Nota de prensa: VIGILANCIA PERMANENTE de Edward Snowden

VIGILANCIA PERMANENTE

Estas son las memorias de uno de los hombres más buscados del mundo, el joven experto informático responsable de la mayor filtración de inteligencia en la historia, que provocó un escándalo diplomático a la altura de sus revelaciones. Un libro que nos alerta sobre la deriva autoritaria de los Estados, que denuncia la colaboración entre el espionaje y las grandes multinacionales de la era digital y que destapa cómo nos vigilan y de qué manera se comercia con nuestra información personal, cómo los datos que generamos tan sólo con vivir (y dejar que nos vigilen mientras vivimos) pueden enriquecer a las empresas privadas en la misma medida que pueden empobrecer nuestra existencia privada. Por eso, “la lucha por el derecho a la intimidad es la nueva lucha por nuestra libertad”

 

 

 

 

EN LAS ENTRAÑAS DEL MONSTRUO

Desde que tomara una decisión trascendental, que cambió radicalmente su vida y se convirtió en noticia de primera página en todo el mundo (revelar secretos de la Comunidad de Inteligencia norteamericana), Edward Snowden es uno de los hombres más controvertidos y perseguidos del planeta. Traidor y enemigo para el Gobierno de su país, héroe para mucha otra gente que se opone a las intromisiones del Estado en la vida privada de los ciudadanos, Edward Snowden explica por primera vez cómo llegó a las entrañas de esa Comunidad de Inteligencia (IC, por sus siglas en inglés), cómo descubrió detalles ultrasecretos sobre el plan de vigilancia masiva del Gobierno y cómo decidió hacerlos públicos al precio de aparecer como un traídor y poner en riesgo su propia vida. Ese es el proceso apasionante que Snowden relata en este libro.

Su peripecia personal se puede resumir en estas palabras suyas: “Antes trabajaba para el Gobierno, pero ahora trabajo para el pueblo… Ahora dedico mi tiempo a intentar proteger a la ciudadanía de la persona que yo era antes: un espía de la CIA y la NSA [Agencia Nacional de Seguridad]”. En los siete años en que trabajó para el Gobierno dentro de la IC se produjo el “cambio más significativo de la historia del espionaje estadounidense: el paso de la vigilancia selectiva de individuos a la vigilancia masiva de poblaciones enteras”.

 

FAMILIA DE PATRIOTAS

Menos nacer el 4 de julio, Edward Snowden tenía todas las cualidades para ser un arquetipo de patriota americano. Su familia desciende de los Padres Peregrinos (los fundadores de Estados Unidos) y sus miembros, además de haber luchado en todas las guerras de la historia del país, tienen una tradición de compromiso con la función pública “La mía es una familia que siempre ha respondido a la llamada del deber”, escribe Snowden casi sacando pecho. Él también pasó por el Ejército y por la Administración, pero su compromiso con su país tomó finalmente un camino menos oficial.

 

RETRATO DEL HACKER ADOLESCENTE

Las cualidades que le permitieron llegar a las entrañas de la IC las mostró Snowden desde pequeño. Su primer ordenador fue –dice- “mi compañero inseparable, mi segundo hermano, mi primer amor”. Y la red “se convirtió en mi parque infantil, mi casa del árbol, mi fortaleza, mi aula sin paredes”. Él tenía la edad adecuada cuando se produjo ese Big Bang que fue la aparición de internet. Y hackear le parecía “la forma más sana, saludable y educativa que conozco para que un niño reafirme su autonomía y se dirija a los adultos en igualdad de términos”. “Cuanto más tiempo pasaba en internet, más sentía como extraescolares las tareas de la escuela”, añade Snowden en el libro. Y remata: “Desde que alcanzo a recordar, mi actividad favorita consistía en espiar”.

