Hugman: El pasado regresa golpeando duro por Juan Pablo Goñi

            —Ha vuelto el cáncer.

            La frase de Bermúdez podía resultar poco original, pero ninguno la juzgo; coincidían en la apreciación. Tras un año casi, había reaparecido en Blanca «el loco de las orejas». Ocho mujeres habían sido violadas durante el verano anterior. La policía federal se instaló en la ciudad durante tres meses. No capturaron al violador. Tampoco se dieron nuevos casos. Los políticos de turno se felicitaron por la decisión del desembarco porteño. Entendían que el violador se había amedrentado y no volvería a las andanzas sabiendo que el gobierno reaccionaría con la misma fuerza.

            Y allí estaba otra vez, desafiando los augurios, tal como un cáncer; lo habían dominado, lo creyeron extinguido, pero retornaba recrudecido. Recidiva, dirían los médicos. Esta vez no se conformó con violar a su víctima y grabarle, ahora, el 9 en el lóbulo de la oreja derecha; esta vez la asesinó también. Los dos oyentes del comisario captaron la enormidad del asunto que se les venía encima. De nuevo serían invadidos por oleadas de pánico, recrudecerían las protestas, la policía estaría exhibida en una picota para que todos la escupieran. ¿Los hombres de la federal? Cenando tranquilos en compañía de las familias, mirando algún programa de televisión. Ellos no vivían en Blanca.

            El reducido cónclave incluía a Martínez Rossi y a Hughman. El inglés se preguntó qué pretendía de ellos el comisario. Hacía tres horas que habían encontrado el cadáver, a Trimpetti le bastó una ojeada para señalar la violación, como si los policías necesitaran la confirmación de lo obvio. La encontraron en el parque Lino. Por la sangre, el lugar coincidía con el del asesinato.

            La joven no entraba en las categorías habituales que recorrían la zona extrema del parque. Fuera de las travestis y sus clientes, cuyos horarios eran más tardíos, nadie atravesaba el sector excepto los corredores matutinos; los vespertinos escogían el Matorras, iluminado, céntrico. De corredora, la chica no poseía ni las ropas; difícil ejercitarse de minifalda escocesa y zapatones con tacos de diez centímetros.

            —¿Qué tenemos, inglés?

            Pregunta absurda, nada tenían, el comisario lo sabía. Faltaba la autopista, pero si el violador no había dejado rastros de ADN o semen en los ocho episodios anteriores, era improbale que los hallaran en este. El nuevo ingrediente era el asesinato; si ella provocó la reacción del agresor, pudo quedar algún rastro de lucha. El inglés no haría lo mismo que el comisario, no pondría sobre el escritorio las conclusiones evidentes.

            —Nada, tendremos que repasar las declaraciones de las víctimas anteriores, citarlas otra vez…

            La voz del inglés se fue extinguiendo como las llamas de un fuego crepuscular. Martínez Rossi, ávido de encender un cigarrillo, jugaba con el último botón de la infaltable campera de jean. Bermúdez estaba desparramado en el sillón, como un glotón sofocado tras comerse la comida de tres personas. Positivo: ni prensa, ni curiosos. Fuera de los involucrados en la investigación, nadie atravesó los árboles para encontrarse con la frenética actividad que rodeó el cadáver hasta poco minutos antes. Ni siquiera estaba redactado el parte habitual para los medios.

            La ciudad estaba en otra cosa. Por la ventana abierta, las ráfagas de viento introducían la música que venía del club Piedrabuena, donde más de treinta mil personas disfrutaban un de recital. Quienes vieron pasar patrulleros hacia el parque, supusieron que se trataba de pesquisas relativas a las drogas; en el imaginario popular, el rock congregaba hordas salvajes capaces de todo por un porro o un raviol.

            El trío de oficiales no se engañaba; cuando los periodistas descansaran de la jornada musical, se enterarían del caso y la ciudad conocería los detalles en minutos. Al menos, sería bueno que la hubieran identificado para entonces. La tarea se dificultaba, con la mayoría de las jovencitas en el recital —muchas sin celulares para evitar robos o pérdidas en la masa—, los padres no notarían la ausencia hasta tarde. Mínimo, las dos de la mañana. Si es que la piba no había dicho que pasaría la noche en otro lado.

