De oscuridad a penumbra

Oscuridad, esa oscuridad en la cual ni las siluetas de más ínfima nitidez se atreven a aparecer, negro absoluto. Esa, la oscuridad periódica de mis inmutables, gélidas y solitarias noches. Si es que eran noches ¿cómo saberlo? cuando no veo la luz del sol desde… bueno ¿cómo saberlo?

La falta de visión agudiza el resto de mis sentidos. Noto el goteo incesante de ese líquido, única fuente de hidratación de la que dispongo. Ese líquido ¿agua? No lo creo, aunque no es mi sentido del gusto precisamente lo que se ha incrementado. Lamiendo del suelo ese inmundo fluido antes de que las gotas se evaporen y comiendo las sobras del perro, mejor, seguramente era la criatura más limpia del lugar. El sonido del goteo, eso sí lo oigo bien, se ha agudizado mi oído, pero no por oír el caer de las gotas, eso lo escucho desde el primer día, ahora oigo el corretear de los roedores, y casi alcanzo a escuchar lo que viene de arriba… Y el olfato ¿incrementado o atrofiado por el hedor?

No lo sé, el perfume más placentero de este maldito sótano es el olor a heces.  

El frío, eso sí lo siento con claridad, y el tacto de la piedra, que se me clava al dormir. Pero ante todo el dolor. El dolor camufla cualquier otra sensación. Cuando empecé solo sentía dolor, miedo y humillación. De la humillación te olvidas, al miedo te acostumbras… casi. Pero el dolor, ellos se ocupan de que solo aumente, tienen mucha imaginación.

Oscuridad, la calma que perpetúa el dolor, ese dolor residual que queda en la noche, esas horas que tengo para asimilar mi sufrimiento. Descanso en sueño que no es descanso, si no pesadilla. Pesadillas que tratan de recordar, de predecir mi próxima tortura. Pero son sombras, sombras del dolor, sombras de la realidad, incapaz mi subconsciente de aproximarse al horror de mi vida cotidiana. Yo no tengo la imaginación de mis captores, sus ocurrencias no son humanas. O… pensándolo mejor, solo un ser humano puede mostrar tanta crueldad, animales malditos, prefiero las ratas.

La oscuridad de la noche, mi noche al menos, deja paso a la penumbra del día. Penumbra provocada por la débil luz que se cuela por su puerta. Puerta al infierno, vista desde dentro. Y entonces veo, pese a mis ojos hinchados y la poca luz, sus caras. Las caras sonrientes de aquellos que me habían introducido en las sombras de una realidad de la que yo apenas era consciente, algo muy lejano para mí. Una situación empezada por gente que yo no conocía en un lugar del que apenas había oído hablar. Pero ¿cómo alguien como yo?, que jamás había tratado con un negrero, ni con sus esclavos, ni con nadie con remota relación con aquel sucio negocio, puede llegar a esto. ¿Esto? ¿Qué es esto? Yo no soy uno de esos esclavos negros a los que matan a trabajar. Lo mío es peor, mucho peor. Yo estoy aquí para satisfacer los deseos de venganza de mis amos.

Me dan varias patadas en el estómago antes de ponerme en pie, yo no podría levantarme, el jovencito de los demonios se divierte cortando músculos y tendones. Ya solo puedo arrastrarme cual gusano. Sin dificultad, apenas soy más que huesos, me atan a la cruz, donde en tiempos, cuando tenía más sangre y era fuerte, con gran fervor me crucificaban, para que no me moviera cuando me violaran. Ahora cuidan mucho mi sangre, estoy débil y cuidan mucho mi vida, les preocupa mi salud, dicen.

-¡Blanquito! -me grita el padre.

-Hoy tienes mejor cara.

Ese maldito carnicero, esclavo en tiempos, ahora fugitivo y demonio negro.

Me odiaba, se le notaba en cada silaba que pronunciaba. Hace mucho que renuncié a intentar dialogar. Tratar de explicar mi indiferencia por el color de su piel, o mi nula relación con aquel que lo explotó en plantaciones de algodón casi desde que comenzó a andar. Todo eso solo lo enfurecía más. Tanto que lo solucionó pronto. Ahora ya no hablo nunca, ni grito, ya no tengo cuerdas vocales.

Peor era su hijo, el jovencito demonio. El más imaginativo. Él no me odiaba, no entendía los motivos de su padre, nunca había vivido en sus carnes la esclavitud, nunca había probado el látigo. El no odiaba ni amaba. Encerrado desde pequeño, solo interaccionaba con el mundo atreves del dolor que causaba, del dolor que me causaba. Era su diversión, su objetivo, su vida. Lo único que había aprendido en su corta vida. Sus únicos maestros fuimos su demente padre, yo, y la penumbra.

Y ahora, solo me queda saber qué tenía pensado hacer el joven con su cuchillo ensangrentado, eso, y volver a la oscuridad.

****

– ¿Puedo ofrecerle algo de beber, señorita? -La mujer negó con la cabeza, sin dejar de sujetar a su pequeño con ambas manos, manteniendo la misma mirada de súplica que le había dirigido desde que comenzó a hablar. Lo cierto es que más allá de su historia su aspecto inspiraba compasión, no sería de extrañar que no tuviera a donde ir tras salir de aquella casa. Lo que en este caso le era favorable, pensó el investigador. Cuando no se puede pagar, es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre. Aun así, él no podía hacer por ella más que los agentes de la ley que habían dado su caso por perdido.

Ni él mismo podría decir en qué consistía en realidad su oficio, tenía contactos, se le daba bien arreglar ciertos problemas al margen de la ley y en ocasiones si, encontrar gente. Sus clientes solían ser gente con recursos suficientes para buscar alternativas poco convencionales. No estaba seguro de cómo aquella mujer había podido encontrar su casa. Pero, aun recibiendo una justa retribución por el intento, estaba casi seguro de que en esta ocasión poco podría hacer. En otros tiempos seguro que habría encontrado alguna forma de aprovecharse de la situación, miró a la desdichada, pese a la suciedad aún se adivinaba una bonita figura bajo los harapos. Pero esa mirada suya lo incomodaba. Una súplica muda alimentada con la más absoluta desesperación y aderezada con una gota de esperanza. Una curiosidad morbosa fue abriéndose paso en la mente del hombre, ¿en qué se transformaría esa mirada cuando le arrebatara el último rastro de esperanza?  

Texto: © Ángel Gerpe Limeres , 2019. 

  

 

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