Coraje de mujer por Violeta Evori

Tenía un par de ovarios bien colocados, ya lo decía su madre cuando de pequeña llegaba a su casa siempre con algún que otro rasguño, después de haberse peleado con los chicos de la calle.

—¡Un día esta niña será imbatible! —murmuraba orgullosa a pesar de todo.

Pero la buena mujer se equivocaba, porque cuando su hija creció, su mala cabeza estuvo en varias ocasiones a punto de hacerle alguna que otra jugarreta.

Como le ocurrió una noche, en la que brillaba la luna roja, o luna de sangre. Con el tiempo Maruja pensó que tal vez no había planificado a la perfección su última actuación. Porque sí, ya había llegado al límite, no aguantaría ni un día más al malnacido que le estaba amargando la vida desde hacía tantos años.

— ¡Te mataré, lo juro! — gritó. Aunque huyas tan lejos como el infinito o te escondas en un lugar tan negro como el infierno—, dijo casi sin aliento. Pero él ya había salido y no escuchó su sentencia.

—No te preocupes Maruja… volverá antes de que acabe el día —murmuró para sus adentros.

Sus padres se habían reventado a trabajar, se lamentaba, para que la niña de sus ojos fuera a caer en manos de un depredador, psicópata y pederasta que la arrastraba cada noche a los antros más oscuros, para que todo el que quisiera hiciera uso de ella. Pero tenía decidido que esa sería la última vez.

Aquel domingo, antes de que el pudiera salir del bar otra vez, ella, especialista en carantoñas, se había asegurado de llenar su asqueroso cuerpo de alcohol y drogas. Con disimulo, se introdujo detrás del mostrador y sin titubear agarró el afiladísimo sable que guardaba el camarero debajo de la barra, por si alguien se atrevía a robar en aquel cuchitril. Con mucho cuidado lo escondió debajo de su falda, recordando las veces que le había avisado al empleado que tener aquello allí era muy peligroso.

—Cielito… espera un momento que tengo una sorpresa para ti —le susurró al oído al chulo. El baboso imbécil, le guiño un ojo y la pellizcó en el muslo, en señal de complicidad.

Pero otra vez la mala suerte iba a estar de su parte, pues justo cuando se disponía a asestarle el golpe de gracia, el miserable quiso darle un último beso. Se acercó demasiado a ella y al tropezar con la pata de la mesa de donde acaba de levantarse, dejó caer su enorme cuerpo encima del brazo de la mujer. Con el rebote, el arma cayó de debajo de sus enaguas asestándole un corte brutal en la pierna, a la misma vez que se la rebanaba a la altura de la rodilla.

¡Y es que al parecer Maruja había nacido con la estrella mirando para otro lado!

Se dejó caer al suelo ya sin fuerzas después de que él huyera corriendo y desapareciera de su vista, esperando a que la muerte le llegara lo antes posible.

El trozo de pierna sangrante se bamboleaba, mientras tanto, al lado de la mujer. El dolor en lo que le quedaba de la extremidad derecha en su parte superior era inmenso y a pesar de ello no perdió el conocimiento durante un buen rato.

Cuando al fin se despertó, no eran astros lo que vio, sino el reflejo de muchas luces girando a través de la ventanilla de la ambulancia que se dirigía al hospital más cercano. A su lado, sentado en la misma camilla que ella, un enfermero sujetaba la media pierna sobre su regazo.

—No se preocupe señora, dijo—: se la injertarán y usted parecerá nueva. ¿No ve que tiene vida? —, insistió al comprobar que el apéndice no dejaba de moverse.

—Sí, respondió la mujer —la misma que tendré yo, para matar a ese cabrón.

Estaba segura de que se le presentaría otra oportunidad y esa vez la aprovecharía mejor. La experiencia es un grado ¿no es eso lo que se dice?

¡Y lo haría, sobre todo, para no quitarle la razón a su madre!

 

©Relato: Violeta Evori, 2021.

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