Progenie de Susana Martín Gijón por Txema Arinas

Leo PROGENIE de Susana Martín Gijón y no puedo ponerme en el lugar de un editor al que le llega el manuscrito de la novela y no puede evitar saltar de alegría porque enseguida intuye que tiene entre las manos un éxito editorial en ciernes. No es para menos, Progenie de Susana Martín Gijón cumple con todos los requisitos para ser una novela de éxito inmediato entre los aficionados al género. Una novela de más de cuatrocientas páginas para tener ocupado, entretenido, al lector el tiempo suficiente para que, una vez que ha llegado a la última página, concluya que ha merecido la pena el tiempo invertido en su lectura por muy reiterativas o innecesarias que sean muchas de las páginas.

Una sospecha que la autora consigue disimular muy bien gracias a una escritura muy eficaz de frases y capítulos muy cortos, la mayoría de ellos apoyados sobre todo en diálogos muy bien trabados, excelente manejo del castellano coloquial sin caer en excesos localistas que ralentizarían la lectura a un lector no familiarizado con el habla sevillana, los cuales llevan a lector de un lado a otro, ya sean escenarios o situaciones personales de la cotidianidad de cada personaje, a una velocidad de vértigo. Todo ello al servicio de una trama que gira alrededor de un asesino en serie que deja, no solo un reguero de muertos a sus espaldas, sino también de pistas, en este caso objetos de bebé, que sirven para estimular todavía más la expectación del lector.

Una trama que la autora alambica todo lo que puede hasta derivar en una resolución del crimen lo suficientemente sorprendente, inesperada, con fuegos de artificio y final feliz por todo lo grande, como para rubricar la convicción del amante de este tipo de tramas de que se lo ha currado más de lo estrictamente necesario. Por otro lado, la novela está ambientada en un entorno tan atractivo como puede ser la Sevilla de nuestros días, esto es, un escenario para la trama que aporta los imprescindibles apuntes de la idiosincrasia del lugar para poder así distinguirse de otras novelas de éxito con asesino en serie publicadas en los últimos tiempos y que, por lo general, acostumbran a localizarse en su mayor parte en Madrid o Barcelona.

Con todo, y tal y como es de rigor en el género, el principal estímulo de la historia no es otro que el protagonista, una inspectora de trato demasiado directo para lo que es la regla a su alrededor, brusco incluso, bastante huraña y en constante riña con las convecciones sociales de su entorno, en especial con aquellas que cuestionan su independencia o que obstaculizan su trabajo.

Faltaría más, es lo que toca ahora tras décadas de preeminencia masculina en esto de la novela negra, donde abundan tanto el prototipo del inspector o detective chanderliano a los Philip Marlowe con su testosterona a rebosar y su encanto canalla, como su antítesis, esto es, el inspector o detective más calmado, sobrio, compasivo y reflexivo y cuyo encanto reside sobre todo en su cercanía, incluso su bonhomía, a lo Jules Maigret de George Simenon. La inspectora Camino de la novela que nos ocupa pertenece sin lugar a duda al primer tipo, el de los inspectores que van por libre siempre que pueden y tiran ante todo de corazonada, aunque para ello tengan que ir dando codazos a diestro y siniestro, y, en consecuencia, cayendo mal a todo el mundo.

Una prota con su cohorte de secundarios, subordinados, cada cual con su particular registro de manías, situaciones personales más o menos comprometidas, o cuentas pendientes con su superiora. Un interesante ramillete de egos que ayudan a que el peso narrativo de la trama no se concentre exclusivamente en la inspectora. En todo caso, y por muy interesantes que resulten algunos de estos personajes secundarios como la subinspectora Lupe con sus líos domésticos o el oficial Molina con lo de su entrepierna, nunca olvidamos que a la cabeza de todos estos se encuentra una inspectora que, no solo no desmerece en cuanto a carácter y resolución a los protagonistas masculinos del género, sino que además esa perspectiva de las cosas exclusivamente femenina, tan necesaria para el contraste con lo que venía ser lo habitual en el género, tan en guardia con los micromachismos del día a día, resulta tan necesaria como actual.

