Novela por entregas, El asesino imaginario por Fernando Arnáiz (Cap. 4,5 y 6)

IV

El talento del señor Prado

por Sito LómaX

Capítulo 2. Un nuevo intento

Prado cogió un taxi hasta el comienzo de la calle Ponzano. Le dejó una pequeña propina al taxista, quien le correspondió con algo parecido a un gruñido. Se encaminó en dirección al portal en que se encontraba el mendigo la noche anterior. Lo hizo por la acera de enfrente, con aire despreocupado. La tormenta caída de madrugada, poco después de regresar a su domicilio, había dejado paso a una mañana soleada y un aire inusualmente fresco y limpio. Satisfecho, se puso las gafas de sol, con una sonrisa autocomplaciente en los labios.

Transcurridos doscientos metros, giró la vista hacia un punto situado en la acera de enfrente a dos manzanas de distancia. Frunció el entrecejo: no se veía movimiento alguno. De haber salido todo como lo había planeado, el portero del edificio debería haber despachado ya al mendigo de su cobijo nocturno, antes de que apareciese el encargado de la librería. Y, al ver que no se despertaba, y que ni los golpecitos que le daba con el pie ni las voces que le daba hacían mella en el indigente, se habría puesto los guantes de látex que llevaba siempre colgando del cubo de la limpieza, y se habría agachado para ver si seguía vivo. La ambulancia y la policía se habrían presentado ya y el lugar debería ser a esas horas un hervidero de curiosos, deseosos de satisfacer su morbo tras las cintas desplegadas por los agentes en su afán por mantener alejados del escenario del crimen a los extraños.

Pero allí no había un alma. Enfrascado como estaba en sus pensamientos, preguntándose cómo podía haber salido mal la cosa, a punto estuvo Prado de chocar con el susodicho mendigo quien, fresco como una lechuga impregnada de tintorro, empujaba el carrito con sus enseres calle abajo.

—¡Perdón! —Prado no pudo evitar la disculpa, sorprendido por la súbita y fantasmagórica aparición.

El mendigo articuló unas palabras chiclosas en las que Prado pudo reconocer el idioma kazajo, que llevaba unos meses aprendiendo. “El sol orinó las chuletas”, creyó entenderle. Aquello no tenía sentido, se dijo, tendría que dedicarle a aquel idioma más horas de estudio.

Cruzó la calle. El portero no había limpiado aún el entrante del portal. En el suelo, algunos papeles de un periódico gratuito, un insoportable tufo a orina cetónica y, en una esquina, un brik de Don Simón. Se acercó, lo cogió y lo sopesó agitándolo un poco: vacío. Estudió la boca abierta del envase: cortada a tijera con un ángulo de 30 grados. Era el brik que había dejado él la noche anterior, con el vino envenenado con arsénico.

Esa misma noche, Prado regresó a hacerle una visita al indigente con un nuevo brik de vino, esta vez con el doble de dosis. Tenía que asegurar el tiro.

 

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V

Cuando Sito se levantó al día siguiente y encendió el teléfono, vio que tenía un mensaje de Menchu: había pasado una mala noche, con la cabeza dándole vueltas sin parar al asunto de Brisson, y le pedía que le avisase cuando llegase al museo.

Dejó el teléfono en la mesilla, salió de su habitación y se fue al baño. Observó la cara de muerto matinal que le miraba desde el espejo del baño, como todos los días. Las entradas del pelo eran más grandes que el día anterior, pensó. Hoy sí que sí. Quizás debería raparse al cero. ¡Total, para los cuatro pelos que le quedaban! Bueno, cuatro… Tampoco es que fueran cuatro, pero se habían ido distanciando tanto entre sí que ya no alcanzaban a darse la mano unos a otros. Además, los tíos jóvenes con la cabeza afeitada, sobre todo si se daban rayos UVA y se la untaban de aceite, parecían más hombres, más seguros de sí mismos. Tal vez no fuera una mala idea. ¿Le gustaría a Menchu? Se dio una ducha rápida, desayunó un café con madalenas y salió de casa.

