Palabras para las damas,

mano para los amigos y

balas para los enemigos.

Desconocido.

LA PURI

UNA HISTORIA DE AMOR Y BALAS

Zaragoza, 1945

La Puri, mi Puri, cruzó las piernas y subió la temperatura de la casa de lenocinio,  porque mi Puri no llevaba bragas.

Pero antes de continuar voy a remontarme al principio de la historia, para que ustedes se pongan en situación. Conocí a la Puri en las navidades del cuarenta y cuatro y desde entonces somos pareja.

Aquel día me encontraba trabajando. Mi despacho era un sucio soportal del callejón del Desengaño, haciendo esquina con la calle Fuenclara, donde esperaba paciente a mis clientes, rodeado de colillas. A mi clientela me la suministraba la Casa de Juego situada al fondo del callejón. Pues bien, cuando el pardillo al que yo ya le había echado el ojo se disponía a pasar por mi lado, me encasquetaba el sombrero hasta las cejas y me pegaba a sus espaldas como una segunda sombra. Cuando la ocasión lo requería: un angostillo desierto, un porche sin iluminar… en dos zancadas me ponía a su par y de un empentón lo introducía en el lugar elegido. Sus rostros eran un poema cuando rodaban por el suelo y al intentar levantarse se enfrentaban a mi careto cabreao y al cañón de mi 38 Smith & Wesson. Yo siempre llevaba un revólver de tambor. Me gustaban con tambor porque me servía para intimidar todavía más. Cuando lo girabas y las balas pasaban alocadamente ante la vista del pavo de turno, por lo general se descomponían patas abajo.

Bueno, sigamos, pues el día que conocí a la Puri era un día de esos de sabañón, no me había estrenado, y encima me había quedado sin tabaco. Total que me dije, Eleuterio, hay más días que longanizas, otra vez será. Y cuando me disponía a marchar, apareció ella, en la esquina de la calle Fuenclara. Instintivamente busqué el cobijo de las sombras. A la Puri la iluminaba la luz difusa del anuncio de un neón situado en un almacén cercano. La Puri se sacó un cigarrillo, se lo puso en unos labios carmesí, y prendió un mixto. Y aquella pequeña llama iluminó sus facciones y sus entornados ojos. La Puri, aunque es obvio que en aquel instante no sabía como se llamaba, lo hago por ustedes, para que no pierdan el hilo narrativo, echó la primera bocanada de humo al aire. Me quedé boquiabierto contemplando la belleza de su perfil y su cuello. Pero mi éxtasis dio paso al estupor en lo que cuesta chasquear los dedos. ¡En ese cuello había aparecido el filo cortante de una navaja! Y situado a su espalda, un tipejo disfrazado de Rey Mago que la sujetaba. La Puri se quedó petrificada cuando el Melchor de pacotilla le dijo:

—Quietecita morena y dame todo lo que llevas en el bolso.

La Puri abrió mucho los ojos y comenzó a temblar como un pajarillo. Fue entonces cuando saliendo de mis tinieblas cogí al susodicho por el pescuezo y lo estampé de espaldas contra la pared. De una patada lo dejé desarmado y a continuación, cogiéndolo por el cuello con mi manaza izquierda comencé a golpear su fea cara con mi puño derecho: uno, dos, tres, cuatro… hasta que sentí la mano de la Puri sobre mi brazo izquierdo diciéndome:

—Déjalo. Lo vas a matar.  

—Hazle… caso… Me estás matando —imploró el pavo, y cuando abrió aquellos labios tumefactos, escupió tres dientes, creo, entre espumarajos de sangre.

Aún así, le di el quinto, de rematadera. Cuando le solté del cuello, se desmadejó como un pelele.