Ahora bien, creo que en la novela no conviene abusar de la denuncia inmediata, instintiva, innecesaria a los ojos de un lector, tan avezado como sensibilizado con el tema, que no necesita que le señalen las cosas con el dedo, de los todavía innumerables ejemplos de micromachismos que todavía existen en nuestra sociedad, para no correr el riesgo de caer en un estereotipo de nuevo cuño, esto es, protagonista femenino con la sensibilidad a flor de piel al mínimo roce con el capullo machista de rigor, militante hasta cuando no viene al caso, casi que por pura apariencia. Lo digo porque, del mismo modo que los estereotipos masculinos del género repetían hasta la saciedad ciertos tics, tan del estilo del macho perdonavidas y picaflor a lo Philip Marlowe e incluso Pepe Carbalho, y a tenor del denominador común que parece imponerse en la construcción de una buena parte de los protagonistas femeninos de la actual novela negra, tengo la sospecha de que nos encontramos ante la inminente aparición de su reverso femenino.

Un cliché femenino que podría derivar en lo que derivó hace ya tiempo ese otro masculino, es decir, en la reiteración de actitudes, situaciones o ideas que, a fuerza de querer reflejar esa nueva feminidad sin complejos ni sumisiones de nuestra época, en relato acaba resultando bastante forzada, metida a calzador. Tanto como para que, en el caso de abusar demasiado del personaje femenino instintivamente hosco y a la defensiva por principio con el género apuesto, por lo que se ve tan en boga en las nóvelas de última hornada, llegue a dar origen a un subgénero negro muy similar a ese otro de lo que fueron las novelas hard-boiled como Triste, Solitario y final (1973), de Osvaldo Soriano, o The Buenos Aires affair (1973), de Manuel Puig y, sobre todo, Los Asesinos las prefieren rubias (1974) de Juan Carlos Martini, donde la masculinidad de los personajes ahora se tildaría de tóxica y con razón, degeneran directamente en la parodia. Recalco esto último porque en el repaso de los ingredientes hasta ahora citados que a mi juicio harían las delicias de un editor en la convicción de que son precisamente la clave del éxito comercial de una novela del género, también se vislumbra cada vez con más nitidez el peligro de que esta fórmula de éxito acabe derivando en la autoparodia.

De modo que, si yo fuera ese editor sediento de un éxito comercial para equilibrar la balanza de pagos de mi negocio, no tendría la más mínima duda en publicar el manuscrito de Progenie. Se trata, ni más ni menos, del tipo de novela policial que vende como rosquillas porque satisface a la perfección los gustos en boga de los aficionados del género, esto es, una lectura no ya “políticamente adaptada a los tiempos”, vamos, que no desentona, ni por sus personajes ni por la trama, de lo que cualquier lector medio consideraría lo correcto antes de llevarse las manos a la cabeza ante un planteamiento demasiado osado, provocativo, crítico, sino también fácil, o sobre todo trepidante, de esas que te dejan sin aliento de la emoción al descubrir que la cosa todavía se complica todavía un poco más con las consabidas dosis de morbo.

Dicho de otro modo, si los libros de Carmen Mola han funcionado a la perfección, hasta el punto de que su primera novela, La Novia Gitana (2018) ha dado en una trilogía en toda regla como suele ser lo habitual cuando hay taquillazo de por medio, por qué no iba hacerlo Progenie de Susana Martín Gijón. Puede que así sea, puede, porque dudo mucho que, exceptuando los pejigueros de rigor, Progenie decepcione a los que disfrutaron con los libros de Mola teniendo en cuenta que como novela policiaca funciona a la perfección dado que cumple con todos los requisitos. Así que nada que objetar.

