Barroso True Crime: De Cartas, ruletas y zanjas por Ignacio Barroso

Son poco más de las ocho y media de la mañana del 31 de octubre del 1906. Dos banderas negras ondean en el patio de la cárcel del Pópulo. Sevilla. Dos cuerpos aún tibios son metidos en ataúdes baratos por los Hermanos de la Santa Caridad. Gesto serio. Dos corderos que vuelven al rebaño del Señor y esas cosas. Hace frío y hay que tener mucha fé en lo que se está haciendo como para ponerse a pensar en temas más profundos. La redención de los pecados en el purgatorio y demás parafernalia vienen como anillo al dedo. «Que Dios se apiade de estos pobres diablos», «Manolo pásame un par de clavos para cerrar esta tapa». Clac-clac. «Venga, un Padre Nuestro y vamos a la capilla a darle vueltas al Rosario, que no son horas estas para estar a la intemperie, que el Maligno siempre está al acecho y lo mismo le da por manifestarse en forma de una pulmonía».

Fuera, en la calle, el alma de los muertos no importa demasiado. Pese a ser temprano hay bullicio. A fin de cuentas se acaba de estrenar el garrote en la ciudad y esto constituye la comidilla de los madrugadores . Todo, claro está, con los consabidos «illo, ya se veía venir». «Si parecía un buen hombre, quién lo iba a pensar». «Desgraciados. Ojalá ardan en el infierno». «Al fin sus víctimas podrán descansar. Se ha hecho justicia». Y así poco a poco hasta que cada uno vuelve a sus quehaceres. El muerto al hoyo y el vivo a seguir viviendo que son tres días y llevamos dos y medio.

El asunto ha traído cola. Casi dos años desde que saltó la liebre hasta ahora. Dos años en los que ambos reos se acusaban mutuamente. La idea fue suya. No, de él. No se sabe si por un caso de amnesia repentina, o para marear la perdiz y tratar de salvar el pescuezo. Fuera como fuese, el juez no parecía estar muy por la labor de que le tomaran el pelo, y optó por una decisión salomónica: los dos camino del patíbulo. De nada sirvieron apelaciones ni hostias. Tampoco que uno de los acusados estuviera en huelga de hambre y tuviera que ir al juicio en parihuelas. Con desmayo y atención médica incluida. Había seis muertos de por medio y la prensa llevaba removiendo el caso demasiado. Al César lo que es del César y los matarifes de la justicia también tienen que comer.

Pero mejor empecemos por el principio.

Mediados de noviembre de 1904. Un hombre que se marcha para hacer un negocio redondo con un tío acaba de conocer. El primero se llama Miguel Rejano. El que le acompaña Pepe Muñoz. El asunto va de juego y desplumar incautos. Un huerto en Peñaflor, cerca de Sevilla. Unos señoritos enganchados a la baraja. Mucho dinero sobre el tapete. Ganancias aseguradas. A repartir a partes iguales. Todo esto con mucha labia y un par de manzanillas para ablandar a Rejano y dejar que las palabras le calen hondo. Hasta llegar el punto de no retorno. Miguel va a su casa, donde vive con su mujer. Coge todos los ahorros de la familia y se va por donde ha entrado. Eso sí, no volverá.

A los pocos días su mujer avisa a su hermano. Está asustada. Nerviosa. Algo le ha tenido que pasar. El tipo con el que se fue no le daba buena espina. «Tenía algo que no sé yo, pero que me dejó con el alma en vilo». Y el hermano aparece en escena. Dejando lo de ir a la justicia para más adelante. Ya se sabe. Lo mismo está metido en un embolado que no merece que se haga público. Qué desgracia para la familia. Qué vergüenza y, no podía faltar el muy español, qué dirán los vecinos.

Así que nada. Las autoridades al margen y ellos montándoselo a la Sherlock Homes. Viaje a Sevilla y oliéndose de qué clase de negocio se trataba empiezan las pesquisas. En la Fonda del Betis encuentran la primera pista. Sí, el tal Pepe Muñoz estuvo con él. A la noche siguiente le vino a buscar otro de aspecto patibulario, pagó la cuenta y adiós muy buenas. Primera parada de la mujer y el cuñado de Rejano, hablar con el tal Pepe Muñoz. Tampoco sacan mucho en claro. La idea era venderle una ruleta trucada para desplumar pipiolos y poco más. No hubo negocio, no llegamos a un acuerdo. Él se fue y yo me quedé con la ruleta. Fin de la historia.

Un antiguo policía que mataba su vejez jugando a polis y cacos decide echarles una mano y no tarda en dar con el que fue a buscarle a la Fonda. Un tal Borrego. Un gancho de juego. Rejano y él se conocían de antes y no, no tenía ni remota idea de qué tramaba el desaparecido. «Le acompañé a un café donde le esperaban dos tipos con pinta de manejar bastante dinero. Les acompañaba otro, El Peana. Les pedí entrar en negocios con ellos y verdes las han segado. No se pudo».

