Kostas Jaritos por Txema Arinas

Durante las pasadas navidades llegó a mis manos un ejemplar de la segunda novela de la saga del comisario Kostas Jaritos, personaje creado por el escritor griego Petro Márkaris: Defensa Cerrada, 1998. Yo, como una gran mayoría de aficionados del género negro, ya me había enganchado a la saga del comisario maduro y gruñón con su tetralogía sobre la crisis griega: Con el agua al cuello, 2010, Liquidación final 2012, Pan, educación, libertad, 2013, Hasta aquí hemos llegado 2015.

Como para no engancharse, es probable que no haya habido en los últimos tiempos un éxito editorial tan oportuno como el de las novelas negras de Petro Markaris. No por nada servían al lector español, en concreto, para adentrarse en la realidad de un país cuyos acontecimientos político-económicos estaban cada día en las portadas de los periódicos, a destacar con su particular y casi que desesperado pulso con las tecnócratas de la U.E bajo la batuta de la canciller alemana Angela Merkel. Una tragedia griega en toda regla que además servía de espejo en el que reflejarse dadas también las aciagas peculiaridades de la economía española tras el estallido de la crisis que, como casi todos, vino del otro lado del Atlántico y que en nuestro país adquirió sus especiales tintes dramáticos como consecuencia del pinchazo de la burbuja inmobiliaria. De ese modo, las novelas negras de Markaris se convirtieron en una especie de complemento de lo que leíamos y oíamos a diario acerca de la crisis griega.

Aun más, una especie de mirilla por la que observar la realidad cotidiana griega del momento siguiendo tanto los casos del comisario Kostas como las vicisitudes personales y sobre todo familiares de éste. Al fin y al cabo, no nos encontramos ante un protagonista de tramas de intriga que se distinga por una personalidad original, arrolladora incluso, al estilo  Sherlock Holmes, el padre Brown, Charles Auguste Dupin e incluso nuestro Carvallo, esto es, personajes cuyas virtudes, o puede que solo rarezas, los elevan por encima de todo lo demás. No, Kostas Jaritos puede que sea el inspector más carne y hueso, reconocible en sus virtudes y sobre todo defectos, creíble como que cualquiera que podamos encontrar en la comisaria de nuestro barrio, de todos los que han adquirido cierta notoriedad en el género.

Y por eso precisamente, porque no es tanto un figurón que sorprende con sus habilidades fuera de serie, cuando no con proezas intuitivas a lo Maigret, porque el comisario Kostas Jaritos resulta demasiado cercano con sus prejuicios de ciudadano griego medio, sus berrinches testosterónicos y sus miedos de ciudadano a merced de lo que decidan siempre otros, y también porque su entorno laboral y en especial familias es tan prosaico como el de cualquiera de nosotros o de nuestros vecinos, las novelas negras de Márkaris resultan una fuente de información inestimable para eso tan resabido que se dice de pulsar la realidad griega del momento.

Ese es a mi juicio el principal atractivo de las novelas del comisario Kostas Jaritos, la clave de su éxito, muy por encima de la complejidad más o menos perfecta de las tramas que presenta, en realidad bastante formales, si no previsibles en algunos casos, y a través de las que Márkaris, un antiguo militante de izquierdas al que se le supone tanto como se le percibe una conciencia todavía crítica en todo lo que escribe, procura meter en bisturí en diferentes aspectos de la realidad griega que según él son los síntomas de esas nueva tragedia en forma de crisis que de la noche a la mañana descubre al mundo un país donde la corrupción campa a sus anchas y está perfecta y popularmente aceptaba como algo inherente al sistema, dado que de lo contrario no funciona nada, o al menos no como debería funcionar de acuerdo con los parámetros de un país de nuestro entorno europeo, occidental, moderno, democrático y toda la mandanga al uso. ¿Demasiado conocido, cercano, cotidiano? Por supuesto, al fin y al cabo España también tiene el dudoso honor de formar parte de ese ominoso acrónimo con el que los países de norte se refieren a esos otros del sur donde todo funciona mal por culpa de la peculiar idiosincrasia de sus naturales, somos la “S” de PIGS (Portugal, Italia, Greece, Spain).

Así pues, la Tetralogía de la Crisis de Márkaris fue un éxito editorial rotundo gracias a lo oportuno de su apuesta. Luego también pudimos disfrutar de otras entregas anteriores del comisario Kostas, como El accionista mayoritario, 2006 y la maravillosa Muerte en Estambul, 2008 con toda esa melancolía de un mundo, ¿paraíso?, perdido al que se regresa de visita, siquiera por accidente, para de paso saldar cuentas con el pasado de la minoría a la que pertenece, o más bien perteneció, el propio Márcaris y su familia, esto es, griegos, armenios y otras minorías cristianas, la antigua Constantinopla por muchos siglos que hubieran pasado desde la conquista otomana. Novelas anteriores a la crisis con la que conocimos a Jaritos y a los suyos, que nos sirven, tanto para vislumbrar los prolegómenos del desastre en el que derivó la barra libre de la abundancia euro-subvencionada, como para reencontramos con unos personajes que ya nos son entrañablemente familiares, pero ahora mucho más jóvenes y por ello ejemplos de cómo los acontecimientos posteriores afectaron a su carácter o trastocaron sus planes vitales.

Lo mismo sucede, pero todavía más acusado porque el salto en el tiempo nos lleva a hasta la década de los noventa, en Defensa Cerrada, con un comisario Jaritos que empieza a dar ya síntomas de viejo prematuro y unos personajes secundarios lo suficientemente jóvenes para llegar a enternecernos dado lo que ya sabemos de ellos por haberlos conocido muchos años después. Un tiempo en el que pocos auguran, de no ser los entendidos que entonces ejercer sobre todo de aguafiestas, la debacle de una década después. Y sin embargo, sólo hay que reparar en la trama acerca de la que gira todo, la de la corrupción del mundo del fútbol en manos de las grandes fortunas –si, también, también demasiado cercano, familiar…-, para darse cuenta de que debajo de esa soleada y pródiga bonhomía mediterránea que Márkaris describe a la perfección en los trazos que hace de la vida cotidiana de Jaritos y los suyos, esto es, el modo de disfrutar la vida y enfrentarse a ella que caracteriza a la mayoría de los pueblos que sus vecinos del norte asimilan en sus bromas de mal gusto a los puercos, asomará más tarde o más temprano la tragedia a la que nos hemos referido todo el rato.

 

©Artículo, Txema Arinas, 2020.

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