las pelotas. La cara de tu compañero de baile es un poema. Está medio sonado. Los ojos abiertos como platos. Rictus de no saber qué está pasando. Media boca abierta, la otra colgando de una manera que suena a receta de sutura labial, vendaje y tres meses de comer sopa con pajita. Estás encendido. Como en los viejos tiempos, pletórico. Te dejas llevar por la euforia del momento. Le agarras del pecho. Trata de decir algo, pero de su garganta sólo escapan gorgoritos que no eres capaz de comprender. Con esfuerzo le arrastras hasta el hueco de la ventana. Opone resistencia, demasiada para tu gusto. La solución es sencilla: puñetazo a la altura del hígado. Se ablanda un poco, al mismo tiempo que su cara se pone amarilla. Le agarras de los pantalones y el cuello. Un paso más y a volar. No es el Empire State, pero la hostia va a ser sonada. Le ves caer como un pelele. Pum. Aterrizaje fallido. Un indigente se sobresalta, como diciendo qué coño ha pasado. Da un trago de una botella oculta en una bolsa de papel y sigue a lo suyo, a soñar que se vuelve millonario o lo que quiera que sueñen los mendigos en su tiempo de ocio.

Resoplas. Todo ha acabado. El histérico está en estado catatónico. Te acercas a él.

—No, no. Por favor —suplica en tono lastimero de perro apaleado.

Le das un bofetón. Plas. El tacto de su mejilla áspera y sin afeitar impactando contra la palma de tu mano te hace sentir bien. Es reconstituyente, un jodido tónico que te hace rejuvenecer por unos momentos durante los cuales echas de menos un par de gramos de boliviana para sentirte bien al cien por cien. El chaval se queda paralizado y te mira aterrado mientras se masajea la zona. Pasas de él. Abres la puerta y entras en tu despacho.

—Si no quieres acabar como tu amigo, coge la bolsa y entra. Tenemos que hablar —dices a modo de advertencia.

El yonqui obedece. Manso. Parece un puto crio tratando de congraciarse con sus padres para que le levanten el castigo. Se queda en la puerta con la bolsa de papel apretada contra el pecho. Le observas desde la mesa. Raquítico. Con más mierda encima que un puesto callejero en Little Italy. El pelo grasiento cayéndole sobre los ojos. La cara pidiendo de manera desesperada una maquinilla de afeitar. Tiembla. No sabes si por el mono o porque está acojonado.

—Deja la bolsa ahí y entra —ordenas.

Vuelve a obedecer. Sientes lástima por él. Se acerca a ti con paso vacilante. Le indicas una silla destartalada frente a ti, al otro lado del cementerio de colillas, vasos y botellas que tienes delante.

—¿Cómo te llamas, chico?

—Me llaman Snake —responde tras titubear unos segundos.

—Tu nombre de verdad, cojones.

—O´Connor, señor. Edward O´Connor.

—O´Connor. ¿Irlandés?, ¿escocés? Suena a apellido de colono de primera hornada —dices acariciándote el mentón, más pensando en voz alta que porque tengas interés en conocer su genealogía—. Creía que los irlandeses se habían quedado en la Costa Este bebiendo cerveza y dándose de puñetazos con los italianos en en Central Park. Estás un poco lejos de casa, ¿no?

Guarda silencio. Baja la mirada. Decides jugar al poli reflexivo. Una especie de estado intermedio entre el poli bueno y el poli malo que se entretiene maltratando la psicología del detenido en un intento de desmoronarle antes de que el poli violento y el amigable, en este orden, hagan su entrada en escena.

—¿Cuántos años tienes, O´Connor?

—18, señor.

—¿18? ¿Te has visto? Vas por el mal camino chico, así no vas a acabar bien. ¿Quieres acabar como tu amigo?, o, peor aún, ¿degollado en una celda?

O´Connor te mira con ironía. Un brillo de picardía prende en sus ojos hundidos, al tiempo que mira la mesa, como diciendo: ¿me lo dices tú?, un claro ejemplo a seguir.

Te impacientas al intuir lo que está pensando. Te encantaría levantarte y abofetearle otra vez. Enseñarle algo de educación. Respeto a los mayores y esas mierdas de la vieja escuela. Pero no. Te contienes. No porque temas que vaya a la policía con el cuento de que su amigo y su intento fallido de emular a Eddie Rickenbacker han sido cosa tuya. No. No deja de ser la palabra de un puto adicto contra la de un expolicía. Si no le sacudes es por una causa de mayor envergadura: le necesitas para que haga parte del trabajo de campo. Los tiempos cambian y en algunos ambientes ya no encajas.