En silencio cogí a la Puri por el talle y echamos a andar sin volver la vista  atrás. Cuando salimos a la plaza del Mercado nos paramos un instante, el tiempo suficiente para, mirándonos a los ojos, decidir ir por Escuelas Pías. No recuerdo exactamente  en que punto fue, que sentí como me cogía por la cintura y apoyaba su cabeza contra mi hombro izquierdo. Yo entonces la cogí por su hombro, estrechándola. Y así seguimos deambulando, fundidos en una sola persona, hasta pasar por el bar el Palacio, donde rompí mi mutismo susurrándole  al oído:

—¿Tomamos algo?

Y ella se encogió de hombros, así que entramos. Nos sentamos frente a una mesa de mármol con las patas repujadas de hierro. Ella se pidió un Chinchón y yo un coñac. No sé si fue el Chinchón o el calorcito que desprendía una estufa de leña, el caso es que la Puri despertó de su letargo y comenzó a hablar como una verdulera. Así me enteré que se llamaba Purificación Gutiérrez Benito, que nació en la plaza del Rosario del viejo Arrabal, que era la tercera de nueve hermanos, que su padre a partir de los seis años comenzó a penetrarla, que se marchó de casa y por eso ahora se dedicaba a labores de puta, y bla, bla, bla… En fin, la misma historia de siempre. Yo, mientras me describía su vida y milagros, me dedicaba a observarla, intentando desentrañar si sus ojos me decían la verdad, aunque me importaba tres carajos si me mentía. Cuando terminó de hablar, yo ya iba por el cuarto coñac, me presenté. Le dije que me llamaba Eleuterio, que era matón por un puñado de duros, y que todo el mundo me conocía por Pope, de Popeye. Y entonces le solté una parrafada en plan filosófico: “es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre”. Pues mira, eso le hizo gracia y se echó a reír, aunque no sé muy bien si por lo de la frase o por lo del nombre.  

Y a partir de entonces comenzó nuestra extraña relación de pareja, o sociedad, o cómo diablos la quieran llamar.

A la Puri la saqué de puta y ella a mí del oficio de matachín, porque decía que era muy peligroso. Así que nos buscamos un nuevo trabajo en la casa de mi amigo Emiliano. El Emiliano tenía su casa de lenocinio en las cloacas de la vieja ciudad, en la calle la Verónica. La calle de la Verónica, larga y estrecha, situada en el conocido y concurrido barrio Chino de Zaragoza, estaba plagada de garitos, como los del Emiliano, y tabernas flamencas que daban refugio a los matasiete, como yo, de dos reales; a los  chulos, con y sin putas; a estraperlistas; militares sin guerra; parados de oficio; reventadores de pisos… En una palabra, fauna noctámbula de pedigrí, que salíamos de las tascas oliendo a refrito, sardinas y vino peleón. El negocio del Emiliano, próximo al teatro Principal, en teoría tenía que marchar bien, pues clientela no faltaba, pero lo que fallaban eran las putas. El Emiliano tenía cuatro trabajando para él, pero ni juntas, valían un pecho de mi Puri. Así que entre los tres ideamos un espectáculo. La Puri se ponía una falda corta y una blusa blanca ajustaba a su voluminoso pecho, abotonada tan solo con un botón.  ¿Se imaginan?… Luego se sentaba en un taburete, de espaldas a la barra, y comenzaba la función. Como ya he dicho al principio la Puri no llevaba bragas, y cuando cruzaba las piernas lenta y parsimoniosamente, recreándose en ello, se paraban los relojes y subía la temperatura del local.

¿Qué se conseguía con esto? Pues que trabajasen las cuatro putas a destajo, porque tras unos numeritos de mi Puri, la parroquia se ponía burra y se levantaban con la mano en la bragueta demandando carne fresca. A cambio el Emiliano nos alimentaba el estómago y nos dejaba dormir en una de las habitaciones del piso superior.

Todo marchaba bien, hasta que un día entraron a atracar la casa del Emiliano. Eran tres individuos tapándose el careto con pañuelos, como en las pelis. Dos de ellos con artillería. El otro, con una navaja.

—Esto es un atraco —dijo el del medio, normal de complexión, sobre el metro setenta, que parecía llevar las voz cantante, apuntándonos con su cacharra.

