Inspiración mortal por Osvaldo Reyes

No deberías confiar en quien cuenta la historia. Solo confía en la historia.

Neil Gaiman – The Sandman.

 

Neil Gaiman, reconocido escritor cuya pluma nos llevó a mundos fantásticos (Stardust), a paisajes terroríficos diseñados para niños (Coraline) o a versiones alternas del universo (Dioses americanos / Buenos presagios), es también la mente maestra detrás de un comic conocido como Sandman, publicado por DC Comics. Su trama se sustenta en el personaje de Sueño (Morfeo), uno de los siete Eternos. Es una de las pocas novelas gráficas que tuvo el honor de aparecer en la lista de los más vendidos del New York Times y la primera en ganar el World Fantasy Award (1991), por lo que uno puede asumir que Gaiman vive en el paraíso de los escritores. Sin embargo, el 12 de septiembre de 1990 un crimen sacudió su mundo.

            El cuerpo de Michael Houseknecht, un estudiante universitario de 20 años, fue descubierto en su habitación del campus, ya en proceso de descomposición. Se determinó que murió al estrangularse con su propia corbata, en lo que parecía ser un caso de suicidio. A su lado, la copia de “Sandman #19” (cuya trama gira alrededor de la representación teatral de “Sueños de una noche de verano” de William Shakespeare) y una nota que decía “¡Era su hora de pagar los platos rotos!!!! El Sandman P.S. ¡El Sandman traerá un silencio perfecto al mundo a través del sueño eterno!!!! ¡Disfruten el silencio!”.

            Las investigaciones de la policía revelaron que Houseknecht se mudó al campus después de abandonar a su expareja de 19 años Michael McGarvey, por comportamiento violento y abusivo. Siendo una persona de interés, la policía fue a su apartamento el 13 de septiembre y lo encontraron ahorcado en el sótano. Lo pudieron rescatar, pero falleció dos días después en el hospital. Entre sus pertenencias, una nota similar a la encontrada en casa de Houseknecht, firmada como Sandman y una foto de su expareja.

            La noticia del doble suicidio, inspirado en su obra, conmocionó a Gaiman al punto que consideró no publicar más nunca un comic. Afortunadamente para los seguidores de su obra, la conclusión de la investigación fue que se trató, en realidad, de un homicidio-suicidio. McGarvey asesinó a Houseknecht y luego se suicidó por el remordimiento. Lo que es peor, Gaiman después se enteró que ninguno de los dos había leído los comics. Cuando salió la noticia, los titulares anunciaban “Los crímenes de Sandman” y se destrozó a la saga, alegando que incitaba a la violencia. Al descubrirse la verdad, la controversia desapareció y el tema cayó en el olvido. Sin embargo, Gaiman aprendió mucho en el proceso. Como dijo en su momento: “Sentí que alguien me había tendido una trampa para acusarme de asesinato y, de alguna forma, fue así”.

            La literatura puede llevar al lector al universo creado por el escritor, hacerlo sentir y olvidarse del mundo que lo rodea por las horas en que esté sumergido entre sus páginas. Ese viaje puede ser uno de descubrimiento, pero ¿qué pasa cuando la inspiración lleva al asesinato? ¿Es responsabilidad del escritor que sus palabras sean tergiversadas o usadas para apoyar la decisión de cometer un crimen?

            Stephen King le pidió a su editorial que nunca más publicara su libro “Rabia”, debido al gran número de seguidores que lo usaron como fuente de inspiración. La historia de Charles Everett “Charlie” Decker, un estudiante de escuela secundaria que es expulsado tras agredir a su profesor de química, le prende fuego a sus libros y a punta de pistola secuestra a todos sus compañeros de salón, matando a varios profesores en el proceso, recibió una buena recepción hasta que empezó a verse asociada a tiroteos en escuelas secundarias. Jeffrey Lyne Cox (1998), con un rifle semi-automático, mantuvo a 60 estudiantes de humanidades como rehenes por más 30 minutos antes de ser desarmado. Jeffrey se inspiró en los secuestros del Kuwait Airways 422 y en la novela “Rabia”, mientras que Michael Carneal le disparó a un grupo de oración, matando a tres de las chicas e hiriendo a cinco más, el 1 de diciembre de 1977. Entre sus pertenencias, una copia de “Rabia”.

