Crimen pasional por Txema Arinas

                                                        CRIMEN PASIONAL

– Señoría, permítame que destaque la inconsistencia de la escucha telefónica que el ministerio fiscal presenta como principal prueba de la culpabilidad de mi cliente como inductor principal del asesinato de don Javier Pardines Cue.

– ¿Acaso no ha quedado probado que la voz que aparece en la grabación es la de su defendido, don Pedro María Lieva Arteaga, al cual se le escucha decir al acusado don Jesús María Murguía Ruiz de Ocenda que desea que se le dé un “buen escarmiento” a la víctima?

– Exacto, señoría, “un buen escarmiento”; pero, en la grabación que la fiscalía aporta como prueba principal de la implicación del señor Leiva en el supuesto asesinato del señor Pardines en ningún momento se habla de dar muerte a éste. Mi defendido solo pretendía dar un escarmiento al hombre que se acostaba con su mujer. El verbo escarmentar, como bien sabe su señoría, viene definido en el diccionario de la RAE por las siguientes tres acepciones:

  1. 1Aprender de la experiencia propia o ajena para evitar caer en los mismos errores. Las personas no escarmientan fácilmente
  2. 2Imponer o aplicar un castigo a alguien, o corregirlo con rigor por haber cometido una falta. Escarmentaron a los rebeldes con un castigo ejemplarizante.
  3. 3desus. Avisar de un riesgo a alguien.

– ¿Se puede saber qué está insinuando, letrado?

– No insinúo, señoría, afirmo que ninguna de las tres acepciones del diccionario de la RAE implican la muerte a terceros. De hecho, para que el escarmiento tenga éxito es imprescindible que la víctima sobreviva a éste, pues el objetivo último no es otro que éste sea consciente del motivo por el que ha recibido el castigo. Así pues, afirmo que esa y no otra era la intención de mi cliente desde el primer momento: proporcionar al señor Pardines un escarmiento por haber mantenido una relación sentimental con su todavía hoy en día esposa, Catalina Martínez Cue. También afirmo que el señor Jesús María Murguía es culpable de dolo directo en segundo grado por el asesinato del señor Pardines como presunto intermediario de mi cliente, don Pedro María Leiva Arteaga, junto con los autores materiales de las heridas que provocaron el fallecimiento de la víctima, don Javier Pardines Cue.

– ¿En qué se basa, letrado, para hacer semejante afirmación?

– En una de las conversaciones telefónicas que consta en el sumario y mantenida dos días antes de los hechos que aquí se juzgan entre el supuesto intermediario de mi cliente, don Jesús María Murguía y don Hussein Aït Ahmed, presunto autor material junto con don Said Bouteflika del asesinato del señor Javier Pardines.

– ¿Podemos escuchar dichas grabaciones?

– Por supuesto, señoría.

* Hussein Aït Ahmed: ¿Entonces él tener dinero guardado en casa?

* Jesús María Murguía: Hola. Ya te dije cuando estuvimos en Las Landas que el tío está forrado, que guarda en su casa el dinero de las comisiones que le daban en negro como concejal de urbanismo de su pueblo.

* Hussein A.A: ¿Estás seguro que no bulo de tu amigo Chispas?

* Jesús María Murguía: ¿Por qué iba a mentirme mi amigo?

* Hussein A.A: ¿Para echar más mierda sobre el hombre que se acostaba con su mujer?

* J.M. Murguía: Eso ya me lo había contado mucho antes de que se enterará de que su mujer se había estado follando a su primo. De hecho, la empresa del Chispas ha sido una de las mayores beneficiadas de los chanchullos del concejal a la hora de otorgar licencias para todo tipo de construcciones dentro del concejo. Así que puedes estar seguro de que mi amigo sabe de lo que habla.

* Hussein A.A: ¡Ja, ja, ja! Qué fuerte lo de la prima. Años enteros poniendo cuernos a marido y él sin enterarse.

* J.M. Murguía: Bueno, después de tantos años algo ya se olía, por eso pinchó el teléfono de su mujer y acabó enterándose de todo el pastel.

* Hussein A.A: JA, JA, JA, qué pringado, y con la prima, más cerca imposible.