Aquella afición (o vocación, o adicción) hizo de él un niño prodigio capaz de hackear el sitio web del laboratorio nuclear de Los Álamos, una de las anécdotas más divertidas de un libro escrito con gran sentido del humor. Pero el internet de su adolescencia no es el de hoy. Aquel le parecía el auténtico espíritu pionero, hecho en gran medida de, por y para la gente (“aún hoy, considero el internet de la década de 1990 como la anarquía más agradable y exitosa que he vivido”). El de hoy, tras un cambio consciente por parte de las autoridades, es irreconocible: las empresas sólo tienen que meterse en mitad de los infinitos intercambios sociales online y convertirlos en beneficios, creando un capitalismo de vigilancia en el que el producto somos nosotros.

 

EL 11-S, UN PUNTO DE INFLEXIÓN

Pero el nuevo siglo cambió algo más que internet. El ataque sufrido por Estados Unidos el 11 de septiembre de 2001 cambió muchas cosas, y también el mundo de internet y el de la inteligencia. Los miembros de la IC sintieron la misma ira que el resto del país ante el ataque terrorista, pero además se sintieron culpables por no haberlo evitado. Las prisas por redimirse de ese fallo de trágicas consecuencias les llevaron a buscar un nuevo sistema de prevención y a abrir las puertas de sus sedes para una entrada masiva de jóvenes tecnólogos, rebajando las normas de contratación. “Los frikis de la informática heredaron la tierra”, dice gráficamente Snowden. Él, que por su trayectoria parecía predestinado a entrar en la IC, fue uno de aquello frikis.

Tras un breve paso por el ejército, entró a formar parte de la NSA y de la CIA. La Administración no sólo abrió sus puertas a los “frikis de la informática”, sino que empezó a sustituir a los funcionarios (comprometidos bajo juramento) por trabajadores temporales cuyo patriotismo se incentivaba con mejores sueldos y que no veían al Gobierno como la autoridad final, sino como el cliente final. Y “la contratación externa”, constata Snowden, “va asociada más a menudo con los grandes fracasos de nuestro país”, como las actividades de la empresa militar privada Blackwater o los torturadores a sueldo de otras empresas. “Las agencias [de inteligencia] pueden contratar a todos los empleados externos que puedan pagar, y pueden pagar a todos los que quieran”, añade el autor para acabar de dibujar el nuevo panorama de la IC.

 

HISTORIAS DE ESPÍAS

Entonces, alrededor de sus veinte años, Snowden carecía por completo de opiniones políticas. Pensaba, eso sí, que “la tecnología de las comunicaciones tenía oportunidad de funcionar allí donde la tecnología de la violencia había fracasado”, que la democracia no podría imponerse nunca a punta de pistola, pero tal vez sí pudiera hacerlo esparciendo silicio y fibra. Pensaba que internet “ofrecía una encarnación más auténtica y completa de los ideales estadounidenses que los propios Estados Unidos”: un lugar en el que todos éramos iguales, dedicado a la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad, era una nueva frontera. “Era emocionante participar en la fundación de una nueva sociedad, basada no en el sitio donde habíamos nacido, ni en cómo nos habíamos criado, ni en nuestra popularidad en la escuela, sino en nuestro conocimiento y en nuestra capacidad tecnológica”. “Mi intensa implicación en los niveles más profundos de la integración de la tecnología informática ejercía una influencia en mis convicciones políticas”.

Snowden entra como tecnólogo de la CIA en el extranjero, gestionando la infraestructura técnica para las operaciones de la agencia en bases ocultas dentro de misiones, consulados y embajadas Las embajadas modernas son plataformas para el espionaje, reconoce; él trabajó, por ejemplo, en “la base de la CIA en la embajada” de Ginebra, lugar en el que coincidían numerosos objetivos políticos y diplomáticos. Su trabajo requería saber arreglar todas las máquinas del edificio, y también saber destruirlas; él debía ser el último en salir tras haber triturado, quemado, limpiado, desimantado y desintegrado todo lo que tuviera huellas de la CIA. También se dedicó a adiestrar tecnológicamente a los agentes sobre el terreno.