            ¿Quiso Stephen King que esto pasara? Por supuesto que no. Él reconoce que los escritores tienen un poder del cual no se pueden desligar y que hay obras con el potencial de influir en personas susceptibles, pero su idea al escribir “Rabia” fue mostrar, de una manera novelada, sus propias frustraciones y problemas cuando fue un estudiante de secundaria, nada más. En las palabras del mismo King, el miedo al “¿cómo será interpretada mí historia?” nunca debe ser motivo suficiente para impedirle al autor reflejar en sus páginas el mundo que conoce, en particular si está cargado de violencia.

            Un caso todavía más dramático fue el de “El coleccionista” de John Fowles (1963). El libro, la historia de Frederick Clegg, un joven solitario que decide secuestrar a la estudiante de arte Miranda Gray, con la esperanza de conseguir que ella se enamore de él si la mantiene cautiva el tiempo suficiente, fue la fuente de inspiración de, por lo menos, tres asesinos en serie, entre ellos Christopher Wilder, apodado el asesino de las reinas de belleza, quien en 1984 secuestró y violó a doce mujeres (matando ocho); Robert Berdella, también llamado “El coleccionista” o “El carnicero de Kentucky”, quien torturó, violó y asesinó a ocho hombres entre 1984 y 1987 y el dúo de Leonard Lake y Charles Ng, quienes asesinaron a 25 personas, incluyendo dos familias enteras, antes de secuestrar a las estudiantes Kathy Allen y Brenda O’Connor (1985) para que les sirvieran de esclavas sexuales y sirvientas. En un diario recuperado después de suicidarse, Lake reconoce que llamó a su plan “Operación Miranda” por el personaje del libro de Fowles.

            Analicen por un segundo el escenario. Terminan su libro, el editor está satisfecho con su trabajo, la crítica adora su obra, los lectores se multiplican y, de repente, descubren que uno de ellos vio en su trama algo que lo llevó a matar a otro ser humano. Que esa persona podría estar viva de no haber escrito cada una de esas páginas. ¿Cómo se sentirían? ¿Maldecirían el día que se les ocurrió esa idea o rechazarían cualquier tipo de responsabilidad sobre los hechos?

            ¿Qué habrá pensado J. D. Salinger al saber que uno de sus libros más insignes, como lo fue “¿El guardián entre el centeno”, sirvió de inspiración a Mark David Chapman para matar a John Lennon? ¿Cómo habrá reaccionado al escuchar sobre el intento de asesinato del entonces presidente de los Estados Unidos Ronald Reagan y que John Hinckley Jr tuvo la idea después de terminar de leer su historia o que la joven actriz Rebecca Schaeffer perdió la vida a manos de Robert John Bardo, quien llevaba una copia del libro entre sus pertenencias? Tres personas famosas que Holden Caulfield, el personaje central del libro, no dudaría en catalogar como “falsas”, generando su antipatía y deseos homicidas, aunque en el libro nunca sucumba a ellos.

            “La naranja mecánica” de Anthony Burgess (1962) está cargado de escenas violentas y, como era de esperar, muchas de ellas saltaron al mundo real. Alex y su pandilla, bajo el efecto de las drogas, salen a las calles de Nueva York y atacan o violan a indigentes, ancianos y hasta menores. Después de salir publicado el libro, numerosos casos de asaltos a indigentes se reportaron asociados con la lectura de esta obra. Algo similar ocurrió con “Los diarios de Turner” de Andrew McDonald (seudónimo de William Luther Pierce), un libro que describe una violenta revolución que desencadena en una guerra nuclear y luego en una guerra racial de corte supremacista. Por lo menos siete ataques terroristas se han asociado a este libro, entre ellos el perpetrado por Timothy McVeigh (responsable de la explosión del edificio federal de la ciudad de Oklahoma en 1995) y los asesinatos de David Copeland (un neo-nazi británico que organizó tres ataques con bombas en 1995 en una campaña dirigida en contra de la población asiática, negra y homosexual de Londres).

