Venenos químicos (parte 1) por Osvaldo Reyes

Venenos químicos

Primera parte

 

Desafortunadamente, la teoría de que “Más es mejor” es muy,

pero muy tonta, cuando hablamos de arsénico.

Lydia Kang – Curanderismo: Una breve historia

de las peores formas de curar todo.

 

Si tuviéramos que darle un sitio de honor a un veneno, el primer lugar sería para el arsénico, elemento número 33 de la tabla periódica. En la década de 1830, el 75% de los casos de homicidio juzgados en Francia fueron envenenamientos por arsénico. En Gran Bretaña, entre 1815 y 1860, el 50% de los asesinatos fueron por la misma causa, lo que lo convierte en un elemento muy popular para reducir la población, en beneficio de los intereses de alguien más.

El arsénico es un veneno muy curioso. Nunca caduca, no huele (aunque al ingerirse puede provocar un aliento aliáceo), se puede mezclar con harina, azúcar (trióxido de arsénico o arsénico blanco) o disolverse en agua (siempre que usen compuestos arsenicales. El arsénico puro es insoluble). Puede matar con rapidez o lentamente, según la dosis. Actúa alterando el funcionamiento celular. Si se ingieren grandes cantidades, se absorbe por el sistema digestivo y provoca un cuadro gastrointestinal con diarreas, vómitos, dolores abdominales y deshidratación que aparece en minutos a horas. Si la ingesta es en dosis pequeñas, repetitivas y prolongadas, el cuadro es más insidioso y confundible con otras enfermedades. Puede asociarse a fatiga, gastroenteritis, problemas en la piel, anemia e hipertensión. Al final, se da una falla multiorgánica (hígado, riñón, pulmones), convulsiones, coma y la muerte.  Desde el punto de vista criminal, lo malo es que puede detectarse en el cabello (en la raíz) o en los huesos de las víctimas por años.

Hay múltiples ejemplos del uso de arsénico en la historia. Los Borgias, en particular el Papa Alejandro VI y su hijo César, eran expertos en el arte del veneno y uno de sus productos favoritos para eliminar la competencia y transferir a sus arcas propiedades y fortunas ajenas era el arsénico. En Roma (1659 AC), tuvieron a la adivinadora Hieronyma Spara. La Spara formó una sociedad secreta conformada por jóvenes esposas que querían eliminar a sus maridos y les enseñó a usar arsénico. Cuando algunas de ellas dijeron la verdad en el confesionario y el Papa se enteró, fue arrestada junto con otras tres mujeres, torturada para que confesara (nunca lo hizo) y ahorcada. Las otras miembros de la sociedad sufrieron castigos similares (otras nueve fueron ahorcadas y más de 30 sometidas a latigazos públicos en las calles de Roma). Sin embargo, tenemos que cerrar con una de las envenenadoras arsenicales más prolíficas: Mary Ann Cotton. Se casó cinco veces, con la mala fortuna de que todos sus esposos morían de fiebres estomacales, así como los hijos que ellos tuvieran antes de conocerla (en total, once niños, incluyendo dos bebés que eran suyos). Un médico del área empezó a sospechar y en 1837 Mary Ann Cotton fue acusada de los asesinatos. El arma utilizada: arsénico. La sentencia (la horca) se llevó a cabo en la cárcel de Durham.

En la literatura encontrarán muchos asesinatos con arsénico, pero uno de los más celebres, en mi opinión, es El nombre de la rosa de Umberto Eco. En el libro tenemos a William (Guillermo en español) de Baskerville, un monje franciscano que en compañía de Adso, un novicio benedictino, llegan a una abadía en el norte de Italia para una discusión teológica y quedan involucrados en la investigación de una serie de abominables crímenes. Al final se revela que el arma homicida es un libro impregnado con arsénico. En este caso, el veneno fue colocado a propósito, con el fin de castigar a los que se atrevieran a leerlo. En el mundo real, algo similar se encontró en una biblioteca de Dinamarca, cuando un grupo de investigadores, analizando tres manuscritos del Renacimiento, almacenados en la sección de libros raros, descubrieron que sus páginas estaban cubiertas de una gruesa capa de arsénico verde. El producto, un popular pigmento de la era victoriana llamado Verde París, era usado por pintores impresionistas y post impresionistas. En el caso de los manuscritos, la capa de arsénico fue colocada con el propósito de mantener a raya a los insectos con predilección por los libros, sin saber que, en el proceso, estaban armando una trampa mortal para un futuro bibliotecario que, de no tomar las precauciones, moriría al manipular sus páginas.

Una lección para recordar siempre. Hagan bien su trabajo. Nunca se sabe.

 

©Artículo: Osvaldo Reyes, 2021.

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