–Mire que las armas las carga el diablo, señor comisario… Que sí, que ya me figuro que tiene usted muchísimos años de servicio y que está acostumbrado a manejar pistolas, pero…

–…

–¡Ah, que eso que agarra no es una pistola…! Bueno, pues un revólver, perdone mi ignorancia. Yo, al contrario que usted, soy lego en artes armamentísticas. Lo mío son las letras y no las ciencias, ¿sabe?, y, de tecnología, bien poco: apenas el mando a distancia y el móvil. ¡Pero que tampoco sean muy complicados, eh! Eso sí, pregúnteme de libros, de humanidades en general, ¿me explico? De eso entiendo la tira; quiero decir que entiendo un montón; en fin, que estoy muy formado. Porque uno andará sin recursos, pero mira de estar instruido. Aunque nunca se sabe qué es mejor: cuando no se puede prosperar, casi es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre, ¿no le parece? Pero –volviendo al caso– lo que es de armas, yo rien de rien: ni siquiera hice la mili, fíjese usted, señor comisario.

–…

–No, no me libré ni por defectuoso ni por objetor. Simplemente me declararon excedente de cupo. Ya ve, ¡éramos demasiados en mis tiempos! Hasta para servir al Estado fui declarado sobrante. ¡Sobrante para el Estado! ¡Para él, que todo lo fagocita…!  Por supuesto que no tengo nada contra el Estado, no se ofenda, señor comisario: ya se nota que usted le es fiel servidor. Bien mirado, algo bueno habría de tener el Estado, faltaría más, ¡no hay más que verle a usted! Pero entiéndalo, me pone nervioso tenerle ahí delante, revólver en mano (porque hemos quedado en que eso es un revolver, ¿no?); pues eso, verlo ahí, tan ceñudo, con su revólver, ¡y no sólo empuñándolo, sino apuntándome! ¡A mí!

–…

–Ya le he dicho que no, señor comisario, que nunca me he metido con quien no toca, que esa no ha sido mi intención. ¿Meterme con quién? ¿Con usted? ¿Cómo podría yo, dígame? ¿A quién le cabría en la cabeza? ¿Acaso no ve el retemblor que me invade el cuerpo? Piense que no siempre las cosas son como parecen, usted debería saberlo por su profesión. Pero éste es el sino de mi vida: ponerme yo mismo en mala situación con demasiada frecuencia. Entiéndalo, señor comisario: uno es débil y, encima, con mala cabeza. Y cuando debilidad y mala cabeza se juntan… pues ya está servida la desgracia. ¡Qué le vamos a hacer! Pero de eso a creer que yo… Aquí hay un malentendido, por fuerza. Seguro que nada tengo que ver con lo que usted pudiera atribuirme.

-…

-¿Que qué creo que me atribuye? Pues aún no lo sé con certeza. Pero debe ser algo que le perjudica o no estaría dirigiendo esa arma contra mí. No me mire así, señor comisario: desde que he entrado en su casa vengo pidiéndole que me lo diga, para poder probarle que no es cierto. Póngase en mi lugar: ya he perdido la cuenta de las veces que me he explicado. Tampoco se irrite, señor comisario, no trato de distraerle. ¡Y nunca me atrevería a pensar que usted es tonto, eso jamás! Pretender asignarle tal calificativo sería una infamia. Puede que sea por mi culpa, que tal vez soy malo de verbo. Pero usted tampoco parece considerar cuanto le digo. Es más, incluso empiezo a sospechar que no quiere hacerlo. Comenzaré de nuevo.

–…

–¡No! ¡No es otra vez la misma milonga, señor comisario, se lo juro! ¡Es que no hay otra realidad! Yo esta tarde había quedado con un amigo, se lo vengo repitiendo desde el principio. Pero se ve que anoté mal la dirección y por eso me he llegado a esta casa. ¡Ya ve usted qué confusión! A cualquiera le puede pasar, ¿no? Ya me dirá si no a qué he venido, con lo lejos que me cae este barrio. ¿Que qué amigo? Pues uno de la infancia, no creo que usted lo conozca. Raúl se llama; sí, Raúl. ¿Raúl qué más? No sé qué decirle, señor comisario. Como que es un amigo de la infancia –la cual ya me queda algo lejana, como puede ver– pues no recuerdo su apellido. Guzmán tal vez; o Gómez. Si le doy un rato a la neurona seguro que se me viene a la memoria. Pero convendrá usted que mi posición no es la más propicia; que me enerva, me paraliza. ¿Usted se acordaría si le estuvieran apuntando con una pistola?

–…

–¡Sí, sí, perdón: con un revólver! No, no dudo que usted sería capaz de recordar cualquier detalle incluso en esta situación. Se nota la diferencia de calidad entre su persona y la de un pobre servidor; con la mía, quiero decir. Salta a la vista que yo no tengo su temple. Aunque vuelvo a repetirle –no me mire con esa cara de hastío– que fue ese antiguo amigo quien me dio estas señas, o al menos así las apunté. Me dijo: acércate, hablamos y nos tomamos algo. ¡Y aquí estoy, en mala hora!