            Las páginas de un libro tienen la capacidad de llegar a miles de personas y con la globalización, sus ideas al alcance de cualquiera con un celular y una conexión a internet. Eso conlleva a que, en algún lugar del mundo, alguien podría leer la trama de uno de nuestros libros y sentirse ofendido, aunque a nosotros nos parezca una broma. Laura Lippman, una escritora norteamericana de novelas detectivescas, contó en una entrevista que una vez fue citada para hablar con el director de la escuela de su hija. Como cualquier madre, llegó aprehensiva, pensando lo peor, solo para descubrir que algunos padres se habían quejado de un tweet donde ella mencionaba que una de las compañeras de su hija era una abusadora y que pensaba matarla en un libro.

            Ustedes me disculpan si están de acuerdo con los padres que se quejaron, pero estoy del lado de Lippman. He asesinado a cientos de personas en mis libros y muchos de ellos fueron creados tomando como sustento alguien real (y la mayoría de las veces no porque la persona me cayera mal o hiciera algo malo. Simplemente fue la persona que me vino a la mente cuando creaba al personaje). Si cada uno de esos crímenes contara en el mundo real, no me alcanzarían las vidas para pagar todas las cadenas perpetuas que me caerían encima. ¿Me siento responsable por estas muertes en papel? Claro que no y la razón es una muy sencilla.

            Son frutos de mi imaginación.

            Ahora, una cosa es que un lector considere de mal gusto asesinar a una persona real de manera ficticia en un libro (incluso con el conocimiento y las bendiciones de la víctima, que disfruta ver su nombre en una trama detectivesca) y otra diametralmente opuesta que un lector tome una historia y diga: “Siento que el autor (o la autora) me está hablando. Haré lo que me pide y mataré a todos. Estoy seguro que estaría de acuerdo”.

            Les puedo garantizar que el 99.9% de los escritores no están de acuerdo. Dedicamos horas de nuestra vida en crear personajes y tramas atrayentes porque (1) nos gusta y (2) pensamos que a los lectores les gustará. Quitando casos excepcionales, ninguno de nosotros está tratando de mandar un mensaje subliminal para ver si alguien capta la indirecta y hace el trabajo sucio.

            ¿Debe el escritor considerarse responsable de sus obras? ¿Plantearse sus tramas de forma que nadie sugestionable las pueda usar para hacerle daño a otras personas? Si van a empezar a escribir con eso en mente, mejor dedíquense a la repostería. Harán más personas felices con sus dulces que con sus libros. Para ver el ejemplo más claro de que todo lo que diferencia el efecto de un libro en un ser humano es la mente que lo lee (y no la que lo escribe), tenemos que remontarnos a 1961 y prestarle atención a uno de los libros de la Dama del Crimen.

            En “El misterio del caballo pálido” Mark Easterbrook investiga la muerte de una joven que podría estar relacionada con una sociedad secreta que organiza muertes a petición del comprador. Al final, los asesinos usan talio, un elemento que bloquea decenas de procesos celulares llevando a la muerte. La trama está tan bien desarrollada y el talio usado de manera tan real, que en su momento Agatha Christie fue acusada de inspirar a Graham Frederick Young, también conocido como el “Envenenador de la taza de té”, quien usó talio para asesinar a varios compañeros de trabajo. Esta historia es un mito, ya que el mismo Young aceptó nunca haberlo leído. Sin embargo, el mismo libro salvó la vida de un bebé árabe en 1977, cuando una enfermera que lo cuidaba reconoció en los síntomas que lo llevaron al hospital el cuadro descrito por Agatha Christie. El diagnóstico de intoxicación accidental con talio fue corroborado y el niño sobrevivió gracias a los crímenes contados en “El misterio del caballo pálido”.

            Regresando a la trágica historia de Sandman, Gaiman aprendió una lección muy importante con la pesadilla vivida y sus palabras son la forma perfecta de concluir este artículo: “Cuando alguien quiere lastimar a otra persona tomará su inspiración de dónde pueda. De un libro, de una canción, de la Biblia o de una película. Yo le debo al lector buenas historias. No puedo ser responsable de todos a quienes se le cuenta esa historia”.

            Somos responsables de contar buenas historias.

            Solo eso y nada más.

 

 

©Artículo: Osvaldo Reyes, 2021.

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