* J.M. Murguía: Prima segunda de la mujer del concejal. Y sí, más cerca imposible.

* Hussein A.A: Menudo campeón el concejal.

* J.M. Murguía: Si yo te contara…

* Hussein A.A:  De acuerdo, entonces nosotros dar paliza como querer tu amigo y de paso sacamos dónde guarda el dinero negro en su casa.

* J.M. Murguía: Por supuesto, yo no me meto en este embolado por una simple venganza sentimental, y eso por mucha lástima que me dé el pringado del Chispas, que mira que ya tiene crimen lo suyo, treinta años poniéndole los cuernos su mujer con el tipo con el que compartía mesa todas las vacaciones. 10.000 euros para cada uno por una paliza no compensa todas las molestias y mucho menos los riegos que asumimos.

* Hussein A.A: Nosotros asumir riesgos de verdad. Por eso luego hablar cómo repartir dinero.

* J.M. Murguía: No hay nada más que hablar. He hecho cálculos y, según lo que me contó el cornudo en su momento, probablemente mientras el concejal se trajinaba a su mujer, éste ha debido ingresar en los tres últimos años millón y medio de euros solo en comisiones. Eso es lo que nos repartiremos a partes iguales.

* Hussein A.A: Primero a ver si confiesa dónde estar dinero.

 * J.M. Murguía: Vosotros apretarle las tuercas todo lo que podáis; pero, cuidado, que no se os vaya de las manos.

Así pues, señoría, y tras escuchar la grabación, creo que ha quedado más que demostrado que mi cliente no contrató los servicios de los acusados don Hussein Aït Ahmed y don Said Bouteflika con el propósito de ocasionar la muerte de la víctima, sino con el de que estos le propinaran una paliza, tal y como asegura el señor Hussein en la grabación, a modo de escarmiento por haberse acostado con su mujer. Lo que luego ocurrió fue un asesinato en segundo grado por parte de los acusados antes citados tras atacar a la víctima con un espray de pimienta, conseguir reducirlo a golpes mediante el bate de beisbol que portaba el acusado Said Bouteflika y cumplir la amenaza de clavarle en la cabeza la punta del pico que sostenía el acusado Hussein Aït Ahmed si no confesaba el paradero de la fortuna que el fallecido supuestamente escondía en su casa. Simplemente se les fue de las manos.

– ¿Puede demostrar, letrado, que su cliente no tuvo nada que ver en el supuesto intento de extorsión del fallecido?

– Mi cliente, señoría, tal y como creo que ha quedado demostrado tras escuchar la grabación, solo es un pobre desgraciado, un hombre sencillo y cabal que se mataba a trabajar para darle a su familia lo mejor, un buenazo que confiaba a ciegas en su mujer y sus supuestos amigos, y al que todo el mundo a su alrededor le ha tomado el pelo. Un cornudo de manual.

– Modere su lenguaje, letrado, se trata de adulterio. Deje los juicios de valor a un lado.

– Es por lo tanto que pido que se retiren de inmediato a mi cliente los cargos por asesinato en cualquiera de los grados. El acusado don Pedro María Leiva Arteaga no solo no instigó y financió el asesinato de don Javier Pardines Cue, sino que además ha sido víctima de una estafa por parte de don Jesús María Murguía Ruiz de Ocenda, el cual, viendo el estado de desesperación y enojo en el que se encontraba su supuesto amigo tras haber descubierto por casualidad que su mujer le había sido infiel durante años con el marido de una de sus primas. Un estado de ofuscación del todo compresible dado, no solo la gravedad del contenido de la grabación a la que mi cliente tuvo acceso por casualidad, sino también el tono peyorativo, e incluso claramente humillante, con el que se refieren a él. Un contenido que me permito reproducir con el único propósito de que su señoría tenga en cuenta a la hora de juzgar el estado en el que se encontraba mi cliente cuando accedió a lo que, sin el menor atisbo de duda, fue una proposición por parte del señor Murguía con el fin de aprovechar su situación para cometer un delito de robo.

* Javier Pardines: ¿Cuándo te vienes al pueblo?

