Bajo la doble lupa de… Mercancía robada de Lluna Vicens por Anna Miralles y Manu López Marañón

MERCANCÍA ROBADA

 BAJO LA DOBLE LUPA DE…

Anna Miralles y Manu López Marañón

 

RESEÑA DE MANU

 

Lluna Vicens (Badalona, 1969) cuenta en Mercancía robada, novela narrada en primera persona, la dantesca experiencia de su innominada protagonista, catalana de una ciudad cercana a Barcelona, a quien a partir de ahora me referiré como P. Secuestrada por una organización que la engaña prometiéndole un trabajo de azafata de autocar para viajes turísticos por Castilla y León, pronto es llevada a un club donde se ve obligada a ejercer la prostitución.

Con lenguaje alejado de cualquier amago de retórica, la autora desvela las impresiones, relaciones, aconteceres y descripciones tanto del club donde trabaja P como de la casa donde es alojada. La atormentada historia de Mercancía robada –que no rehúye la más descarnada explicitud en pasajes que pueden herir la sensibilidad– informa, en paralelo pero con veracidad indudable, sobre cómo era este submundo del sexo de pago en la España de finales de los 80.

«Sabía que cuando cruzara aquel umbral una parte de mí desaparecería para siempre, la inocencia, el candor y la ingenuidad se despegaron de mi piel y quedaron tiradas en el suelo de aquel pasillo lleno de puertas, donde se pagaba por sexo a plena luz del día sin importar quién era quién, sin preguntas bajo un disfraz por parte de ellas y una historia detrás de ellos».

Lo primero que resalto es la extraordinaria labor creadora de Lluna Vicens para convertir la enorme densidad humana y documental de este libro de denuncia en situaciones y diálogos susceptibles de armar un relato fluido. Añadiéndole pinceladas de sabrosa ambientación (las justas y que no diluyen la narración), la autora intercala oportunamente datos de aquella época no tan lejana para tantos lectores, pero de la que nos separan ya veinticinco años: así, precios en pesetas de los servicios y productos, coches, la ropa, algunos libros y películas.

 

 

Con este telón de fondo Mercancía robada se convierte en la crónica personal de P centrada, primero, en su secuestro. Un secuestro que su víctima en ningún momento disculpa o atenúa, alejándose del más mínimo amago de síndrome de Estocolmo. De esta manera, perplejo, asisto al crudo proceso de degradación que conlleva ser explotada como esclava sexual. Un posterior impacto, el producido por esta experiencia en la cosmovisión y en las relaciones afectivas de P, queda apuntado en las páginas finales de su historia.

«Cuando me vi envuelta en la oscuridad todo volvió a mi mente como si fueran diapositivas, apreté las sábanas y mantas entre mis manos y lloré sin emitir sonido alguno. Mis labios formaban la palabra mamá repetidas veces. No recuerdo cuándo me dormí».

No hay nombres en la cristalina sucesión de hechos que resulta ser Mercancía robada. P se refiere a sus compañeras de club en todo momento como «La chica morena del pelo corto» (esta es con la que más relación tiene y a quien no tarda en tratar como amiga), «La mujer rubia», «La chica embarazada» o «la chica rubia de tirabuzones». Ni siquiera queda personalizada la joven que viaja desde Cataluña acompañando a P, y con la que se presenta para recibir formación turística en Zaragoza. Los empleados del club, recepcionistas y camareros, están asimismo sujetos a semejante impersonalización.

La excepción a este anonimato es «el jefe de todo esto»: el malvado Pablo, individuo a quien la autora retrata casi como un enajenado incapaz de dominar sus instintos. Es cruel y atrabiliario, sobre todo con P («Vas a ser una puta, mi puta», son sus cordiales palabras de bienvenida). P, quizá por ser «la nueva», trata de hacer valer algunas normas básicas de conducta, pretensión constantemente pisoteada por su absoluto y omnipresente jefe, que parece desconocer hasta el más básico derecho humano.

«Cada vez que salíamos al club, para mí era como una pesadilla que se repetía una y otra vez. Las mismas frases recurrentes, las mismas formas de insinuarse al cliente, las mismas posturas. Todo era igual menos las caras de los clientes».

