PROHIBIDO FIJAR CARTELES de Francisco Gómez Escribano por Txema Arinas

Lo primero que me planteo antes de afrontar esta reseña de la última novela de Paco Gómez Escribano, Prohibido fijar cárteles (2018), es si seré capaz de no repetirme teniendo en cuenta que creo haber reseñado todas las anteriores de la saga que podemos llamar de Canillejas. Lo hago porque en todas esas reseñas he puesto las novelas de Paco por las nubes, y me temo que si me dejo llevar por la inercia del entusiasmo inmediato al final de la lectura del libro no habría excesiva diferencia entre esta reseña y las anteriores. Con esto ya digo que Gómez Escribano cumple con creces con aquello que, siquiera yo como lector busco y agradezco en autor digno de tal nombre, y es que no me venga con piruetas existenciales en plan reinventarse como escritor, mudar de piel y así, como si se hubiera arrepentido o aburrido de todo lo escrito hasta el momento.

Paco Gómez Escribano es fiel a un estilo y sobre todo al aliento literario que lo hace tan reconocible como apetecible y que inició con Yonqui (2014), el cual no es tanto una incursión o dedicación al género negro como el propósito de recrear un territorio literario propio, mítico que se dice en las cátedras del asunto. Un territorio literario o mítico que corresponde a ese barrio popular y en cierto modo marginal inspirado en ese de Canillejas al este de Madrid. Hay por lo tanto siempre algo más que contar historias negras de quinquis de extrarradio, mafias de nuevo cuño y vidas siempre al límite o cuanto menos en el despeñadero. El mismo autor hace una especie de declaración de intenciones con las citas que acompañan al texto, y que transcribo tal cuales porque, a decir verdad, las tres explican lo que quiero dar a entender mejor que todas las frases que yo vaya a añadir a continuación.

Tenía los ingredientes para ser un poeta de segunda fila bastante bueno, pero esto no significaba nada porque tengo la clase de mente que puede ser cualquier cosa de segunda fila y sin mucho esfuerzo.

Raymond Chandler

Lo mismo que en la Edad Media hubo un mester de juglaría y otro de clerecía, yo pertenezco, en estos tiempos tan cutres que vivimos, a la prestigiosa y exclusiva escuela poética del mester de cutrería.

Carlos Pérez Merinero

La novela negra sigue estigmatizada por algunos críticos como literatura de segunda, pero El largo adiós de Raymond Chandler es mejor que cualquier novela que haya escrito Hemingway en su vida.

Jorge Fernández Díaz

Porque de eso se trata, de reivindicar, cuando no gritarlo a los cuatro vientos a ver si de una vez se enteran los que viven de categorizarlo todo, por lo general para mal, que eso que llamamos género negro no es una categoría menor de la novela, un escaño por debajo de la novela que dicen de aliento literario. No, lo que llamamos novela negra es sólo la escusa para hacer literatura con mayúsculas. Exactamente lo que hace Paco Gómez Escribano por mucho que les joda a los tentetiesos que peroran desde sus púlpitos académicos o mediáticos sobre lo que es excelso en esto de las letras y lo que no, puro entretenimiento y para de contar.

Como ya he dicho, Paco Gómez Escribano ha levantado su propio territorio mítico a lo Yoknapatawpha. de Faulkner, Macondo de García Marquéz, Santa María de Onetti, Región de Juan Benet o Cegama de Mateo Díaz. Los mimbres, sin embargo, son bien distintos que los de cada uno de los autores antes citados.

De hecho, y de la misma manera que cada uno de ellos uso los que mejor servían al tono de las historias que querían contar inspirándose tanto en el entorno físico y mítico donde las ubicaban como en su propio bagaje personal; la prosopopeya sureña de Faulkner y la caribeña de García Márquez, la retorcida melancolía del uruguayo, la plúmbea prolijidad del ingeniero de puentes y caminos, la pulcra y austera prosa de ese otro territorio leones en manos de Mateo Díaz, el autor de Prohibido fijar cárteles hace lo propio con su prosa espontánea y eficaz en la búsqueda de esa autenticidad que haga creíble historias de barrio contadas por uno de sus vecinos y no por el paracaidista de ocasión que papel y pluma en mano se interna en un territorio desconocido a narrar lo que ve, o más bien lo que querría ver y cómo, al más genuino estilo de los exploradores decimonónicos en el África negra.

De ese modo, en las novelas de Gómez Escribano la historia fluye a través de diálogos donde lo coloquial, y más en concreto la jerga propia de la gente del lugar y la época, lo sustenta casi todo. Casi porque hay brochazos descriptivos de verdadero lirismo suburbial y también acción y de la buena, esto es, creíble, amén de mucha sorna como suele ser lo habitual para el que mira con el único ánimo de describir lo que ve y no para elaborar discurso moral alguno o por el estilo. Todo suena auténtico hasta en la más gorda de las exageraciones, sobre todo porque siempre queda la duda de que no lo sean de acuerdo con el retrato de los personajes que ahí aparecen.

