Doble huida
DOBLE HUIDA
Rafael Guerrero, detective privado y generoso escritor, nos impacta como siempre con este relato negro
Aquel caso judicial llevaba años dando vueltas de un lado para otro. Solo la instrucción llevó más de dos años a los cuerpos y fuerzas del Estado dirigidos por una magistrada de la Audiencia Provincial de Cáceres ya fallecida a estas alturas de las diligencias. Recopilaron decenas de pruebas incriminatorias, realizaron seguimientos y escuchas legales, recopilaron testimonios, entrevistaron a testigos directos, víctimas, inductores, colaboradores, amigos del imputado, enemigos, empleados, familiares. Se embargaron cautelarmente sus bienes patrimoniales en previsión de una posible fuga, se le retiró el pasaporte, se le obligó a presentarse en una comisaría de policía o comandancia de la Guardia Civil cada quince días y se colocó una discreta vigilancia las 24 horas del día.
Los abogados del encausado consiguieron que el expediente se trasladase al Tribunal Superior de Extremadura tras apelar las primeras sentencias condenatorias alegando irregularidades de forma y otras artimañas legales propias de la profesión. El fallo no varió en dicha corte e incluso la pena de cárcel y la indemnización se vieron aumentadas. No obstante, esos mismos letrados, amparados por la ley solicitaron el amparo del Tribunal Supremo y este admitió la causa con un voto más que dividido de sus miembros. El resultado adverso para el demandado se repitió de nuevo y solo entonces pareció que se rendía y acataba su destino presidario.
Se declaró en quiebra para obviar el pago de las costas y de las ya cuantiosas indemnizaciones acumuladas por lo que esas obligaciones se saldaron con la ejecución efectiva del embargo, la venta de los inmuebles y el reembolso de los activos financieros a su nombre.
El circo mediático se había montado desde casi los primeros rumores de su detención. Se trataba de un personaje público conocido por todos, amado por algunos y odiado por bastantes más. Empresario hecho a sí mismo, tertuliano televisivo beligerante, asiduo a los saraos de la alta sociedad, protagonista de reportajes en la prensa del corazón, coleccionista de amantes, novias y flirteos, atractivo físicamente, derrochador de cara a la galería, se codeaba con gentes del poder, llegó incluso a coquetear con la política apoyando un partido financieramente un partido de nueva creación y dejándose querer cuando supuestamente le imploraban que se presentase como cabeza de lista en las elecciones legislativas generales pues ganaría de calle y limpiaría el país de sinvergüenzas y ladrones. Lo cierto es que su carisma y notoriedad finalmente le condujeron a prisión donde se reencontró con viejos y otrora poderosos colegas.
Fue la acusación particular (que representaba a un grupo de perjudicados por los tejemanejes de ese macho alfa) la que contrató mis servicios como detective privado con el susodicho entre rejas pero a punto de ventilarse gracias a una repentina afección de diagnóstico tan sospechoso como, al parecer, irrebatible científicamente. La enésima, que no última, triquiñuela del tahúr eternamente bronceado.
Mi cliente necesitaba que hallase evidencias irrefutables de que esos problemas de salud no eran más que una mera coartada y que además el interfecto gestionaba un considerable capital en el extranjero libre de cargas.
— ¿De cuánto tiempo dispongo para encontrar lo que me piden?
— Lo que tarde en desaparecer este energúmeno, señor Guerrero.
Desde luego la presunción de inocencia no era el mejor avalista. Me fue fácil ubicarlo en Zermatt, en los Alpes suizos, casi en la frontera con Italia. Ese era el itinerario marcado y aprobado. Oficialmente se trasladaba allí para recibir tratamiento en una costosa y prestigiosa clínica privada. La enfermedad, catalogada como rara y autoinmune, pudiera ser real como así lo acreditaron los médicos en prisión sin mojarse demasiado dada su supina ignorancia acerca de la misma. Una decisión respaldada por el forense externo consultado. Ninguno quiso responsabilizarse de la muerte del famoso si se negaba a aconsejar la cura helvética. En España, bien estudiado lo tenía el paciente, no se dispensaba ese tipo de tratamiento y de ahí que lograse —para sorpresa y pasmo del fiscal y de las partes implicadas— el permiso del juez del caso y del penitenciario para salir al extranjero con fecha fijada de retorno, pasaporte temporal y visado médico.
Lo primero que hice una vez allí fue centrarme en la clínica por si fuese la tapadera o simplemente un presunto cómplice circunstancial. Indagué, pregunté, rellené formularios y tras examinar la información y contrastarla con los recientes hábitos y movimientos del objetivo determiné, y se lo hice sabe a mi cliente adjuntado fotografías y documentos, que las prescripciones sanadoras no pasaban de patraña homeopática para ricos hipocondriacos, que la clínica en cuestión pertenecía al propio personaje excarcelado través de una empresa off-shore radicada en Panamá y que lo que realmente pretendía el preso —además de esquiar, festejar las puestas de sol con caras prostitutas y consumir drogas de calidad no expendidas precisamente por un farmacéutico— era someterse a una intervención de cirugía plástica y escapar de esa forma de la indiferente justicia suiza (no puso excesivos medios para controlarlo a juzgar por el desenfreno mostrado), de la española y de la mediática, para la que ahora era carnaza olvidando que en su esplendor fue diamante.
Con un rostro reformado, una identidad prestada y varios millones en divisas (los que estafó y defraudó y que le empujaron a la celda) su salud se recuperaría súbitamente y el bronceado de su piel también. Restaba, por tanto, aguardar a que saliera del quirófano para certificar gráficamente el cambio de apariencia y advertir a las autoridades competentes —amén de a las incompetentes— para que tomaran cartas en el asunto.
Pero los planes se torcieron para mí en ese punto debido a una imprevista lesión durante un descenso en la estación de Fiescheralp mientras grababa con cámara oculta al bon vivant. Me ingresaron en un hospital cercano y escayolaron del tobillo derecho hasta la rodilla, dos semanas de reposo me sugirieron. Firmé el alta voluntaria y ayudado por un colaborador local hicimos guardia dentro del coche a las puertas de la lujosa clínica. Vimos entrar a la celebridad pero no le vimos salir. O mejor dicho, sí la vimos salir, convertida en una esplendorosa mujer a la que su chófer le abrió la puerta de un Audi y la condujo hasta un aeródromo en donde subió a un jet privado que despegó con ella a bordo.
—Aur revois les anfants

Rafael Guerrero es Detective Privado, profesor universitario, escritor, criminólogo por la Universidad Complutense de Madrid, Director de Seguridad por la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid y Máster en Servicios de Inteligencia por el Instituto Universitario General Gutiérrez Mellado de Madrid.
Títulos
Rafael Guerrero ha publicado tres novelas: Un Guerrero Entre Halcones, Muero y Vuelvo y Ultimátum – Ed. Círculo Rojo -. Hablando en primera persona, Rafael Guerrero aleja a los lectores de la ficción, mostrando la realidad de su profesión. Según cita Paco Camarasa en el prólogo de Muero y Vuelvo «Sus libros están protagonizados por un detective de verdad que es a su vez autor y personaje. Por eso se constituye en una novela insólita y poco habitual en el panorama de la novela negra española».
Texto © Rafael Guerrero-Todos los derechos reservados
Publicación © Solo Novela Negra


Magnifico, como siempre, un gran narrador que cuenta historias de su profesión y te envuelve en ellas.
Gracias Joan
Gran gran detective, compañero, persona y amigo. El orden de los factores es intercambiable! Felicidades por el relato Rafa.
Gracias compañeros