EL ÚLTIMO BARCO de Domingo Villar por Atzin Nieto

Telón

Bajar el telón

  1. loc. verb. Interrumpir o dejar de desarrollar alguna actividad.

 

 

Todo comenzó en el 2008 cuando era el encargado de una recaudería que estaba a diez minutos del aeropuerto. El negocio había pasado de generación en generación hasta que mi madre y yo quedamos al frente. Todas las mañanas visitaba la Central de Abastos con el fin de comprar las más frescas frutas y verduras de la temporada, mientras que, por las tardes, aprovechaba la escasa clientela para leer algún libro de la biblioteca que había heredado de mi prófugo padre.

Cierta ocasión conocí a un par de ancianos, los cuales, con el tiempo, se volvieron clientes frecuentes, ya que, compraban maíz quebrado cada tercer día. Uno era el señor Emilio y el otro, su hermano menor, llamado Augusto. A veces, los acompañaba un pequeño Beagle apodado Watson. Casualmente fue en una de sus múltiples visitas que terminamos hablando sobre literatura, en especial de algunas series y varios autores, sobre todo policíacos. Gracias a ellos descubrí a ciertos escritores que, de alguna u otra manera, terminarían por volverse parte de mi futura obsesión por leer literatura policial. Uno de los cuales fue el gallego Domingo Villar.

La primer novela que me prestaron aquel par de jubilados sabuesos fue Ojos de agua obra con la que pude sumergirme en las cálidas costas de Galicia, para después recorrer con parsimonia la bella ciudad de Vigo y terminar siendo testigo del primer caso del inspector Leo Caldas, quien junto con el aragonés Estévez forman una dupla bastante interesante, ya que el carácter y la personalidad tan opuesta entre ambos será uno de los muchos motivos que los volverán personajes memorables dentro del universo de la novela policiaca española.

Algo resaltable después de leer Ojos de agua fue que estaba frente a una novela bien escrita, con un ritmo algo lento pero con personajes sólidos, bien definidos y sobre todo con una intriga que se mantiene hasta el final. Incluso no faltan los falsos culpables por lo que el inspector Leo Caldas hará uso de sus mejores habilidades detectivescas para develar al criminal y resolver el caso mientras de fondo suena un piano tocando un sutil jazz. La historia resulta atractiva: el cadáver de un joven saxofonista de ojos claros aparece asesinado con una crueldad tal que todo hace suponer que se trata de un crimen pasional, aunque en su hogar no exista el menor rastro de pistas entre los saxofones colgados de las paredes y estantes llenos de discos de jazz y partituras.

En Ojos de agua se conoce un poco del mundo solitario que habita el Inspector Leo Caldas, así como de su participación en un programa radiofónico con el cual debe de liar semana tras semana, además de la extraña relación que lleva con su ermitaño padre y los  recuerdos constantes de Alba, su ex mujer, que se niegan a morir dentro de sus pensamientos, dando como resultado un protagonista complejo, pero bien construido, con características simbólicas que lo vuelven parte del imaginario de cualquier lector de novela policíaca.

Después de diez años, Domingo Villar, por fin nos entrega lo que hasta el momento parce ser su proyecto más ambicioso: El último barco. Ahora tenemos un nuevo caso para el querido Inspector Leo Caldas y su inolvidable compañero Rafal Estévez, ambos vuelven para resolver lo que parecería un caso típico del policial clásico —un asesinato en un cuarto cerrado—, pero haciendo un ligero guiño al Cavalier Dupin y “El misterio de Marie Rogêt”.  La historia comienza cuando Mónica, la hija del doctor Andrade, quien vive al otro lado de Ría de Vigo, en una casa pintada de azul,  no se presenta a una comida familiar el fin de semana ni tampoco se le ve el lunes en su clase de cerámica en la Escuela de Artes y Oficios. En su hogar no existe rastro alguno que pueda dar alguna pista sobre su posible paradero. Las únicas personas que la vieron por última vez fueron los solitarios y taciturnos habitantes de Tirán, sin embargo, la pronta investigación llevará al inspector Leo Caldas junto con el irreverente Estévez a múltiples callejones sin salida y varios posibles culpables quienes, de alguna manera, guardaban relación con Mónica. Gracias a eso conocemos a fondo las calles y callejones de Vigo, los restaurantes, la comida y las personas que son parte de esa inmensa ciudad retratada con una habilidad envidiable.

Si bien no existe serialidad alguna con sus obras anteriores, Ojos de agua y La playa de los ahorcados, salvo que El último barco nos volvemos a encontrar con ese par de protagonistas a los cuales ya estamos, hasta cierto punto, acostumbrados, tanto en su forma de ser como en la manera de investigar. La empatía que generan los vuelven seres de carne y hueso que han ido cambiando conforme el paso del tiempo. Aunado a eso la gama de personajes que van desfilando en cada uno de los capítulos se vuelven parte de ese macrocosmos que ha inventado Villar y del cual pronto formamos parte. Por ejemplo, el viejo Napoleón y sus aforismos en latín o el introvertido Camilo quien fungirá como pieza importante en el rompecabezas criminal.

Algo que se agradece de El último barco, es que, a pesar de ser una novela con poco más de 700 páginas tiene un excelente ritmo, debido a la brevedad de los capítulos y lo bien que están escritos las páginas transcurren de una buena manera lo que imposibilita volver tediosa o aburrida la lectura. El manejo del suspense y las múltiples historias entre cada uno de los personajes que conocían a Mónica dan como resultado una buena novela difícil de olvidar.

Si bien el género policíaco es un género realista por antonomasia, Villar aprovecha todo esto para crear su propia versión de Vigo, al estilo de «Clarín» y su Vetusta, en donde nos vuelve partícipes en la investigación de lo que resulta ser uno de los casos más difíciles y enigmáticos a los que se ha enfrentado el Inspector Leo Caldas a lo largo de su carrera. A cada capítulo la trama nos envuelve y lo que uno anhela es llegar hasta el final para poder develar el enigma y saber la verdad sobre el paradero de la querida Mónica.

Debo de admitir que nunca imaginé que esas tardes al lado del carismático Emilio y el gentil Augusto terminarían por definir lo que más tarde sería mi pasión no sólo por leer sino también por tratar de escribir una buena novela policíaca. Sin embargo, para ellos su último caso llegaba a su final. Semanas antes de entrar a la universidad celebré con aquel par de detectives mi nueva etapa como futuro universitario con un desayuno lezamaniano sin saber que sería la última vez que estaría charlando sobre personajes, enigmas y novelas en una improvisada agencia de detectives literarios, debido a que un infarto terminó con la vida del buen Augusto a los pocos días. Un par de meses después el viejo y cansado Emilio se quedaría dormido con un libro de Chestertone entre sus manos para no despertar jamás.

En su testamento ambos me hicieron heredero del bullicioso Watson y de una maravillosa biblioteca policíaca que hasta la fecha resguardo, cuido, leo y conservo. Hoy me gustaría decirles que después de haber leído un ejemplar de El último barco, me habría encantado comentar con ellos varios temas acerca de ésta novela y mencionarles cómo Villar se ha superado así mismo al escribir una obra a la que no le sobra nada. Claro, todo acompañados de un buen café veracruzano. Y aunque aquel par de viejos sabuesos literarios hoy ya no estén aquí, puedo decir que es una de las novelas que, sin duda, habrían disfrutarían leer. También a ellos está dedicado ese último barco el cual todos, en algún momento, debemos de abordar.

 

©Reseña: Atzin Nieto, 2019.

 

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