Novela por entregas, Capítulo 12 por Ignacio Barroso

Estás en el despacho matando el tiempo como buenamente puedes. Por increíble que parezca, el aire allí dentro ha perdido su habitual peste a tabaco, sudor y derrota. A la mañana siguiente de seguir a Patterson decidiste limpiar. Sigues sin saber la razón, pero algo dentro de ti se despertó y, como guiado por un impulso, abriste la ventana. Vía libre para deshacerte de la mierda que te rodeaba y los recuerdos. Botellas, papeles, restos de comida… Todo siguió el mismo camino, caída libre entre las exclamaciones de los mendigos que veían llover desperdicios y las quejas de algún transeúnte quisquilloso.
El siguiente paso era obligatorio: visitar la tienda de Wang. Compra de artículos básicos de limpieza: cubo, fregona, detergente y ambientador con aroma de limón. Horas de trabajo, litros de agua ennegrecida, y como resultado un suelo brillante y un gratificante aroma cítrico flotando en el ambiente para nivelar los chacras y las buenas vibraciones. Ni tú mismo te creías el cambio.
Hecho esto, pasate a centrarte en el caso. Ideas. Pesquisas. Teorías. Páginas emborronadas buscando una conexión McGregor-Patterson… Pero nada. Pistas y preguntas sin respuesta.
¿Qué hacía Patterson en un almacén de una zona industrial repleta de putas a esas horas de la
noche?
No lo sabes.
¿Qué une a un capitán de policía con alguien como McGregor?
Más de lo mismo: ni puta idea.
¿Por qué el nombre de Patterson aparecía cubierto de líquido corrector en el informe policial y sustituido por el del tal Johnson?
Alguna idea al respecto: la unión McGregor-Patterson existe, aunque no sepas cuál es. Tal vez Patterson llevó el caso en un principio (¿como favor personal a McGregor padre?, apuntas en tu libreta), algo aparentemente sencillo a fin de cuentas: encontrar al hijo homosexual de Fred McGregor…
Problema.
El mariposón no apareció. No se pudo ampliar el radio de búsqueda, y el caso quedó en punto muerto. Pasó el tiempo. Patterson tiró la toalla y decidió cargarle el muerto a otro. Asunto cerrado.
Una circunferencia que te vuelve a llevar al punto de partida: ¿quién o qué, es lo que los une?
Tormenta de ideas lo llaman los tecnólogos. Para ti, un dolor de cabeza. Nombres. Suposiciones. Tachones. Tal vez, piensas, Patterson siguió el caso del amigo de Willy McGregor. Una desaparición en toda regla. Y al no encontrar el cuerpo le pasó el caso a Johnson…
… No. No puede ser. Otro tachón. La policía no sabe nada de eso. El expediente hablaba de desaparición. Nada más. No había nada que lo vinculara a otro caso…
Tienes que hablar con Russell. Va a ser caro, pero tienes que intentarlo. Sólo él tiene acceso a los archivos y una comisaría no es una puta biblioteca a la que acudir a pedir documentación. Necesitas un favor, y los favores se pagan. Repasas mentalmente cuánta pasta te queda. Los servicios de Russell te van a dejar sin blanca, pero es lo que toca. En un par de días te pasarás por el Roastbeef Cafe a hacerle el encargo.
Mientras tanto, te toca seguir pensando.
Y si…
Tal vez…
Podría ser…
Una nueva teoría emerge de la nada: el amigo mata a Willy McGregor. Papá McGregor se entera. Manda ejecutar al asesino de su hijo. Pasan unos meses. Las cosas se complican, no sabes por qué, pero das por hecho que las cosas se tuercen y te contratan a ti para husmear y que dé la sensación de que lo del pequeño McGregor no fue más que una desaparición sin más.
«… Aquí nadie es lo que parece… ».
No. Muy rebuscado y sin argumentos. Demasiada gente implicada en saber dónde anda el fugitivo. El propio Joe te ha invitado a coger la pasta y desaparecer del mapa. A Bobby le borraron media cara de un disparo por ponerse nervioso y hablar más de la cuenta. Si Willy fuera pasto de los gusanos no se habrían tomado tantas molestias por hacerle callar. Y además estando tú delante…
… O tal vez sí…
Oíste decir a los polis del Roastbeef Cafe que Patterson estaba como loco por hacer creer al personal que el fiambre que se habían encontrado en un aparcamiento era el de Willy McGregor… Pero ¿por qué?
