LA NOCHE SIN MEMORIA de Jordi Ledesma, BAJO LA DOBLE LUPA DE…

 

 

RESEÑA DE TERESA

 

El hijo de la Negra, «el que escupía en el caldo para las paellas el verano que trabajó en el restaurante de los burgueses», nos cuenta que es novelista, alcohólico, drogadicto y que la casa que habita pertenece a un buen amigo rico que vive en el extranjero.

Así, sin revelarnos su nombre, edad ni el lugar exacto en que se ubica la villa costera que lo vio nacer, esa que perdió su identidad víctima de la proximidad a la Ciudad de la que llegaron los Señoritos para transformar el antiguo puerto pesquero en puerto deportivo, el narrador empieza su labor a palo seco.

En medio del persistente anonimato de calles, edificios y gentes, que campa a sus anchas por su mente, dos personas se resisten al olvido de la memoria: la joven rusa Luda Petrova y Pinilla, homosexual oficial del pueblo en «aquellos años de mentalidad obtusa y de moralidades extensibles» y antiguo amante del hijo pequeño del Señorito, ambos desaparecidos sin dejar rastro.

«La muerte de Pinilla me persigue desde el día que dijeron que no había muerto», dice de uno. «Han pasado por aquí tantas rusas desde que a ella no se la vio más, que nadie está seguro de que la mujer a la que me refiero sea ésta o aquella», dice de la otra. Para sacarlos del olvido, y de su cabeza, debe convertirlos en protagonistas de su nueva novela. Es de justicia.

Al principio, la complejidad de la prosa de Jordi Ledesma, totalmente inesperada, actúa como agravante de la apatía. Es lo que tiene detenerse en cada frase para vértelas con el rebuscado adjetivo y la elaborada metáfora. La exigente forma te distrae del contenido y eso puede disuadir, me temo, a los lectores que solo pretendan pasar el rato.

Los largos y altaneros soliloquios del protagonista, que gritan la excelencia del escritor, se ensañan con el lector quien, ante la escasez de diálogos, se encuentra perdido entre extensos y áridos párrafos que, sin apenas cortes, se dilatan durante varias páginas seguidas. Un narrar en plano secuencia que descoloca al más pintado y te avisa de que el tal Ledesma no piensa ponértelo fácil.

Ahí se producirán los primeros abandonos.

Continuarán la lectura las valientes, los curiosos, los amantes de los retos, aquellos que anhelen encontrar esquemas, personajes y comportamientos diferentes en un género en el que los clichés se repiten más que el Ajo Morado de Las Pedroñeras solo que a éste, gracias a que además de un antibiótico natural es conocido por sus virtudes antidepresivas, se le disculpa el reflujo gástrico que produce, no así a la novela negra.

«Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate»… Quienes, obviando la elíptica advertencia que rezuma el estilo, atraviesen la puerta para adentrarse en el particular infierno de Ledesma, emprenderán un viaje del que no volverán incólumes.

Porque Jordi Ledesma narra a dentelladas.

Donde el escritor pone el ojo, su pluma pone la bala, dejando un reguero de bocados de realidad que supuran desencanto a paletadas. Nada escapa a su escrutinio. Sus derechazos de palabras, que impactan con terrible contundencia en la cabeza del lector, prácticamente te dejan fuera de combate.

Por La noche sin memoria vemos desfilar a «los sin nombre»: el Pescador, el Señorito padre, su mujer, la vieja, y sus dos hijos, el mayor y el pequeño, el Harki, el Buruba, el Dúmper, la Sicóloga, el Policía y el novelista… Un universo de seres devastados que pululan, infelices, sobre la faz de la tierra. ¡No hay perdón para ninguno de los personajes!

Era inevitable que la forma de escribir de Jordi Ledesma, tan descarnada, me transportara en volandas a otros autores, retratistas sin anestesia de la realidad que les tocó vivir, cuyas novelas, tan duras como admiradas, dejaron una profunda huella en mi conciencia lectora.

