Investigadores y detectives.

En este artículo de opinión, Osvaldo Reyes aplica el papel de investigadores y detectives a las entrañas del noir

Investigadores y detectives. El método científico aplicado a la literatura negra

Para ser un buen investigador, hay que ser un buen detective.

Susan Campbell Bartoletti

Hace poco un artículo de opinión atrapó mi atención. Auguraba, como tantas otras voces lo han manifestado con mayor o menor nivel de intensidad a lo largo de años, el fin de la novela negra.  No me enfocaré en los cierto o irreal de esta afirmación (en un artículo previo que se publicó en SNN y que titulé “El genoma de la literatura negra” establecí mi posición en cuanto a esta polémica). Lo curioso es que a medida que iba avanzando en su lectura, más me parecía estar leyendo las discusiones y comentarios de un artículo de investigación. Tal vez suene extraño en este momento, pero permítanme explicarme mejor en las siguientes secciones.

  1. De hipótesis y teorías:

Cuando uno se plantea una pregunta o tema para investigar, se parte de una hipótesis, definiendo ésta como “un enunciado no verificado” o como “una conjetura basada en información disponible que requiere verificación”. Una o varias hipótesis, explicadas de manera lógica o sustentadas en base a evidencia científica recogida de manera rigurosa, se conoce como teoría.

Ahora, pasemos al terreno práctico. Imaginemos que tiene un libro en su mano. Lo acaba de terminar de leer y le gustó, pero no está seguro si llamarlo novela negra. Bajo la premisa anterior, su hipótesis es que el libro es novela negra. Puede ser cierto o puede ser que no. ¿Cómo verificar esta hipótesis? ¿Cómo la convertimos en una teoría?

Cuando considero esa pregunta, me recuerdo de Sir Arthur Conan Doyle quien, usando la voz de su creación Sherlock Holmes, dijo en su cuento “Los hacendados de Reigate”: “Me esfuerzo en nunca tener prejuicios y en seguir muy dócilmente el camino por el cual me llevan los hechos”. Esa es una muy buena manera de aproximarse a este problema, sino fuera por un obstáculo más elemental. La ausencia de hechos.

  1. Evidencia literaria:

No hay lineamientos claros para definir a la literatura negra. Sé que muchos de los que leen estas líneas tienen sus propias ideas, pero no son más que opiniones. Muchas personas comparten ideas similares de lo que es y debe ser una novela negra, pero discrepan en muchas otras. No hay un consenso establecido por una organización internacional, donde sus miembros se reunieron por días para establecer una serie de criterios aceptados por la mayoría. No hay una prueba estandarizada o una lista de cotejo donde uno pueda establecer un puntaje que determinará si su novela merece entrar al género negro.

Para poder apoyar o rechazar una hipótesis o teoría se requiere de evidencia. No todos los estudios tienen el mismo impacto, así que diferentes asociaciones han establecido escalas. Estos sistemas jerárquicos permiten comparar los estudios entre sí, para así poder tomar la mejor decisión en base a la evidencia científica. Si aplicáramos este principio a la literatura negra, nos quedaríamos en el nivel más bajo de evidencia, independiente de la escala utilizada: la que proviene de documentos u opiniones de expertos (individuales o agrupados en comités). En medicina eso implicaría automáticamente que cualquier decisión tomada en base a las mismas no es del todo confiable y es útil mientras no aparezca algo mejor. Eso puede tener terribles consecuencias.

  1. Cuando los expertos se equivocan:

Tomen el ejemplo del profesor Roy Meadow, reconocido pediatra y creador de la ley que lleva su nombre. Publicada en su libro “El ABC del abuso infantil”, hace referencia al Síndrome de Muerte Súbita Infantil (SIDS, por las siglas en inglés) y dice: “Una vez es una tragedia. Dos veces es sospechoso. Tres veces es homicidio”. Esa era su opinión experta y fue utilizada en varios juicios a finales del siglo pasado y principios del XXI. Uno de los más conocidos fue el de la abogada británica Sally Clark. En 1996 su hijo Christopher de 3 meses de nacido es encontrado muerto en su cama, declarándose la causa del deceso como SIDS. Un año después vuelve a salir embarazada y tiene un segundo hijo, Harry. Lamentablemente, él también muere de manera súbita a las 8 semanas de nacido. Aunque se consideró la misma causa de muerte, la policía sospechó de la madre y la acusó del asesinato de sus dos hijos. En 1999, un jurado la declaró culpable, en gran parte gracias al testimonio del testigo experto Sir Roy Meadow. Con todo el peso que llevaba su nombre y profesión, declaró que la posibilidad de dos muertes súbitas infantiles en la misma familia era de 1 en 72 millones. Algo tan raro no podía ocurrir por causas naturales y el asesinato era una opción más lógica.

