CARTAGENA EN UN MANTO NEGRO por Francisco José Prián Albaladejo

Cartagena, aquella ciudad trimilenaria situada en el litoral mediterráneo, el mejor litoral sin tener en cuenta la pocilga que algunos han hecho en la zona del Mar Menor.

Cartagena gozaba de un tiempo inmejorable para los amigos de lo ajeno. Cartagena, aquella ciudad en la que nada sucede hasta que hice acto de presencia con mi primer asesinato, el primero de una larga lista.

Os preguntaréis quien soy y yo os diré que soy el que soy, nada más y nada menos. Soy el peor asesino en serie que ha habido en Cartagena en sus 3000 años de historia, pero como todo ser viviente que puebla la tierra tiene un nombre yo no iba a ser menos. Mi nombre es Cedric Ferdinad. Tengo 30 años de los que 10 años, es decir, con 20 años he estado de prisión en prisión y tiro otra vez porque me toca como consecuencia de mis actos, según la sociedad, macabros, según mi propia visión de la jugada, mis actos son legales porque me dedico a eliminar a cabrones como el que me pegó en repetidas ocasiones cuando no tendría más de 5 años, es decir, como mi padre alcohólico, quien bebía cerveza para desayunar, ron para comer, wisky para merendar y gin-tonics para cenar. A los 20 años cometí mi primer acto “legal” de mi larga trayectoria “delictiva”. Ya os podéis imaginar quien fue mi primera víctima: mi padre. Y todo esto porque desde siempre he leído solo novela negra y me he sentido fascinado por los típicos malos.

– Venga, mierdecilla. Ha llegado la hora de trasladarte al juzgado.

Quién hablaba con una voz grave era mi vigilante en la prisión llamado Asdrúbal, pero no tenía ninguna barca. Este tipo se llamaba Asdrúbal Sánchez Mardue, natural de Sevilla y que vino a Cartagena a chupar del bote de su familia y mediante chanchullos varios consiguió acceder al Cuerpo Nacional de Policía.

Dicho lo cual, me preparé con todo el material necesario para hacer mi tarea de eliminar a la chusma como el tal Asdrúbal de las narices. Cuando abrió la celda oscura y vieja en donde llevaba ya dos años, empecé con el trabajillo que tenía entre medio. En primer lugar, para inutilizar a mi guardián, le clavé en el brazo en donde tenía la llave para quitarme las esposas el cuchillo que me regaló mi padre antes de morir que siempre me ha servido para gloriarme y para recrearme en mi primer asesinato. Después, cuando me vi libre de las ataduras, me desabroché yo mismo las esposas y le corté el cuello al Asdrúbal de las narices. Una vez que la cabeza se despegara del resto del cuerpo, le saqué de cuajo los ojos de la cara y me los comí. Después de eso, hice trocitos con el cuerpo y los metí en bolsas de viaje.

Después de disfrutar con este crimen, salí como Perico por su casa sin llamar la atención y fui dejando los restos de Asdrúbal por distintos lugares de la ciudad, aquella ciudad en la que no pasaba nada hasta que decidí actuar libremente para eliminar a cabrones como el que me reventó la cara a los 5 años. Mi padre me pegaba, pero no me reventó la cara. Quien me reventó la cara fue un compañero de clase llamado Arturo Itán. Fui, a medida que iba creciendo y leyendo solo novela negra, reuniendo mis pesquisas para tenerle localizado. Lo localicé dándole por culo a la que era mi novia en el instituto. Pasó un largo tiempo hasta que acabé con su mísera vida. En mi infancia tuve dos cabrones que me hicieron la vida imposible hasta que cumplí los 20 y me dije: “Ya han jugado contigo. Ahora te toca jugar a ti con ellos”. Dicho y hecho. En el mismo instante en el que cumplí los 20 años acabé con mi padre después de descubrir que asesinó a sangre fría a mi madre quien también recibía guantazos un día si y al otro también en mi infancia. Después de asesinar a mi padre, quemé la casa para borrar cualquier tipo de pruebas con el cuerpo dentro. Después salió en los periódicos la noticia:

El alcalde de la ciudad ha sido encontrado muerto en su casa mientras comía un pastel de chocolate al mismo tiempo que se producía un incendio de causas desconocidas de momento.

Según algunos vecinos del alcalde, estaba acompañado a la hora en la que se produjo dicho incendio dañando la estructura de toda la planta 4 del edificio.

La policía sigue buscando al sospechoso o sospechosos”.

“Que estupidez más grande carajo”, fue mi pensamiento en el mismo momento en el que me hice con un ejemplar del periódico.

Al poco de reanudar la marcha, me crucé con Arturo Itán, aquel que vi dándole por culo a mi novia, y le invité a tomarse un algo cerca del descampado del Estadio Municipal Cartagonova.

– Hombre, Arturo. Dichosos los ojos. -fingí alegría al ver a un viejo amigo.

– Pues si Cedric. Ha pasado mucho tiempo.

– ¿Quieres que nos tomemos algo y así hablamos de nuestras cosillas?

– De acuerdo.

Sin sospechar nada, aceptó. Una vez que acabamos de tomarnos un café con leche él y yo un asiático (café, leche condensada, brandy, Licor 43 y canela), nos fuimos andando al descampado del Cartagonova donde acabé con su miserable vida cortándole en trocitos muy pequeños que fui repartiendo por los contenedores.

Pensaba que nunca me iban a coger hasta que cometí un fallo: asesinar brutalmente a mi novia en la puerta de su casa. Me pillaron, me metieron en la cárcel hasta el día de hoy en el que he acabado con la vida de mi vigilante de la prisión y he conseguido escapar. Todo esto porque leía solo novela negra y me sentía atraído por el papel del villano.

 

©Relato: Francisco José Prián Albaladejo

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