Cuando leo a Ledesma, me viene a la memoria John Fante gritándole a su alter ego Arturo Bandini, joven aprendiz de escritor, que para saber las respuestas a sus dudas existenciales debe preguntarle al vientoDios mío, heme aquí otra vez, pateando la ciudad. Miraba las caras alrededor y sabía que no eran diferentes de la mía. Caras exangües, caras tensas, preocupadas, desorientadas. Caras semejantes a flores arrancadas de cuajo y metidas en floreros bonitos, flores cuyos colores y matices se marchitarían pronto. Tenía que escapar de aquella ciudad».

Cuando Ledesma describe encuentros sexuales, recuerdo a Charles Bukowski hablando de MujeresMonté a la ex mujer del famoso doctor. La culta viajera mundana. Tenía a las hermanas Brontë en su biblioteca (…) Le di tres o cuatro embestidas particularmente salvajes y ella gimió. Ahora sabía lo que valía un puño de escritor (…) Un día ella saldría en uno de mis libros. Me estaba tirando a una perra de la cultura»).

Cuando Ledesma habla de desamparo, revivo las Once maneras de sentirse solo de Yates, un crudo boceto de seres que no viven grandes desventuras o gestas, tan solo la callada desolación de la vida diaria («Ese estado de ánimo de la hora del cóctel era un efecto cuidadosamente estudiado, Walter lo sabía. Lo mismo que su seriedad de madre durante la cena de los niños; otro tanto la dinámica e impetuosa eficiencia con la que, horas antes, habría hecho la compra; y sería también un efecto estudiado la ternura con la que, más tarde, se entregaría a sus brazos. Su vida era una ordenada rotación de estados de ánimo prefabricados o, mejor dicho, había degenerado en esto»).

Cuando lloro con Ledesma por esa generación aniquilada por las drogas, suena en mis oídos el Réquiem por un sueño de Hubert Selby Jr. «Todas las calles del barrio estaban llenas de drogatas, incluso con nieve y frio, que buscaban algo, lo que fuera. (…) Cuando alguien pillaba tenía que ir a la seguridad de su casa, o de algún sitio, donde pudiera metérselo sin que nadie echara la puerta abajo, le robara la droga y a lo mejor lo matara (…) De vez en cuando caía un cuerpo de una ventana y antes de que la sangre tuviera la oportunidad de empapar la ropa unas manos le registraban los bolsillos para ver que podían encontrar que les ayudase a pasar otro momento en que el infierno quedase aplazado».

¿Qué es para mí La noche sin memoria?

La explosión del turismo de masas, ávido de sol y playa, que cambio para siempre la fisonomía del lugar, anegó a unos y encumbró a otros.

Dos personas cuya desaparición parece no importar a nadie.

Corrupción política y policial.

Las relaciones entre los Burgueses, urbanitas, y los antiguos moradores del pueblo.

Las penurias que impone el matrimonio de conveniencia.

Los deseos sexuales no cumplidos y los satisfechos.

La prisión permanente, no revisable, que supone guardar las apariencias.

Y el mundo de las drogas…

No sé si La noche sin memoria es o no una novela negra. Que lo digan los puristas, los integristas del género, esos que suelen mesarse los cabellos y clamar al cielo cuando un autor se separa de sus rígidos esquemas creativos.

Sí sé lo que es La noche sin memoria…

Esto es crítica social.

Esto es una prosa digna de elogio.

Esto es contar una magnifica historia en solo ciento ochenta páginas

Esto es una andanada continua de florituras estilísticas para describir, de manera profundamente hermosa, el profundo asco hacia la existencia cotidiana.

Esto es LA NAUSEA.