Cansado, tiras el bolígrafo sobre la mesa y te enciendes un cigarro. Sin alcohol de por medio, la gracia de fumar está perdiendo su encanto. Te sientes cansado, entumecido. La idea de bajar a tomar un café pasa por tu cabeza. Joe no vende cafés, para espabilar al personal ofrece otras cosas más efectivas. No hay ningún problema, hay más bares por la zona, aunque les falta la camaradería ente camarero y cliente como para considerar el lugar como tu bar.
Das una calada. Bostezas y te desperezas. Tu cuerpo cruje, protestando por las horas que has permanecido sin cambiar de postura. Alguien llama a la puerta. La idea del café la dejas para otro momento. Te acomodas en la silla.
—¡Adelante! ¡Está abierto! —gritas.
Nada. Nuevos golpes.
—¡Está abierto! ¡Adelante!
Nada. Nuevos golpes.
Te pones en pie. Abres el cajón y sacas el 38. El barrio ha estado muy tranquilo últimamente, pero al parecer la chusma está volviendo a sus quehaceres cotidianos: joder al prójimo para pillar su dosis. Te acercas a la puerta, despacio, apuntando al frente dispuesto a volarle las pelotas al primer hijo de puta que tengas a tiro.
Sales al descansillo. Ni un alma. Está oscuro desde que la poli mandara tapiar las ventanas para evitar nuevos aterrizajes forzosos. Escuchas carreras escaleras abajo. No lo dudas, ya que te has levantado del asiento no vas a dejar que se vayan de rositas. Amartillas el arma, clic, y sales tras ellos. Les vas a enseñar educación y modales.
Das un paso. No más, el siguiente se queda en el intento. Alguien te pone una bolsa de tela negra en la cabeza. Forcejeas. Un golpe en la espalda, a la altura de los riñones, te hace caer de rodillas. Un segundo impacto, en la cara interna del antebrazo, te desarma al instante. Sientes un hormigueo incómodo en la punta de los dedos. Te empieza a faltar el aire. No sabes qué está pasando.
—Llevadle dentro —dice una voz que te resulta familiar.
Te arrastran por el suelo. Escuchas cómo cierran la puerta. Calculas que estás en mitad de la habitación. Alguien camina en círculos a tu alrededor, como un chacal ante una presa potencial. Al acecho. Con calma. Sabiendo que el tiempo juega a su favor.
—Bien, Dax —dice. Ya le ubicas. El aparcamiento. Las caricias del tío que tenías detrás. Tu estancia en el hospital…—. Ya te dije que volveríamos a hacerte una visita. ¿Qué tal va todo?
Silencio.
—Parece que estás poco comunicativo. Eso está bien. Uno de mis chicos te ayudará a hablar, no te preocupes.
Escuchas pasos detrás de ti. Sabes lo que está por venir. El primer golpe impacta de lleno en el mismo punto que el anterior. Una voz estalla en tu interior, aconsejándote que si no quieres mear sangre durante meses, lo mejor es que colabores y hables de una puta vez.
—Probemos otra vez. ¿Qué tal va todo? —calculas que debe estar cerca de la mesa—. Veo que estás haciendo los deberes. No entiendo una mierda de lo que pone en esta libreta, pero así me gusta, trabajando. No todo va a ser ocio e irse de putas…
Hace una pausa. Se acerca a vosotros.
—¿Has descubierto algo sobre nuestro amigo en común?
Niegas con la cabeza. Al parecer la bolsa no le permite ver tu negación.
—Te he hecho una pregunta, Dax.
—No. No he descubierto nada —respondes a toda prisa, tratando de evitar un nuevo golpe.
—¿Seguro?
—Sí, joder —protestas. La atmósfera dentro dentro de la bolsa empieza a ser húmeda e irrespirable—. He estado ocupado en otros casos…
—Otros casos. Ya, supongo que estarás muy ocupado —ironiza—… Veo que has hecho limpieza, Dax. La verdad es que da gusto entrar aquí sin que parezca el cuarto trastero de un demente. Muy acertado, sin olvidarse del detalle del ambientador. Aquí antes olía a alguien muerto en vida. Ahora, en cambio, huele a alguien vivo que puede morir. Me gusta.
Te quedas de piedra. Deduces que han estado en tu despacho antes sin que te hayas percatado de ello. En vuestro anterior encuentro te dijeron que te estaban siguiendo, pero no sospechabas que su seguimiento hubiera llegado tan lejos.
—Tranquilo. No te pongas nervioso. Entramos sólo para echar un ojo, nada más. No nos llevamos nada de valor.