El lector de este libro absorbente asiste a la vez a una suerte de cursillo básico sobre internet, a interioridades sobre el mundo del espionaje y a la progresiva toma de conciencia del autor, la toma de conciencia que le llevará a adoptar una decisión trascendental según va conociendo los secretos de las agencias de inteligencia en las que trabaja. “En los sitios de noticias internas de la CIA leí comunicaciones secretas sobre negociaciones comerciales y golpes de Estado mientras estaban aún en desarrollo”, escribe. E introduce al lector en un mundo que parece sacado de novelas y películas de espías, sólo que es absolutamente real: las empresas-tapadera de la CIA (frecuentemente, empresas de búsqueda de empleo, ya que estas no despiertan sospechas por buscar un ingeniero nuclear en Pakistán o un general jubilado en Polonia), las recepciones en las que la seducción y la posibilidad del sexo nunca están ausentes de los contactos que se buscan, los diferentes departamentos de la agencia: HUMINT (la inteligencia humana) y SIGINT (inteligencia de señales).

 

EL SECRETO MEJOR GUARDADO

Destinado en Tokio en 2009, un día tiene que dar una conferencia sobre China. Investigando sobre el asunto, se da cuenta de que Estados Unidos no puede saber tanto sobre lo que hacía China sin hacer ellos lo mismo; y que lo que China hacía públicamente a sus ciudadanos, Estados Unidos se lo podía estar haciendo en secreto a todo el mundo. A raíz de eso, no pudo evitar indagar más. Quiso confirmar las sospechas que le habían asaltado, descubrir si había un sistema de vigilancia masiva en su país y, si así era, enterarse de cómo funcionaba. La intención era conocer con exactitud el potencial de vigilancia de la NSA, si se extendía más allá de su actividad oficial y cómo, quién lo autorizaba y cómo funcionaban de verdad esos sistemas; porque esos programas de vigilancia incumplían la Cuarta Enmienda por completo.

En una búsqueda ya consciente, descubre un informe confidencial con un relato completo sobre los programas de vigilancia más secretos de la NSA, una iniciativa de recopilación indiscriminada de información, “el secreto mejor guardado de la NSA”. “La mera existencia del programa era indicativa de que la misión de la agencia se había transformado: desde el uso de tecnología para defender Estados Unidos al uso de tecnología para controlar el país, redefiniendo las comunicaciones privadas por internet de sus ciudadanos como posible inteligencia de señales”.

Estados Unidos se aprovechaba de su capacidad hegemónica en el mundo de internet, ya que la inmensa mayoría de los negocios de Tecnología de la Información son estadounidenses. “No sólo la infraestructura de internet, sino también el software (Microsoft, Google, Oracle) y el hardware (HP, Apple, Dell) de los ordenadores; es todo, desde los chips (Intel, Qualcomm) hasta los enrutadores y los módems (Cisco, Juniper), los servicios web y plataformas de correo electrónico, redes sociales y almacenamiento en nube (Google, Facebook y Amazon, que es el más importante en cuanto a estructura aunque permanezca invisible, ya que ofrece servicios en nube al Gobierno estadounidense, aparte de a la mitad de internet). Pese a que algunas de estas empresas fabrique sus dispositivos en China, por ejemplo, los negocios en sí son estadounidenses y están sujetos a la legislación de Estados Unidos. El problema es que también están sujetos a políticas estadounidenses clasificadas que pervierten la ley y permiten al gobierno del país vigilar a casi cualquier hombre, mujer y niño que alguna vez haya tocado un ordenador o cogido un teléfono.”

 