 

RESEÑA DE MANU

Jordi Ledesma (Tarragona, 1979) es, pese a no haber llegado aún a la cuarta década de vida, un autor conocido y respetado en este complicado mundillo del noir patrio en el que resulta habitual ningunear a los mejores para que brille la medianía. Regocija saber cómo Ledesma ha sido galardonado con el Pata Negra 2017 por el Congreso de Novela y Cine Negro de la Universidad de Salamanca y también, durante ese mismo año, con el premio Novelpol. La noche sin memoria, su quinta novela, viene precedida por títulos de largo recorrido como son Lo que nos queda de la muerte o El diablo en cada esquina.

En esta obra, englobada –quizá a su pesar– dentro del thriller de investigación, llama poderosamente la atención cómo su decidida voluntad de estilo queda en todo momento por encima de lo narrado, y ello sin retroceder un milímetro ante eso que muchos darán en llamar «coñazo» y alguno más fino y leído «espesa densidad palabrera». A tales desdeñosos lectores de noir (para mis adentros «lectores-machote»), fanáticos –como certeramente apunta mi compañera Teresa Suárez en una reciente reseña suya–: «del uso de frases cortas y del lenguaje seco, claro y sin adornos, casi administrativo, para imprimir ritmo a la acción», a semejantes lectores, desde luego, La noche sin memoria resultará un escollo… ¿Párrafos de siete líneas sin puntos seguidos, abundantes en comas y redactados con términos que requieren usar el diccionario? ¡Bufff!, dirán, antes de abandonar a la segunda página… Pero yo voy a confiar en que alguno acepte el desafío y logre entrar –sin mayor esfuerzo y pronto retribuido– en el ritmo sinuoso lleno de matices y sugerencias, tan alejado del creado por la habitual prosa administrativa, que ofrece Ledesma con ajustados saltos temporales que, eso sí, exigen no pensar en otras cosas mientras se lee (algo a lo que demasiados están muy acostumbrados)… Y es que, señores, estoy hablando de literatura, de esa Literatura en mayúscula que debería ya haber encontrado su lugar bajo el negro sol de un género tan predispuesto a ensombrecerla.

La noche sin memoria refiere el itinerario de un novelista, innominado y politoxicómano, que vuelve al pueblo costero, asimismo sin nombre, donde se crió. Busca desentrañar, 20 años después, los misterios de una doble desaparición (la de la rusa Leda Petrovna y la de un joven gay llamado Pinilla). El motivo de tal interés cuasi detectivesco no es otro que el de armar una convincente trama para su próxima novela (juego metaliterario que pronto me lleva a deducir que lo que leo no es otra cosa que el resultado final, corregido y publicado, de semejante indagación).

«Yo soy un novelista con malas intenciones, cansado de la ficción, dispuesto por fin a contar una historia de verdad».

La noche sin memoria resulta así algo más que una pesquisa al uso en la que acaba por saberse qué pasó. El novelista se muestra, desde su presentación, como una veraz representación del fracaso humano y el texto escrito, por él protagonizado, acaba convirtiéndose –por encima de todo lo demás– en una crónica sobre la incomunicación. Ese novelista (igual que el solitario insolidario Harry Haller de El lobo estepario o aquel tenebroso Fernando Vidal Olmos de Sobre héroes y tumbas) se siente tan desvinculado de la multitud (y más aún en verano, cuando, ciertamente, más insufrible resulta soportarla) que para contemplar a los turistas desde su implacable óptica exterior no duda en desnudarlos, observar sus gestos, radiografiar sus actitudes, siempre desde el prisma de la desconfianza y el pesimismo.

«¿Y cómo saber si la tierra es el infierno de otro planeta?»

Este cínico empeño del narrador no lo hace mejor ni peor que el resto de los personajes, pero, sin embargo, su penetrante lucidez mostrada para profundizar en el vacío de nuestra época acaba por convertirlo en certero paradigma del hombre actual. La incomunicación y la traición aparecen entonces como una constante temática, y, en contraposición obligada, la soledad y la desconfianza. El otro argumento principal sería la corrupción, encarnada por la familia de los Señoritos. La noche sin memoria viene servida y empapada por esa luz fría e ingrata de la madrugada, una luz filosa, deslumbrante como moneda recién acuñada, que culminará en esa noche brutal de la que no debe quedar rastro.

