¿Quién mató al chófer?

Con el sugerente título de ‘¿Quién mató al chofer?’, Osvaldo Reyes nos presenta un interesante artículo de opinión

Cabos sueltos en la literatura negra

No me puedo imaginar el rostro del escritor al recibir el telegrama. He tratado de pensar cómo me sentiría en una situación similar, pero no logro ponerme en los zapatos de Raymond Chandler.

Su libro insignia, “El Sueño Eterno”, salió publicado en 1939 y se posicionó con rapidez como un éxito, elevando el estatus de su personaje, el detective Philip Marlowe, al de ícono de la novela policíaca. Su popularidad sembró la semilla para que la industria cinematográfica pusiera su ojo en él y Warner Bros. así lo hizo siete años después. Bajo la dirección de Howard Hawks, con guión de William Faulkner (por si no lo ubican, premio Nobel de Literatura de 1949), a lo largo de 115 minutos nos tratan de presentar en blanco y negro la historia creada por Chandler. Humphrey Bogart se puso la gabardina de Marlowe al tomar el caso del general Sternwood y quitando ciertas modificaciones requeridas por la censura (varios desnudos y la existencia de una pareja homosexual), hicieron un buen trabajo y la película es un clásico del cine noir que ha sobrepasado la barrera de tiempo.

Su trama es densa y con varios giros alrededor de dos líneas paralelas de investigación (el caso del chantaje de Carmen, la hija del general, y la desaparición de Rusty Regan, el esposo de Vivian, la segunda hija de Sternwood). Para hacer un buen trabajo, Hawkes se reunió con su equipo: Faulkner, Leigh Brackett (reconocida escritora de ciencia ficción que participó en el guion de “El imperio contraataca” de Star Wars) y Jules Furthman. La idea era tratar de darle sentido a la historia que a su parecer tenía muchos cabos sueltos. Al final armaron lo que les pareció una trama coherente que le gustara a la audiencia, pero un punto seguía siendo fuente de controversia y no podían dejarlo por fuera. Al final, decidieron acudir a la fuente y le escribieron a Raymond Chandler.

La pregunta era sencilla: ¿Quién mató a Owen Taylor, el chofer del general Sternwood? En el libro es un personaje que se presenta desde las primeras páginas. En la película, la audiencia lo conoce al aparecer en modo cadáver (el segundo en menos de quince minutos) al ser sacado del agua cerca del muelle de Lido (Malibú), sentado en el asiento delantero del Buick negro de Vivian Sternwood. Bogart no podía descifrar ese crimen, mucho menos el director o sus guionistas.

La respuesta de Chandler es material de leyenda. Un lacónico “No sé” zanjó el asunto.

La respuesta de Chandler es material de leyenda. Un lacónico “No sé” zanjó el asunto. Como en toda leyenda, hay discusiones sobre esta afirmación. Parece poco probable que un escritor de la talla de Chandler no supiera la verdad, aunque después asegurara que ese era el caso. Según Robert Mitchum, quien décadas después interpretaría a Marlowe, pero en “Adiós, muñeca” (1975), Chandler se encontraba en una librería en Wilcox Ave (Los Ángeles), en un cuarto trasero que se usaba como oficina de correo para muchos escritores, cuando recibió el telegrama. Uno de los presentes le dijo “Solo diles que no sabes” y eso fue lo que hizo. Si es cierto o no, la respuesta está fuera de nuestro alcance (a menos que alguno de los que lean este artículo tenga una ouija y el deseo de contactar a Chandler). Además, es divertido ver a cientos de lectores en todo el mundo aun discutiendo quién asesinó al chofer. Estoy seguro que Chandler lo disfrutaría mucho también.

