Dedicatoria – Citlalmina Yadira


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Hay veces que me alegra no tenerlo cerca, que aprovecho si llega tarde del trabajo para estar sola, tomar café sin parar y sobre todo sin sermones que si los dientes o que si el mal aliento, o en el mejor de los casos, servirle el suyo y poder terminarme la cafetera; ver las películas que quiera sin reproches de que ya las he visto o escuchar la música que se me antoje sin burlas de mi mal gusto. Siempre me dicen que debe ser bellísimo vivir con un escritor, ser su musa y colega, estar siempre en sintonía, ser el uno para el otro, aunque la verdad es que los escritores no somos precisamente las personas más compatibles y sensibles del mundo. Sus manías metódicas y mi adicción al caos, que en algún momento nos hacían decir que adorábamos nuestras diferencias, son ahora los protagonistas más comunes de azotes de puertas y mentadas de madre.

En ocasiones lo odio ya sea porque sé que tiene razón al reclamar que gasto demasiado en “pendejadas” (entiéndase rollos y papel fotográfico, dice que la fotografía es un pasatiempo burgués) o porque alguno de sus cuentos se publique antes que los míos. Casi no le doy a leer lo que escribo, sé que encontrará errores y falta de forma hasta en la última coma, prefiero serle infiel en mis cuentos, que esa protagonista se acueste con su mejor amigo o que le robe de a poco dinero de la cuenta mancomunal; sin que vea nada sino hasta la publicación con su nombre en la dedicatoria: A mi gran amor.

Me gusta pensar que son patéticas sus infidelidades por venganza, que llora cuando se acuesta con mi prima o que sólo cuida que yo escuche cuando llama alguna de sus amiguitas del trabajo. Que su despecho le hace imposible gozar sus aventuras, que me llora más de lo que las besa; sí, eso debe ser. He considerado dejarlo, pero luego recuerdo los comentarios de todas las que lo conocen: “es un gran partido, qué bueno que lo atrapaste” volvemos a la sobreentendida compatibilidad entre colegas, “se ve que te apoya en todo, no lo dejes ir” si supieran lo sola que he estado desde que me casé, “hasta que encontraste a alguien que te acepta que no le laves ni le cocines” hasta el mote de feminista maltratado se colgó, o incluso “seguro es el único que aguanta tu carácter” mi madre, por supuesto; y están en lo cierto, nadie aceptaría vivir con una celosa histérica a quien sólo le importan sus libros, depilarse y su café.

Estoy harta, prefiero volver a ser la solterona amargada, deprimida y falta de autoestima que fui hace cinco años (situación que sólo ha cambiado en mi estado civil) a seguir odiando la vida a su lado y a mí por atarme a ella. Tristemente, sé que lo más a lo que me atrevo es a otro desquite literario, a matar a un personaje que de nuevo inspiré en él, ese periodista egocéntrico que golpea a su mujer y está a punto de tener un hijo con su amante. La parte más gratificante es pensar el modo de matarlos, esa explosión de creatividad en el relato, paso diez minutos pensando en la psicología del personaje y me lleva días decidir cómo acabarlo, hay que ser cautelosa, no es correcto terminar con alguien tan importante, alguien que inspira tanto desprecio con cualquier puñal o revólver, hay que tomarse un momento para encontrar el método que iguale el odio emanado por la víctima aunque no se llegue a la excentricidad con ello. Este tipo es violento pero inteligente, indiferente pero meticuloso, soberbio pero crítico; me encantaría matarlo lentamente, disfrutando uno por uno sus últimos instantes. Ya está. Deberá ser en algo que ingiera de manera cotidiana al lado de su fiel esposa, un momento que disfrute sin sospechas y que disimule el olor a almendras. Escribo emocionada, casi puedo sentir la desesperación al preparar la taza, la lágrima que accidentalmente cae dentro de ella, el dolor de perderlo y la ansiedad de libertad, las teclas suenan como latidos entre mi respiración entrecortada que se acelera mientras más me acerco al final… dejo el escrito, miro el reloj, son casi las diez y ya tengo su café servido.

© Citialmina Yadira Guadarrama. Todos los derechos reservados.

 

Citlalmina Yadira Guadarrama nació en México en 1991. Graduada en Lengua y Literatura Hispánica en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. En 2012 participó en el Seminario “Literatura y Política en América Latina” en la Universidad. Becaria en el Festival Cultural Interfaz Acapulco organizado por ISSSTE-CULTURA en 2015. Ha colaborado en la revista electrónica El Soma y trabajó en la Comisión de Consultas de la Academia Mexicana de la Lengua.

 

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