«De ese modo conseguí la soltura con la que narro; al avanzar en la verdad liberé el texto. Se escribe a base de verdad y distancia.»

El novelista es superviviente de un naufragio donde pereció la inocencia. Consciente de su incapacidad para evitar el destino, continúa viviendo; es decir, haciendo los gestos de la vida: imitando el odio, el amor, la vergüenza… El novelista investiga, se entrevista con otros supervivientes, hasta habla (en unas memorables páginas) con el fantasma de la rusa Petrova y, a veces, incluso intenta amar la vida… simplemente porque es lo único que tiene. Los secundarios de esta novela o bien resultan evanescentes como rulfianas visiones –y eso si su perseguidor logra «apresarlos» para sus entrevistas (así, el Fotógrafo, el Policía, el Pescador…)–, o bien resultan de una rotunda corporeidad, materialista y corrupta en el caso de la familia de los Señoritos, ofreciendo más combustible para subrayar la desesperanza, el asco, el desengaño.

«Algo que justifique las apariciones, la textura vital invisible compartiendo estancia conmigo a diario, los susurros al oído y los recuerdos que se materializan cuando pierdo el sentido por las drogas y el alcohol, cuando creo que sueño que me hablan, o cuando de verdad lo hacen.»

El pueblo está podrido. No avanza ni retrocede. Siempre estancado, cambian las formas, los sistemas, pero la corrupción es congénita: camina con el hombre hasta cerrar el ciclo con la muerte personal, o con la destrucción total. Para contrarrestar este mundo podrido e irredento de vidas vacías abocadas a una muerte tan absurda y mezquina como el propio existir no quedan agarraderos.

Desde Juan Carlos Onetti nadie había descrito con tanta belleza y desolación la angustia del hombre ante la existencia, y aún más allá, ante el misterio de la creación. Jordi Ledesma consigue con sus imágenes borrosas, sus luces blancas de madrugada, su caos, sus miserias, mostrarnos de qué materiales está formada la vida, qué arrastra en su interior. Una maliciosa sonrisa me delata si imagino a algunos autoproclamados «lectores-machote» (o «lectoras-machote», que tampoco escasean) del «negrote» español con La noche sin memoria entre sus manos…

 

ENTREVISTA CON JORDI LEDESMA

  1. Su estilo narrativo es muy diferente al que predomina en España en las investigaciones criminales, no tanto por una insuperable complejidad como por su novedad para lectores más habituados a que les acerquen las tramas con irrenunciable simplicidad. ¿No teme que su peculiar manera de contar le reste público? ¿Piensa seguir fiel al 100% en su forma de escribir sin dejarle influir por lo que, desgraciadamente, lee la mayoría?

Honestamente creo que ya me resta lectores en algunos círculos del género, sobre todo del segmento más afín a las novelas de corte policiaco y procedural, y de aquellas que basan su estructura en una trama que copa todo el sentido de lo narrado. Mis novelas se desarrollan desde la acumulación de situaciones y de los lugares comunes que las van acogiendo. A la hora de mostrar lo que sucede, para mí, son mucho más trascendentes las perspectivas sobre los hechos que los hechos en sí, lo que me permite mayor libertad de óptica y, por lo tanto, de posibilidades narrativas.

Los temas y los argumentos están todos tomados, opino que la innovación es obligatoria, y ha de intentarse desde la propiedad estilística de la voz en el ámbito individual de cada autor. Y en lo global, como aporte al conjunto que es el género negro, ha de hacerse a partir de propuestas estructurales que se alejen del corte clásico tan repetido. Un género que no se reinventa, que no mezcla y prueba nuevos registros, es un género muerto por muchas novelas nuevas que se publiquen.

 Espero no traicionarme nunca en cuestiones de estilo, pero por dinero me vendo a quien sea.