Lo curioso es que, cuando leí esa historia, me di cuenta que el tema es de particular interés en la literatura negra. En lo particular, no me gustan los cabos sueltos. Creo que el lector merece saber qué pasó, aunque los personajes no lo sepan. En “Las hijas del frío” de Camilla Läckberg, un pescador descubre el cuerpo de una niña en las gélidas aguas de Fjällbacka. Los motivos nunca serán del conocimiento de Patrik Hedström o de su esposa Erika, pero del lector sí, por medio de historias del pasado contadas a lo largo del libro. Puedo vivir con ese tipo de novelas sin el menor problema. Lo que no me gusta es que la identidad del responsable o piezas claves de la trama sigan siendo un misterio al llegar a la última página. Puedo disfrutar la lectura, pero dentro de ciertos límites.

En la literatura negra centroamericana existe una predisposición por los finales sin responsables y no es por pereza del escritor. Hay tres razones y la más frecuente es que estamos leyendo un reflejo de nuestra cultura, donde ver al culpable pagar por sus crímenes es muy difícil, sobre todo si hay dinero o influencias de por medio. La impunidad es como un veneno. Se puede echar una sola cucharada de ricina en agua y ésta se extenderá hasta donde las leyes de la química se lo permitan, arruinando el líquido y haciendo imposible que vuelva a ser potable, a no ser que recurra a un proceso apropiado, largo y costoso para conseguirlo. Lo peor es que, aun haciendo lo correcto y después de haber eliminado hasta la última molécula de ricina del agua, es poco probable que el común de los mortales se atreva a beber de ella nuevamente.

En “Castigo Divino” de Sergio Ramírez, una novela basada en un caso real ocurrido en una pequeña ciudad de Nicaragua, se investiga un triple asesinato con estricnina. Al final del libro no queda claro quién es el responsable de los crímenes o si las muertes tenían una explicación más natural. Es una lectura cuya percepción puede cambiar de una persona a otra y en eso radica la belleza de la historia que, en algún punto, deja de ser una novela detectivesca para convertirse en una crítica a las luchas dentro de las clases sociales de la época (1933). Si leen “Crimen con sonrisa” de la costarricense Mirta González Suárez, una novela negra que mezcla la ficción con historias verídicas ocurridas en el hermano país, podrán tener una mejor perspectiva de a qué me refiero. Uno de los casos descritos es la masacre de Alajuela donde siete mujeres, entre 41 y 4 años, mueren asesinadas de un tiro en la cabeza camino a un sitio de peregrinación religiosa. El relato termina sin dar una conclusión y es remplazado por otras historias. Al llegar al final solo queda grabado el horror del crimen y el amargo sabor mental de saber que nadie pagó por esas muertes.

Esa visión del mundo contrasta con casos similares de otras latitudes. En “La Dalia Negra”, James Ellroy transforma el salvaje asesinato y mutilación de Elizabeth Short en un clásico de la literatura negra. El caso nunca fue resuelto, pero Ellroy estaba obsesionado con la Dalia, y creó su propio final, bien argumentado y con pistas colocadas desde los primeros capítulos. En ese caso, no dejó un final abierto. Prefirió imaginarse su propio desenlace a dejar el crimen sin resolver. Si es el resultado de una mayor confianza de la sociedad norteamericana en sus instituciones, no les puedo dar la respuesta. Es un punto que ameritaría su propia investigación en otro momento.  

