El último de la resistencia por Txema Arinas

  Nuestro protagonista nunca habría imaginado que acabaría flirteando con delincuentes, quebrantando ya no sabe cuándos artículos del código penal, poniendo en riesgo su vida e incluso la de su familia. Sí, sabe que no debería estar allí, delante de ese pabellón abandonado de uno de los polígonos en declive de la ciudad donde le han citado los hampones que le pasarán la mercancía. Gente poco recomendable con solo leer cómo se expresa en el wasap:

-Amigo, nosotros tenemos de todo, también lo tuyo, sólo tienes que pagar lo que te pedimos-.

“¿Amigo?” ¿Quién se dirige así a un desconocido? Gente chunga de necesidad, él lo tiene claro.

– Cuatro mil euros me parece un precio muy exagerado.

– Amigo, el precio es el que es, nosotros no regateamos, nos jugamos mucho, si no estás de acuerdo fin de la conversación. Ahora, te aseguro que no vas a encontrar lo que buscas en ninguna otra parte.

 Encima se hacen los ofendidos porque nuestro protagonista se queja de lo estratosférico del precio. Pero sabe que no tiene otra opción porque antes de recurrir a ellos ha revuelto Roma con Santiago para encontrar lo que necesita y todos los caminos, tras indagar todo lo posible en la red y, sobre todo, recurrir a conocidos con contactos en el mundo del hampa, lo han conducido hasta ellos.

– Sólo digo que es mucho dinero sin una garantía de que la mercancía es buena.

– Amigo, este negocio se basa en la confianza entre las dos partes.

– Pero ¿por qué debería fiarme de vosotros sin una garantía?.

– ¿Qué futuro tendría nuestro negocio si nos dedicamos a estafar a nuestros clientes?

– Yo solo quiero estar seguro de que lo que voy a comprar es lo que necesito. A ver, ¿de dónde sacáis vuestra mercancía?

– Amigo, la robamos, por supuesto.

– De acuerdo, lo entiendo. ¿Pero a quién?

– Amigo, a otros que todavía son más ladrones que nosotros: los que la fabrican.

– Sí, ya, bueno. ¿Y por qué no podría yo comprársela directamente a ellos?

– Amigo, ellos no venden al por menor.

– Ya, entiendo, vosotros sois unos simples intermediarios.

– Amigo, no, ellos no tienen intermediarios. Nosotros se la robamos. Si no estás de acuerdo siempre puedes conseguirla a través de los cauces legales.

– No puedo hacerlo, ya no. He perdido mi oportunidad y además está en juego mi prestigio.

– Amigo, nosotros somos tú única opción.

– Sí, lo sé, no me queda otra.

Nuestro protagonista se encuentra en un polígono que en su momento estuvo lleno de empresas de tamaño medio y pequeño y al que él solía acudir a menudo para visitar clientes cuando tenía veintipocos y todavía trabajaba de comercial para la empresa de suministros eléctricos. Desde entonces no había vuelto a pasar por allí y le sorprende lo abandonado que está todo, pabellones vacíos y semiderruidos, patios a rebosar de maleza y aceras levantadas, no pocos cables de la luz desprendidos de sus postes y mugre, mucha mugre.

Por si fuera poco, aunque ya se lo esperaba, ya que piensa que, una vez metido en este mundo, todo es así, el pabellón tampoco anuncia nada nuevo. Se trata de una de esas naves rodeadas de maleza, con todos los cristales de las ventanas rotos, la puerta metálica por donde antaño debían entrar los camiones del reparto completamente oxidada, y, por lo que puede atisbar nuestro protagonista desde fuera, con buena parte del techo caído dejando al aire el esqueleto de lo que en su tiempo debieron ser las instalaciones de una próspera empresa del sector de la construcción tal y como anuncia el letrero corroído y con las letras medio despintadas o borrosas que todavía cuelga de la fachada.

Es justo en ese momento, delante de la puerta de acceso para personas encajada en un extremo de esa otra basculante del garaje, cuando toca tomar la última decisión; todavía está a tiempo de dar media vuelta y marcharse por donde ha venido. Sin embargo, apenas le lleva un par de segundos resolver que no tiene opción; no se trata solo de él, se trata sobre todo de su familia, en especial de su anciana madre y de su hijo de doce años con una enfermedad pulmonar crónica.

– ¡AMIGO! Hace un rato que te estábamos esperando. No deberías hacernos esperar. Un poco más y subimos el precio.

– Ho… la -nuestro protagonista no acierta a responder, tanto al saludo tan ofensivamente efusivo, como al comentario del que ha sido objeto nada más abrir la boca tras su inmensa sonrisa el tipo de edad mediana vestido con una camiseta estampada con dibujos de gatos de colores, cada cual más chillón, y de la que asoma a la altura del cuello un enorme collar con una cruz griega de oro, un individuo poco más alto que el metro setenta y pico de él, pelo castaño ralo y acento indefinido.