  1. Un fotógrafo daltónico, un ejemplar masculino corpulento, fuerte, profundamente sexual, condenado a una inamovilidad absoluta, una mujer esclava de su belleza… ¿Pero qué le han hecho a usted sus personajes?

La noche sin memoria es una novela de contrastes, busca enfrentar a los personajes consigo mismos antes de ser proyectados ante los demás. Con el entorno y las relaciones también se busca esa confrontación, el Pueblo y la Ciudad, la periferia y la Casa Grande, el puerto pesquero y el club náutico. De la misma manera se pretende un juego literario que trata de mostrar una realidad, pero con conciencia sobre las opciones que la ficción permite para deformarla y dar cabida a la ironía y las casualidades, con las que trato de suplir la falta de humor en mis historias. Por desgracia escribo tragedias, irónicamente puede que también eso me reste lectores. Lo cierto es que la ficción me resulta mucho más interesante que la realidad a la hora de contar verdades.

  1. Hay una influencia grande (y siempre benéfica) de Juan Carlos Onetti en La noche sin memoria, sobre todo la de sus mejores novelas, las ambientadas en Santa María. ¿Confirma este parentesco literario? ¿Puede decir si otros literatos barrocos, como Faulkner o Proust, lo han marcado?

Sí pienso en la Santa María de Onetti cuando decido enmarcar mi historia en un lugar efímero y deslocalizado (decisión que tomo ya para mi anterior novela Lo que nos queda de la muerte), aunque perfectamente ubicable en un territorio más o menos reconocible, que busca ser muchos otros sitios a la vez adoptando una forma de universalidad. Pienso también, de manera inevitable, en Comala, en Macondo, en Región, en Breda… y en tantos otros lugares tan propios, tan particulares y exclusivamente literarios. Tomo la decisión con total conciencia de que no voy a inventar nada nuevo, y desde ese respeto afronto la osadía de crear un mundo que considero propio.

He leído a Faulkner y a Proust, y no hace tanto, lo he hecho en un ejercicio de guía de lectura de determinados títulos y autores que me impuse cuando empecé a escribir mis propios libros, y que considero que debo conocer como elemento imprescindible para mi formación como novelista. En ese ejercicio en ocasiones encuentro títulos que me alegro de no haber leído antes, creo que siendo más joven no hubiera sido capaz de captar matices que quizá ahora comprendo con mayor lucidez a nivel vital y lector.

  1. La Sicóloga y la rusa Luda Petrova, con trayectorias vitales tan diferentes, ansían lo mismo: la seguridad que da el dinero y la posición social del hijo mayor del señorito. Una con su belleza y sumisión, la otra con grandes dosis de paciencia, consiguen su propósito y para ambas, desde el momento en que lo logran, supone el principio del fin. ¿Son estas mujeres dos caras de la misma moneda? ¿Es únicamente la codicia lo que marca su destino? ¿Era posible otra vida para ambas?

Quiero pensar que son un reflejo humano de la aspiración vital y de la frustración del sacrificio de felicidad que puede suponer alcanzarla. Es obvio que cuando elegimos un camino o tomamos partido por una percepción que creemos satisfactoria para nuestro interés, estamos desechando otra serie de opciones con las que se cierran muchas puertas, decidimos marchar hacia un futuro que podemos intuir como idóneo, pero que en realidad desconocemos, sobre todo en lo emocional; en muchos casos los umbrales rebasados quedan atrás para siempre, y nada nos garantiza un refugio en el supuesto de que algo no depare lo que esperábamos. De la misma manera, dentro de ese abanico de posibilidades hay diferentes factores que uno no controla, o por los que queda cegado. Por supuesto que esas mujeres tuvieron otras vías, e incluso la opción de reconducir sus esperanzas y decisiones, pero eligieron lo que eligieron, sin llegar a ser absolutamente responsables de ello. Su devenir podría simplificarse en la idea de que quizá sea necesario tener un yate para darse cuenta de que no es el yate lo que a uno lo hace feliz. 