Sin embargo, si abandono mi papel de hipotético editor, cazador más bien, de éxitos comerciales, y regreso al de mero aficionado del género negro, no me queda otra que poner el grito en el cielo cuando, además de haber perdido mi tiempo intentando encontrar a lo largo de más de cuatrocientas páginas el verdadero aliciente intelectual para seguir hasta el final, sospecho que, una vez más, me quieren vender gato por liebre, o lo que es lo mismo, hacer pasar por negra lo que solo es una novela policiaca más, y eso por muy bien escrita y estructurada que esté, que insisto que lo está, con el pretexto de que en ella se tratan temas como machismo, maternidad, violencia de género, homosexualidad, custodias compartidas en las separaciones, conciliación de la vida laboral y la personal, las mujeres en la policía… Me cabreo, claro que sí, porque cualquier amante del género negro es capaz de discernir enseguida cuándo esos temas, este totum revolutum, son poco más que pinceladas para hacer más atractiva la trama esencialmente policial, esto es, como parte del decorado y poco más, y cuando la razón de ser de la trama del libro, siquiera ya solo de la historia que ahí se cuenta.

Porque, insisto una vez más, en contra de los que confunden insistentemente lo negro con lo policial, en la novela negra la trama siempre es secundaria, apenas la excusa o el hilo conductivo para retratar un aspecto cualquiera, si bien por lo general relacionado con el crimen en cualquiera de sus formas, de nuestras sociedades, siquiera ya solo para el retrato de personajes expuestos a cualquier eventualidad relacionada con el crimen. Por eso la resolución del crimen siempre es lo de menos, apenas un trámite, a veces ni siquiera es necesario; como que tengo para mí que las tramas sin resolver son en sí mismas de una perplejidad poética inaguantable.

Pero no solo eso, también soy de la opinión de que la novela negra además tiene que aspirar a algo más que la exposición cronológica o no, más o menos realista o ya solo verosímil, de unos hechos concretos relacionados con cualquiera de las formas que puede tener el crimen. La novela negra, siquiera ya solo para merecer el apelativo de calidad, no debe renunciar a la ambición literaria, esto es, a que el autor pretenda valerse de su historia para hacernos llegar su particular visión de las cosas, siquiera ya solo a través de esa mirada más o menos lírica, crítica, irónica, puede que descarnada y todo lo que se le pueda añadir, pero siempre personal, original acaso, con la que observa el mundo y que constituye eso que denominamos estilo propio. Yo, al menos, es lo que encuentro en las novelas de Manolo Vázquez Montalbán, Alicia Jiménez Bartlett, Carlos Zanón, Alexis Ravelo, Juan Madrid o Paco Gómez Escribano, por citar unos pocos de los escritores de novela negra españoles que en opinión dignifican el género.

Pero claro, todo esto es la convicción de que lo que ofrece Progenie de Susana Martín Gijón sea única y exclusivamente un producto para entretener, tal y como parece estar establecido que es la razón de ser principal, si no única, de la novela policial. Porque puede que no, que sea yo el que esté equivocado y resulte que, y esto si hacemos caso tanto a las editoriales o a los medios que nos venden una cosa por otra, la distinción que hago entre lo negro y lo policial sea tan tenue que en realidad no existe, que solo sea una cuestión de matices que resulta imposible de establecer por lo muy subjetivo de estos, motivo que explica porque ninguno de los autores que a mí me parecen de novela policial en exclusiva se reconocen como tales y no dudan en reivindicarse del género negro con todas las de la ley, siquiera ya solo porque no están dispuestos a renunciar al prestigio que conlleva ser considerados como tales, y, claro, quién soy yo para decir lo contrario, para decir que en el entretenimiento puro y duro de Progenie de Susana Martín Gijón no hay destellos de verdadera novela negra. Pues eso, una opinión más en un mundo donde hay tantas como culos.

 

©Reseña: Txema Arinas, 2021.

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