            El silencio se puso más pesado que el clima. El inglés se preguntó en qué pensaban los otros. Supuso que se planteaban idéntico panorama oscuro. ¿Hasta cuándo permanecerían inmóviles? La escena quedó cercada, establecieron un radio amplio. Por el maldito recital, disponían de pocos efectivos para cuidarla. A la mañana deberían impedir que los trotadores se internaran en los senderos más recónditos.

            Bermúdez se sacudió como si hubiera recibido un baldazo de agua fresca, sacándolos del aletargamiento.

            —¿Será el mismo?

            El comisario los desacomodó; no se lo habían planteado.

            —Digo, porque antes no las mataba.

            —Algo pasó, para mí, la pendeja se resistió, o le vio la cara, pero creo que es el mismo.

            Martínez Rossi expresó lo que pensaban los tres. La aparición de dos violadores con menos de un año de diferencia, suponía una anomalía destacada en el historial criminal de Blanca.

            —Las lesiones vaginales no tuvieron ninguna señal remarcable, según Trimpetti. Tampoco esta chica las tenía, aunque quizá aparezca algo en la autopsia. Por ahí no lo podemos descartar.

            —Estoy con vos, inglés. El número está en el mismo sitio, a la misma altura. Ya sé que la prensa filtró ese dato y nos cagó un buen sistema para diferenciarlo, pero nunca dimos la altura exacta.

            El lóbulo de una joven daba poco margen para variaciones; Hughman dejó pasar la observación del jefe de calle. Bermúdez bajó el mentón casi al pecho, colocó el labio inferior sobre el superior. Estaba cansándose por adelantado, previendo las extensas jornadas que se vendrían. Martínez Rossi, harto de esa espera de nada, atrapó un recuerdo gracioso y lo tiró en la mesa.

—Che, ¿se acuerdan del mentalista de Pérez?

            Hughman hubiera querido desaparecer; él secundó a Pérez en la maniobra desleal que utilizaron para encarcelarlo por el robo de una joya. Ya estaba libre, atendiendo su consultorio de mentalista, con más clientela que antes.

            Bermúdez no se acordaba. El inglés no recordó si Pérez llegó a comunicarse con el comisario. Le hicieron creer al médium que necesitaban ayuda con el violador; Pérez llevó una bombacha con pintura roja y el tipo les describió al violador.

            —No sé de qué hablás, flaco —dijo el jefe.

            —Ja, ja, ja, le dije a Pérez que fuera a los federales con el dato. Se le cagaron de risa los tres meses que estuvieron robando la plata acá.

            A Bermúdez no le gustó quedar fuera del chiste, pero Martínez Rossi cayó en un ataque de hilaridad. Hughman se hizo cargo de la explicación.

            —Fue por la joya de María Viccini.

            —Me hicieron quedar rebién ahí, inglés. La Viccini me mandó bombones para mi cumpleaños. ¿Quién era el ladri?

            —Pegazzini, uno que se las daba de parapsicólogo.

            Hughman le narró la historia; el jefe de calle, que había conseguido controlarse, volvió a caer en un ataque de risa. Bermúdez lo imitó pronto.

            El inglés dejó las risas como música ambiental, la memoria le trajo la descripción del asesino efectuada por Pegazzini. Había dicho que era un profesor. Volvió a la escena encontrada en el parque Lino. Era probable que la piba fuera al secundario. Si la chica vivía medio cerca del parque, hubiera accedido gustosa a compartir una droga ilícita con el profe, y hubiera hallado lógico internarse ente los árboles para que no los vieran.

            Los otros se calmaron y notaron el semblante serio del inglés.

            —Che, ¿vas a salir a cazar profesores?

            No respondió; se preguntaba por qué esta vez actuaría así, antes no se había identificado con las víctimas. Y no eran chiquillas, la menor andaba por los veintitrés y la última de la saga, Marisa Ruiz, tenía treinta y cuatro.

            —¡Inglés!

            El comisario golpeó la madera, Hughman sacudió la cabeza. Nuevas carcajadas.

            —Pensaba que pudo ser un profesor.

            —¿Qué fuman en la brigada, inglés?, ¡conviden!

            La chanza del flaco dio paso a otra ronda de risas menos estruendosas. El inglés los participó de su hipótesis. La pensaron, plantearon lo mismo que se objetara a sí mismo Hughman, por qué ahora a cara descubierta. Estaban en eso cuando golpearon tímidamente a la puerta. Bermúdez gritó al visitante que pasara. Ingresó la lauchita Sinolfi, dedicada a tareas administrativas casi por pasión.