  1. Otra opción de riesgo ha sido crear una voz narradora tan peculiar como la del novelista. Su negativismo e incomunicación permean la novela, y, debido a esa dificultad suya para acceder a ellos, muchos personajes se muestran difuminados, casi como apariciones. ¿Le costó decidirse por un narrador tan visionariamente atormentado?

La elección de la primera persona omnisciente (también en este punto cabe mencionar a Juan Carlos Onetti, y a mi admirado Antonio Soler) la tomo para la novela anterior a esta, aquí decido darle mayor capacidad de protagonismo al narrador de la que tenía en Lo que nos queda de la muerte, donde aparecía como una figura más expectante y sin tanta implicación con el resto de los personajes. La construcción del personaje que encarna la voz la tenía muy clara antes de empezar el texto, lo había ensayado en varios cuentos inéditos. Sus adicciones propician cierta sensación de bipolaridad que actúa como bisagra hacia el mundo paralelo en el que convive con los fantasmas. Para mí era importante recrear sus trances alucinatorios de una manera poética para alejar el riesgo de adentrarme en un relato paranormal, y dejar claro su estado de embriaguez constante. El narrador vive un declive existencial en el que su único aliciente es dar cuenta de esa historia. En otra de sus lecturas la novela va de un tipo que quiere escribir una novela; y, de hecho, la novela que leemos es la que él quiere escribir. La narrativa que trata de explicar los procesos de creación literaria casi siempre es difusa, puede que sea porque los novelistas acostumbran a ser seres ofuscados mientras transitan dichos procesos.

  1. «Al contemplar algunas de las fotografías, muchas reproducidas en gran formato, pensé en el daltonismo del Buruba, en cómo debió ser para él la visión cromática de ese colorido solar manando o muriendo, cómo se manifestó la propia realidad del cielo en el momento exacto de su captura; yo lo suponía anaranjado, rojizo o violáceo, pero ¿cómo lo imaginaría él?». El Buruba, el único que se atreve a denunciar la desaparición de la rusa, ha logrado despertar mi ternura. ¿Cuál es el personaje, hombre o mujer, en el que usted se siente más reflejado?

El Fotógrafo es un personaje muy importante para la historia, y también lo es para mí, se significa cómo el único que comparte la necesidad de justicia, aunque esta solo sea emocional. Más allá, en lo personal, el peso de la novela lo sostiene el novelista, al que envidio con maldad por su vida placentera y despreocupada, y por sus valores y compromisos artísticos. Además de sentir mucha admiración por su serenidad e inteligencia, algunas de las reflexiones y frases que él emite de forma espontánea, a mí me han llevado meses de trabajo.

Por el resto de los personajes siento bastante lástima.

  1. El enfoque sociológico de La noche sin memoria tampoco ofrece agarraderos. El pueblo donde se desarrolla la investigación aparece, tanto en el pasado como en el presente, irremediablemente corrupto y sin posibilidades de salvación. ¿Ha querido hacer de ese pueblo un símbolo de la situación de corrupción que vivimos? ¿Es tan pesimista como para afirmar que no tenemos salida?

Yo escribo con la intención de mostrarme a los lectores que me van a leer hoy, escribo de, y para, las sociedades en las que habito. Intento abordar preocupaciones y problemáticas que me rodean, y establecer un equilibrio que entable conflictos a partir de los temas siempre tratados por la literatura: el amor, los sueños, los pecados, las pasiones frustradas, vicios, devociones, la culpa, el perdón, y trabajar una ficción que explique lo que esas mezclas derivan, que en realidad es lo que te abre el universo en el que desarrollar el tipo de novela que yo escribo; lo demás solo es un marco que alberga el retrato.

