Solo tú, yo y él

Solo quedamos tres y nada por vender. O casi nada. Ya salimos de los muebles, las vajillas y los libros. Es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre. Ahora, sentados en el piso, sobre almohadas multicolores, comemos manzanas compradas en la esquina y vemos el televisor. Somos nosotros tres: ella, el televisor y yo. Únicos sobrevivientes de un naufragio sin sentido. Tres para llenar los espacios de un cuarto desnudo.

Ella, verdaderamente, es una hermosa diva con los ojos abiertos frente a la pantalla.

El televisor es un Panda, de los que daban por centros de trabajo. Veintiuna pulgadas, mando por control remoto, dos idiomas en el menú y un montón de canales.

Para ganármelo tuve que esmerarme en el trabajo. Mis compañeros, mejor digo, mis enemigos, también querían uno.  Son seis, uno por departamento, dijeron los del sindicato cuando anunciaron la última vuelta de televisores. La competencia se decidiría por actitud laboral. “Yo seré el vanguardia y no tendré piedad con la competencia”, decidí.

Vigilé a mis compañeros. A uno lo sorprendí firmándole la tarjeta de entrada a otro. Los denuncié con los jefes, en el sindicato, fui a sus casas, informé que eran malos tipos. Fraude, alegué. Dos menos, pensé, más dos que ya tienen tele en sus casas, suman cuatro. Me quedan dos.

Mi mujer contaba los televisores en las tiendas. Tres meses recorriendo la ciudad. Queda un solo establecimiento con televisor, me dijo alarmada un día. Me obligó a pasar en bicicleta frente a la tienda, y allí lo vi, en la vitrina, como esperando por nosotros. Me obligó a hablar con la dependiente, con la jefa de piso, y hasta con la Gerente. Apúrense que es el último y no van a entrar más para los trabajadores.

Decidí no ir más a mi casa hasta no tener el televisor. El transporte público está malo, y yo vivo lejos del trabajo, pero menos lejos que los dos que me faltaban. Dormía en un parque cercano. Mi esposa me llevaba la comida. Nadie en el trabajo conocía mi treta. Era el primero en llegar todos los días. Los demás llegaban tarde: diez minutos, quince, veinte, anotaba cada tardanza en una agenda, parado junto al tarjetero. Nadie se atrevía a cometer fraude frente a mí. El transporte está malo, decían los impuntuales. ¡Vaya excusa! Dos minutos, tres, pero seguía siendo una impuntualidad al centro.  El jefe del departamento me dijo que no fuera tan chismoso que el transporte también estaba malo para él. Media hora, una hora. La tardanza fue progresiva. El administrador le quitó la llave a mi jefe y me pidió que abriera el departamento todos los días; no quería que el director de la empresa lo volviera a regañar. Tú eres el vanguardia de esta unidad, dijo antes de darme la llave frente a todos.

Mi sueño y el de mi esposa era un hecho realizado desde que me convertí en el mejor trabajador de la empresa. El televisor trasmutaría muy pronto de ser un equipo en exhibición a integrante de una familia, alguien que nos esperaría como hijo pequeño en casa. También fue el intríngulis de nuestras discusiones. Nunca nos pusimos de acuerdo en cuál sería el mejor lugar para ubicarlo. Discutíamos con ahínco, y hasta con agresividad, aunque la sangre no llegaba al río. Pronto nos reconciliábamos, “valió el sacrificio realizado”, dijo mi esposa al verme en la mano el bono que me daba el derecho de comprarlo. Los de la tienda ya lo sabían. Fueron los primeros en conocer mi triunfo. Nos esperaban.

Ahora están vacíos, la sala, el comedor y el cuarto, ¿nosotros? El Panda ya estaba en casa y, a partir de ese momento, en lo único que coincidíamos era en haberlo comprado. Ella fue la primera en verlo, la primera en usar el mando. “Las novelas y los musicales”, dijo. “Los deportes y el noticiero”, dije. Las discusiones se reanudaron. El primero en llegar del trabajo, tomaba el mando. El control remoto se convirtió en el botín más preciado y en el centro de las discordias. Comenzó la vigilia mutua, el acecho. Dejamos de trabajar, y tuvimos que comenzar a venderlo todo. Ver un Panda de veintiuna pulgadas lo merecía. Decidimos no salir y entablar una lucha por controlar el mando. Las víctimas iniciales fueron los adornos de la sala hasta llegar a los cuadros de la pared. Los amigos se perdieron de la casa. “¡Están locos!”, dijeron. Las guerras se producían luego de pequeñas victorias cargadas de ambigüedades. En el fondo, solo el Panda emergía como único vencedor.

Nuestro cuarto guarda celosamente los cuerpos, el de ella y el mío. También el del Panda. En medio de la oscuridad las imágenes de la pantalla saltan infatigables, se deslizan como fantasmas luminosos por las paredes sucias, se adueñan de las marcas dejadas por los cuadros ya desaparecidos, grandes lagunas despintadas. Los reflejos se proyectan en el suelo. Yo ni me muevo. Hace dos días que no dormimos, que permanecemos hipnotizados frente al vidrio multicolor. No quiero moverme, no quiero perder un segundo de lo que sucede en la pantalla. No me muevo, y ella, como esfinge hermosa y ajena, tampoco lo hace.

Ahora mismo, ella se mantiene desvestida y quieta mientras reflejos azules viajan a través de su piel empalidecida por la falta de sol. Yo, igualmente desnudo, me mantengo expectante. Tengo el control y el poder. Una cara desconocida anuncia en la pantalla la próxima película. Ella sigue con los ojos bien abiertos, como queriendo tragarse las imágenes vertiginosas que pasan sin detenerse. Mantengo el control entre mis manos que van poniéndose también azules, violetas y verdes. Por un momento casi de inconsciencia, limpio una mancha rojo oscura y viscosa que entorpece los botones del mando, la tengo también en la piel de mi muslo. La película comienza y la miro a ella. Sigue atenta frente al televisor. “¡Verdad que es hermosa!”, me digo, quizás por eso aparto un mechón ensangrentado de su frente, seguro debe de molestarle.  

Texto: © Bracal (seudónimo), 2018.

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