Si Mercancía robada está logrando un éxito imparable desde su publicación por Grupo Tierra Trivium creo que, principalmente, pueda deberse a la franqueza vital y fuerza literaria con que la escritora de Badalona refiere la relación de P con Pablo. Las reflexiones de P al respecto, aparte de servidas con crudeza, son realistamente amargas y sin salida y, en todo momento, derivan de la salvaje violación cometida por Pablo al llegar su secuestrada a la casa. Sobre estos pensamientos de cautiva no encuentro asomos de tono solícito que los atenúe. En las desgarradoras páginas que han descrito el abuso sexual, P es vencida por la fuerza bruta de su vicioso agresor. De ahí mana su odio, imparable, sin decaer pese a esas perfectas maneras serviles que –para su supervivencia– debe simular P, por encima de la indefensión y extorsión que la acompañarán durante su estancia en semejante infierno.

Mercancía robada nunca cae en los lugares comunes propios del subgénero pornográfico. Quien busque secuencias de duchas, registros en los que las prostitutas aparecen desnudas, peleas entre mujeres que se arrancan la ropa o escenas lésbicas, más o menos explícitas, ha errado el tiro.

Dejando aparte la inhumanidad de Pablo (en no pocas ocasiones me recuerda al Popeye de Santuario, la escalofriante novela de William Faulkner) retratado como un sádico capaz de todas las arbitrariedades e infamias, seguramente por contraste, es la ecuanimidad con la que Lluna Vincens retrata el amplio muestrario humano del club y de la casa lo que mejor caracteriza a su novela.

Más allá de la frialdad e insensibilidad propia de estos lugares –que, por supuesto, abarca a los empleados–, P capta inesperados y pronto habituales rasgos de humanidad en sus compañeras de trabajo las cuales, si bien la reciben distantes, desarrollan un afecto que ella misma colabora a hacer brotar gracias a su educación y saber estar. No se excluye del burdelesco bestiario a la mala compañera, egoísta, sucia, sin educación; un arquetipo ejemplificado en esa rubia de tirabuzones que amplía su horario venal como ocasional amante de su jefe.

Con frases directas y transparentes (a veces con el estilo intenso y sin tapujos del diario íntimo) que, valientemente, no retroceden ante lo más escabroso pero sabiendo colocar la palabra justa en todo momento, Mercancía robada me interesa desde su primera página. Pienso que su singular protagonista –la inolvidable P–, pasa a formar parte de esa galería importante de personajes femeninos que la literatura española logra, de vez en cuando, ampliar.

«Tienes que salir de aquí, marcharte antes de que esto termine contigo».

Mercancía robada es una novela dura pero necesaria. La recomiendo tanto por el rigor con que retrata una realidad que la sociedad no quiere conocer y de la que «ellas» –las que ejercen el oficio– no quieren hablar, como por la dramática evolución psicológica de P, macerada a base de golpes y maltratos. Su historia corta el aliento en no pocas ocasiones. Sugiero saborearla a tragos cortos, como suele hacerse con la literatura del Holocausto.

Captada con lealtad, expuesta con una encantadora sencillez difícil de redondear, la creación de P le ha debido requerir a Lluna Vicens muchísimas horas de esfuerzo literario para desembocar en esta conseguidísima depuración de una mente humana torturada.

 

RESEÑA DE ANNA

 

Cuando mi compañero Manu me propuso leer Mercancía robada de Lluna Vicens (Badalona, 1969) decidí buscar información sobre la autora antes de empezar la lectura de su novela. Mi sorpresa fue mayúscula al enterarme de que iba a leer un relato autobiográfico sobre la terrible experiencia que Vicens vivió cuando tenía solo 18 años, experiencia que la marcaría de por vida. Al recibir el libro, leí con mucho interés el prólogo en el que José Luis Muñoz asegura que se trata de «un relato testimonial, un alegato contra una de las muchas lacras que debieran sacudir nuestra sociedad: la trata de blancas».

Estamos ante una novela que habla de la explotación sexual de la mujer con muchísimo realismo, como no podía ser de otra manera sabiendo que Lluna Vicens, desgraciadamente, la sufrió en primera persona. Asistimos a la transformación de la protagonista: cómo deja de ser ella para pasar a ser una mujer que es despojada de lo más preciado, su dignidad. Mercancía robada está escrita desde el dolor y el desgarro mediante una prosa muy cruda. No debe haber sido nada fácil para Lluna Vicens escribirla y volver a revivir unos hechos que seguro querría haber mantenido enterrados en lo más profundo de su ser. Sin embargo, tener la valentía para enfrentarse a ellos, treinta y tres años después, debe haber sido para la escritora una necesidad y una liberación. Esta novela puede ser buen ejemplo de cómo la literatura es en muchas ocasiones terapéutica.

