El último invierno en Nebraska – (Parte I)- Víctor Mirete

‘El último invierno en Nebraska’ (relato cuya primera parte publicamos hoy sábado, y que se desenlazará mañana) copa un fin de semana con sabor a wéstern, por Víctor Mirete

EL ÚLTIMO INVIERNO EN NEBRASKA. PARTE I 

RANCHO de Reed Button, a las afueras de HAY SPRINGS. NEBRASKA. 

Algún día de febrero de 1865

“La guerra nos iba a cambiar a todos, incluido a mí. Hicimos barbaridades de las que ya no merecía la pena ni arrepentirse. Íbamos a ir igualmente al rincón más mugriento del infierno y a descender tan rápido al inframundo que no existía posibilidad alguna de que mis seres más amados me pudiesen conceder el perdón. Ni mucho menos Beth”.

Los últimos doscientos metros antes de llegar al rancho, donde mis esperanzas aún seguían albergando la idea de volver a ver a Beth y a mis tres hijos, se hicieron eternos. Al viejo caballo color ceniza que me habían vendido los hermanos Playton quince días antes en el condado de Dawson, cada vez le flaqueaban más sus rodillas. Su muerte se acercaba con cada paso que clavaba en la espesa nieve que cubría la llanura. Habíamos rebasado hacía dos horas las colinas de Hay Springs. Quedaban muy pocos kilómetros para volver a casa, pero su jadeo se había vuelto demasiado continuo como para no advertir que aquel eterno viaje que emprendimos desde la frontera de Kansas iba a costarle la vida al vetusto y malogrado equino. El bosque que habían rebasado tras descender las colinas sajó sus extremidades, anestesiadas por el frío. Tras ellos, un sutil moteado de sangre pintaba el suelo níveo como si quisiese recordarles la trayectoria de su dolor. Su camino hacia la redención.

Pero al fin y al cabo, los caballos están hechos para eso. En su subconsciente nacen con la predisposición y  enmienda de dejar su vida en el camino. Entre el afilado hueco que ofrecían las vestiduras y el grasiento sombrero que resguardaban mi cabeza y rostro del fuerte temporal, pude ver varias veces como la cabeza del caballo se azoraba y languidecía. Pude ver incluso errantes miradas pidiéndome súplica. Pero el camino debía continuar. La nieve debía seguir enfriando sus herraduras y sus pezuñas hasta llegar al rancho que abandoné a principios de 1862. Aquel animal no era el primer caballo que moría bajo mis piernas, pero sí sería el último en hacerlo.

Después de varios días de largo y angustioso viaje, cruzamos el bosque que daba paso a la estepa donde estaba nuestro rancho. Los maderos del cerco donde debían estar las vacas apenas sobresalían por encima de la blanca estepa. La niebla y la arremolinada ventisca difuminaban la visión de la casa. Tampoco veía las pértigas de madera con las puntas pintadas en rojo que Beth solía clavar en la linde del rancho, en el pozo, en la letrina, en el aserradero o en las cuadras cuando tenían lugar las intensas nevadas.

Avancé a lomos del equino hasta rebasar el cobertizo. Una vez allí me bajé de él, dejando que este cayese exhausto sobre la nieve, inflando y desinflando agónicamente su tripa con cada respiración. Desaté las alforjas y saqué el rifle de la funda que tenía colgada en su lomo. Me quedé unos segundos junto a él, mirándole sin demasiada compasión antes de dejarle allí tirado. No tenía fuerzas ni para agradecerle el camino, pero tampoco me quedaban agradecimientos en esta vida. Yo también hubiese deseado estar tumbado sobre esa nieve, pero tenía que ver qué había pasado con mi familia.

Algún día de diciembre de 1861.

A finales de 1861, con la guerra en plena ebullición, Godfrey “dos dedos” me vino a buscar al rancho. No fue una visita esperada. Llevaba toda la mañana adecentando el pajar del granero y reparando maderos rotos antes de que el temporal tirase abajo todo el edificio, hasta que escuché el tintineo de las espuelas golpeando en los estribos.

Desde el altillo del granero le vi acercarse a lomos de un joven caballo fornido con pelaje caoba. La imagen de su amo, desmerecía notablemente la belleza de aquel corcel. Un tipo mayor, desarrapado, mugriento, de frondosa barba y bigote puntiagudo. Bajo el sombrero de ala ancha que tapaba su cabellera castaña y blanca se podían apreciar unos oscuros ojos que dibujaban una mirada psicótica en su rostro. Su piel estaba profundamente arrugada y desgastada, y aún así la exhibía airosa pese al fuerte viento y frío que acuciaba.

