Barroso True Crime: Pasiones tóxicas por Ignacio Barroso

Carnavales de 1905. En el Casino de Alicante.

Una fiesta de alto postín. La flor y nata de la sociedad pulula entre copas de champagne y camareros de gesto cansado a los que las horas de andar de un lado para otro con la bandeja en alto empieza a pasar factura. Abundan las carcajadas y las conversaciones entre hombres de negocios. Puros humeando y bigotes engomados. Damas engalanadas para el momento. Jóvenes casaderas y señoritos que intercambian miradas más cargadas de intenciones que de verdadero deseo. Hormonas y alcohol. Esas cosas.

Y en mitad de todo este tinglado de máscaras y plumas, tenemos a dos jóvenes que se sonríen con franqueza. Él, responde al nombre de Luis Pascual de Bonanza López del Castillo (Luis para los más allegados y señor a secas para el servicio), hijo de un héroe de la guerra de Filipinas condecorado por sus hazañas bélicas y unas taras mentales fruto de lo que diez años después, más o menos, los matasanos de medio mundo llamarán fatiga de combate, pero que por las fechas que corren es tabú de cara a la galería por aquello del qué dirán o no parecer un afeminado en una sociedad en la que la hombría se mide por el número de medallas que se llevan en la pechera y las copas de brandy que se pueden beber antes de perder el conocimiento. Por su parte, ella, se llama Julia Palao. Natural de Villena y que por azares del destino, acabó por acompañar a su tía Juana a un clima menos severo para sus huesos, que la mujer andaba algo tocada por las exigencias del invierno en su casa y la mejor cura que tenía a mano era desplazarse un poco más hacia la costa y disfrutar de un aire saturado de humedad, pero sin reuma.

El caso es que de esas miraditas cómplices en las que Julia sonreía detrás de un abanico de encaje y Luis sacaba pecho con pose gallarda, surgió el amor. Mariposas en el estómago. Paseos con carabina. Planes de futuro. Ganas de comerse el futuro juntos. Castillos en el aire… Ya se sabe, cuando lo que se siente es verdadero, dos corazones que laten al unísono saben que nada puede romper lo que se traen entre manos.

Eso, o algo parecido se dirían los dos tortolitos cuando Julia hace las maletas y marcha a su casa. Exigencias del guión o una prueba del destino. Despedida lacrimógena, palabras tiernas y un abrazo de despedida. Villena tampoco pilla muy lejos, y los caminos están hechos para ser recorridos. Más aún cuando ambas familias ven con buenos ojos el romance y todo serán facilidades cada vez que el bueno de Luis se deje caer por los aposentos de la familia Palao Guillén. Rellenando el hueco que su ausencia deja allí con una correspondencia epistolar con su amada que se sucede con mayor frecuencia y periodicidad que lo folletines de Enrique Pérez Escrich.

De esta manera, la parejita feliz disfrutará de las fiestas de Moros y Cristianos, seguirá con eso que los enamorados llaman pensar en el mañana e incluso él servirá de apoyo y consuelo a la buena de Julia cuando su padre fallezca el 8 de agosto de 1906. Pero ya se sabe, el que adelante no mirá, atrás se queda y por ahí van los tiros cuando Luis Pascual de Bonanza López del Castillo empieza a ponerse pesadito con el tema del casamiento. Ahí es donde la senda recta del amor empieza a torcerse un poco y lo que antes eran paisajes soleados mecidos por una brisa fresca, poco a poco se va trasformando en un páramo un tanto lúgubre de cielos encapotados y caminos embarrados. Más aún cuando, cansada de tener a su amado todo el día con la retahíla y el runrún del contraer matrimonio y vivir felices hasta que la muerte les separe, que ya se sabe que lo que ha unido Dios no lo separe el hombre, decide coger el toro por los cuernos y poner una condición: que Luis encuentre un trabajo con el que mantener a la familia que ambos quieren formar, y que hasta que esto no pase, verdes las han segado. Y el chico más que ponerse a ello, pues sigue a lo suyo. Mucho cariño, eres la mujer de mi vida… Sin ti a mi lado no quiero vivir… Y alguna que otra mentira, que ya se sabe, una mentira dicha mil veces acaba siendo verdad. Que si voy a abrir un negocio con Fulano o Mengano. Que si la semana que viene me subo a Madrid a hacer una gestiones para obtener plaza de funcionario. Que si mi padre tenía amigos en el ejército y podría hacer carrera allí…

En fin, nada nuevo bajo el sol hasta que llegó el punto de no retorno y, cansada de que le marearan la perdiz, la buena de Julia Palao dijo un ahí te quedas, majo el 27 de enero de 1908. Aunque siendo fieles a lo sucedido, ella le dará una prórroga en la que se compromete a ser fiel a su recuerdo y llevar una vida de monja de clausura durante cierto tiempo en un último intento de ver si aquellos te quiero, vida mía que él solía decir eran ciertos y el distanciamiento le hacía abrir los ojos o, por el contrario, no eran más que palabras y como tales se las acabaría por llevar el viento.

Pero claro, una cosa es guardar luto por alguien querido y otra muy distinta amargarse la existencia por un patán que no ha sabido estar a la altura de las circunstancias y ha basado los últimos tiempos de una relación en embustes y engaños. Y con esto en la cabeza, Julia Palao sale de su casa junto a su prima Juana y el marido de ésta a disfrutar de la función que se ofrece en el Teatro Principal de Alicante.

Más tarde, de vuelta a casa. En la calle Castaños, Luis Bonanza aparece en lo que se muestra como un encuentro casual. Anda, no sabía que ibas a ir al teatro hoy… Bueno, me voy por donde he venido… No, hombre. No. Acompáñamos si quieres… Y de esta guisa llegan a la plaza de Isabel II sin que ninguno de los tres sepa que en verdad, ese encuentro se debió a que había demasiada gente de por medio como para llevar a cabo la idea que le había guiado al salir a su encentro. La misma idea que ahora, mientras Luis Rodríguez mete la llave en el portón ante el que se han detenido, pone en práctica sacando un revólver y abriendo fuego sobre su amada. Consciente de lo que acaba de hacer, arroja el arma y saca otra del bolsillo. La apoya en su sien y aprieta el gatillo. Pum.

Lo que sucederá a continuación será un caos de gritos y carreras al hospital más cercano, que, ironías del destino, será el mismo para la víctima y su verdugo. La lenta recuperación de Julia, que malvivirá el resto de sus días con secuelas cerebrales y varias esquirlas de metal incrustadas dentro de la cabeza, hasta que la autopsia saque a la luz una bola de pus de cerca de medio kilo presionándole la cavidad craneal. Y entre medias, un proceso legal en el que el agresor será declarado no culpable como fruto de un ataque de locura incontrolado, obviando las cartas de despedida que había estado escribiendo la noche anterior de los hechos y que al llegar al hospital trató de hacer desaparecer, y en el que la larga sombra de su familia parecerá dar veracidad a aquello de que el adinerado nunca en juicio es condenado.

-http://www.villenacuentame.com/2018/01/1908-el-crimen-de-la-senorita-palao.html

-http://hemerotecadigital.bne.es

-https://casajuz.wordpress.com/historia/

-https://www.diarioinformacion.com/alicante/2017/03/20/maton-levita/1873591.html

 

©Barroso True Crime: Ignacio Barroso, 2020.

 

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