Arreciaba la lluvia, empujada por el fuerte viento, sobre las ventanas del apartamento donde trabajaba el detective Rohan.  Era un espacio minúsculo con una proporcionada mesa de trabajo donde se apilaban muchos apuntes, informes y cuadernos de notas.  Un flexo decadente con una fuerte luz neutra iluminaba las fotografías que estaban esparcidas entre los montones de papeles, varias horas observando las imágenes para encontrar una pista que llevase al autor o autores de la horrible matanza que ocurrió hace ya cerca de un mes.

    Rohan estuvo el día de los hechos echando un vistazo en la escena del crimen, tenía buenos amigos en la policía y en el departamento de criminalística, estos le habían hecho llegar algunos positivados de fotografías tomadas en el número tres de la calle del Panteón, domicilio de René.

    René fue un buen amigo y su mejor compañero de póker, hasta que esa fatídica noche el primero falleciera violentamente en su apartamento.   Todo comenzó cuando en esa maldita timba de póker fueron a por todas, doblando la apuesta para desplumar a aquellos tres rusos.  Hubo mucha tensión cuando los perdedores se quedaron sin nada, incluidos dos relojes de oro que llevaban en sus muñecas.  Nada comparable con ese collar de perlas que también perdieron y que portaba la rubia despampanante que le acompañaban.    El amigo del detective dejó sobre la mesa un billete de los grandes, para que los perdedores pudiesen regresar al hotel, esta acción fue tomada como una fuerte ofensa y juraron venganza los tres individuos del este.   Rohan, en privado, le recriminó esa actitud socarronamente, pese a que su primer interés fue repartir el suculento premio.  Olvidaba, cada vez con más frecuencia, sus orígenes humildes y la frase que le repetía constantemente Manuel, su padre: ­‑ “es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre”-, tenía que demostrar capacidad suficiente para la actividad que realizaba, investigar, aunque su comportamiento fuese indecente e inmoral. Poco importaba esto último si el objetivo se conseguía.  El detective es uno de esos tipos que justifica siempre los medios para conseguir los fines propuestos.

    En el interior del cuaderno donde el detective anotaba pequeños apuntes referentes a la investigación de la muerte de su amigo, observó que varios papeles sobresalían y no había reparado antes en ellos.  Tiró de estos hasta lograr unas nuevas fotografías que daba por traspapeladas y en una de ellas se podía ver bajo el brazo derecho del cadáver de su amigo aquel collar de perlas propiedad de la imponente rubia que acompañaba a sus rivales en la maldita timba.   El collar estaba ensangrentado.

    Del bolsillo delantero izquierdo de la camisa que vestía su amigo asomaba una tarjeta, dejada a modo de visita por aquel o aquellos que lo vieron con vida por última vez.  No se distinguía bien lo escrito.  Ojeando más fotos, Rohan, pudo ver aquella fotografía de detalle tomada por el servicio de criminalística de la policía parisina.  Su rostro mostró gran perplejidad y sus ojos se incendiaron al ver lo que ponía en esa dichosa tarjeta.  Aparecían tres nombres, el suyo, el de la amante de René que respondía al nombre de Claire y como no el del asesinado.  El apartamento donde hallaron a su amigo, fue el nido de amor de René y Claire, también se utilizó clandestinamente por Rohan para retozar, con algún amor pasajero, cuando pretendía huir de las indiscretas miradas de la gente.

    Rohan, tras enarcar las cejas, palideció.  La nota dejada en el cadáver de su amigo era un aviso de muerte, de los tres nombres manuscritos uno estaba tachado.  Era el de René.

    El detective salió corriendo despavorido hacia la calle, cogió el coche para dirigirse a casa de Claire y anunciarle su descubrimiento.  Eran cerca de las once de la noche, no había nadie en casa de la amante de su amigo, pero esperó en el portal hasta que ella apareció.  Un taxi frenó junto al portal y bajó Claire con unas flores que le habían regalado en el cabaret donde trabajaba.  El cabaret estaba situado entre Montmartre y Pigalle, precisamente en ese lugar Rohan conoció a la amiga de René y desde entonces no había vuelto a ir por allí.