* Catalina Martínez Cue: Hasta las vacaciones nada.

* J. Pardines: Dile al Chispas que te vienes unos días antes a calentar la casa para Semana Santa.

* C. Martínez Cue:  Si el tonto este supiera cómo calentamos tú y yo la casa.

* J. Pardines: Ja, ja, ja. Si supiera que la llevamos calentando de la misma manera desde antes incluso de que lo conocieras.

* C. Martínez Cue: Jo que sí, toda una vida follando a sus espaldas.

* J. Pardines: Es lo que tú querías: un tío con un negocio que te mantuviera.

* C. Martínez Cue: No seas así. Tú no tenías ninguna intención de comprometerte y Pedro era un buen chicho…

* J. Pardines: Un pringado con posibles.

* C. Martínez Cue: Sí, ya lo sé, él es un pringado que solo sirve para trabajar y tú un pichabrava con miedo al compromiso.

* J. Pardines: Bien que te gusta esa picha brava.

* C. Martínez Cue: No te lo niego, contigo como con nadie, sin lugar a duda los mejores polvos de mi vida.

* J. Pardines: Pues aquí te espero antes de Semana Santa.

– Imagínese, señoría, la vulnerabilidad de mi cliente, un hombre que descubre, de repente, que la mujer a la que ama le engaña con el marido de una de sus primas, una persona con la que llevaba años compartiendo la intimidad de la reuniones de la familia de su mujer durante las vacaciones de todo tipo, una persona a la que respetaba por su compromiso político con su pueblo y su modo de vida a espaldas de los convencionalismos al uso, y eso a pesar de todos los rumores que circulaban en el pueblo acerca de los frecuentes escarceos amorosos de la víctima, la mayoría de ellos con mujeres casadas de la zona y de ahí la animadversión que decían sentir por él un número considerable de sus vecinos. Un hecho que, y aquí, señoría, me permito especular, puede que hasta contribuyera a hacer todavía más grande la admiración que mi cliente había sentido hasta el momento por la víctima.

– ¿Puede concluir su alegato, letrado?

– En resumen, señoría, que mi cliente, don Pedro María Leiva Arteaga, solo es un pobre hombre doblemente engañado. Primero por su mujer y el hombre al que admiraba, y segundo por aquel que se decía su amigo y que a sabiendas de las circunstancias que rodeaban su historia urdió un plan para intentar hacerse con el dinero ilícito que según mi cliente atesoraba la víctima en su casa, un plan en el que el móvil pasional sería la coartada perfecta para desviar sobre mi cliente toda la atención de lo que pudiera ocurrir al señor Pardines en manos de dos desalmados como los señores Hussein Aït Ahmed y don Said Bouteflika.

– A ver, deje ya de marear la perdiz, letrado. Entonces inocente de asesinato en primer grado. ¿No es así?

– Por supuesto. De primero y de segundo. Mi cliente jamás tuvo en mente otra cosa que no fuera hacerle saber a la víctima que no quería que volviera acercarse a él ni a su mujer ni a nadie de los suyos. Ni más ni menos que el escarmiento en forma de amenazas a través de terceros al que me refería antes. Mi cliente no solo es incapaz de matar nadie, ni siquiera tiene la capacidad intelectual necesaria para concebir un plan con el fin de matar a alguien.

– De lo que se deduce que según usted los únicos culpables del asesinato del señor Pardines fueron…

– ¡FUI YO! ¡YO MATÉ A PARDINES!

– Disculpe, señoría, mi cliente no sabe…

– Si, señoría, sí sé lo que me digo. No haga caso a nada de lo que diga mi abogado. ¡Fui yo! Yo mandé matar a ese hijo de puta de Pardines. Yo pagué para que lo mataran y volvería a pagar por ello mil veces si hiciera falta. Ese mal nacido me quitó a mi mujer, mi familia, mis amigos, mi vida tal y como la había concebido hasta el momento; pero, no voy a permitir que nadie me quite también el orgullo de haber sido quien tomara la decisión de hacer desaparecer de este mundo a semejante alimaña.

©Relato: Txema Arinas, 2021.

 

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