El ladrón de meriendas de Andrea Camilleri por Txema Arinas

Decía Andrea Camilleri en una de sus últimas intervenciones públicas, con esa voz cavernosa con la que parecía que todo lo que contaba era una novela negra en sí mismo, que el pertenecía a la tradición europea de la novela negra que representaba George Simenon con su comisario Maigret en lugar de esa otra americana con Dashiell Hammet y Raimond Chandler a la cabeza. Luego lo explicaba distinguiendo ambas tradiciones literarias por el uso que hacía cada una de la acción y sobre todo de la violencia, más presente y explícita la americana, y la importancia que se le daba al contexto de la trama estrictamente policial, mucho más amplia e incluso trascendente en la europea.

Se trata, claro está, de una distinción que podría valer en el caso de los autores ya citados; pero, que resulta harto arbitraria para el resto de escritores de novela negra a ambos lados del Atlántico, donde, en realidad, podemos encontrar de todo, americanos como Walter Mosley o Michael Connely donde puede que haya más hojas dedicadas a la descripción de sus personajes y ambientes que a escenas de acción por muy trepidantes e incluso cruentas que sean éstas, y autores europeos como Pierre Lemaitre o Antonio Manzini donde el lector casi siempre está obligado a contener el aliento como si tuviera entre manos un libro de James Ellroy.

En cualquier caso, tengo para mí que lo que realmente pretendía Camilleri al recordar está distinción tan clásica entre una y otra tradición, era advertir a sus lectores potenciales de que lo que se iban a encontrar entre sus libros era un claro ejemplo de esa novela negra en la que la trama policial, y sobre todo la acción y las truculencias que tanto gustan en otros, casi que se supedita al relato de los pormenores que rodean la vida y milagros de sus personajes, a destacar la de su protagonista principal: el comisario Montalvano.

Todavía más, estimo que Camilleri era muy consciente de que la presencia de su Montalvano, a fin de cuentas un homenaje a uno de los autores de novela negra que más decía admirar, el español Manuel Vázquez Montalban con su detective Pepe Carvalho, era tanta que a veces parecía comerse la trama de sus novelas, vamos, que estas solían girar más alrededor de su vida y milagros, sus relaciones con sus subordinados, jefes, pareja y, muy en especial, con el paisanaje, que con los hechos delictivos a los que se enfrentaba.

De ese modo, El Ladrón de Meriendas es el claro ejemplo de esa concepción de la novela negra como un simple pretexto para contar otras cosas, y aquí en concreto, como bien confesó el propio Camilleri en más de una ocasión, para hablar de Sicilia y sus gentes. Pero la de Camilleri no es una Sicilia de cliché, esto es, con la Mafia se quiera o no por alguna parte, con mayor o menor presencia en la trama pero siempre presente, siquiera al modo de su reconocido maestro Leonardo Sciascia, el cual trató el tema de la mafia de la manera más sutil y eficaz que se ha tratado nunca, esto es, haciendo más hincapié en el aspecto sociológico del fenómeno, esto es, en el modo como lo mafioso impregnaba la sociedad siciliana y en consecuencia la conducta de las gentes, antes que en la supuesta épica al uso de los mafiosos tan del gusto de las grandes producciones de Hollywood y la mayoría de las series de nuestro tiempo.

La Sicilia de Camilleri que aparece en El Ladrón de Meriendas es otra más de carne y hueso, de cercanía e incluso del día a día, más de crímenes corrientes o, cuanto menos, sin más implicación que la que atañe a sus protagonistas sin necesidad de tener que tirar demasiado del hilo para llegar a altas esferas con sus capos a la sombra y algún que otro preboste al descubierto. A decir verdad, la Sicilia de Camilleri es Vigàta, una pequeña ciudad ficticia inspirada en esa otra natal del autor, en la que los crímenes a los que se enfrenta Montalvano adquieren una dimensión sobre todo de proximidad. He ahí la razón por la que el relato sociológico de los personajes de Camilleri sea más el de unos ciudadanos sicilianos tal cuales, esto es, sin la losa mafiosa encima al estilo de las novelas de Sciascia, gente corriente y diversa en sus reacciones y modos de vida, pero muy del país, muy de ese Mezzogiorno italiano con todo su bagaje cultural e histórico a cuestas, pero, insisto, en el que lo mafioso solo es un ingrediente más, nunca el principal, una pincelada más del paisaje y para de contar.

Así pues, nos encontramos con uno de esos escritores con territorio mítico al uso, ese que construyen a partir, tanto del conocimiento de un entorno concreto que más o menos camuflan o disimulan en sus páginas, como del uso exclusivo de su imaginación para así poder sentirse libres de cualquier atadura con la realidad. Y todo ello para poder presentarnos un lienzo escrito en cada una de sus novelas de la sociedad a la que pertenecen sin renunciar a lo universal gracias a aquello tan de Pessoa de “da minha adeia vejo quanto da terra se pode ver do Universo/por isso a minha aldeia é tâo grande como outra terra qualquer/porque eu sou do tamaño do que vejo/nâo do tamanho da minha altura…”