—Hola Rohan, ¿qué haces aquí? – preguntó la bella mujer, -son más de las dos de la madrugada- prosiguió Claire.

—He de contarte lo que he descubierto- respondió el detective, mientras Claire le cogía la mano dirigiéndose apresuradamente al interior de su apartamento.

—Estamos en peligro- dijo con la voz entrecortada, mientras se secaba el sudor del cuello y rascaba la parte superior de la cabeza.  – ¿Por qué? – respondió la chica.

    Pasaron casi dos horas hasta que ambos salieron del apartamento, -vamos a mi casa, allí estaremos más seguros hasta que puedas irte- le dijo el detective a la ex amante de su amigo.

    Las flores que llevaba Claire a su casa, cuando fue sorprendida por el detective horas antes, cayeron al suelo de la impresión que le produjo ver a Rohan esperarle en el portal de su apartamento, al salir de nuevo apresuradamente, estas seguían en el mismo lugar del portal.  Mientras salían las pisaron sin darse cuenta, Claire giró la cabeza y las observó sin más.

    Eran casi las cinco de la madrugada, se dirigieron a casa de Rohan donde al bajarse del coche observó como dos tipos estaban en actitud vigilante, en el interior de un automóvil negro, junto a su casa.  Uno de ellos se bajó con rapidez y tras gritar su nombre con gran contundencia, disparó dos tiros que impactaron en la cabeza y el pecho de Claire.  Esta cayó al suelo y moribunda a medio grito espetó a Rohan para que huyese del lugar.

    El detective hizo fuego contra el automóvil de los dos asesinos, mientras este iniciaba la fuga.  Una bala impactó en la cabeza del conductor, produciendo una espectacular vuelta de campana del coche.  Claire había dejado de respirar.

    Rohan era atendido por los servicios sanitarios mientras los del tanatorio retiraban los cuerpos inertes de Claire y de uno de los asesinos.  El otro había logrado darse a la fuga.  La policía tenía acordonada la zona mientras los de criminalística recogían en el lugar restos balísticos.

    El detective se encontraba peor de lo que suponía y contra su voluntad fue trasladado al hospital Saint-Louis. Su brazo izquierdo había sido alcanzado por una esquirla metálica y presentaba mal aspecto.

    Ahora él era el único que quedaba con vida.  Hacía tres días que llegó al hospital y hoy le daban el alta.  Rohan deseaba ese momento para marcharse a casa y preparar un viaje que le hiciese desaparecer por un tiempo de París.

     Decidió pasar por el pequeño apartamento que utilizaba para trabajar y recoger algunas cosas. Pudo comprobar que había sido registrado, estando todos los ficheros desordenados y el suelo repleto de papeles.  Sobre su mesa había un sobre cerrado dirigido a él.

     Lo miró al trasluz antes de decidirse a abrirlo, en el interior había una cuartilla mecanografiada y una carta de póker, un as de corazones.  Al detective le tembló el pulso tras comprobar que alguien sabía sus intenciones de abandonar el país.  Esa miserable noche cambió su vida.  Una partida de póker con los adversarios equivocados, los demás excesos de esa misma noche y un mal golpe de suerte han hecho el resto.  Rohan sabía que iban a por él, en el naipe estaban escritos el nombre de Claire y el de René tachados con rotulador rojo. El suyo estaba escrito, sin tachadura porque seguía vivo.

      Vivir cuando la muerte te acecha y te puede pisar los talones, en cualquier momento, es una situación angustiosa que produce ansiedad.  El mejor tratamiento es poner tierra por medio.

       De haber sabido que esa partida de póker trastocaría de esa manera tan brusca su vida hubiese evitado ir al casino con René, los momentos anteriores fueron determinantes para acabar jugando y a la postre acabaría con la vida de dos personas.   Rohan tenía un plan, atacar al cerebro que causó estas desdichas en su vida.

Para llevarlo a cabo debería desaparecer por un tiempo.  Se esfumó sin dejar rastro.

Texto: © Antonio Albalá Mata, 2019.

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