Una estadística de muerte

Nunca me han gustado las estadísticas.

¡Joder, y mira que me lo pusiste difícil! Sí…, lo reconozco…, me gustan los retos. Pero este ha sido exageradamente esperpéntico hasta para mí.

Miento. La verdad es que lo he disfrutado como ninguno, aunque me haya cambiado la vida.

Todo comenzó aquel día que te escuché por la radio del coche mientras conducía. ¿Recuerdas? No, claro, cómo lo vas a recordar si ya estás muerto, o muerta.

“Hoy ha sido presentado el primer informe sobre el homicidio en España. Contamos en antena con Lucas Varón, jefe de área del Gabinete de Coordinación y Estudios de la Secretaría de Estado de Seguridad, que ha coordinado este estudio”.

Lucas Varón. Si es que vas provocando. Te imagino alto, fuerte, con barba castaña y el cabello completo. Ni tan siquiera unas incipientes entradas. Te veo con traje y encorbatado, seguro de ti mismo, arrogante. ¿Pero cómo puedes hablar de asesinatos como el que habla de las migraciones de las aves? Datos, números, comparaciones… ¿Cómo se puede hablar de la muerte sin hablar del dolor, la desesperación, del grito y del vacío? Psicólogo dijeron que eras… ¡Ja! Me río yo de tu psicología. Burócratas de despacho… ¿Qué querías? Me enervaste de tal manera…

“Los datos muestran que el 62% de los homicidios son de hombres a manos de hombres; el 28% son mujeres asesinadas por hombres; el 7% son hombres muertos a manos de mujeres, y apenas el 3% de los casos son de mujeres que acaban con la vida de otras mujeres”.

Y continuaste dando datos y datos sin parar: el mes con más asesinatos, el día de la semana más tranquilo, la relación entre víctima y verdugo… Bla, bla, bla. Casi dejo de escucharte. Pero mi cerebro funciona de forma autónoma a mi voluntad en muchas ocasiones. Es listo el jodío… Como decía, mientras mi corazón se aceleraba de pura rabia, mis neuronas fueron elaborando el perfil menos probable en cuestión de asesinatos. Ya sabes, nunca me gustaron las estadísticas.

Paré el coche y saqué mi cuaderno. Sí, soy de esos: un criminal metódico. O un perturbado metódico. O un incomprendido…, pero metódico. Y apunté: “Mujer que mata a mujer, noviembre, lunes, entre las 6:00 y las 18:00 h, nada de arma blanca ni de arma de fuego”.

Sí, me lo pusiste difícil, pero tenía que mostrarte que los datos son palabras huecas, palabras que yo tenía que llenar de significado para ti.

Me trasladé a Madrid y comencé el seguimiento. Eres bastante aburrido, ¿lo sabías? Separado, no me extraña. Hasta para ir de putas resultaste ser un bodrio: en coche hasta la Casa de Campo, mamadita y vuelta a tu enorme piso vacío.

Tu sobriedad sería un punto a mi favor. Y mi ingente cantidad de dinero, claro. En ocasiones pienso si no será esta la causa de mi…, llamémosle, trastorno. Me siento tan hastiado, tan falto de motivación, tan aburrido de chasquear los dedos y obtener lo que deseo,  que algo debo hacer para sentirme vivo: aunque sea matar. Pero, obviamente, no de cualquier manera. Me asquea la vulgaridad.

Convertirme en mujer no fue difícil, pero suponía un grave problema: mi padre. Al enterarse el viejo, hubiesen ocurrido una de estas dos cosas (ninguna buena para mí): o muere de un infarto –y adiós a la empresa y a mi sustento–; o me deshereda el muy cabrón –y adiós igualmente a mi modo de vida (al modo, que no al estilo, pues es preferible que la pobreza sea sórdida y no mediocre)–. Pero ya sabes lo que dicen: a grandes males grandes soluciones. Mi hermana y yo éramos como dos gotas de agua, y tampoco es que me cayese demasiado bien. Haber compartido placenta no llegó a unirnos lo suficiente como para lograr algo más que soportarnos. Matarla y convertirme en ella suponía un doble beneficio: mi padre seguiría su vida sin malograr un instante en llorar a su hijo desaparecido; y yo, siendo ella, dispondría ahora del doble de ingresos y de un futuro económico aún más favorable.

Dicho y hecho. Lo que nunca imaginé es que este cambio me iba a proporcionar también la forma de llegar hasta ti. Eso fue un plus inesperado y maravilloso. La magia del crimen.

Fue en la cafetería de aquel centro comercial, mientras te vigilaba. Tropezaste torpemente con mi mesa al marcharte y derramaste mi café. Tú te empeñaste en pedirme otro y yo no pude resistirme: solo si tú me acompañas.

Me metí en tu vida de tal manera que estabas comiendo de mi mano en poco tiempo, y eso que nunca me tocaste (o quizás por eso). Me encantaba jugar con tu corazoncito débil. Te odiaba y eso me hacía disfrutar de tal manera que a más disfrute más odio, en un exultante círculo vicioso. Y ahí fue cuando me vino la gran idea, mi obra maestra, te dije que era lesbiana. Y te dejé aquella frase antes de marcharme: Si fueras una mujer…

¡Pobre gilipollas! Se te fue la cabeza. Aunque dejamos de vernos, tú insistías en tus emails en que harías cualquier cosa, ¡cualquier cosa!

Era noviembre cuando te presentaste ante mí con tu nuevo cuerpo. Yo te había insistido en que fuese lunes, a las cinco de la tarde, en la misma cafetería en que nos habíamos conocido. Yo había elegido el veneno como arma. Ya sabes, arma de mujer.

Texto: © Juan Carlos Rodríguez, 2019.

 

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