            —No sé qué pasa, no anda la centralita. Un señor llamó, la hija no pasó por la casa a buscar las entradas del recital.

            La Sinolfi adelantó una hoja donde estaban, impresos, los datos del denunciante. Bermúdez leyó.

            —Lorenzo Castro, viven en la avenida Roca…

            Calló, vivían cerca del parque Lino. Martínez Rossi le pidió más precisiones.

            —La chica se llama Antonella Castro y va al secundario…

            Bermúdez enmudeció; los subalternos se miraron, preguntándose si sería prematuro hacer que el señor Castro pasara por la morgue. La Sinolfi permaneció expectante en el vano de la puerta.

            Hughman sintió seca la boca al hacer su siguiente pregunta.

            —¿A qué colegio va?

            —A… no dice. Pero dice cómo iba vestida.

            No fue necesario más. Hughman le pidió el papel, tomó el celular y marcó el número de teléfono. Atendió un hombre.

            —Soy el inspector Hughman, de la seccional cuarta de la policía. Permítame una pregunta, ¿a qué colegio va su hija?

            —Antonella es medio vaga, ¿vio? Me repitió dos veces, así que ahora la mandamos al colegio de Cerro Azul…

            Hughman cerró los ojos, le tembló el teléfono; otro dato concordante con la visión de Pegazzini. Tocó el turno a los otros dos de preguntarse con la vista.

            La voz del hombre cambió de tono, el miedo se filtró entre los graves, las palabras perdieron el acento seguro que traían.

            —Pero ¿por qué me pregunta?, ¿saben algo?

            El inglés dominó la aprensión que lo estaba ganando y continuó con las preguntas de rigor.

            —¿Desde qué hora no la ven?

            —Salió a eso de las seis, no sé qué tenía que hacer. La llamaron, me dice acá mi mujer. Salió y venía pronto, para el recital. Pero la entrada está acá y el recital empezó…

            Hughman compuso una situación que no quería ver; el hombre sentándose, la mujer acercando el oído al teléfono, quizá algún hermano sumándose a la expectativa funesta. La mujer retorcería un trapo, el hombre cerraría el puño.

            El inspector decidió no prolongar la angustia.

            —Un patrullero va a ir a su casa, señor Castro. Mucho tememos que hay malas noticias para ustedes.

            Cortó. Obviando a los hombres de jerarquía, se dirigió a la Sinolfi.

            —Averiguame el teléfono del secundario… No, de la directora o director del secundario de Cerro Azul.

            La mujer policía partió rauda a cumplir su cometido. Que no haya un profesor de cuarenta años, colorado y de manos grandes, rogó Hughman.

            —¿Qué te pasa, inglés?

            No supo si fue el comisario o Martínez Rossi quien preguntó, estaba noqueado.

            —Me quiero morir…

            Martínez Rossi lo tenía al lado, le tomó el brazo, observó de cerca el rostro enrojecido del inspector buscando síntomas de un ataque repentino. Bermúdez se puso de pie, adelantó la cabeza hacia el inglés. Regresó Sinolfi, esta vez había anotado en lapicera, por la urgencia.

            Hughman llamó sin hablar antes con los colegas. La mujer que lo atendió tenía la voz arrastrada, como si la lengua soportara peso. Hubo gestos entre los presentes, el volumen del teléfono estaba alto.

            —¿Quién carajo llama a esta hora?, ¡manga de borrachos que joden a la gente laburante!

            Hughman le efectuó una pregunta que jamás pensó que haría.

            —Policía, señora, ¿hay entre los profesores de su colegio, un hombre de unos cuarenta años, de cabello rojo, de manos grandes?

            —¿Es una joda?, ¿acaso la policía no conoce al Tatín? Quince años con nosotros, desde que se recibió de abogado que da historia y derecho. ¿Quién habla?

            Hughman cortó, desolado. Su incredulidad había asesinado a una criatura. También el escepticismo burlón de los federales, pero a él lo preocupaba la propia conciencia.

            —¿Se puede saber qué carajo pasa, inglés?

            —Que el vidente tenía razón, eso pasa.

©Relato: Juan Pablo Goñi, 2020.

 

 

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