LOS MONSTRUOS INVISIBLES por Rosalía Guerrero – IV Antología Solo Novela Negra

Puedo reconocerlos con tan solo mirarlos porque yo también fui uno de ellos, un ser infecto que engullía con ansia horas de placer culpable. Fui durante demasiado tiempo el buitre que espera, agazapado detrás de su pantalla, para saborear la carroña inocente de presas ajenas. Paseé por el filo del abismo, a punto de caer en la morada de los monstruos que acechan, escondidos, para sacrificar la ternura.

Pero la mala suerte que siempre me acompaña, adherida a mí como una segunda piel, me salvó de mí mismo. Cuando mi IP apareció en aquel listado infame vinieron a mi casa, y los archivos almacenados en mi disco duro me proporcionaron una condena de cinco años e infinidad de sesiones de terapia.

Después del macro juicio mi imagen se filtró en las redes, y al salir de la cárcel mi vida entera se había desmoronado: mi familia me repudió, mis amistades se alejaron de mí, mi puesto trabajo lo había ocupado una persona que jamás pensaría en un menor como objeto del deseo. Esa fue mi condena.

Entonces hui de mi ciudad en busca de un lugar en el que nadie me conociera, de una nueva vida en la que no pudiera cometer los mismos errores. Y lo conseguí: cambié el consumo de pornografía infantil por hurtos y estafas para sobrevivir. En mi descargo diré que me presenté a multitud de entrevistas de trabajo, pero en cuanto contrastaban mis datos encontraban el delito de mi pasado.

Hasta que una inspectora fuera de servicio me detuvo mientras perpetraba un atraco chapucero a una sucursal bancaria. Poco después comencé a colaborar con la policía, en parte para rebajar mi pena, en parte para mirarme en aquellos ojos verdes que acabaron atrapándome en una relación imposible, de esas que ocurren tan solo en una novela negra.

Así pues, reprimí la náusea que me provocaba el hombre que fui y volví a usar mi nombre de caza, Feroz, para simular seguir siendo el mismo. Me sumergí en las aguas profundas en las que habitan los tiburones hambrientos y contacté con mis antiguos colegas. Tuvimos que preparar una coartada para que volvieran a confiar en mí, algo sobre la ineficiencia de las terapias para pederastas y la incomprensión del resto del mundo. Muchos de ellos habían acabado, como yo, en cárceles en las que los propios internos se convirtieron en nuestros carceleros. Algunos, incluso, continuaban en prisión o tenían largas condenas por delante, y aprovechaban los permisos para volver al pozo.

Cada día acudía a la comisaría para, ante la mirada vigilante de la inspectora, conectarme y recabar pruebas que hicieran caer el nuevo entramado nauseabundo que se había tejido durante mi ausencia.

Pero no estábamos preparados para lo que íbamos a encontrar.

Al principio fuimos navegando entre imágenes y videos repugnantes, aquellos que en otro tiempo buscaba sin pudor. En esos momentos sentía una vergüenza sonrojante, un odio insoportable, intenso y cruel, hacia mí mismo. En uno de aquéllos videos reconocí el tatuaje de un antiguo compañero de celda. Era el hombre que vivía en el barrio de Velluters, y que en el momento de mi detención tras el atraco fallido acariciaba el rostro de una niña con coletas en su portal. Era un malnacido de la peor especie, pero no me quedó más remedio que hacerme el encontradizo con él. Por suerte ya estaba fichado, y conociendo sus movimientos resultó fácil. Nos encontramos una noche del tórrido y húmedo verano mediterráneo, cuando los turistas invaden Valencia y sustituyen al vecindario de la ciudad, en un garito cercano a la Malvarrosa. Le invité a un par de copas y no tardó en ofrecerme carne fresca.

  • ¿O has abandonado los placeres prohibidos? —me soltó con sorna.

No estaba preparado para esa pregunta y tan sólo pude soltar una carcajada estruendosa mientas pensaba mi respuesta.

  • ¿Crees que estaría aquí de haber renunciado a ello? —fue todo lo que se me ocurrió decir.

Seguimos bebiendo, me ofreció un par de rayas y nos fuimos a un tugurio escondido en un callejón. Había varias chicas, algunas parecían menores. Pagué y entré con una de ellas a una habitación llena de mugre. Le dije que solo quería hablar y ella pareció sorprenderse.

  • ¿Eres poli o algo así? —me preguntó con sorna.
  • Digamos que algo así.

Me miró dubitativa durante unos instantes, sopesando qué podía contar sin poner en riesgo su vida. Finalmente habló.

  • ¿Y qué quieres que te cuente?
  • Puedes empezar por el principio.