Detrás del hampón que lo recibe nuestro protagonista también puede distinguir la presencia de otros dos individuos mucho más jóvenes y altos que el primero, y, sobre todo, las horas de gimnasio que se adivinan bajo sus ceñidas camisetas de tipo militar. En cualquier caso, prefiere no dedicar mucho tiempo a fijarse en ellos para no levantar suspicacias, bastante tiene con bregar con el que parece ser el cabecilla del grupo.

– Pasa, amigo, pasa.

– ¿Tenéis la mercancía?

– ¿Tienes tú el dinero?

– Sí, por supuesto, cuatro mil euros en billetes de cincuenta.

– Pues aquí tienes tus cuatro dosis de AstraZeneca, para tu madre, tu hijo, tu mujer y la tuya.

– ¿AstraZeneca? Habíamos convenido que fuera Moderna.

-Se nos han acabado las de Moderna y también las de Pfizer.

– Yo no voy a pagar quinientos mil euros por cuatro dosis de AstraZeneca.

– ¿Qué problema hay con AstraZeneca? Tiene casi un 80% de eficacia y…

– ¿Y los trombos?

-…y más de la mitad de la población mundial ya está vacunada con AstraZeneca.

– ¿Y los trombos?

– La posibilidad de que se produzca uno por la vacuna de AstraZeneca es de un 0,000…

– ¿Y tú te crees todo lo que dicen las autoridades, los científicos a sueldo de las farmacéuticas, la prensa del sistema? Como que no llevan mintiéndonos poco ni nada desde que empezó la pandemia.

El hampón borra de golpe la sonrisa de su cara. Mira fijamente a la cara de nuestro protagonista. Se toma su tiempo antes de volver a abrir la boca; pero, cuando lo hace es poco después de recuperar de golpe su sonrisa, ahora puede que mucho más amplia y sobro todo justificada que la del principio.

-Amigo, yo te conozco, he visto tu cara en la tele -exclama el hampón al mismo tiempo que pone el paquete con las dosis de AstraZeneca en las manos de nuestro protagonista.

A continuación, dirige a sus compañeros unas palabras en una lengua ininteligible, pero que remiten de inmediato a nuestro protagonista a algún país del Este de Europa que, por supuesto, le es imposible de ubicar. Entonces los dos sicarios echan mano a los bolsillos de sus pantalones a toda velocidad, momento en el que nuestro protagonista cree presagiar sus últimos minutos en este mundo. Pero no, lo que al final aparece entre sus manos no son pistolas sino los iPads con los que empiezan a sacarle fotos sin parar durante un buen rato.

– Te llevarás las dosis de AstraZeneca tal y como habíamos acordado -le espeta el jefe de los hampones con la aspereza que confirma que ya no hay ni el más mínimo atisbo de la sonrisa que antes parecía impresa en su rostro. Lo harás porque nada más verte he reconocido a uno de los rostros que más han aparecido en la tele negando durante estos tres últimos años la existencia del virus y, sobre todo, las eficacias de las vacunas.

– Yo nunca he negado la existencia del virus. Yo decía que las vacunas…

– Ya, ya. Tú decías que las vacunas eran para meternos no sé qué mierda de microchips…

– Yo tampoco he dicho eso.

– ¿Por eso no te gusta AstraZeneca, porque es la que lleva el chip?

– Toma el dinero y dame las dosis.

– El precio ha subido. De hecho, se ha duplicado.

– Necesito esas dosis, mi madre tiene ochenta años y mi hijo…

– Sí, sí, tu hijo tiene una enfermedad crónica. Lo repetías mil veces en todas las entrevistas que concedías para demostrar lo convencido que estabas de la inutilidad de las vacunas. De hecho, has estado negándolo todo hasta hace un par de semanas que vi tu careto en un programa de Tele5 que echan por las tardes.

– Me he equivocado.

– Claro, ahora que todo el mundo se ha puesto la vacuna y que has renunciado a ella para reafirmarte públicamente en tus convicciones, demostrando ser el último de los negacionistas que todavía creen en la ineficacia de las vacunas.

-Me he equivocado, lo reconozco, poniendo en peligro a mi familia.

-Siempre y cuando no se enteren los demás y tu reputación quede por los suelos. ¿No es así?

-Rectificar es de sabios.

-Te daré los otros cuatro mil. Mañana a la misma hora aquí mismo.

-Eso espero, de lo contrario ya sabes dónde acabarán las fotos que te han sacado mis amigos.

-Trato hecho.

-No falles mañana. De hecho, y a no ser que estés dispuesto a reconocer tu error también delante de una cámara, me temo que vas a tener que hacernos unos cuantos pedidos más a lo largo de las próximas semanas.

©Relato: Txema Arinas, 2021.

Impactos: 98

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies