Cuando la muerte viene acompañada por Osvaldo Reyes

Hacemos lo que nos gusta. Si termina siendo bueno o malo

es un asunto que otros deben decidir.

Ian Brady.

 

En la literatura negro-criminal es frecuente la figura del asesino solitario. Un ente que se esconde en las sombras y que aprovecha los descuidos de sus víctimas para atacar. Su trabajo es uno que se basa en el sigilo, en mantener en secreto su identidad, hasta de aquellos que ama o forman parte de su círculo cercano. Sin embargo, los hay que prefieren compañía para ejecutar sus actos. Son poco frecuentes, pero, cuando aparecen, son de temer. No solo porque dos o tres cabezas piensan mejor que una. Estos equipos se apoyan entre sí, alimentan sus propios egos y, como un dínamo que entra en funcionamiento sin control, pueden estallar en cualquier momento.

Una de las parejas más celebres de asesinos seriales es, sin duda, la formada por los primos Kenneth Bianchi y Angelo Buono Jr., mejor conocidos como los “Estranguladores de la colina” (Hillside stranglers). Cometieron un total de diez asesinatos en conjunto (Bianchi fue responsable de dos más en solitario) entre octubre de 1977 y febrero de 1978. Las edades de las víctimas oscilaron entre los 12 y 28 años de edad. Las tres primeras fueron trabajadoras sexuales, por lo que estos crímenes no llamaron tanto la atención. Los cuerpos eran tirados desnudos, con evidentes señales de violación y tortura. No fue hasta que empezaron a desaparecer jóvenes de clase media y a encontrarse sus cuerpos en idénticas condiciones, que la prensa se involucró y el apodo a tomar renombre.

¿Qué unió a estos asesinos? El lazo familiar era importante, pero las circunstancias fueron las propicias para que este violento caldo entrara en ebullición. Buono contrataba los servicios de trabajadoras sexuales con frecuencia y, cuando su primo se mudó desde Nueva York para vivir con él, comenzaron las conversaciones sobre lo fácil que sería hacerlas desaparecer, convencidos de que nadie les daría importancia a sus muertes. De las palabras pasaron a los hechos y los asesinatos empezaron. Al terminar con las víctimas, las limpiaban con cuidado y las dejaban en posiciones lascivas en las colinas de Los Ángeles, de preferencia cerca de estaciones de policía.

Como en toda familia, la convivencia en situaciones de estrés complicó sus relaciones personales, por lo que decidieron separarse en febrero de 1978. La policía quedó en jaque cuando los asesinatos se detuvieron de repente, ya que ninguna línea de investigación lograba dar con la identidad de los responsables, a pesar de que suponían que, efectivamente, eran dos asesinos (por la forma como eran dejados los cuerpos), dato que logró mantenerse fuera del conocimiento público.

Bianchi se mudó a Washington, donde trató de conseguir un trabajo en la policía y luego como guardia de seguridad. Por suerte (o desventura de las últimas víctimas) no pudo evitar sus instintos y atacó en solitario, lo que llevó a su arresto y subsecuente vinculación con el caso de los “Estranguladores de la colina”.

Siempre se pensó que Buono era el dominante del equipo, pero si era así, Bianchi era el de las ideas. No pudo mantener un bajo perfil una vez se rompió la sociedad y terminó asesinando a dos estudiantes universitarias por su cuenta. Un testigo lo identificó como la persona con las que ellas se fueron, lo que llevó a su arresto. Trató de alegar que sufría de personalidades múltiples, diagnóstico que fue descartado por los psiquiatras en el juicio, por lo que se vio forzado a confesar la participación de su primo para evitar la pena de muerte. Finalmente, en 1980, empezó una relación en prisión con Verónica Compton (volviendo a trabajar en pareja) y la convenció de que estrangulara a una mujer para hacerle creer a la policía que el verdadero culpable seguía libre. Su plan incluía una violación instrumental y el uso de un condón lleno de semen, que le hizo llegar escondido dentro de un libro (recordemos que no había pruebas de ADN) para sustentar sus argumentos de inocencia. Al final, todo el plan se derrumbó. La víctima de Verónica escapó y ella fue sentenciada a prisión por intento de asesinato. Como el universo no carece de ironía, en la cárcel entró en contacto con otro asesino en serie (Douglas Daniel Clark) que decapitó siete mujeres con la ayuda de su esposa (otra pareja). Verónica se enamoró de Douglas, perdiendo el interés en Bianchi, quien tendrá que esperar al 2025 (año en que es elegible para libertad condicional) para probar suerte en el amor.

En el libro “Asesinos seriales y sus víctimas”, Eric W. Hickey (2002) analizó la información disponible de 337 asesinos seriales, activos entre 1800 y 1995 (casi el 90% después de 1980) y entrevistó a muchos de ellos. El 28% de los asesinos reportó haber utilizado uno o más compañeros a lo largo de su carrera (máximo de cinco) y el 32% de las mujeres actuaron con una pareja. Estos grupos tienden a tener más víctimas en un periodo más corto de tiempo y sus actos son más sádicos o violentos. En la revista Aggression and Violent Behavior (Agresión y comportamiento violento) Miller (2004) postuló cuatro tipos de dinámicas en las relaciones de estas parejas: (1) Dominante-Sumiso, (2) Equipos igualmente dominantes, (3) Familia o grupo extendido, (4) Grupos organizados o ceremoniales. En el equipo Dominante-Sumiso, el dominante tiende a ser masculino y el pasivo femenino, quien juega un papel importante funcionando como carnada para las víctimas. En el segundo grupo, ambos obtienen placer de sus actos en partes iguales. En el tercero (familia o grupo extendido) los lazos son familiares o tipo secta (como la familia Manson). El último es muy similar al anterior, pero los unen posiciones ideológicas o políticas equivalentes, como fue el caso de Wolfgang Abel y Marco Furlan, quienes enfocaron su rabia en los sectores de la sociedad que odiaban, matando en el proceso a drogadictos, prostitutas, homosexuales, religiosos y extranjeros (1977-1984). En todas las escenas dejaban notas con la esvástica y el águila nazi impresa en el fondo.

Ejemplos de parejas de asesinos seriales incluyen a Lawrence Bittaker y a Roy Norris (ex convictos que se conocieron en la cárcel y que, al descubrir una afición común por el sadismo, al salir secuestraron, violaron y mataron a cinco adolescentes en California); María y Delfina de Jesús González (hermanas que regentaban un prostíbulo en México. Secuestraban mujeres para ponerlas a trabajar en el negocio. Mataron aproximadamente 90 personas entre sus propias trabajadoras y clientes, a quienes les robaban primero. Tienen el record en el Libro Guinness de la pareja de asesinos más prolífica), Henry Lee Lucas y Ottis Toole (aunque Henry Lee es el más conocido del dúo, su compañero participó en muchos de sus crímenes, que incluyó canibalismo ritual) o Ian Brady y Myra Hindley (asesinaron a cinco niños entre 10 y 17 años y los sepultaron en los páramos de Saddleworth en Inglaterra).

El listado de dúos es extenso, pero los tríos son menos frecuentes. Fuera del escenario de una familia (real o social) o bajo el paraguas de una secta, hay pocos casos descritos. Un potencial trío que nunca llegó a desarrollarse fue el de Donald “Pee Wee” Gaskins, quien a los 11 años conoció a dos niños (Danny y Marsh) y formaron el “Trio Problemático” (1944), quien empezó a robar casas, contratar los servicios de prostitutas y a violar a niños pequeños. La relación terminó cuando los atraparon violando a la hermanita de Marsh. Danny y Marsh se mudaron de pueblo y Donald siguió su camino para convertirse en un asesino en serie.

Otro trío más fructífero (en cuanto al número de víctimas) fue el conformado por Dean Corll y los adolescentes David Owens Brooks y Elmer Wayne Henley Jr quienes, entre 1970 y 1973, violaron y asesinaron a más de 28 niños, en lo que se conoció como los “Asesinatos en masa de Houston”. Sus crímenes terminaron la noche del 8 de agosto de 1973 cuando los dos muchachos se atrevieron a llevar a una chica a la casa de Corll, lo que lo enfureció. Trató de matarlos a los tres, pero Henley lo engañó, aduciendo interés en seguir trabajando con él, y Corll murió de varios disparos propiciados por su antiguo compañero de andanzas.

Estos son solo unos pocos de los múltiples ejemplos que saturan los anales de criminología y psicología. A pesar que, de manera individual, son como otros asesinos en serie, en conjunto tienen su propia dinámica y estas relaciones disfuncionales son las que mueven sus actuaciones. La imagen del “asesino solitario” es una ilusión simplista. Así como ocurre en sociedad, nos agrupamos en torno a gustos en común o relaciones laborales. Que el punto de anclaje sea una particular predilección por la muerte y la violencia, no lo hace menos real.

A veces todo lo que se necesita es un fósforo y suficientes barriles de pólvora.

 

©Artículo: Osvaldo Reyes, 2021.

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