Entonces, me habló de su familia, del piso compartido de su infancia, del padre ausente y de la madre que naufragó entre jeringuillas. De los problemas en la escuela y de su paso por los servicios sociales. De la familia de acogida que no pudo soportarla más de un mes y del centro de menores en el que recaló.

  • Ahí empezó lo peor —y la expresión en su rostro infantil envejeció de pronto.

Me contó que por la noche la sacaban medio dormida y la llevaban a un lugar del que guardaba recuerdos difusos; que a la mañana siguiente se despertaba con la lengua pastosa y sensaciones pringosas en la piel; que se había escapado del centro, tres, cuatro, cinco veces; que siempre la devolvían a él.

  • ¿Quién me iba a creer a mí, una niña impertinente que no daba más que problemas?

En ese momento alguien tocó a la puerta.

  • Se ha acabado el tiempo, tenemos que salir —me dijo—. ¿Volverás?
  • Claro —le dije, metiendo una propina en su mano de dedos delgados y uñas mordidas.

Salí de allí con el corazón helado y con el propósito ineludible de sacarla de aquel infierno. En ese momento me di cuenta que no sabía su nombre siquiera.

Aproveché que el tipo con que el que había acudido no estaba por allí para escabullirme tan rápido como pude.

Al día siguiente, en la comisaría, conté lo que había averiguado con la esperanza de rescatarla.

  • No podemos intervenir aún —me dijo la inspectora al mando de la operación—, sólo conseguiríamos liberar a varias chicas. Hay que ir a desarticular la red completa.

Así que continuamos buceando en la zona tenebrosa de la web hasta que, en un video tan repulsivo como los demás, me encontré con su rostro dormido, todavía más joven que varias noches atrás.

Volví varias veces a aquel local mugriento para hablar con ella. Me contó que en el centro había un tipo que las fotografiaba en las duchas, y que era el mismo que conducía la furgoneta cuando las sacaban de allí.

  • ¿Os sacaban? —le pregunté— ¿A varias?
  • A todas, y a los chicos también —me respondió—- Era como una lotería: nunca sabías a quien le iba a tocar esa noche. Pero bueno —continuó—, la última vez que me escapé ya no me buscaron. Y como no tenía donde ir, vine a buscar a una amiga y me quedé aquí.

En esas ocasiones me habló sin temor de todo, incluso de un hombre importante que salía en la tele cuyo y nombre no recordaba. Pero un día se cerró en banda. El miedo se había adueñado de ella. La vez siguiente que fui ya no la encontré.

Poco a poco nuestras pesquisas nos llevaron a caminos enfangados por los que nos costaba transitar. En ellos, los vídeos incluían violencia, torturas, asesinatos. Cada vez estábamos más cerca, pero cada paso dolía más.

El día programado para el operativo el equipo de Valencia, coordinado con otras unidades del resto del país, se disponía a intervenir en un lugar indeterminado entre Alicante y Valencia. Pocas horas antes el comisario recibió una llamada para abortar la operación. Sus gritos resonando desde su despacho alarmaron a todo el personal. Al rato salió, más calmado, pero aún con restos de la cólera en su rostro.

  • Cancelamos el operativo, órdenes de arriba —rugió—. Gracias a todos por vuestro magnífico trabajo.

Me mantuvieron al margen de los detalles, pero sospecho que alguno de los implicados era un pez gordo. Siempre es igual, en cualquier delito ellos consiguen escapar.

Unos meses después saltó a los medios de comunicación la noticia: había sido desarticulada una red de prostitución y pornografía infantil cuyo epicentro estaba situado en Valencia. Sin embargo, no mencionaron a ningún personaje conocido. Tan sólo a algunos desgraciados que aseguraron ser los responsables de la trama, entre ellos mi antiguo compañero de celda. Más tarde me enteré de que a su familia le iba muy bien. No sé de dónde sacaron tanto dinero, pero lo intuyo.

Se llamaba Clara. Encontraron su cuerpo en una acequia. Algunas noches sueño con ella: me mira a los ojos y me pregunta:

  • ¿Volverás?

Y siento la náusea de no haber podido salvarla.

 

©Relato: Rosalía Guerrero, 2020.

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23 thoughts on “LOS MONSTRUOS INVISIBLES por Rosalía Guerrero – IV Antología Solo Novela Negra

  1. Me ha parecido un relato muy bueno. Me ha dejado tocada y eso es porque ha transmitido perfectamente el dolor que toda esa situación. Genial!!!

    1. Cierto, se hace cortísimo. Rosalía, a ver si te animas con un relato más largo o incluso una novela corta.

      1. Me sigue encantando tu manera de escribir. En un relato como este eres capaz de decir tanto, de trasmitir tanto, fabuloso. Aunque tuviera mil páginas me engancharía y no podría de dejar de leer.
        Seguro que llegas lejos. Tú puedes.

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