Cabalgaba sujetando el correaje sólo con la mano derecha. El brazo izquierdo lo tenía metido bajo su raído, enmohecido y grasiento abrigo de piel de oso negro. Se acercó a la puerta de la casa, amarró las riendas del caballo al palenque y puso sus botas llenas de barro en el suelo del porche de mi casa.

Beth y los niños aún no habían vuelto de Hay Springs. Me aseguré de ello al ver que el carro y los caballos no estaban en el perímetro de mi vista. Tampoco se apreciaban marcas recientes de las ruedas en el terreno, de modo que, esperé a ver que hacía aquel forastero antes de actuar.

—¿Hay alguien? —gritó después de escupir en el porche con desprecio—. ¡He dicho si hay alguien!

Recorrió toda la tarima del porche, intentando asomarse por las ventanas, pero, previendo el temporal, Beth había trancado todas las contraventanas interiores. Estaban bien cerradas con el pasador cruzado por dentro, con lo que el peculiar visitante no pudo ver nada ni abrirlas. No así la puerta, que podría abrirla sin esfuerzo. Volvió hacia ella y miró atrás, escudriñando todo el páramo a su alrededor. Sin sacar el brazo izquierdo del interior del abrigo, colocó su mano derecha sobre el pomo de la puerta. Empujó hacia dentro y la puerta cedió. La tranquila mañana de navidad se había levantado con unos pequeños nubarrones sobre nuestras seseras, e incluso el susurro de una tormenta se dejaba escuchar desde las colinas, pero el celaje más negro se había metido en casa justo en ese preciso momento.

Avancé a paso lento pero incesante por la parte trasera del granero, flanqueé la valla  donde estaban los establos y di mis últimos pasos hacia la casa caminando entre los árboles de la parte de atrás del rancho, donde mis hijos tenían su columpio y sus trastos. Tenía mi mano derecha sobre la empuñadura del revólver, a medio sacar de su cartuchera. Cuando estuve lo bastante cerca de la fachada de la vivienda pude escuchar el ruido de las espuelas de sus botas dentro de casa, paseando de un lado a otro, como si estuviese registrándola. Aquel tipo, por mugriento y desarrapado que fuese, no tenía pinta de vulgar ladrón. Su caminar y su gesto insinuaban algo más. Si hay algo que te enseña América, es a reconocer el rostro de un asesino con solo mirarlo unos segundos o con solo escuchar el ruido de sus botas.

Aquella iba a ser la primera ocasión en la que hacía uso de la puerta interior de la despensa fría para algo más que no fuese coger víveres. Habíamos instalado un par de inviernos antes una pequeña puerta dentro de la despensa para poder acceder a ella directamente desde la vivienda durante los fuertes temporales sin necesidad de salir a la calle. Aproveché esa opción y entré a la fresquera por fuera de la casa, abrí ligeramente la puerta del interior hasta que tuve medio cuerpo dentro de la casa. Aquel tipo estaba de espaldas a mí, apoyado en la barra de la cocinilla, sirviéndose un vaso de mi botella de whisky irlandés. Introduje el dedo índice en el hueco del gatillo y salí por completo de la despensa, caminando con sigilo hacia él. Cuando lo tuve a cinco pasos de distancia extraje el revólver de la funda y le apunté con el cañón, sin alzar el hombro, tan solo doblando el codo a la altura de la cintura.

No tuve que decir nada para advertirle de mi presencia, el simple ruido al cargar el martillo del revolver fue suficiente para mostrarle mis intenciones.

—¿Es esta la manera que tienen en Nebraska de recibir a sus invitados en Navidad? —pronunció con voz gruesa, sin girarse, mientras se rellenaba de nuevo el vaso. No le respondí. Simplemente di otros dos pasos hacia él, con el revólver en mano, sin flojear en la amenaza de disparo. No parecía inmutarse, ni tampoco cambiaba el rictus cínico y provocador de su cuerpo—. ¿Sabe? Hacía tiempo que no tomaba un whisky de esta calidad. Los irlandeses sabéis como beber, y veo que no andan mal de dinero por aquí. ¿Quiere un trago? ¡Acompáñeme, vamos! —exclamó, con un altivo sarcasmo propio de quien no ha fallado jamás un disparo.