Aunque escribiera historias ambientadas en el tiempo de Jesucristo hablaría del hoy y el ahora. El contexto social es importante para mí, reflejar nuestras carencias como conjunto exime y justifica en amplio grado las conductas individuales que exhiben algunos de mis personajes, empezando por el narrador. Suelo hablar de perdedores que lo son por goleada, y los privo de la posibilidad de convertirse en antihéroes, no los idealizo, procuro mostrarlos con toda su miseria.

Respondiendo a la segunda pregunta: afirmo que la salida es nula, lo cual es una contradicción en sí misma con el agravante, para la parte encerrada, de que una salida nula, no es una salida. Todos vamos a morir.

  1. El sexo en su novela es sucio, decadente, miserable y, en ocasiones, brutal y con altas dosis de sadomasoquismo. ¿Es esa su visión o lo hace para castigar aún más a unos personajes que ya llevan lo suyo a cuestas?

La experiencia me ha enseñado que el sexo, si se hace bien, acostumbra a ser sucio. Como hemos dicho antes se trata de una novela de contrastes. El bagaje sexual y la percepción de la sensibilidad en las relaciones sexuales es siempre individual, y cada individuo comparte con otro, u otros, determinados gustos y afinidades sin la necesidad de que sean todos los que a uno lo complacen por completo, reprimiendo ciertos impulsos que sí se llevarían a cabo con otras personas más afines en esos términos de atracción por determinadas experiencias o prácticas.

Con el sexo, como pasa con muchos vicios, y con pocas necesidades fisiológicas, lo que a ti te puede resultar excesivo o depravado, puede ser un acto nimio para mí. Cuando dos personas no se conocen sexualmente aportan el grado de bagaje que creen apropiado en ese momento, ahí se produce una confrontación de la experiencia sexual aportada, además de una expectativa de lo que se espera recibir. Yo, en la novela, elevo los elementos sexuales al máximo y los hago chocar con otros degradados al mínimo, tanto en el aporte como en la expectativa.

  1. Me gustaría saber si ese pueblo costero lo ha elegido por haber veraneado en él. También si la historia que vertebra la novela, las desapariciones de la rusa Petrova y Pinilla, parten de algún acontecimiento sabido por usted. Asimismo me gustaría que contara si para el demoledor retrato de la familia de los Señoritos tuvo algún modelo más o menos cercano.

Veranos, inviernos, otoños y primaveras. Es el pueblo en el que crecí, con la deformación pertinente para darle cabida en el texto, y simplificado con el fin de poder estereotiparlo.

Hay dos sucesos en la década de los noventa que inspiran la novela, dos desapariciones, aunque yo construyo una ficción a partir de determinadas hipótesis y testimonios difusos.

 La familia de los Señoritos es la suma de diversos perfiles de clanes burgueses que dominaban las producciones agrícolas y su exportación en la zona del Camp de Tarragona. Las tácticas de estafa para el cobro de seguros y subvenciones se llevaron a cabo durante bastantes años consecutivos en el tiempo citado, y con una metódica como la que el libro refleja.

  1. «Mi mirada se desparrama en muchos charcos por el ensanche del puerto, donde una vez tuve una casa y un lugar al que volver borracho, y podría contar la historia de otros, de varios, de tantos accidentados de una colisión múltiple que afectó a una generación entera». Pese a la dureza de lo que cuenta, cómo lo cuenta convierte su prosa en una especie de poesía feroz que golpea la conciencia del lector. ¿La cree apta para todos los públicos?

Es una novela para adultos, a partir de ahí cada lector tiene sus márgenes. La intención primera es la de que no sea un relato amable, y que tras su lectura no resuelva dudas, sino que propicie preguntas. A su vez ofrece un retrato generacional con una propuesta que más que destacar las circunstancias de un tiempo ya pasado y asumido, analiza su fracaso global y su influencia sobre el futuro, que es hoy; y desde el que solo se resuelve la certeza de que nada ha cambiado, que los tropiezos, individuales y colectivos, se siguen debiendo a las mismas necesidades y abusos de siempre. Por encima de todo eso hay una voluntad estilística, y de significación de las palabras elegidas, y cuyo equilibrio es lo que más trabajo supone para mí de toda la suma de factores que conlleva la construcción de una novela.