–…

–¿Cómo que le parece que mi amigo no existe? ¡Y tanto que tengo un amigo de la infancia!: éste, el que me ha dado su dirección, ¿por qué tendría que habérmelo inventado? No creerá usted que he venido a su casa a hacer una maldad, ¿verdad? ¿Es por eso que me apunta? ¡Por Dios, en la casa de un comisario! ¿A quién se le podría ocurrir? Mire, si quiere referencias también tengo otros conocidos que podrán hablarle de mí. Incluso hay gente muy importante, ¿sabe? Todos le confirmarán que soy buena persona y de confianza. ¿Por qué no les llama? Por favor…  

–…

–¿A qué viene que me pregunte por el Bellavista?¿Qué es el Bellavista? [Glubs] ¡Ah, se refiere a ese Bellavista…! Bueno, sí, puede que haya estado alguna vez. Es una coctelería fina. ¿Qué cuántas veces he ido? Pocas, ya le he dicho que voy escaso de recursos. Tal vez si me invitan… Dos o tres veces; no más, créame. Yo solo, por supuesto. ¿Que a usted le han dicho que es un antro de malcasados? ¿Qué quiere decir de malcasados? Yo lo tengo por un sitio normal…

–…

–No, no tengo esposa. La tuve, pero ya no: ya le he dicho que tengo mala cabeza… Si, alguna historia sí que he tenido de tanto en tanto, ¿por qué me lo pregunta? ¿Que si conozco a quién? No, claro que no. ¿De dónde se saca eso?  A mí, quien me ha citado ha sido mi amigo, ¡yo he entrado aquí por equivocación! La puerta estaba abierta y he pasado. Como que hay total confianza… ¡Confianza con mi amigo de la infancia, ya sabe! Y voy y me topo con usted… y con esa pistola… ¡con ese revolver, perdón!

–…

–¡Ah, que ha sido usted quien ha dejado abierto…! Bueno, entonces esto no es un allanamiento de morada… No, yo no entiendo de leyes; lo que acabo de decir es una estupidez. ¡Pero por Dios, deje ya de apuntarme!  Mire, aquí hay un error, un accidente, haga el favor de creerme. Yo sólo quiero que me perdone por la molestia e irme y olvidarme de todo. De todo, ¿me entiende?

–…

–Ya le he dicho que no, que no sé quién es su señora, se lo juro. ¿De qué habría de conocerla? ¿Quién le ha dicho que me ha visto con ella? ¡Pero por Dios, si yo sería incapaz! ¿No ve que le han mentido, que eso no puede ser cierto de ninguna de las maneras? No, no pienso que ella no valga la pena. No, tampoco se la ve mayor, ni estropeada. Pero, señor comisario, uno tiene un respeto: respeto hacia lo ajeno, ¿sabe? ¡Yo no podría, por muy atractiva que ella me resulte! ¿Pero qué estoy diciendo? ¡Usted me está liando!: ¡si yo no conozco a su mujer! Y aunque la conociera, ¡yo soy un caballero, un hombre digno!, ¿me entiende? Por más que ahora me vea así, que no me llega la camisa al cuerpo…

–…

–No, no sé qué va usted a hacer, ¡pero, por el amor de Dios, no pierda la cabeza! ¡Ni tampoco quiera volverme loco! Mire, yo le he dicho la verdad. Como mucho, a usted podría parecerle que he entrado para robar. Mire, hasta puede que sea así. Pero a nada más, se lo juro. ¿Por qué no llama a sus colegas y me llevan? ¡Usted es hombre de ley, actúe en consecuencia! Hágalo, se lo ruego. Yo estaré encantado, ¿no es así como funcionan estas cosas? Pero por favor, no apriete más el arma. ¿Por qué no vamos a comisaría y lo hablamos todo allí? Se lo suplico. Y deje de apuntarme ya, se lo ruego por lo que más quiera.

–…

–¿Cómo que yo mismo le he dado la idea? ¡Usted no puede hacer eso! ¿Alguien iba a creerse que me ha sorprendido y que yo le he atacado? ¡Yo atacando a nadie! ¿Pero usted me ha visto? ¿Usted se está escuchando?  No se pierda, hombre de Dios. ¡Ni aun siendo comisario le creerían! ¿No ve usted que se va a la ruina de cabeza?

–…

–Claro que me estoy quieto, ¡pero usted tampoco se me acerque más! Oiga, yo le juro… le juro que con su mujer nunca ha pasado nada… casi nada… Le juro que no volverá a pasar nada… nada más… nunca más. Pero déjeme ir. Mire, me arrodillo delante de usted, ¿no me ve? ¿Va a hacer daño a un hombre débil y arrodillado? Estoy llorando, ¿no se da cuenta? ¿No le basta con esta humillación? Por Dios…

–…

–¡No, no me voy a levantar! Lo que tenga que hacer que sea así, indefenso. Pero piénselo, piénselo otra vez. Sólo una vez más…

–…

–¿Cómo se prepara uno para morir? ¡Por Dios! Se lo pido por mi madre, por la suya, por lo más sagrado… ¡pero no me dispare!

–…

–¡No, comisario, no! ¡No! ¡Noooooooo!

Texto: © Martín Garrido, 2018.

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