Mencioné hace un par de párrafos que los escritores podían tener tres razones para dejar cabos sueltos. La segunda es que están interesados en contar una historia y el crimen es solo el instrumento para conseguirlo. El responsable no es importante y muchas veces desaparece en el proceso. Guillermo Sánchez Borbón, escritor panameño que firmaba con el seudónimo de Tristán Solarte, escribió “El ahogado” (premio Ricardo Miró, sección novela, 1954). El libro comienza con el asesinato de un poeta llamado Rafael, su cuerpo abandonado en un hotel y cosido a puñaladas. Un médico amigo del joven hace el papel de detective amateur y trata de descubrir la identidad del asesino. Se mezcla en sus páginas la historia de La Tulivieja, convirtiéndola en una trama negrótica que se sale de los cánones convencionales. Disfruté mucho el libro (hay una parte que describe un cementerio cerca del mar, con los cangrejos caminando entre las tumbas, que todavía tengo grabado en la memoria), hasta que llegué al final. Entierran a Rafael, todos salen del cementerio, cada uno pensando en algo diferente y… Bueno, eso. Allí termina. Llegué a pensar que mi libro venía dañado de la imprenta y que le faltaban los últimos capítulos. Busqué por internet y en una entrevista le hacen esa pregunta: ¿Quién mató a Rafael? Su respuesta fue muy a lo Chandler: No sé. Él solo quería contar la historia de La Tulivieja y usó el crimen del poeta como punto de partida para guiar la historia. El final queda abierto porque el autor no escribió el libro pensando en la identidad del asesino. Su propósito era otro y en eso tuvo un rotundo éxito.  

La tercera razón es menos frecuente, pero igual de importante. El error humano es siempre una posibilidad y cuando me lo he topado, es consecuencia del interés por crear velocidad en la trama. En aras de despertar emociones en el lector y mantener el suspenso, el autor pierde de vista el horizonte y no hay forma más segura de dejar cabos sueltos que esa. Si la historia va lenta y deciden hacer que un cadáver caiga del cielorraso, es buena idea saber cómo llegó ese cuerpo allí y quién lo puso. Si lo obvian o se les olvida, alguien lo verá y lo malo es que no será su editor o el círculo de lectura que disfruta con sus libros. Será alguien que lo localizará para preguntarle, de una manera muy inocente, la razón y de paso, restregarle el error en su cara. Tomen, por ejemplo, “El Hombre de Arena” de Lars Kepler, seudónimo de la pareja sueca formada por Alexander y Alexandra Coelho Ahndoril. En el libro tenemos a Mikael Kohler-Frost, quien es encontrado deambulando después de haber estado desaparecido por más de trece años. Él y su hermana Felicia se consideraban víctimas del asesino en serie Jurek Walter, prisionero ahora en un hospital psiquiátrico. Cuando el joven informa a la policía que su hermana sigue viva y en las manos de alguien a quién llamaban El hombre de arena, el detective que encarceló a Jurek, Joona Linna, piensa que es una prueba de que Jurek tenía un cómplice y arman un plan para infiltrar a un policía en el módulo donde está recluido con la idea de sacarle la información que necesitan y así poder rescatar a Felicia. La idea es interesante y el libro no los dejará soltar sus páginas. Es ágil, macabro y el asesino se les meterá en la piel. Una excelente historia hasta que Jurek escapa (acéptenlo, se lo veían venir). Cuando llegamos a este punto, la historia se deshilacha. Por ejemplo, después de haber estado 13 años encerrado y sin ningún tipo de ayuda, es capaz de localizar personas para mantener la presión sobre los detectives con una rapidez y efectividad que serían la envidia de la Interpol. Eso sin contar que la línea temporal tendría sentido solo si el psiquiátrico estuviera localizado cerca de un agujero negro. Hubiera preferido sacrificar tensión en beneficio de la verosimilitud.

El crimen siempre será un elemento de la literatura negra. Si usted prefiere enfocarse en el por qué ocurrió el crimen, en las consecuencias del mismo o en la identidad del responsable, es su decisión. Eso no lo exime de tener que entregar a sus lectores el mejor producto final posible. Mientras más complicada sea la trama, más cuidado hay que tener con dejar algo por fuera. Puede ser que la mayoría no se percate, pero siempre habrá alguien que se dará cuenta y ese lector avezado se merece nuestro esfuerzo.

Si a pesar de todas las precauciones y de dar lo mejor de sí descubre que dejó algo por fuera, duerma con la conciencia tranquila y la satisfacción del deber cumplido. Le puede pasar al mejor escritor y le queda la opción de argumentar que el crimen no siempre recibe un castigo.

Hasta en la literatura.

Texto: © Osvaldo Reyes, 2018.

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