Entonces, se giró, ofreciéndome con socarronería un vaso. Levanté un grado más el ángulo del revólver y aproveché para tantear su mano oculta. Por el bulto, no parecía portar ningún arma dentro. Se había quitado el abrigo, dejándose ver una chaqueta bastante más limpia y nueva que el abrigo. Mi rostro estaba fruncido y tenso, y mi dedo segundo a segundo apretaba más el gatillo del arma.

—¿Quién eres?

—Un viejo amigo de la familia.

—Yo no tengo familia —respondí, adoptando en mis palabras una cruda tosquedad.

—Tranquilícese, amigo. Si hubiese querido matarle ya lo habría hecho desde que vigilaba mi llegada por el ventanuco redondo del granero —dijo, perfilando la sonrisa más pícara que pudo—. Haremos una cosa. Voy a dejar este vaso de whisky aquí mismo por si le apetece tomar un trago mientras esperamos a que lleguen su mujer e hijos. ¿Le parece?

Su voz sonó demasiado amenazante al nombrar a mi esposa e hijos. Sin querer, el dedo que tenía puesto en el gatillo, cedió. ¿Por qué se había referido así a mi mujer y mis hijos? Por su tono e insinuaciones, estaba claro que a mi familia le había ocurrido algo de lo que Godfrey había participado. Ese pensamiento denostó mi capacidad para tomar decisiones en ese momento, pero traté de mantener la compostura.

—¿Quién eres y qué quieres?

—Disculpa, es verdad, olvidé presentarme como es debido. Soy Godfrey “Dos dedos” —su mano izquierda salió del bolsillo de su chaqueta, mostrando con ello el por qué de su apodo. La tenía mutilada y solo le quedaban dos dedos enteros, el índice y el anular—. He viajado durante días desde Carolina del Norte expresamente para contarle una historia muy curiosa y para proponerle algo muy interesante —comentaba con sarcasmo, mientras se bebía con impaciencia el whisky.

—¿Dónde están mis hijos y mi mujer?

—Vaya, veo que es usted más impaciente de lo que me había comentado. Es hablar de la familia y la gente se pone muy tensa —se giró, acercándose poco a poco a mí, con los párpados entornados y señalándome con los dos dedos como si fuese el cañón de un revólver apuntándome a la cabellera—. Mire por donde, me alegra que me haga esa pregunta. Lamentablemente no puedo responderle. Al menos ahora mismo.

—¿Están vivos?

—¡Sí, por supuesto! ¿Crees que me plantaría delante de ti, desarmado, y habiendo matado a tus hijos? No me infravalore, Reed —dijo, abriendo con intensidad sus enrojecidos ojos negros—. ¡No soy tan condescendiente, hombre!

La tormenta acababa de romper en la llanura, golpeando con rotundidad el techo y las paredes de la casa. Godfrey se sentó con pachorra en el viejo sillón que teníamos junto a la chimenea, y donde solía sentarme a fumar después de comer y antes de dormir. Se encendió un puro raspando una cerilla contra el canto de la suela de sus botas y me miró con una sonrisa mordida.

—Este temporal nos va a tener un buen rato aquí encerrados a los dos, salvo que alguno decida marcharse antes de tiempo. Creo que deberíamos ponernos cómodos. ¿Aquello que está cocinándose en la chimenea es estofado de bisonte? —espetó con chanza, haciendo un burlesco aspaviento con la mano mutilada.

En ese instante enfundé mi revolver. Estaba claro que  mientras no estuviese visible lo que había pasado con mi familia, no podía actuar con imprudencia, y el revólver no facilitaba la situación que se presentaba entre ambos. Nunca me había caracterizado por mi carácter sociable o diplomático, pero la entereza y la frialdad sí eran dos puntos fuertes en mí. Aquel histriónico forajido se quedó varios segundos retándome con la mirada, mientras dejaba consumir lentamente el puro en su boca. Sin mediar palabra se acercó al calor de la chimenea y echó un vistazo a la cazuela del estofado. Puso la palma de la mano mutilada sobre la parte superior de la llama y comenzó su exposición de los hechos.

(Continuará…)

Mañana, domingo 12 de agosto, se publicará la Parte II de ‘El último invierno en Nebraska’.

Texto: ©Víctor Mirete, 2018.

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