El Carvalho de Zanón por Txema Arinas

No sé de veras si hay que ser muy valiente o inconsciente, o ambas cosas a la vez, para aceptar un reto como el de resucitar al Carvalho de Manuel Vázquez Montalbán con el fin de ponerlo a punto y sobre todo en nuestros días. Sin embargo, estoy convencido de que si había algún escritor contemporáneo capacitado para dicha tarea el más idóneo para ello era sin lugar a dudas Carlos Zanón, probablemente el más digno sucesor de una saga de escritores de novela negra (Vázquez Montalbán, González Ledesma, Andreu Martín, Giménez Bartlett, etc.) que tienen a Barcelona, no sólo como escenario de sus tramas, sino también como personaje omnipresente.

El porqué, como con todo, es bastante subjetivo y por ello injusto, pues siendo Zanón uno de los escritores de novela negra más reputados, consagrado incluso, que ejercen en cierta manera de cronistas de esa Barcelona negra contemporánea, tampoco es el único. Así que si digo que a mi juicio es el más dotado de su generación, siquiera en lengua castellana, lo es tal que a sí, a mi juicio. De hecho, y aquí va otra afirmación completamente subjetiva, creo que si alguien podía resucitar al Carvalho descreído, contradictorio, cínico, patológicamente individualista y alérgico al compromiso, y aun así y todo irremediablemente sentimental de Vázquez Montalbán, ese era Zanón en virtud del aliento poético de su escritura, más literaria que exclusivamente argumental, más de interiores de personajes que de exteriores de tramas negras o acción pura y dura.

Ni más ni menos que lo que pretendió Vázquez Montalbán en su momento, esto es, crear una saga negra con un detective como protagonista con el que pudiera sentirse cómodo transitando en los diversos ambientes de la Barcelona de la Transición, desde los inevitables fondos negros desde el Barrio Gótico a la Barceloneta con sus personajes más o menos marginales a esos otros no menos negros de los barrios altos donde vive la burguesía catalana con sus personajes, empresarios, políticos y otros vividores de toda índole, también más o menos antisociales. Una saga negra que para Manuel Vázquez Montalbán era sobre todo una excusa para diseccionar la España de su época, ya fuera con el propósito de poder hacer así también crítica sociopolítica como escritor comprometido que era, como para recrearse que un eterno homenaje a su ciudad y sobre todo a las cosas que más amaba en la vida, y de las que la comida solo era la más mundana de todas.

Entonces llega Carlos Zanón con varias décadas de salto generacional, con sus inquietudes, o sería mejor decir mirada, muy de su época y su mundo personal, y resucita un Carvalho con el que, se supone, quiere homenajear al original. Y lo hace de un modo muy inteligente, valiéndose de la argucia de escribir un Carvalho que sería el auténtico, esto es, aquel en el que se inspiró “el escritor” para recrear el suyo. De ese modo, el Carvalho de Zanón es un personaje que ha llegado hasta nuestros días ya libre de la carga de ser el modelo en el que se inspiraba “el escritor”, y que por lo tanto no se debe tanto al personaje de éste como al que nos pone en escena este otro escritor joven.

Pero, claro, no deja de ser el detective descreído, contradictorio, cínico, patológicamente individualista, alérgico al compromiso y en el fondo un sentimentaloide de tomo y lomo, el cual prestó en su momento su personalidad y su entorno al otro “escritor” para que le sirviera de modelo. De modo que ahí está Pepe Carvalho con sus taras, con su Biscuter y sus comistrajos, sus secretarias deslenguadas y entrometidas, con su barrio de toda la vida y sus personajes tan atrabiliarios como los de hace más de veinte años, sus mossos de ahora y el proces de tela de fondo pero no mucho, con su trama con mujer fatal y crimen escabroso, con sus viajes a Madrid para servirse del contraste entre una ciudad y otra, acaso entre dos versiones del mismo país.

Y la novela funciona y mucho porque ese Carvalho, que ya sabemos que no es el del “escritor”, sí lo es el de Zanón. Así que lo que de verdad tenemos entre las manos en una novela de Zanón sobre la que despliega su inconfundible estilo, esto es, en la que este Carvalho nos conduje a la largo de una trama más o menos consistente sin que apenas reparemos en ella, sin que su resolución nos importe demasiado, apenas un mero trámite, como solía suceder también en las novelas de “el escritor” donde la recreación de personajes y ambientes eran lo más importante, el verdadero atractivo de éstas, gracias a ese aliento poético, a ratos melancólico y a ratos mordaz, ese pulso meticuloso con la realidad,  a rebosar de humor y una prudente y escéptica distancia sobre las cosas,  que caracteriza la escritura de Zanón. Y de ese modo y con la ayuda de Carvalho, Zanón nos ofrece otro maravilloso relato contemporáneo de la ciudad y su época, si bien que salpicado ocasionalmente con referencias a la saga de ese otro del “escritor” para que nos olvidemos de que en el fondo se trata de un homenaje.

Y ahí está el problema, aunque en realidad se venía venir porque en la práctica resulta imposible que ningún escritor escape del homenaje al que se debe y por lo tanto a la comparación, que llega un momento, si bien a mí esto sólo me sucede hacia el final de la novela, que la impronta zanoniana no es suficiente para olvidar que en realidad estamos hablando de Carvalho, sea o no éste el original del “escritor”, que lo que tenemos entre las manos no es otra novela de Zanón con Barcelona de telón de fondo.

En efecto, llega un momento en el que echas en falta que el nuevo “escritor” te hable del verdadero Carvalho, que te cuente algo más de las cuatro cosas sueltas que ha dejado entrever acerca de su pasado, que te diga qué diablos ha sido de la Charo, qué coño ha estado haciendo este hombre todos estos años desde que al “otro” le dio un patatús en el aeropuerto de Bangkok, da igual que sea en lo exclusivamente personal, material e incluso ideológico. Porque este nuevo Carvalho mira en exceso sobre lo cotidiano, lo concreto, y sobre todo sus adentros más inmediatos, sin pararse ya a reflexionar en las cosas que ocupaban al otro no pocas páginas, este Carvalho de Zanón pasa sobre la actualidad como de puntillas, se diría que más que descreído harto de todo lo que tenga que ver con la política o el mundo en general.

De hecho, hasta empiezas a mosquearte porque Biscuter ha sido relegado a una mera referencia que aparece lo justo y que cuando lo hace es en la pantalla de un televisor como concursante de un programa de cocina, esto es, como si Carvalho se lo hubiera quitado de encima para entregarse de lleno a su propio ego, circunloquios sobre sí mismo que hacia el final de la novela empiezan a lastrar un poco bastante tanto la trama, resuelta así como a todo correr. Un Carvalho que de repente ya no deslumbra tanto con esa mirada tan lírica como vitriólica, sino que empieza a resultar un tanto pesado por ensimismado y redicho. Tanto que uno no puede evitar la tentación de cerrar el libro y tirarse de cabeza a las baldas de su biblioteca en búsqueda de los Carvalhos del “escritor”, sí, el que quemaba libros y ahorraba en palabras. De hecho, lo primero que voy a hacer en cuanto acabe esta reseña, o lo que sea, va a ser abrir Asesinato en el Comite Central, a ver si me acuerdo cómo era aquel Carvalho de los ochenta, el de verdad.

 

Reseña: © Txema Arinas, 2019.

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