Sally Clark pasó cuatro años en la cárcel (no quiero entrar en detalles, pero se pueden imaginar como era su día a día en prisión considerando que era abogada, hija de un policía y asesina de niños). No fue un caso aislado. Otras tres familias en un periodo corto de tiempo fueron acusadas y encarceladas por similares causas. Su reputación, paz y seguridad destruidas por la opinión de un “experto” que interpretó todo mal (en realidad el riesgo de dos muertes por SIDS en la misma familia es de 1 en 77, mucho mayor que la posibilidad de que una madre quisiera asesinar a sus dos hijos. Como triste corolario de la historia, Sally Clark murió en el 2007 como resultado de una intoxicación alcohólica aguda. Jamás se recuperó de su tiempo en la cárcel ni de la experiencia vivida).

Un experto puede tener un libro y considerar que no cumple con los requisitos requeridos para ser literatura negra. Su opinión puede influir en la percepción que los lectores tengan del libro. Eso no es malo, siempre que el experto no se considere la única fuente de la verdad (como vimos, no es la más confiable). Hace un par de años, en un concurso literario enfocado en novela negra, uno de los jurados admitió que empezaba a leer los manuscritos de los concursantes y si no le parecía que cumplía con los requisitos preestablecidos en su cabeza, los desechaba y pasaba al siguiente. Quitando el hecho de que espero que la mayor parte de los jurados no tengan ese proceder, no me dejo de preguntar cuántas grandes novelas se perdieron en un basurero solo por la opinión de un experto que no pudo ver más allá de sus propios límites.

Regresando a nuestro campo de trabajo, en 1944 un crítico literario llamado Edmund Wilson publicó un artículo en el The New Yorker titulado “Why do people read detective stories?” que se puede traducir como “¿Por qué las personas leen historias de detectives?”. Wilson reconoce en las primeras líneas que tenía un conocimiento muy limitado del género. Seleccionó a los escritores más apreciados por los conocedores y empezó a leer sus últimas novelas. Wilson detestó lo que encontró. En su opinión, era la vieja fórmula de Sherlock Holmes, pero sin la gracia de Doyle. Rex Stout, Agatha Christie y Dashiell Hammet recibieron la misma despectiva apreciación y declaró que el género detectivesco estaba muerto para él.

Su opinión de experto llegó a miles de lectores. No los justifico, pero ¿cuántos lectores dejaron de buscar libros de Chandler o Christie, solo por miedo a ser considerados “poco serios”? Es una situación que todavía persiste en nuestros días, pero que he visto desvanecerse con las llegadas de las nuevas generaciones. Nueva sangre que creció leyendo libros considerados por otros tipos de expertos (principalmente padres y maestros de escuela) como “una pérdida de tiempo”, pero que para ellos eran magia en papel y tinta. Ellos serán los expertos del futuro y eso me da el aliento para seguir soñando. El tiempo tendrá la última palabra.

  1. De falsos positivos y negativos:

Vamos a imaginar que usted es acusado de un asesinato (para fines del ejemplo, asumamos que no lo cometió). La norma más aceptada es que usted es inocente hasta que se demuestre lo contrario, más allá de toda duda.

Digamos que el juez tiene su propia opinión (quedó en manos de un “experto”) y que su palabra es la ley (ya no suena tan bien la idea del experto, ¿verdad?). Si la conducta habitual de este juez es declarar culpable al acusado si le cae mal a primera vista, es poco probable que se escape un asesino libre, pero tendremos a muchos inocentes en la cárcel. En ese caso, usted se convirtió en un FALSO POSITIVO (es declarado culpable, pero en realidad es inocente).

Ahora, cambiemos de juez. Su compañero es más flexible. En su opinión, usted es culpable solamente si hay cinco testigos presenciales del crimen y hay un video bien filmado donde se vea su rostro con claridad. En ese caso, es poco probable que siendo inocente termine con sus huesos en prisión, pero tendremos muchos asesinos sueltos en la calle. En ese caso, cada criminal liberado es un FALSO NEGATIVO (es declarado inocente, sin serlo).

Lo mismo pasa con los libros. El problema radica en la certeza. En el caso del asesinato, solo hay una verdad (usted cometió el asesinato o no) y lo difícil es probarlo. En el caso de los libros, esa certeza no existe. Lo más cercano es que el autor considere su obra literatura negra (en el caso anterior, usted confesó el asesinato) y queda en la opinión de los lectores (los jueces) decidir si es suficiente. Si tiene suerte, serán miles. Algunos aceptarán su confesión y otros la desecharán. No importa como lo quiera ver, no hay una línea clara donde trazar la frontera y si la hubiera, parecería más una cicatriz sangrante que una línea recta.