EL GRAN HERMANO SE HA HECHO REALIDAD

Asistentes virtuales como Amazon Echo o Google Home son más que bienvenidos en los dormitorios y colocados con orgullo sobre las mesitas de noche para registrar y transmitir toda actividad dentro de un radio de acción determinado, y grabar todas las costumbres y preferencias (por no mencionar los fetiches y manías) que luego se desarrollarían en algoritmos publicitarios y se convertirían en dinero. Los datos que generamos tan solo con vivir (o con dejar que nos vigilen mientras vivimos) iban a enriquecer a las empresas privadas en la misma medida que empobrecerían nuestra existencia privada. Mientras que la vigilancia gubernamental estaba teniendo el efecto de convertir al ciudadano en súbdito, a merced del poder estatal, la vigilancia corporativa estaba convirtiendo al consumidor en un producto, que las corporaciones vendían a otras corporaciones, corredores de datos y publicistas. Snowden descubre que la NSA da más importancia a lo que llama metadatos que a los propios datos obtenidos; es decir, más que al contenido de las comunicaciones que espía, a su contexto: fecha, hora, duración, destino… de una llamada. Y cae en la cuenta de que la tecnología carece del juramento hipocrático de la medicina, que “muchísimas decisiones… se tomaron basándose en el ¿podemos?, no en el ¿debemos?”. Es en ese momento cuando debe volver a su país para ayudar a la CIA a construir una nube privada, de manera “que cualquiera, desde cualquier sitio, pudiera tener alcance a cualquier cosa”. Y la CIA tomó una decisión sobre la asignación de su contrato para la nube. “Habían rechazado a mi antiguo equipo de Dell y también descartaron a HP. En su lugar, habían firmado un trato de diez años por 600 millones de dólares para el desarrollo y la gestión de la nube con Amazon […] Se rumoreaba que el proceso de selección se había manipulado a favor de esta empresa”.

 

TOMA DE CONCIENCIA

En esos años, Snowden ha tenido acceso a secretos que no podía imaginar a la vez que ha cobrado una conciencia política de la que carecía al empezar su carrera dentro de la IC. Ha comprendido, por ejemplo, que, tras el 11-S, “los políticos estadounidenses no le tenían tanto miedo al terrorismo como a parecer débiles, o a ser desleales a su partido, o a serlo a los donantes de sus campañas electorales, que mostraban un apetito voraz de contratos públicos y productos derivados del petróleo de Oriente Medio; la política del terrorismo se hizo más poderosa que el propio terrorismo”.

Le quedó claro que las repetidas evocaciones del terrorismo por la clase política no eran respuestas a amenazas concretas, sino un intento cínico de convertir el terrorismo en un peligro permanente que requiriese la aplicación de una vigilancia permanente. Y la tecnología demostró ser un arma menos potente contra el terrorismo que contra la libertad misma. Estados Unidos estaba protegiendo poco, ganando nada y perdiendo mucho. Snowden ha alcanzado un punto de no retorno. Las “iniciativas públicas de vigilancia masiva demostraron que no podía existir una alianza natural entre la tecnología y el Gobierno. La ruptura entre mis dos comunidades extrañamente interrelacionadas –la IC estadounidense y la tribu global de tecnólogos online- se hizo más bien definitiva”.

Se define como alguien que, tras pasar por una dura experiencia, ha llegado a la conclusión de que su vida dentro de una institución se ha hecho incompatible con los principios del conjunto de la sociedad y con la lealtad debida a esa sociedad. Decidió sacar a la luz el hecho que lo abarcaba todo: que el Gobierno había desarrollado un sistema global de vigilancia masiva, y lo estaba usando sin el conocimiento ni el consentimiento de la ciudadanía. En estas páginas, el libro vuelve a ser una trepidante novela de espías, con Snowden copiando y sacando la información sin dejar rastros, dadas sus inmensas facilidades en cuanto a habilitaciones de acceso para casi cualquier sede o archivo, pero siempre con la paranoia de estar siendo vigilado. Y enseguida con los angustiosos preparativos antes de abandonar su país, preparativos que equipara a “los de un hombre a punto de morir”: vaciar las cuentas bancarias, limpiar y encriptar ordenadores viejos, además de acometer tareas domésticas que había ido aplazando y de sentirse culpable por todo (sobre todo, por su familia, a la que mantenía en la ignorancia) salvo por aquello de lo que le iba a acusar el Gobierno.

Cuando consigue salir de Estados Unidos, la angustia no desaparece. Su espera encerrado en un hotel de Hong Kong adquiere tintes kafkianos mientras espera durante diez días a los periodistas que ha citado para soltar la bomba de su descubrimiento y que tardan ese tiempo en aparecer. O en la salida del aeropuerto de Hong Kong, camino de Moscú.

