INTERROGATORIO (Hughman) por Juan Pablo Goñi Capurro

Se acercaba mediodía cuando Hughman ingresó en la comisaría. El sol entibiaba apenas la mañana invernal; el inspector no se enteró, recorrió los pasillos sin quitarse la campera gruesa que cargaba sobre la camisa —y la camiseta térmica que se convertía en su segunda piel de mayo a septiembre—. Alguien le indicó el despacho donde Hersenmann interrogaba al esposo de la víctima.

Hughman golpeó, la voz seca del detective le gritó que pasara.

En el interior calefaccionado, Hersenmann, en mangas de camisa, se apoyaba sobre un escritorio endeble. Un hombre compungido, de treinta y pocos años, estaba sentado con las piernas juntas, las manos en el regazo y la cabeza gacha. Llevaba una chomba, una campera gris de lana colgaba del respaldo de la silla.

—¡inglés!, ¿cómo va todo?

El interrogado se volvió tras la frase del policía; dio los buenos días en un murmullo. Pómulos ásperos, curtidos de mucha intemperie; sol y viento a destajo había recibido esa piel. Los ojos esquivos, los labios finos. Hughman aceptó la mano que el otro tendió, tras responder los saludos.

—Recién empezamos, inglés, estamos intentando dar con alguna pista entre las relaciones.

El inglés pasó por el costado y se ubicó en la silla dispuesta para el ocupante de la oficina, la ventana a sus espaldas; junto a los ficheros grises, en una mesilla, había una PC encendida. Hersenmann se apresuró a explicar.

—La petisa Vellini fue al baño.

Como si la hubiera llamado, dos golpes suaves precedieron el ingreso de una joven anodina, cuyo uniforme azul se plegaba varias veces de tanta tela que sobraba para cubrir el cuerpo pequeño. La oficial saludó y se ubicó frente al monitor.

El interrogado respiró hondo, cerró los ojos, exhaló con suavidad.

—Repetile al inspector como fue que la encontraste.

—¿Otra vez?

La voz parecía cargaba el peso del mundo, al inglés le vino una imagen de sus años escolares: Atlas, el titán, los brazos tensos sosteniendo el planeta.

—Perdón, alemán, primero me gustaría saber el nombre del señor.

Lo sabía, había leído el expediente; Hersenmann no comprendió que el inspector pretendía otra cosa.

—Se llama Raúl Herbosa.

El inglés quería oír al hombre, no a su compañero. Impertérrito, no dejó que percibieran su contrariedad.

Raúl Herbosa demoró el inicio del relato, como si esperara que el detective lo reemplazara otra vez.

—Ayer estuve trabajando en General Paz, todo el día, estamos levantando un chalet nuevo, en la salida hacia la ruta 226.

General paz, menos de cincuenta kilómetros, media hora, cuarenta minutos; Hughman cargó los datos en su propio procesador mental. Asintió, animando al otro a continuar el relato.

—Nada, cuando vuelvo, abro la puerta y la encuentro tirada en el pasillo, entre la cocina y la pieza. Corrí, intenté reanimarla…

La voz se le ahogó; Hersenmann le dio una palmada en la espalda.

—Suficiente, no es necesario hacerte sufrir más, volvamos a lo que estábamos diciendo, ¿seguro que no tenías plata en casa?

Herbosa titubeó; se preguntó cuál de los policías estaba a cargo, el de la camisa o el traspirado, ¿tendría gripe que estaba tan abrigado ahí adentro? Decidió responder a quien le había preguntado, el supuesto inglés no le quitaba los ojos azules de encima, como si pretendiera robarle la mirada.

—Seguro, oficial, seguro. Ni plata, ni enemigos, no se me ocurre quién pudo hacerle esto…

—¿Alguien que quisiera hacerte algo a vos?, ¿alguna deuda?

—No, no, nadie, ¿qué deuda? Solo vivía para ella, para estar juntos, no soy de jugar…

Hughman notó el calor de la pequeña habitación. Concedió quitarse el abrigo, lo colgó en la silla. Se limpió la frente con un pañuelo a cuadros. Aprovechó que estaba de pie para dirigirse a la puerta; antes, tomó las fojas que había traído consigo. Hersenmann se le acercó; la oficial Vellini se miraba las uñas.

—El pibe está destruido inglés, imaginate, volver a tu casa y encontrar a tu mujer así, no está lúcido, creo que vamos a tener que esperar unos días para que piense mejor.

Herbosa escuchó; sin volverse, mirando hacia la ventana, les gritó.

—¡Quiero que agarren al hijo de puta!

Una voz fría le contestó.

—Por supuesto, lo vamos a agarrar —sin pausa, el inglés ahora se dirigió a su subordinado—. Chequeo algo, vengo en un segundo y sigo el interrogatorio.

Hersenmann se guardó una protesta. Vellini aprovechó para estudiar su celular. Las piernas del interrogado se movieron.

—¿Hasta cuándo voy a estar acá? Tengo que ocuparme del…

Herbosa sollozó, Hersenmann lo palmeó con suavidad, le pasó una mano por el cabello corto. Vellini le dedicó una breve mirada sin expresión y regresó al muro del Facebook.

Hughman retornó rápido, se sentó y encaró derecho al interrogado.

—Muy lindo todo, muy lindo el llanto, pero ya sabemos que la mataste.

El alemán dio un brinco del escritorio y giró el cuerpo. Vellini se olvidó del teléfono. Herbosa alzó el rostro congelado; buscó auxilio en el detective más joven. Hersenmann balbuceó; al notar que el inglés no le prestaba atención, optó por apoyarse en la pared, de costado a los nuevos protagonistas centrales.

