Alcachofas en salsa verde


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XABIER GUTIÉRREZ|

El cocinero levantó la vista. Dejó de picar la cebolla. El cuchillo paró su frenético vaivén. Estaba tan acostumbrado a hacerlo que sus lágrimas se ausentaron de sus ojos hacía ya un tiempo. En su momento lloró las reservas que tenía guardadas. Lo gastó todo aquel maldito día que le cambió su vida. Por completo. La imagen de su mujer tirada sobre un charco de sangre y cristales se le hizo corpórea. En mitad de un paso de cebra del centro de la ciudad.

El cliente que durante tanto tiempo había estado esperando hizo su aparición. Por un momento pensó que no fuera cierto. Desde que observó sus ojos el día del juicio no los había vuelto a ver. La visión a través de la gran cristalera que separaba la cocina del comedor era diáfana. El amargo recuerdo se intensificó. El día, por fin, había llegado. Consiguió el trabajo hace medio año. Llevaba seis meses de paciente espera. Sabía que llegaría el momento. Estaba preparado para ello.

Tuvo la sensación de que la comanda tardaba en llegar varias horas. Su corazón palpitó fuerte cuando la camarera se la entregó. No podía imaginar que pudiera tener la oportunidad de hacerlo. En seguida se dio cuenta al leerla que la diosa fortuna se aliaba con él en forma de plato de alcachofas. No haría falta ponérsela de guarnición a cualquier plato de carne o pescado. No. De primero la verdura, leyó, y de segundo,… qué importaba el que venía después.

Corrió hacia la despensa. El cazo que llevaba en la mano lo llenó en tiempo récord con varias de ellas. Después fue al congelador. Desbloqueó la puerta con llave y accedió a su interior. Al llegar de vuelta a los fogones calentó el contenido sobre la encimera. La salsa hirvió en mitad de la placa. Controló el resto del comedor sin apartarse un solo instante del cazo. Calentó el plato antes de servirlo.

La camarera le instó a que se lo pasara. –¡Me ha dicho que tenía prisa! le dijo desde el pase. Se lo llevó humeante. El perejil despedía un sutil aroma. Catorce medias alcachofas amontonadas en medio componían una escultura desigual.

El cocinero observó cómo el cliente hablaba por el móvil. Ni siquiera miró el plato cuando se lo sirvieron. Desde el otro lado del cristal no se ofendió por ello. Solo cuando colgó la comunicación bajó la mirada. Parecía que apreciaba su olor. Pinchó una de ellas y se la acercó a la boca. Sopló antes de hacerlo. Algo interrumpió su movimiento.

El cocinero cambió de expresión cuando una mujer de pelo largo se sentó a su lado después de besarlo furtivamente. La camarera le preguntó algo que no supo pero que se imaginó con certeza.

Le acercó cubiertos y una copa. El hombre comenzó a hablar de manera acalorada mientras sostenía en su mano el tenedor con el trozo de alcachofa todavía humeante.

En salsa verde.

Quince días más tarde empezó a mirar las esquelas del periódico. No tardó en tener una sorpresa.

Texto ©  Xabier Gutiérrez – Todos los derechos reservados

Publicación ©  Solo Novela Negra – Todos los derechos reservados

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