Impunidad total


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IMPUNIDAD TOTAL, Por Fernando Gracia Ortuño

 

La gente no se imagina lo fácil que es matar a un hombre. Muchos se piensan que la policía científica los acabará pillando. Temen que siempre habría algún testigo en el escenario del crimen. Suponen erróneamente que, puesto que hay tantas cámaras, la justicia los acabará pillando. La mayoría, además, cree en alguna clase de dios o Justicia Divina que la castigará. Porque no tienen agallas. Yo, que soy una ancianita nonagenaria, lo puedo asegurar firmemente: No hay en absoluto obstáculo alguno para matar. Esto es una verdad como un templo. Tan cierto como que estoy viva. Os contaré mi caso. Hace unos cuarenta años, cuando mi ex marido estaba ingresado en una clínica de enfermos terminales, me enteré a través de la familia que todavía seguíamos casados. Enseguida me apresuré a hacer acto de presencia en la clínica para cobrarme lo mío. Con todos los papeles en regla en la mano, a partir de ese momento, después de treinta años de separación, me hice pasar por la compungida esposa, y cada mañana sin falta me presentaba en su habitación para darle el desayuno. ¡Ah, con qué carita de pena me miraban las auxiliares y las enfermeras! ¡Con cuánto tacto me trataban los doctores cuando me referían el parte de la evolución de la enfermedad de mi ex! ¡Cómo sabía yo, pobrecita mujer a punto de despedirse para siempre de su “adoración postrada”, camelármelos a todos de solape! ¡Sí, me choteaba por lo bajo de todos!: ¡De la autoridad, de la administración, de la policía, de los agentes que veía pasar a mi lado cuando iban a otra habitación vecina a custodiar un preso! ¡Qué hilarante cachondeo resulta ser la mal llamada Justicia, excelencias de los jurados que con tanta pompa ejecutáis la ley! Ya podían gritar, inflamarse desesperadamente y sublevarse retorciéndose de dolor mis hijos, cuando se dieron cuenta de que con mi pantomima me acabé haciendo con toda la herencia, puesta ahora a mi nombre, después de tantos años de separación. Pero el viejo buitre no se moría nunca, y yo me agotaba por momentos Fue coser y cantar acabar con él. Todavía me estoy riendo. Sólo tuve que atragantarlo con la jeringa del puré del desayuno. Nadie miraba cuando apreté con furia el embolo y él comenzó a ahogarse, aferrándose con sus garras en las mías, tosiendo sin gritar… Nadie más que yo.

 

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