—La tormenta que ayer amagó caer en Blanca, se descargó en General Paz, nadie trabajó alzando un chalet bajo el diluvio.

Herbosa se mantuvo callado, los dedos clavados en las rodillas hasta provocarle dolor. Vellini se inclinó hacia el teclado.

—Primera mentira.

Silencio.

—¿No me vas a responder?

—No puedo creer que me acusen.

—Tus huellas están en el martillo con el que la mataron.

Herbosa saltó de su silla.

—¡Claro que sí, trabajo con eso, mis huellas están en el martillo y en Clara y en toda la casa, vivo ahí!

El alemán se adelantó, colocó una mano sobre el hombro del interrogado; Hughman no se inmutó, el albañil no lo amenazaba, estaba actuando su indignación.

Herbosa regresó al asiento, la oficial Vellini volvió al teclado la mano que había llevado a la pistola. Hersenmann se mantuvo de pie, en el centro del despacho.

Hughman reunió las fojas, las emparejó golpeándolas en el escritorio. Las mantuvo en alto, la parte en blanco dirigida al reo.

—Tenemos un testigo.

Hersenmann casi se adelanta al acusado; casi.

—¿Un testigo?

—Ajá, te descuidaste, no revisaste bien.

—¡No había nadie en casa! Estaba Clara sola… muerta, claro…

—Los amantes no se quedan ni salen por la puerta del frente cuando llegan los maridos. ¿Cómo es que dicen en Argentina? El marido es el último en enterarse.

Uno, dos, tres segundos empleó Herbosa en estudiar el semblante del inglés, buscando una señal que indicara que mentía. Hersenmann, la boca abierta, no encontró palabras. Vellini esta vez abrió la cartuchera y sacó el arma, la mantuvo sobre los muslos.

El albañil volvió a ponerse de pie, golpeó el escritorio, le pegó una patada a la silla.

—¡Puta de mierda! ¡Yo sabía que la hija de puta me cagaba!, ¡estaba casi en bolas cuando la encontré!

Vellini hizo caer la silla al ponerse de pie, y apuntó sin dudar al femicida. Hersenmann siguió los giros que Herbosa daba en el cuarto. Hughman les hizo señas para que se calmaran, sin moverse de su asiento.

—¡Puta, puta, puta! ¡Mil veces la tendría que haber matado, tendría que haberla cortado en pedacitos!

—¿Te lo negó? —preguntó el inglés.

—¡Me dijo que se estaba probando la mini, que no iba a ningún lado! Pero no soy boludo, a mí nadie me hacer cornudo, vamos a ver a quién le muestra el culo, ahora.

La furia se extinguió, Herbosa se derrumbó sobre la silla. Sujetó la cabeza con ambas manos, sollozó.

—¡Y lo metía en casa!, ¡se me escapó el hijo de puta! Se me debe cagar de risa todo el barrio…

Esta vez la seña del inglés fue otra. Hersenmann tomó un brazo del acusado, lo llevó a la espalda y le colocó una esposa; repitió la maniobra con el otro. Recién cuando estuvo sujeto, Vellini bajó la pistola.

—Tome nota, oficial. Exponga los dichos del acusado.

La aludida recuperó su puesto y tecleó con rapidez; el imputado se había echado atrás en la silla, cada tanto sacudía la cabeza. El alemán permaneció atento a sus movimientos; Hughman repasaba las fojas. El ruido de la impresora terminó con el silencio.

Vellini le pasó dos copias del texto. El inspector leyó rápido. Abrió los tres cajones del escritorio, buscó en la campera. Vellini comprendió, del bolsillo de su casaca extrajo un bolígrafo y se lo cedió. Hughman firmó. Hersenmann se acercó, firmó también.

Herbosa alzó la vista.

—No es necesario, el fiscal te tomará indagatoria —le informó el inglés—. Oficial, búsqueme dos agentes para que lo lleven a la fiscalía, y agregue esto a la investigación preparatoria.

Vellini tomó las copias y salió presurosa.

—Y me hizo creer que sufría, te salvaste porque no tengo un martillo a mano, hijo de puta.

El alemán adelantó un puño, Herbosa corrió el cuerpo, casi cayó de la silla. Hughman se preguntó si su colega hubiera detenido el puño de no hallarse un superior presente. Se sinceró; él mismo le hubiera aplicado varios golpes de estar a solas.

Vellini ingresó sin golpear esta vez; con ella, dos jóvenes uniformados. Tomaron de los brazos a Herbosa y lo sacaron de la oficina; uno se volvió y agarró la campera del detenido. Vellini salió con ellos, a tramitar el papelerío.

Hersenmann se aflojó y se sentó en la silla que ocupara el asesino.

—No sabía que teníamos un testigo.

Hughman le pasó las fojas que había traído consigo. Hersenmann la ojeó.

—Pero esto es la autopsia…

—Ella es nuestro testigo, Clara. Su cuerpo habló, estaba plagada de golpes, fracturas y cicatrices de larga data.

El alemán boqueó, miró las hojas otra vez, volvió a observar a su superior. Hughman se puso de pie y se colocó la campera. Saludó al joven detective que mantenía una máscara entre la incredulidad y el asombro, y abandonó la oficina calefaccionada. Prefería salir al frío a mantenerse en ese cuarto, siempre le habían asqueado los asesinos de mujeres.

 

Relato: © Juan Pablo Goñi Capurro, 2019.

Impactos: 66

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