Ahora, si los expertos opinan que su obra no es literatura negra: ¿Qué haría si usted fuera el autor? ¿Aceptaría su destino o gritaría a los cuatro vientos que es culpable? Qué la obra que salió de su mente es literatura negra. La respuesta no es tan directa como piensan. Tomen por ejemplo “El camino” de Cormac McCarthy. No es literatura negra, pero sirve para el ejemplo. Es una novela que se desarrolla en un paraje post-apocalíptico donde las personas has recurrido al canibalismo para sobrevivir. A pesar de tener todas las características del género post-apocalíptico, su autor y sus editores lucharon por no permitir que la obra fuera etiquetada como una. “El Camino” es ganador del premio Pulitzer de Ficción del año 2007 y su autor es un escritor “serio”. Ser catalogado dentro de un género donde compartiría espacio con zombis, alienígenas y robots asesinos, podría afectar su credibilidad. Evitar la etiqueta como si fuera una gota de sangre con ébola suena lógico bajo esta amenaza potencial.

La precaución no funcionó y si buscan en la red referencias a esta excelente obra literaria, verán la palabra post-apocalíptica por todas partes. La mayoría de los jueces decidieron que sí pertenecía al género, pero en un sitial de honor dentro del mismo. Una de esas obras que demuestran que se puede encontrar buena literatura, excelente prosa y personajes inolvidables en sitios inesperados. No sé si los editores o McCarthy al final aceptaron su destino, pero no importa. La lección aprendida es que todo depende de la calidad del escritor, no del género al cual se dedique. Mucho menos, de la opinión de los jueces. Después de todo, hasta los asesinos en serie tienen a sus seguidores.

  1. El método científico aplicado a la literatura negra:

El método científico tiene dos pilares vitales: Reproducibilidad (si dos investigaciones son realizadas de la misma manera, los resultados de las mediciones evaluadas deben ser similares en ambos estudios) y replicabilidad (si dos investigaciones similares se realizan con modificaciones en metodología o en el análisis, al final se deben obtener conclusiones no tan diferentes). Estos principios aplican en la literatura negra. Si un escritor lee todas las obras de Hammett y empieza a usar sus herramientas literarias, tratando dentro de lo posible ser fiel a su maestro, lo más probable es que sus libros sean clasificados como literatura negra (reproducibilidad). Si el mismo escritor empieza a leer a otros autores reconocidos del género (Chandler, Ellroy, Thompson) y a usar sus ideas, sus manuscritos ya no sonarán a una copia de Hammett. Serán diferentes y, aun así, serán clasificados como literatura negra (replicabilidad).

Lo malo es que ninguno de los dos garantiza la calidad del producto final y a la larga, los lectores se aburrirán de este autor. Todos sus libros sonarán igual a tantas otras obras ya publicadas y allí sí radica el verdadero peligro de muerte de nuestro adorado género.

La literatura negra no morirá por salirse de los parámetros establecidos por algunos “expertos”. Lo hará por quedarse en ellos. Tal vez no sepan esto, pero en medicina muchas de las conductas tomadas se sustentan en el resultado de un solo o muy pocos estudios. Cuando alguien los repite, los resultados pueden mostrar que lo que se pensaba que servía, realmente no tiene efecto alguno o, incluso, termina siendo dañino. Al final, la evidencia acumulada es la que establece si una medicina sirve para lo que fue diseñada. ¿Qué pasa cuando se llega a este punto? La droga pierde valor como fuente de investigación, pues ya se sabe que sirve. La seguimos usando, pero no despierta interés. Se vuelve algo rutinario.

Yo era fanático de series como CSI y Mentes Criminales. Algunos capítulos poco verosímiles en el camino me fueron desencantando, pero aun así disfrutaba la mayoría. Sin embargo, después de varias temporadas empecé a notar que me interesaba menos. Cuando sale el primer capítulo de una nueva temporada y ya no te apuras en verlo, sabes que la serie perdió su encanto. Se vuelve rutinario y otras series de igual temática (negra), pero con diferentes personajes, historias y escenarios atraparán nuestra atención. Así es como se mantiene vivo un género. No repitiendo siempre lo mismo, sino permitiéndole evolucionar. Dejando que mentes creativas prueben nuevas cosas. Algunas veces funcionará, otras no, pero queda en la decisión del lector/juez la última palabra. En las que funcione, la semilla oscura de estos crímenes en papel seguirá viva, alimentando a generaciones de lectores por años.

Larga vida a la literatura negra.

Texto: © Osvaldo Reyes, 2018.

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