Una vez en el museo, dejó la chaqueta en la casita y avisó a Menchu de que la esperaba en el chiringuito situado frente a la facultad de Industriales. Pidió dos cafés solos. Menchu apareció poco después, cogió el café que le tendió Sito, le dio uno de aquellos besos que a tan poco le sabían a él y se dirigió a una de las mesas del bar terraza.

—Tenemos que ir a hablar con Brisson —le espetó Menchu nada más sentarse.

—Pero si dice Cárdenas que no se puede hablar con él, que está sedado.

—Cárdenas, Cárdenas, ¿tú te crees todo lo que dice Cárdenas?

—Hombre… no…

—Pues entonces. Hay que enterarse del hospital en el que está ingresado y del número de habitación.

—Podríamos llamar a los hospitales, haciéndonos pasar por policías.

—Sito, lees demasiadas novelas de misterio.

—Pues entonces, no sé… ¿Qué tal por un familiar que no consigue dar con él desde hace varios días?

—Ya… y puestos a ello, ¿por qué no llamas directamente a la Policía y se lo preguntas, haciéndote pasar por un hermano? ¡Si es que tienes unas cosas!

—Oye, pues no se me había ocurrido. Aunque tendré que poner acento francés.

—¿No lo dirás en serio?

—Pues… ¡sí! En las novelas estas cosas siempre funcionan, así que será que en el mundo real también. Los escritores se documentan mucho.

—Ya. ¿Y desde cuándo hablas francés?

—No, si no lo hablo. Pero el acento lo clavo.

—¿Y si el inspector que te coge la llamada resulta que habla francés y se le ocurre aprovechar para practicarlo un rato?

—Pues nada, cuelgo y listo.

—Bueno —dijo Menchu con cara de circunstancias—. Por probar, supongo que no perdemos nada.

A la hora de comer se volvieron a ver en un rincón del pequeño jardín que rodeaba parcialmente el lateral y la parte trasera del museo. Sito sacó el móvil del bolsillo.

—¿Por qué no me dejas a mí? —dijo Menchu.

—¡Que no, que no, que no…! Que ya te he dicho que clavo el acento. Además, he estado practicando un rato, mirando alguna palabreja…

Menchu enarcó las cejas.

—Vale, como quieras. Pero a la mínima sospecha de la poli, cuelgas.

Sito marcó el 091 y esperó a que le atendieran. Con un acento francés macarrónico, explicó a la operadora que estaba intentando localizar a su hermano, que hacía varios días que no daba señales de vida. Que sabía que se alojaba en el Hotel Serrano, y que allí le habían informado de que había sufrido un atraco y se encontraba hospitalizado.

—Un momento, le paso.

Un par de minutos más tarde, se oyó la voz de una mujer al otro lado de la línea.

—Inspectora Freire. ¿Con quién hablo?

Bon jour! —dijo Sito guiñándole un ojo a Menchu, que acercó la oreja contra el móvil para no perder ripio de la conversación—. Mi nombge es Gastón Bgisson. Mi hegmano, Pascal Bgisson está en Madgid desde hace unos días, y se aloja en el Hotel Segano. Cgeo que tenido un acsiden, un atgac y está en el hospital, pego en su hotel no sabemos decig en cuál.

—Ya veo… y quiere saber usted en qué hospital se encuentra…

Et oui, sí, eso es.

—Um, déjeme ver. ¿Cómo se escribe Bgisón?

—Sí, deletgeo, oui? Ah… be, ge, i, ese…

Menchú empezó a gesticular, negando con la cabeza y pidiéndole que parara. Sito se calló y ella acercó la boca a su oído.

—Be, egue…, no ge… Egue, egue

—Pegdone —continuó Sito, es que haya un… comme se dise… ah, sí, un abeja que me está incogdiando, ¿sabe usted? A veg, sí, Bgisson: be, gue, i, esse, esse, o, en.

—¿Be, gue?

Oui, be, gue.

—¿Gue o erre?

—Eso.