La investigación llega a un punto muerto. Y entonces es cuando podría decirse que a la mujer de Rejano se le aparece la Virgen o alguien con la conciencia poco tranquila. Sea como sea, empieza a recibir anónimos y a cambio de dinero acaba por saber algo sobre el paradero de su Miguel. El llamado Huerto del Francés. En Peñaflor. Y para allá que se van. El sitio es muy bonito, con bellas vistas y tal. Pero no tiene pinta de que allí esté Miguel. Registran la casa. Varias barajas de naipes sobeteadas y botellas de vino peleón vacías. En el patio, todo está manga por hombro. Arena removida en el suelo y la conejera cerrada con candado. Raro, teniendo en cuenta que es el único candado que han encontrado en toda la finca. El hermano coge una palanca y a tomar por saco. Más arena removida. Miedo. El soplo decía que Miguel estaba enterrado allí. No lo tomaron en serio. Pensaron que era un timo pero que por soltar algo de dinero no perdían nada. Y llegados a este punto sólo les queda una cosa por hacer. Remover tierra y cielo. Y en esas están. Clavando estacas en el suelo hasta que eso empieza a oler que tira de espaldas. Putrefacción. O se les ha muerto un conejo y le han dado sepultura cristiana, o ahí hay gato encerrado. Hora de llamar a las autoridades. Bigotes poblados. Uniformes. Voces graves y más tierra que se mueve. En total seis fiambres. Uno de ellos Miguel Rejano. Su mujer que se deshace en lágrimas y un sargento de la benemérita que la calma prometiendo justicia.

Oliéndose el pastel el compinche de Pepe Muñoz, Juan Andrés Aldije, alias el Francés por cosas que no vienen al caso, pone tierra de por medio. La idea cojonuda. Dirección a Badajoz, de ahí a Portugal. Pillar un trasatlántico y que el pastel se lo coma el otro. Con lo que no cuenta es con lo que la prensa acaba de publicar. «Varios cadáveres en un huerto de Peñaflor. Detenidas la mujer y el hijo del dueño. Éste, en paradero desconocido». Nudo en la garganta. Temblor de manos. Remordimientos. Contradicción. Y a deshacer el camino andado. De vuelta al pueblo. Detención, interrogatorio y una turba de paisanos deseosos de ajustarle las cuentas. Incluyéndose en todo esto una exposición pública desde el balcón del ayuntamiento e intento de lapidación que se traduce en un cantazo en el hombro del detenido y el alcalde tratando de calmar los ánimos.

Y la historia sigue su curso. Más investigaciones. Ningún cuerpo nuevo. Los plumillas recordando lo que habían hecho Aldije y Múñoz. Interrogatorios. Algún sopapo de estos al descuido que desentumecen neuronas y como colofón un careo ante el juez. Los hechos eran los mismos, pero lo que variaba eran los actores. Según el Francés, que misteriosamente y sin que ningún médico estuviera al tanto, padecía terribles lumbalgias que le incapacitaban para cualquier esfuerzo, Muñoz era el brazo ejecutor. Según éste, las cosas cambiaban. El Francés era el que convertía la cabeza de sus víctimas en pulpa. En fin, fuera como fuese, lo que ocurría en las conejeras del huerto, venía a ser así:

Pepe Muñoz se encargaba de enganchar a las víctimas. Se dedicaba a viajar por los pueblos de la zona a la pesca del incauto. El cuento siempre era el mismo. Señoritos adinerados que se apostaban hasta el hígado a las cartas y la ruleta. Si me compras la ruleta te meto en el negocio y vamos a medias. Tengo un conocido con una casa apartada en la que se juega. Vente que esos pichones están pidiendo a gritos que les desplumen. Vente, no me seas tonto mi arma. Vienes, juegas y si te gusta al día siguiente echamos cuentas. Y así.

La partida iba sobre ruedas para el primo. Ganaba mucho y Aldije, el supuesto señorito a desplumar, aceptaba las pérdidas con estoica pose. Hasta la hora de irse. Con cortesía, Muñoz y el Francés le decían de salir por la parte trasera. Que a más de uno le habían seguido hasta allí y oliéndose es pastel le habían esperado para quitarle lo ganado, dejándole un chirlo en mitad de la cara de recuerdo. Y ahí acababan los días del infeliz que les daba las gracias. Al salir al huerto uno de los dos, el que iba por delante, le advertía que había una tubería algo baja, no fuera darse. Se agachaba un poco y el que iba por detrás le reventaba el lado derecho de la cabeza con una barra de metal. Clonc. Una vez en el suelo, y para curarse en salud, no fueran a enterrar a un pobre inocente con vida, le igualaban el otro parietal a martillazos. Después le robaban y enterraban en las conejeras. Pasto de gusanos y a otra cosa.

El cruce de acusaciones siguió a lo largo del juicio. Aldije culpaba a Muñoz. Y éste, un visionario en lo suyo, se declaró en huelga de hambre. Prefería morirse de inanición que a manos del verdugo. La cosa prosperó. Y al final la aritmética de la justicia fue tajante. Seis penas de muerte para los dos. Las partes trataron de ganarse los favores reales solicitando el indulto, pero dijo el rey que no. Y así fueron las cosas para ambos. Días de miedo y remordimientos. Lágrimas y reflexiones. Hasta el día previo a la ejecución. Muñoz, en un intento de morir con todo en regla, pidió que viniera una muchacha con la que había tenido un algo para casarse en sagrado matrimonio. Así se aseguraba que alguien le lloraría y le pondría flores de vez en cuando en la tumba. Pero la muchacha no estaba en la dirección que él dio y se quedó condenado y soltero.

La última noche ambos se reconciliaron. Un abrazo. Venga Muñoz, no estemos a malas. Vale, Aldije. Para lo que nos queda, mejor reconciliarnos. Un par de palmaditas, y venga a dormir que ya es muy tarde. Mañana toca madrugar y habrá que estar descansados antes de que nos partan el gaznate.

FUENTES:

https://elcaso.elnacional.cat/es/historias/crimenes-huerto-frances-penaflor-sevilla_17620_102.html

https://sevilla.abc.es/provincia/20150628/sevi-asesinatos-huerto-frances-201506272221.html

https://www.abc.es/archivo/abci-crimenes-huerto-frances-202005040058_noticia.html

https://criminalia.es/asesino/los-crimenes-del-huerto-del-frances/

 

©Barroso True Crime: Ignacio Barroso, 2020.

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