El que tienes detrás se ríe. Sus carcajadas suenan graves. Te le imaginas como un monstruo de voz gutural y aspecto infantil. Grandullón, musculoso, de poco seso. El cliché perfecto del matón con menos luces que un concurso de belleza en la América Profunda, de nudillos magullados y que no llega a viejo.
—Pero ya te digo, eso no importa una mierda. ¿Qué has descubierto?
—Nada —un tono insolente acompaña a tus palabras. El riesgo de recibir una nueva caricia no parece importarte. Estás rabioso, enfadado. Y tu integridad física ha pasado a un segundo plano ante la ira que empieza a llevar la voz cantante—. No he descubierto nada. Willy McGregor desapareció. Parece como si se lo hubiera tragado la tierra… eso, o… que está muerto y esto no es más que una cortina de humo para guardar las apariencias.
—¿Tú crees que todo esto es una cortina de humo? Yo te digo que Willy McGregor está vivito y coleando.
—Si tan seguro estás, dime dónde está y me paso a recogerle. O mejor aún…
No acabas la frase. Has cruzado la línea de su paciencia. Un puñetazo en los dientes te hace callar. La boca te sabe a sangre. Te pasas la lengua sobre los incisivos. Al parecer sólo ha sido el golpe, no encuentras ninguna baja que lamentar a la hora de comer.
—Te lo voy a advertir una vez. Sólo una. No te hagas el gracioso con nosotros, Dax. Tienes las de perder. ¿Ha quedado claro?
Claro no, transparente, piensas, aunque optas por responder con un sólo monosílabo: sí.
—Bien. En ese caso, ¿qué has descubierto?
—Nada. No hay nada a lo que aferrarse. Lo digo de verdad —empiezas a ponerte nervioso—. No sé dónde está Willy McGregor ni si está vivo.
—Entonces, ¿qué hacías con el poli ese en un bungalow a pie de playa? Al final Bobby iba a tener razón cuando dijo que eras una maricona vieja y pervertida.
Las palabras quedan suspendidas en el aire. En otras circunstancias mostrarías tu virilidad a golpes pero no estás en condiciones de enseñar nada. Te sientes impotente, insultado. Humillado en tu propio despacho. Un viejo, eso es, un viejo frágil que se ha metido de lleno en la boca del lobo creyéndose alguien cuando no es más que el recuerdo de lo que una vez fue.
—Le pedí información —dices con un hilo de voz. La sangre te gotea por la barbilla—. Pero no he sacado nada en claro. El informe policial no decía nada que no supiera ya.
—Comprendo, comprendo —parece pensar su próximo movimiento, como un ajedrecista consumado y experimentado. Es un jodido experto en la tortura psicológica, eso es innegable—… Por cierto, menuda sorpresa al descubrir que O´Connor sigue vivo, ¿no?
Das un respingo. Te sientes desnudo, sin argumentos. Parece saber en todo momento qué te traes entre manos y eso no te gusta. Los consejos de Joe empiezan a ganar peso: coger la pasta y desaparecer. Pero, ¿a dónde? Estos hijos de puta son realmente buenos en lo que hacen. No sientes su aliento en la nuca, aunque sepas que los tienes encima.
Un rayo de claridad pasa por tu cabeza: no son polis. Si lo fueran no habrían mencionado a O´Connor. Por lo que oíste en el Roastbeef Cafe habían encontrado un fiambre y Patterson estaba demasiado preocupado por pregonar a los cuatro vientos que era Willy McGregor.
—Sabíamos desde el principio que tu pequeño pupilo estaba vivo, por eso no creímos necesario decirte nada. Además, estabas en el hospital y no sabíamos cómo te tomarías una visita por nuestra parte. Bueno, siendo francos, más que preocuparnos tu respuesta, lo que más nos preocupaba era cómo se lo podrían tomar los centuriones que te custodiaban. Ya sabes, son muy celosos con sus cosas. El jefe manda y ellos obedecen, o lo que es lo mismo: el chulo manda y la puta abre la boca.
—¿Cómo sabíais lo de O´Connor? —tratas de contenerlo, pero un tono agudo escapa de tu boca.
—Dax, ¿cuándo aprenderás a escuchar? Es lo malo que tenéis los polis, o los que habéis sido de la pasma y ahora jugáis a ser Sherlock Holmes en versión americana. Todo en bruto, nada de pericia o ciencia. Sólo golpes, torturas y extorsión. Pero bueno, no voy a seguir por ese camino que no conduce a nada… El problema de la gente como tú, es que no escucháis, a no ser que se os diga lo que queréis oír. La otra vez que nos reunimos te lo advertí: te estamos vigilando. No me harías caso, o tal vez tengas amnesia por la edad y esas cosas, no lo sé. De todas formas te lo repito: seguimos tus pasos. Es muy difícil que no sepamos dónde estás —hace una pausa. Le oyes encenderse un cigarro y dar una larga calada, creando expectación como un puto predicador frente a sus fieles antes de entrar en trance y contactar con el Creador—. ¿Quieres otra prueba de nuestra eficiencia?