Por si fuera poco, en Prohibido fijar cárteles hay un plus que pone todavía más en evidencia ese aliento literario del que vengo hablando. Así como en las anteriores entregas, Lumpen, Manguis y Cuando gritan los muertos el autor nos recrea el pasado del barrio, esto es, nos habla del barrio de su infancia y juventud, con lo que viajamos a la España de los setenta y ochenta en plena Transición pre y post, de las peculiaridades de aquellos años de jaco y reverso de esa otra España de la Movida y demás, el patio trasero de aquellos años de querer dejar atrás toda la caspa que nos envolvía, en Prohibido fijar cárteles ya no rulan talegos porque estamos en el presente de los euros y han pasado muchos años desde que los manguis de entonces eran unos chavales entre la edad del pavo y la penal. Ahora son sobre todo supervivientes de aquellos años de loca efervescencia, baqueteados por adicciones que han sustituido por otras para las que lo letal ya solo es una cuestión de tiempo, el jaco por la priva.

Son personajes en las últimas que se revelan más humanos que nunca, de una nobleza instintiva que en las entregas anteriores apenas se vislumbraba bajo el hijoputismo darwiniano y sobre todo descerebrado de aquellos chavales. De ese modo, Prohibido fijar cárteles también es la excusa perfecta para esbozar el retrato de lo que es y ha sido el barrio, o dicho de otra manera, en qué ha dado varias décadas más tarde esa España de la trastienda. Así pues, no se puede negar que el tono de Prohibo fijar cárteles, a medio camino entre la descripción descarnada de la realidad circundante tan del estilo del autor, y los innegables destellos poéticos que surgen a cada paso como consecuencia de que la mirada de Gómez Escribano es tanto de alguien que conoce al dedillo en terreno por el que se mueve como lo ama, contribuyen a que esta entrega se caracterice por la melancolía, tan literaria ella, de toda historia de final del camino, punto final y así.

En todo caso, una declaración de amor-odio al barrio que todavía resulta más emotiva al utilizar el recurso de incluir al propio autor como un personaje secundario del relato, ya como simple figurín del paisaje o futuro cronista de las vidas ahí leídas, el trovador del mester de crutería que decía la cita de Carlos Pérez Merinero, ahí a tope con la mejor tradición de la literatura castellana.

Y ya a modo de guinda, y también sin intención alguna de romper la retahíla de elogios que estoy haciendo al autor como consecuencia tanto de reciente lectura de prohibido fijar cárteles como de sus obras anteriores, quién ha dicho que hay que ser comedido con las cosas que a uno le hacen feliz, seguro que el presbítero de turno, quiero destacar como última gran virtud de esta novela sus escasas ciento setenta hojas.

La medida exacta para lo que se quiere contar y cómo, acaso también un ejercicio de poda necesario en comparación con otras entregas donde podría haber cierta reiteración de escenas o situaciones. La medida redonda en todo caso y que, si bien no ayudará a que la novela se convierta en uno de esos best sellers al peso que se venden como churros porque la peña los compra para llevar un solo libro en vacaciones y me temo que leerlo como por encima, esto es, a todo correr, yo me atrevería a decir que hasta homenajea a los clásicos como Raymom Chandler, Dashiell Hammett,: Boris Vian y por el estilo, cuando escribían lo que escribían sin pensar en qué la calidad o el éxito de lo suyo dependía del número de páginas y no del contenido.

 

FICHA TÉCNICA

 

 

Encuadernación Tapa Blanda
Idioma Castellano
Edición 2019
Editorial Editorial Milenio
Autores Paco Gómez Escribano
Género Novela negra

 

RESUMEN DEL LIBRO

El Lejía vuelve al barrio después de estar media vida en distintos destinos internacionales con su unidad en la Legión. En el bar del Chino se encuentra con el Tijeras, uno de sus antiguos amigos. A ellos se une el Pipo, otro antiguo amigo al que han soltado de la cárcel porque tiene una enfermedad terminal. Los tres tienen un turbio pasado de drogas y delincuencia que han dejado atrás. Ya solo quieren beber y estar tranquilos, pero la vida no es como se desea, sino como viene. Desde hace un tiempo en el barrio se ha instalado una pequeña mafia rumana que presta dinero con usura y trafica con drogas. Su líder, el Ruso, no tiene ningún tipo de código ético o moral, y termina por cruzarse en el camino de los tres amigos que, aunque ya están de vuelta de todo, sí que conservan unos códigos muy propios del barrio. En la guerra que se va a desatar cada uno jugará sus cartas, pero el juego no va a terminar como esperan el uno y los otros.

 

© Reseña: Txema Arinas, 2019.

Impactos: 110

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