En el año 1988 Yolanda (el álter ego de Lluna), tenía dieciocho años, había aprobado la selectividad, pero como no sabía qué hacer decidió tomarse un tiempo y buscar un trabajo hasta que tuviera más claro hacia dónde encaminar sus pasos. Vemos a una joven satisfecha, feliz y esperanzada ante un futuro que está por escribir. Responde a una oferta de empleo para un puesto de guía turística en la zona de Castilla y León y muy ilusionada se presenta a la entrevista de trabajo en Barcelona. Todo va genial: es seleccionada para realizar un curso de formación en Zaragoza a donde viaja junto a otra compañera. Pero en Zaragoza todo se tuerce y empieza el horror. La muchacha alegre y vital que hemos conocido desaparece, y relato y protagonista sufren un cambio tan drástico que al lector le parece estar ante otra novela.

 

«No recuerdo quedarme dormida, no recuerdo haber dejado de hablar con mi compañera, no recuerdo ni tan siquiera apoyar la cabeza sobre la mesa, no recuerdo nada».

Yolanda y la otra joven son drogadas y despiertan horas más tarde en una habitación desangelada con pocos muebles, solo una mesa y cuatro sillas de plástico. A partir de aquí la violencia, el maltrato, las vejaciones toman protagonismo y el relato se vuelve durísimo. La prosa se torna descarnada y cruda para mostrar el horror que va a vivir en Burgos a donde la trasladan para ejercer la prostitución en un club de carretera. Se contará todo, nada se va a omitir. De nuestra protagonista se va a encargar Pablo, su proxeneta. De la otra chica poco más sabremos.

Sentimientos como la rabia, la impotencia, el miedo, el dolor, la vergüenza se adueñarán de ella y acabará por tomar conciencia de que no es nada ni nadie, solo un pedazo de carne con el que se comercia. Se la anula como ser humano, se la cosifica convirtiéndose en mercancía que primero será probada por su proxeneta –la brutalidad de la violación sobrecoge– y después por los clientes que pagarán por estar con ella. La joven de dieciocho años que tenía tantos sueños por cumplir se desvanece y es sustituida por otra que apenas será una sombra de lo que fue. La han destrozado física y emocionalmente. Y lo más terrible es que además va a culpabilizarse por lo que le está sucediendo: la culpa va a ser una constante a lo largo de toda la novela.

«Odié todo lo que aquel disfraz representaba, mi propia desaparición, la destrucción de todo lo que me habían enseñado y, yo lo estaba consintiendo».

Sabe que ya no será nunca más la misma porque su sufrimiento es tal que la va a cambiar para siempre. No hay futuro ni esperanza para ella, y así lo siente.

Vicens construye unos personajes muy sólidos y a pesar de que no les va a dar nombre (se alude a ellos por un rasgo físico –la mujer rubia, la chica morena de pelo corto, la chica rubia de tirabuzones, el hombre del pelo blanco…–) resultará muy fácil reconocerlos. El único que sí lo tiene es Pablo, su proxeneta y violador, un hombre despreciable, sin escrúpulos y muy violento cuyo nombre quedará grabado a fuego en la memoria de la protagonista, pues es el culpable de que su vida se haya convertido en un infierno.

Sin embargo, Yolanda encuentra entre las compañeras del prostíbulo un trato humano que le permite mantener la cordura. Hay solidaridad entre las chicas, se cuidan y están pendientes unas de otras, se protegen. Los momentos en que se reúnen en la habitación donde se maquillan y se visten son momentos de distensión que el lector agradece. Las escenas y los diálogos que mantienen entre ellas funcionan como contrapunto a la sordidez de las descripciones –tan detalladas que acaban doliendo– de lo que sucede dentro de las cuatro paredes de la habitación donde se producen los encuentros sexuales, algunos de ellos marcados por una violencia extrema. Lluna Vicens despliega ante nosotros un abanico de personajes masculinos de toda condición y de distinta catadura moral.

Mercancía robada se lee con el estómago encogido. Novela negra más que necesaria que visibiliza el horror de mujeres, y también niñas, que son secuestradas, violadas, maltratadas y obligadas a ejercer la prostitución con amenazas. Lluna Vicens habla de su tragedia personal, pero también habla de una tragedia social, colectiva. Da voz a mujeres que sufren lo indecible, invisibles y estigmatizadas que tras su apariencia (o disfraz, como se menciona en la novela) esconden historias personales terribles.

Asusta ver la facilidad con la que estas organizaciones criminales consiguen captar a mujeres, incluso a menores; asusta saber de la indefensión en la que se encuentran las víctimas; y asusta ser conscientes de que lo que le pasó a Lluna Vicens le puede pasar a cualquier mujer.

 

©Reseña: Anna Miralles y Manu López Marañon, 2021.

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