La rusa de la terraza de enfrente por Txema Arinas

Estoy seguro de que si no hubiera sido por el pasado confinamiento no me habría fijado nunca en los vecinos de enfrente. Pero, entre los aplausos de las ocho y las llamadas telefónicas a mi madre por las tardes dando vueltas alrededor de la terraza, la verdad es que, no solo los he descubierto, sino que algunos hasta se me han hecho entrañablemente familiares.

 

La que más de todos, creo, la rusa rubia -y aquí dudo de si acabo de hacer un pleonasmo- que vive justo delante de la ventana de la cocina. Ya no es solo que la escuchara hablar por teléfono a gritos todas las tardes en la lengua de Dostoievsky, poco antes de que empezara la tanda de aplausos para los sanitarios. En ese momento, es de entender que tras la correspondiente ingesta de lo que fuera, la rusa aprovechaba para asomarse a la terraza colocando su pequeño chucho blanco lanudo al borde del precipicio sobre las patitas traseras al tiempo que le cogía de las delanteras para que aplaudiera al ritmo de los aplausos del vecindario. No solo entonces, esta semana además la he tenido que ver las tetas al mediodía desde el pasado domingo coincidiendo con la ola de calor.

Me explico, no se me alteren. Resulta que esta semana, cada vez que me he puesto a fregar los platos de la comida hacia eso de las cuatro de la tarde, sobre el fregadero debajo de la ventana, no he podido desviar la mirada de esa otra que tengo justo enfrente coincidiendo con el momento exacto en el que aparecía la vecina y se quitaba el sujetador para tumbarse sobre la hamaca que tiene en la terraza aprovechando las altas temperaturas. Juro que no me recreaba y que enseguida apartaba la mirada por la cosa del pudor y así. Luego ya me volvía a mis quehaceres frente al ordenador hasta las siete, momento que aprovechaba para acercarme de nuevo hasta el fregadero con el fin de pegar un trago de agua fresca antes de salir con los críos a pasear. Entonces veía a la rusa apoyada en la repisa de la terraza con la bata puesta, siempre un generoso cubata de vete a saber qué en una mano y el móvil en la otra.

A la vuelta de nuestro paseo vespertino me tocaba llamar a mi madre como todas las tardes; pero, como ya he adquirido la costumbre de hacerlo mientras recorro la terraza de un extremo a otro y así de paso miro las cuatro cosas que he plantado en las jardineras, siempre he tenido que esperar un rato a que las voces que la rusa pegaba a su interlocutor amainaran lo suficiente para poder comunicarme con la mujer que me dio la vida.

Así pues, cómo no dejarse llevar por la imaginación desbocada que lo acogota a uno más de lo me gustaría, cómo no fantasear con un Dimitri, Nikolai, Mijhail o por el estilo, siempre ausente que tiene a su señora apalancada en un piso de una ciudad del norte de España mientras él se ocupa de los negocios sucios de su clan en la Costa de Sol, y ya más en concreto del de la trata de blancas que tantos réditos parece que da a los suyos en lo que solo se puede calificar de total impunidad. E incluso, porque tal que así queda como muy de estereotipo de género y toca ya desmontarlos, en una dona de la mafia rusa. Nada que ver una antigua madame ni nada por el estilo, sino más bien una ex colega de Putin reconvertida al sector privado, que previamente ha traicionado a su clan a cambio de entrar a formar parte de un programa de protección a testigos que la ha llevado hasta aquí.

Llegados a este punto, no puedo evitar que se me dispare la imaginación. El consumo compulsivo de novela negra es lo que tiene, que las posibilidades que me ofrece la vecina rusa que se mama todas las tardes sola delante de mi ventana mientras grita a su smartphone palabras incompresibles que siempre suenan a amenaza, son tantas que no sé por dónde empezar. De hecho, ya veo sospechosos por todas partes. Sí, sin ir más lejos esos dos tipos tamaño armario de la terraza del bar que hay justo debajo de casa. Demasiado corpulentos y puede que rubios como para ser de la zona. Es imposible oír lo que hablan desde la altura donde me encuentro; pero, ni que decir tiene que me gustaría asegurar que hablan en ruso o en cualquier otra lengua eslava, tampoco me importaría que lo hicieran en rumano e incluso en cualquiera de las del Cáucaso.

Ahora bien, se me antojan demasiado distendidos como para suponer que se trata de unos sicarios contratados para dar matarile a la rusa en cuanto acaben de apurar sus botellines de cerveza. Se diría que se encuentran en lo que para ellos debe ser una jornada laboral como otra cualquiera, en este caso de guardaespaldas de la mujer del capo de su clan, si es que, insisto, no es ella el capo de verdad, por si aparece por el barrio elementos tan extraños como ellos mismos y de repente saltan todas las alarmas. Entonces me aplico con la mirada a adivinar dónde esconden sus hierros debajo de la ropa. Imposible de no tener unos prismáticos a mano. Qué se le va a hacer.

Lástima que toda la ilusión que había puesto en la historia que estaba fabulando se vaya al carajo en cuanto se oye el estruendo que viene del interior del bar porque el equipo local que juega en su campo sin público acaba de meter el gol que le pone en los play off para subir a la Primera División de la Liga Santander. De repente los dos armarios sentados alrededor de una de la apenas media docena de mesas que el bar tiene como terraza, se han levantado de un salto para acompañar a los de dentro en su alegría. Es entonces cuando por fin puedo oír sus voces y ya no me cabe duda de que son tan de aquí como la tortilla de patatas o el cachopo con cecina.

En cualquier caso, es entonces, en cuanto la rusa cuelga su teléfono y deja de recitar a Alexánder Pushkin en su lengua original, que empieza mi perfomance de todas las tardes hablando con mi madre a cientos de kilómetros de distancia. Suelo empezar con bastante buen humor, usando un tono por lo general sereno, bajo, que va subiendo el tono a medida que mi progenitora me cuenta las nimiedades de su cotidianidad consistentes en procurar hacer todo lo contrario de lo que recomiendan las autoridades sanitarias.

A esto hay que añadir las discusiones a cuenta de la siempre muy particular interpretación de las noticias que hace mi madre después de escucharlas por tele o en la radio. Así pues, ríete tú de la rusa berreando reproches a su Vladimir o amenazas al funcionario al cargo de su programa de testigos, lo mío sí que son chillidos en toda regla y a todo volumen aderezados con raciales juramentos en los que la escatología sacra destaca sobre los de cualquier otro tipo.

Así que como para quejarme del espectáculo de todas las tardes que tan generosamente nos ofrece la vecina rusa. Aquí, como en todo, que el que esté libre de culpa tire la primera piedra. Yo desde luego no, qué se le va a hacer. Suerte para todos, para los vecinos muy en especial, de que, si las cosas no se tuercen de un día para otro, a partir de mañana ya podré discutir con mi señora madre en persona. Ya tengo ganas, ya.

 

©Artículo: Txema Arinas,2020.

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