EL DEMONIO DE LAPLACE de Jon Aramendía por Txema Arinas

El demonio de Laplace

Jon Aramendía Huarte

Ediciones Eunate, 2019

ISBN: 978-84-7768-382-7

248 páginas, 15 x 22 cm, tapa blanda.

Sinopsis

 

Una joven que aparece asesinada con un dibujo extraño en la piel.

Un grupo de rock que intenta encontrar el camino de la fama.

Un niño que vio en televisión algo que no debía.

Una investigación liderada por un inspector y una subinspectora condenados a entenderse. Él, cerca de la jubilación y con una visión determinista del ser humano, afronta cada caso como la consecuencia inevitable de una historia personal, casi universal. A ella, mucho más moralista, su implicación en el trabajo le está costando la relación con su hijo.

Tres historias que marchan en paralelo hasta confluir sin aliento en un desenlace que pone en cuestión el libre albedrío.

¿Es este en realidad un espejismo?

¿Te cambiará leer este libro -mirar el mundo- sin fabricar ídolos ni villanos, inocentes o culpables?

 

Reseña

 

El título de esta primera novela del escritor navarro Jon Aramendia hace referencia directa a la conocida teoría de determinismo causal o científico por Pierre-Simon Laplace en 1814. Según el determinismo de Laplace, si alguien (el Demonio) supiera la ubicación precisa y momento de cada átomo en el universo, sus valores pasados y futuros para cualquier tiempo dado serían deducibles de esos datos; podrían ser calculados de las leyes de mecánica clásica.

Dicho de otro modo, el título de esta novela ya nos avanza la tesis que sostiene una trama policiaca en la que se infiere la imposibilidad de escapar a aquello por lo que estamos condicionados, ya sea por nuestro pasado, origen, educación o simple genética. El Demonio de Laplace, en realidad la enésima reformulación de Demiurgo griego que luego sirvió también a los tomistas que pretendieron explicar, siquiera solo entender, la idea de Dios cristiano desde presupuestos más o menos racionales, es la negación de libre albedrío, tema recurrente en las disputas entre las diferentes escuelas filosóficas y teológicas habidas y por haber.

De ese modo, y por lo que respecta a la trama policial que nos ocupa, al lector de queda por saber a lo largo de las doscientos cuarenta y siete páginas de El Demonio de Laplace hasta qué punto se cumplen las leyes del determinismo en lo referente, tanto al móvil del asesino en serie que da origen a la pesquisa policial, como a las decisiones y acciones del resto de los personajes.

De lo primero se encargaran un inspector cuyo pseudónimo, Pierre, es un homenaje al pergeñador de la teoría que nos ocupa, además de una vista del enfoque que éste suele dar a sus casos, y la subinspectora que lo acompaña a modo de necesario contrapunto del determinista en cuestión. En cuanto al resto, el lector tendrá que averiguar, entrever más bien, hasta qué punto pueden escapar del destino al que parecen abocados por sus respectivos bagajes biográficos o personalidades, esto es, de qué manera será capaces de hacer prevalecer su libre albedrío sobre todo aquello que parece condicionarles a actuar en contra de sí mismo, ya sea para hacer frente al temperamento autodestructivo de uno, el tan carismático y como frágil líder del grupo de rock durante cuyos conciertos se cometen parte de los asesinatos de las que luego se descubren como fans del grupo, como a la atracción fatal por este último de otra miembro del grupo cuya naturaleza mucho más templada y reflexiva apuntaría a una incompatibilidad de raíz, si bien no poco más de la mayoría de las relacionadas con el tema del corazón y así.

De cómo se resuelve la trama policial que lleva al inspector Pierre y su compañera hasta el asesino en cuestión, así de lo que resulta de luchar contra aquello que parece “determinar” al resto de personajes a tomar sus propias decisiones, es de lo que dará debida cuenta el lector de El Demonio de Laplace con la ayuda de tres líneas argumentales paralelas. Por un lado tenemos la de la investigación en sí de los policías, luego la historia de los Red Burble, la banda de rock “sinfónico” en la que confluyen tanto las diferentes personalidades en conflicto de sus miembros, incluyendo al tan eficaz como frívolo manager que los arropa en su vertiginoso ascenso de la nada a teloneros de Pearl Jam, y por fin todo lo relacionado con la génesis de ese psicópata con cuyo pasado parece jugar el Demonio de marras. Si bien solo podremos saber de qué forma y bajo qué identidad hacia el final de la novela tal y como es de rigor en una trama policial que no se aparta ni un milímetro de las convenciones del género.

Y digo lo de las convicciones del género como elogio, pues, siquiera en lo que se refiere a la novela policiaca (la novela negra tal como la concibo yo sería otra cosa que se distingue porque la trama siempre es una mera escusa para hacer un retrato más o menos crítico de un ambiente, entorno o periodo histórico concreto), estoy convencido de que cuanto más se ajuste el autor a las leyes del género exclusivamente policial, más eficaz será en su resolución. Una resolución que no es otra que atrapar al lector desde el inicio para llevarlo casi que a rastras hasta el desenlace final. Un viaje que sólo se puede hacer con una escritura perfectamente ajustada a la trama tal y como es el caso de El Demonio de Laplace.

O dicho de otro modo, eso que se dice de una novela que se lee prácticamente de corrido, que no se deja soltar porque el autor ha sabido compaginar a la perfección lo que debe ser el ritmo de la investigación policial, acaso la parte más convencional de la novela, y el relato de las vicisitudes personales y artísticas de la banda de rock (el relato de la génesis del asesino en serie solo despunta hacia el final del libro como suele ser lo habitual), donde, siquiera a mi entender o gusto, la novela adquiere sus más altas cotas de interés por muy trilladas que nos puedan parecer todas estas historias de los tiras y aflojas entre los miembros de una banda de rock, y que en realidad sirven para confrontar personalidades de los más dispares tal y como es el caso.

Por eso si tengo que destacar algo por encima del tono por lo general correcto de la novela, sobre todo eficiente, eso es en mi opinión todo lo relacionado con los pormenores de los Red Burble, esto es, el desarrollo de las diferentes personalidades de sus miembros y los conflictos entre ellos. Lo cual no quita, por supuesto, para que el final sea todo lo sorprendente que exige el género policial en concreto, en realidad el que nos da la medida de la novela, si funciona o no.

En este caso lo hace y con creces: ha merecido la pena el viaje. Y no solo porque hayamos estado entretenidos, sino también, o sobre todo, porque hemos tenido la oportunidad de darle vueltas a la cabeza con la idea de si de verdad hay un demonio que determina los actos de las personas contra su voluntad o no, algo que solo llegando al final de la novela podremos constatar a través de los ojos del autor. Que convengamos con él o no ya es otra cosa.

Yo, por mi parte, no he podido sino traer a colación esta cita del filósofo del pesimismo por excelencia, el redomado cascarrabias Arthur Schopenhauer:

“Todos creen a priori que son perfectamente libres, aun en sus acciones individuales, y piensan que a cada instante pueden comenzar otro capítulo de su vida… Pero a posteriori, por la experiencia, se dan cuenta —a su asombro— de que no son libres, sino sujetos a la necesidad; su conducta no cambia a pesar de todas las resoluciones y reflexiones que puedan llegar a tener. Desde el principio de sus vidas al final de ellas, deben soportar el mismo carácter…”

 

 

Reseña: Txema Arinas, 2020.

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