¿Y qué es, pues, lo que encontramos en El Ladrón de Meriendas? Pues dos tramas en apariencia bastante convencionales, la muerte en alta mar de un enigmático personaje en manos de una patrullera tunecina y el asesinato de un jubilado a la puerta de su casa. Dos tramas en principio aisladas que el buen oficio de Montalvano, primero descubre que se entrecruzan, y luego resuelve de acuerdo con su estilo digamos que tan poco convencional, probablemente el mismo que hace de él un personaje tan de carne y hueso a diferencia de otros comisarios o detectives más de la novela negra o policial clásica, la que busca más sorprender al lector con giros inesperados o añagazas a lo Sherlock Holmes. Y no porque Montalvano no sepa, o no quiera, recurrir a triquiñuelas más o menos ocurrentes para resolver sus casos, sino porque estas probablemente no son tan a lo sacar el conejo de la chistera al modo de un prestidigitador como era el detective que residía en el número 221B de la calle Baker de Londres, sino más bien como consecuencia de cierta improvisación y más instinto que otra cosa. insisto,

Con todo, puede que para el lector acostumbrado al glamur de los detectives o comisarios más conocidos del género, verdaderos pormenores en lo suyo, Montalvano se les antoje exactamente lo que es, un comisario de provincias con excesivas manías y que, además, pierde demasiado el tiempo eludiendo compromisos y sobre todo comiendo suculentos platos de pasta en tascas que a él se le antojan restaurantes de tres estrellas Michelin, puede que no sea todo lo efectivo que se espera del héroe sobre cuyos hombros recae todo el peso de la historia, incluso puede también que Montalvano se nos antoje demasiado previsible, yo diría que humanos, en sus reacciones ante cualquier contingencia que se escapa a su control, que hasta peque de ser no todo lo moderno y hasta estiloso que se les exige ahora a los héroes de las sagas negras en boga; pero, todo eso es precisamente lo que hace de Moltalvano un personaje delicioso, auténtico, tan de carne y hueso como el inspector o la inspectora de policía que podríamos tener de vecino, tan adorable en sus virtudes y defectos como cualquier hijo de vecino o veci…, que, mira tú qué mala suerte, no ha sigo ungido por los Dioses para ser el héroe que lo resuelve todo a la primera y casi también que haciendo piruetas buscando en aplauso del público.

En cualquier caso, lo importante en El Ladrón de Meriendas, insisto, no es la trama, sino cómo se desenvuelve él durante la investigación, cómo se superpone a las trabas de la burocracia, a las suspicacias de sus superiores, a las cadenas del compromiso para con su pareja o cómo afronta la aparición en su vida del hijo de la muchacha tunecina desaparecida alrededor de la cual se resolverá el enigma de ambos crímenes, incluso cómo lo hace con  su pasado y ya en especial con un padre a punto de irse para siempre.

Yo, incluso diría que lo mejor de Montalvano es que puedes imaginarte que se sienta a tu lado en un restaurante, y, cuando lo reconoces y vas a expresarle tu admiración por su trabajo, lo primero que hace es pedirte con un gesto de la mano, más o menos displicente, que no le molestes con esas tonterías, que muy bien y todo lo qué tú quieras, pero que mejor le dices cuál es el plato estrella de la casa  ya que viene hambriento, siempre lo está, y quiere tomarse un par de horas de asueto, sobre todo sin que nadie le hable mientras come, antes de volver a la brega diaria con ese paisanaje tan entrañable como agotador en el trato diario que le espera fuera.

 

Ficha técnica

 

 

Nº de páginas:

240

Editorial:

S.A.) SALAMANDRA (PUBLICACIONES Y EDICIONES SALAMANDRA

Idioma:

CASTELLANO

Encuadernación:

Tapa blanda

ISBN:

9788498387322

Año de edición:

2016

Plaza de edición:

ES

Traductor:

MARÍA ANTONIA MENINI PAGÈS

 

ANDREA CAMILLERI

 

Andrea Camilleri nació en 1925 en Porto Empedocle, provincia de Agrigento, Sicilia, y vivió en Roma, donde impartió clases en la Academia de Arte Dramático y en el Centro Experimental de Cine. Durante cuarenta años fue guionista y director de teatro y televisión. En 1994 creó el personaje de Salvo Montalbano, el entrañable comisario siciliano protagonista de una serie que en la actualidad consta de veintiocho novelas. También publicó otras tantas de tema histórico, y todos sus libros ocupan habitualmente el primer puesto en las principales listas de éxitos italianas. Andrea Camilleri fue el escritor más popular de Italia y uno de los más leídos en Europa, traducido a treinta y seis idiomas y con más de treinta millones de ejemplares vendidos.

 

Sinopsis de EL LADRON DE MERIENDAS (SERIE MONTALBANO 3)

 

Vuelve el inspector Salvo Montalbano y su particular forma de ver el mundo desde el imaginario pueblo de Vigàta, en Sicilia.

Tercera entrega de la serie del comisario que ha conseguido un espacio propio y original en la literatura policiaca contemporánea.

Sus anteriores andanzas han trazado su polifacético perfil que, como demuestra esta nueva aventura, está lejos de agotarse en el simple estereotipo.

En esta ocasión el comisario debe investigar el asesinato de un comerciante jubilado, cuya amante, una joven tunecina desaparecida tras el crimen, es objeto de todas las sospechas. Sin embargo, las pesquisas guían a Montalbano hacia el turbio mundo de los servicios secretos y su sucia guerra contra el terrorismo internacional. La razón de Estado se ve sometida a su implacable instinto de justicia, «quijotesco» según uno de los agentes secretos. Al mismo tiempo, la trama nos reserva sorpresas inusitadas, como un Montalbano profundamente conmovido por el destino del hijo de la joven acusada hasta el punto de proponerle matrimonio a su tan paciente como lejana compañera Livia.

 

©Reseña: Txema Arinas,2020.

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