 

ALGUNAS VICTORIAS

La odisea de Edward Snowden no fue en vano. La información basada en sus revelaciones llevó al Congreso a modificar ciertas leyes en materia de vigilancia masiva y a los tribunales a derogar un programa de recopilación de registros telefónicos por su ilegalidad, lo que, sin duda, constituyó una notable victoria. Las investigaciones del Congreso concluyeron que la NSA había mentido de forma continuada sobre la naturaleza y la eficacia de sus programas de vigilancia masiva. En Estados Unidos y en el mundo se ha vuelto a debatir sobre la privacidad, un derecho recogido en la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948, y la Unión Europea ha aprobado en 2016 el Reglamento General de Protección de Datos.

 

NUESTRA LIBERTAD PASA POR LA ENCRIPTACIÓN

Pese a lo conseguido, esta lucha continúa. Internet es ahora más seguro que en 2013, sobre todo al reconocerse a escala global la necesidad de disponer de herramientas y aplicaciones encriptadas. “En un mundo ideal, es decir, en un mundo que no existe, las leyes por sí solas dejarían obsoletas estas herramientas. Sin embargo, en el único mundo que tenemos, sistemas así nunca han sido más necesarios. Resulta infinitamente más complicado conseguir un cambio de legislación que un cambio de estándar en la tecnología, y mientras la innovación legal siga estando por detrás de la innovación tecnológica, las instituciones buscarán abusar de esa disparidad en beneficio de sus propios intereses.

Cubrir esta brecha es responsabilidad de los desarrolladores de hardware y software independientes de código abierto, quienes son capaces de ofrecer la crucial protección de las libertades civiles que la legislación quizá no pueda, o no quiera, garantizar”. “En mi situación actual, no dejo de recordar nunca que la ley es diferente en cada país, mientras que la tecnología no. Todas las naciones disponen de su código legal, pero tienen un mismo código informático. La tecnología cruza las fronteras y cuenta con casi todos los pasaportes. Con el paso de los años, cada vez me resulta más evidente que una reforma legislativa del régimen de vigilancia del país en el que nací no ayudaría necesariamente a un periodista ni a un disidente del país en el que estoy exiliado, pero un smartphone encriptado sí”, dice un Edward Snowden, cuya peripecia personal también continúa, exiliado en un país que no eligió, Rusia, y que, en sus planes, era sólo la escala para llegar a Ecuador. Pero las dificultades político-diplomáticas para salir han hecho que lleve ya seis años en Moscú.

Como él mismo dice, el exilio es una escala eterna. “Nadie con una biografía como la mía termina nunca de estar cómodo con las autobiografías”, escribe Snowden en su libro. Quien, más que cómodo, se sentirá absolutamente gratificado con esta autobiografía será el lector. Vigilancia permanente añade a su indiscutible interés intrínseco el ser una lectura que atrapa por su ocasional sentido del humor, por la tensión de la aventura vivida por Snowden y por el hipersofisticado mundo tecnológico que se nos muestra, un mundo que da la razón al escritor y científico Arthur C. Clarke cuando afirmó que una tecnología muy avanzada es indistiguible de la magia.

 

EDWARD SNOWDEN

Nació en Elizabeth City, Carolina del Norte, y creció muy cerca de Fort Meade, Maryland. Ingeniero de sistemas de formación, sirvió como agente de la CIA y trabajó como experto informático para la NSA. Un joven prodigio que con veinte años ya estaba al cargo de la seguridad nacional, que con 21 se alistó en el ejército y estuvo a punto de entrar en los Navy Seal; que a los 24 fue reclutado por la CIA y ejerció de agente en Viena; y que los 29, escandalizado por el uso que el Estado estaba haciendo de nuestra información más íntima, decidió revelar a la prensa la red de vigilancia masiva para así ponerle fin. Ha recibido numerosos premios por su servicio público, entre ellos el Premio Right Livelihood, el German Whistleblower Prize, el Ridenhour Prize en la categoría “Truth-Telling” y la medalla Carl von Ossietzky de la Liga Internacional por los Derechos Humanos. Actualmente, es presidente del comité de dirección de la fundación Freedom of the Press.

 

©Nota de prensa: Editorial Planeta, 2019.

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