A continuación, con el brazo extendido, limpió la mesa que tenía más cercana.

—Venga, todos al suelo, pero antes pasaros por vicaría  y dejad en esta mesa todas las carteras. Tú —dijo señalando al Emiliano—, dale a mi colega todo el dinero de caja.

Yo me terminé el coñac que me estaba tomando mientras los observaba detenidamente por el rabillo del ojo, midiendo mis posibilidades. El más peligroso y frío me pareció el tipo que no paraba de dar órdenes. Luego estaba el colega, al que bauticé el “nervios”, porque no paraba de moverse, como si tuviese el baile de San Vito o ganas de mear,  y por último, y que descarté de inmediato, el de la navaja, pues si pretendía acercarse a mí con intenciones de pincharme lo haría pasado por plomo. Conclusión: tenía muy claro que si se repartían balas, el cantante sería el primero en llevarse un puñao y quedarse afónico.  

Y entonces va el Emiliano y lo lía todo. Emiliano se sacó de la chistera un bate y le rompió la nariz al colega, al “nervios”. El cantante, lo dicho, se quedó sin voz. La primera bala que le envié con dedicatoria le entró por la garganta y antes de caer al suelo llevaba otras dos más alojadas en la frente. Mientras, el “coleganerviosnarizrota”, con el rostro ensangrentado, chillando como una rata y ciscándose en todo lo que se movía, se puso a disparar sin orden ni concierto. Me levanté de la banqueta, apunté y lo envié al otro barrio con su amigo el cantante. Entonces me encaré con el de la navaja, que la arrojó al suelo en señal de clemencia. Pero yo no estaba para clemencias, aunque mi revólver si, pues al apretar el gatillo y girar el tambor, tan solo salió aire con el clic. Cosas de las matemáticas, me había quedado sin balas. El suertudo respiró de satisfacción y se quitó el pañuelo. Entonces pude ver que todavía le quedaban señales visibles en la cara del palizón.

—¡Hostias! ¡El Rey Mago! —exclamé, al reconocerle.

—Estás muerto, cabrón. Estás muerto como tu puta —dijo antes de salir corriendo.

Me quedé de piedra al girarme. La Puri, mi Puri, yacía larga en el suelo con un negro agujero en su bonito pecho.

Lo de la casa de lenocinio del Emiliano hizo mucho ruido y salió en los papeles, así que no me quedó más remedio que tomar las de Villadiego y mudarme de barrio. Lo de la Puri me afectó mucho y durante un tiempo deambulé por el casco viejo de Zaragoza, de tasca en tasca, malviviendo y durmiendo en cartones, con un ojo abierto y el hierro engrasado, cargado y listo para vomitar.  

Pero al final me descuidé. Vaya si me descuidé. El alcohol terminó embotándome el cerebro, y un fatal día me dio por volver al bar del Emiliano.  Ya se pueden imaginar ustedes, a por ropa y para adecentar las pintas que llevaba. Y les digo fatal día porque la policía no se habían olvidado de mí y estaban allí, esperándome. Y me pillaron. En otro tiempo les hubiera olido a un kilometro de distancia y sin embargo, ahora, no fui capaz de detectar su presencia en las cercanías.

Y aquí estoy ahora, en el trullo, acusado de dos asesinatos, y de no sé cuantas cosas más que tenía pendientes con la Justicia. Y mientras espero el juicio, o los juicios, dedico mi tiempo libre a escribir esta historia. Mi historia. La historia de la Puri.

Ya he dejado escrito antes que me descuidé. Vaya si me descuidé.

Dios, apenas he oído el siseo a mis espaldas. Lo que sí he sentido ha sido el pinchazo.

«Ayer recibió cristiana sepultura, Eleuterio, más conocido como Popeye, tras cuarenta y ocho horas de agonía en la enfermería del centro. Todo apunta a que el motivo del óbito se debió a un ajuste de cuentas. Q.E.D.P. El capellán de la cárcel de Torrero».

Antonio Huertas.

Texto: © Tomás Bernal Benito, 2019.

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