  1. El novelista llega al pueblo 20 años después y ya es un sujeto amargado, alcohólico y drogadicto. La novela acaba con todas las cartas boca arriba, pero él permanece tapado, ajeno a cualquier cambio y termina su trayecto igual que al principio. El resultado de sus investigaciones no le genera un viaje interior… ¿Ha sido consciente de esa falta de evolución?

Pues no quisiera parecer pretencioso, pero debo expresar que sí es un efecto buscado, el narrador inicia el relato sintiéndose a salvo de toda moral, y ya interiormente viajado, habiendo vivido y revivido, sin arrepentirse de nada, manifestándose absolutamente feliz en su estatus actual, únicamente lo aterra la idea de no poder escribir esa historia, pero desempeña esa labor en todo momento, ninguna otra cosa copa su tiempo más que acechar la novela. Hace lo que quiere hacer, y hace lo que cree que debe hacer para estar en paz consigo mismo, y así queda, con la sensación aliviada de haber llegado a tiempo de cerrar el libro. Y supongo que a expensas de encontrar otra obsesión y otros fantasmas.

  1. «Vivir, beber, escribir»… Bukowski, Hubert Selby Jr., Richard Yates, autores a los que usted me recuerda, pertenecen al «selecto» club de escritores alcohólicos reconocidos, cuyas adicciones influyeron, notablemente, en su visión negativa de la condición humana. ¿Cuál es su excusa?

No resulta un trinomio nada extraño en mí: Factotum, Last exit to Brooklyn y Revolutionary Road, son tres lecturas que han sido y son referentes para mi creación, y cuyos autores deberían serlo para cualquiera.

No sé si debo sentirme halagado o, por el contrario, avergonzarme de que se me vean las costuras de esa manera.

 Si bien Bukowski es el más productivo, opino que la novela de Richard Yates (creo que solo escribió esa) es narrativamente perfecta, sirva de muestra que la adaptación cinematográfica de Sam Mendes, también brillante, es plano a plano un vertido exacto y fiel de cada párrafo sin omisión de ningún personaje, escena, diálogo o transición paisajística, cosa muy difícil de conseguir, y mérito absoluto del novelista. A pesar de eso Hubert Selby, de los tres, sí supone una influencia mayor en mí, y que me motiva que se reconozca en mi literatura, sobre todo en la construcción ambiental y la transmisión de las sensaciones y sentimientos.

 En esa textura desencantada del mundo cabe referenciar mi imaginario y acervo, en obras clásicas e indispensables de ambiente quizá más limpio (que Bukowski y Hubert Selby, la prosa de Yates es fina y limpísima), aunque con igual reflejo de decadencia humana como puedan ser, por citar alguna, El túnel, El extranjero, Crónica de una muerte anunciada, Pelle el conquistador, entre tantas otras de corte parecido, cada una en su estilo propio y con una carga de denuncia social importante y definida. De la misma manera autores y autoras como Duras, Genet, Rulfo, Woolf, Delibes, García Hortelano, Matute. También nombres más actuales como Chirbes, Marsé, Padura, Lehanne, Despentes, y algunos otros coetáneos que ejercitan miradas muy diferentes y diferenciadas unas de otras, pero que dibujan círculos en los que hallo y reconozco el mismo trazo desalentado que el que encuentro en esas obras y en las voces de esos escritores; y de los que del mismo modo capto ideas y fórmulas de narración que trato de asimilar y referenciar. Como se dice en la novela: yo solo me debo a mis maestros.

 Adicciones y vicios inconfesables que justifiquen mi enfoque del mundo más allá de la influencia de todas esas obras, los tengo como los tuvieron los citados, aunque no les doy demasiada importancia.

 

Reseñas y Entrevista: ©Teresa Suárez y Manu López Marañón, 2019.

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