No respondes. Te sientes en sus manos y da igual lo que digas, sabes que te lo va a contar igualmente. Le gusta lo que hace y eres tú, y no él, quien tiene las de perder.
—No digas nada, Dax. Así la sorpresa será mayor —sigue diciendo. El suelo y sus zapatos parecen haber entablado una lucha encarnizada de pitidos y sonidos desagradables—. Bonito coche el que os habéis agenciado tu socio y tú. Un trabajo impecable. Con llaves y todo. Una elección muy acertada. Ni muy ostentoso ni una chatarra rodante, algo ideal para no llamar la atención en vuestras pesquisas.
—Eso es cosa de O´Connor. Le pedí un coche y me trajo ése. No pregunté.
—Pues es raro que un poli no pregunte, ¿no te parece?
Te encoges de hombros. La obviedad roza lo ridículo. Te mueves en un mundo complejo y alejado de lo oficial. Si no preguntas es porque hay veces que es preferible parecer gilipollas a abrir la boca y demostrar serlo.
—Bueno, da igual amigo mío. Ha sido un placer volver a verte y comprobar de primera mano que te tomas en serio el caso. Las ideas que has apuntado en la libreta son interesantes. Ahí tienes la solución al paradero de Willy McGregor. Busca la conexión entre su padre y Patterson. Y una vez que des con ella, verás cómo todo cuadra a la perfección. Siento no poder decirte más, créeme. Pero mis fuentes también son limitadas y la información cuesta mucho dinero.
Farfullas algo que la bolsa ahoga. No eres consciente de lo que has dicho, así que no te queda otra que agradecer el efecto insonorizador de tu nuevo atuendo.
—Nos vamos a ir, Dax. Tendrás cosas que hacer y no queremos entretenerte más. Pero no temas, no te vamos a dejar inconsciente. Hoy no. A cambio te dejamos un regalito en la mesa, junto a las notas. Nosotros nos vamos, tú cuentas hasta cien en voz alta y después te quitas la capucha. Sé buen chico y no te compliques la vida haciendo trampas. Eso está muy mal visto.
Algo cae sobre el tablero de la mesa. Plof. Escuchas pasos hacia la puerta. Empiezas a contar.
—1, 2, 3…
La puerta se abre y se cierra. Sonríes. Alzas la voz.
—… 4, 5, 6…
Te pones en pie. Te quitas la bolsa de la cabeza. Respiras hondo. El 38 está en el suelo, a tu lado. Lo coges. Está cargado. Pobres gilipollas, piensas amartillándolo.
—… 7, 8, 9…
Te acercas a la ventana. No se les ve por la calle. No han debido de tener tiempo de llegar aún al portal. Decides salir tras ellos escaleras abajo. Es tu turno de jugar al fascinante juego de 1, 2, 3, responda otra vez y si no nos gusta su respuesta, prepárese para recibir.
—… 10, 11, 12…
Abres la puerta y avanzas con sigilo. Está oscuro. Apuntas a las sombras. No hay nadie en el descansillo. Empiezas a bajar las escaleras. Siguiente descansillo. Andas de puntillas, no quieres hacer ningún ruido que te delate. Nada. Ni un alma. Siguiente tramo de escaleras. Las empiezas a bajar algo más confiado. Levantas el arma, apuntando al techo, y aprietas el paso. A tu espalda suena un ruido extraño. Te das la vuelta. Tarde. Un golpe en el temporal izquierdo, un crochet a juzgar por la trayectoria, el área y la fuerza del impacto, te tira escaleras abajo. Estás aturdido. Grogui en términos pugilísticos. Ves cuatro piernas que se acercan a ti.
—Eso no es lo que habíamos acordado, Dax —dice la misma voz que ha estado interrogándote en el despacho—. No está bien hacer trampas, ¿no crees? ¿qué ejemplo estás dando a las generaciones venideras?
Tratas de reptar por el suelo y separarte de él. No puedes verle la cara. Ni a él ni a su acompañante. Sólo las piernas que se acercan a ti. Tienes miedo. Efectivamente, has hecho trampas, y a los tramposos se les castiga, pero cómo…

 

©Novela por entregas: Ignacio Barroso, 2020.

Impactos: 49

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