—No me mires así, sé lo que estás pensando —dices en tono paternal. El poli reflexivo ha dado paso al poli bueno, rozando de manera colateral al poli demente, pero éste aún se queda en la banda haciendo ejercicios de calentamiento—. Conozco la historia. He conocido a muchos como tú. Nunca os pasará nada… Estáis de vuelta de todo… Y el día menos pensado amanecéis tiesos. La verdad es que me da igual muchacho, sólo quiero echarte una mano. Te puedo ofrecer un negocio que puede interesarte. ¿Quieres ganar cinco pavos?

—No soy maricón y no se la chupo a viejos alcohólicos —responde levantando la voz.

Hace un ademán de levantarse con aire desafiante, pero eres más rápido. Le cruzas la cara. Nadie te insulta de esa manera y se va de rositas. Te mira asustado. No es más que un puto niño jugando a ser un tipo duro, y apunta maneras. Si vive más de cinco años, tendrás que andar con cuidado al salir a la calle.

—No pretendo nada de eso, gilipollas —alzas el puño y él se encoge como un animal asustado, aunque el brillo amenazador de sus ojos parece corroborar tu teoría: la venganza nunca llega tarde y que en un futuro te metan cuatro tiros por la espalda no suena descabellado—. Tengo un encargo y necesito ayuda.

Te alejas de él y pones cinco pavos sobre la mesa. Los mira con deseo. Si prestases un poco de atención, hasta podrías escucharle ordenar mentalmente sus preferencias: un chute, algo de comida que con el jaco muchas veces se suelta hasta la primera papilla y hay que llenar el estómago cuando acaba el viaje, alcohol, otro chute…

—¿De qué se trata? —pregunta acomodándose en el asiento.

El niño asustadizo y lloroso se ha esfumado para dar paso al hombre rudo de los bajos fondos que aspira a llegar a ser algún día. Tomas nota de ello.

—Soy detective. Me conocen como Dax. Tengo un encargo y necesito tener oídos en ciertos ambientes.

—¿Un soplón?

—No. Alguien que va a ganar 20 pavos a la semana por escuchar, ver y decirme qué se cuece en la calle.

—Un soplón.

La insolencia de O´Connor empieza a ser insufrible. Te enciendes un cigarro para contenerte.

—Un soplón que comerá caliente y no tendrá problemas para salir de la mierda en la que él solito se está metiendo.

—Y, ¿si me niego?

Miras por la ventana con aire distraído. O´Connor pilla el mensaje.

—Veo 5 pavos, no 20.

—Cobrarás el resto cuando cumplas con tu trabajo. Considéralo un adelanto.

Sonríe. Un par de hoyuelos se perfilan en sus mejillas, una más enrojecida que la otra fruto de tus caricias.

—¿De qué se trata?

—¿Te suena un tío llamado Freddy McGregor?

—Tiene apellido de pastor escocés amigo de follar con las cabras. Pero no. No me suena —dice al fin.

—Perfecto. Ya tienes tarea. Te espero aquí en 48 horas. Quiero resultados.

Se pone en pie, coge la pasta y se esfuma. No estás seguro de si tienes un nuevo socio o te has quedado sin cinco pavos. Aunque tampoco es algo que te preocupe demasiado. Si cumple, de puta madre, tienes un socio. Si te tanga, acabará muerto por sobredosis o abierto en canal por sus compañeros de camello en pocas horas y hay demasiados necesitados dispuestos a colaborar por mucho menos como para echarle de menos. Oferta y demanda. Viva el capitalismo.

Te acabas el cigarro con calma. Lo aplastas en un cenicero superpoblado de colillas. Abres el cajón de la mesa, sacas una palanca de metal y te levantas. Empujas con fuerza. La mesa pesa como un muerto. Resoplas. La ceniza cae por el borde como el yeso de una pared después de una explosión. Logras desplazarla unos centímetros. Metes la punta de la palanca entre dos baldosas del suelo haciendo fuerza. Una se levanta un poco. Otro empujón. Metes la mano. Sacas 100 pavos y el sobre con los datos del hijo de McGregor. Colocas la baldosa y vuelves a arrastrar la mesa. Compruebas que tu escondite secreto queda oculto. Te sientas y abres el sobre, es hora de empezar a trabajar.

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