—¿Erre?

Oui, oui, egue.

—¿Y acaba en ene?

Oui, en en.

—A ver… un momento… —Se oyó teclear en un ordenador. — Brisson, Pascal, a ver… Sí, aquí está. Ta, ta, ta, ta… sí, vale… Bueno, pues parece que sí, que su hermano recibió una buena tunda. Pero no fue un atraco, se metió en una pelea. Está en… Perdone, pero usted ¿dónde vive?

—Mua? En Pagís, clago está.

—Pero me está llamando desde un móvil español…

Menchu y Sito entraron en modo pánico.

—¿¡Qué le diiigooo!? —le dijo a Menchu, tapando el auricular del móvil, con la característica cara de estreñido que ponía cuando se estresaba.

—Que estás de vacaciones en España, en casa de un amigo —le dijo Menchu al oído.

Aló? Sí, pegdone, me decía…

—Que me llama usted de un móvil español. ¿Está aquí, en Madrid?

—No, no, estoy en… Togueviega, en casa de un amí. Y me ha dejado su telefón.

—¿Togueviega? ¿Y eso dónde queda?

—¿Togueviega? Pues en Alicant, ¿no lo conose?

—Ah… ¿Torrevieja?

Oui.

—Joder —se oyó decir en voz baja a la inspectora.

—Entonces, mi hegmano, ¿sabe cómo está? ¿Está mal?

—Pues parece que le rompieron algunas costillas y alguna cosa más, pero eso mejor que se lo expliquen los médicos. Está en la Fundación Jiménez Díaz. Habitación 3240.

—Ah… pegfecto, muchas gracias.

—¿Cómo ha dicho?

—Que pegfecto, que muchas ggacias…

—Ah, es que me había parecido oírle decir gracias.

—Clago, eso he dicho.

—Me refiero a gracias, con erre, no a ggacias, no sé si me entiende…

Menchu se echó las manos a la cabeza.

—Ah, oui, mon chegí, pego no, no, imposibl, no sé pgonunciag la egue, ja, ja, ja. Muchas ggacias de nuevo, inspectoga Fgeige.

—De nada, señor Brisson, que tenga un buen día. Espero que su hermano se recupere pronto.

Aquella tarde, poco después de las siete, Menchu y Sito se presentaron en el hospital.

—Si preguntan, somos compañeros del trabajo, ¿vale?

—¿Y por qué no me hago pasar otra vez por su hermano? Ya has visto que lo clavo.

—Ya… ¿O sea que le vas a hablar a Brisson en español con acento francés?

—Claro, si no se notaría que soy español.

—Así que el hermano de Brisson, cuando habla con él, lo hace en español… Su hermano. ¡Que son franceses, Sito, los dos, por favor!

—Sí, perdona, es que estoy un poco nervioso con todo esto. ¡Resulta tan emocionante! Es como en las pelis…

—Ya, pero es que esto no es una peli. Ni una de esas novelas que tanto te gustan. Así que no nos compliquemos. Somos eso… compañeros del museo que han venido a verle. Algo nos dirán, digo yo.

—Tenía que haberme traído la placa de policía.

—¿Qué placa de policía?

—Una que tengo de un disfraz.

—Ya, y ¿de qué ciudad es esa placa?

—De Nueva Yo… Vale, sí, ya veo, tienes razón, somos compañeros del museo.

Llegaron a la tercera planta y siguieron las indicaciones que llevaban a la habitación de Brisson. La puerta estaba entreabierta. Menchu golpeó con los nudillos y entraron. Había dos camas separadas por una cortina. La primera estaba vacía. Brisson se encontraba en la segunda, con una mano enyesada y una venda cubriéndole parte de la cabeza. Miraba por la ventana situada a su izquierda. No les había oído entrar.

—¡Que está despierto! —le susurró Sito a Menchu.

Se acercaron un poco más.

Bon jour, Gustave! —saludó Menchu.

Brisson volvió la cabeza y se los quedó mirando con el ceño ligeramente fruncido. Sito le saludó con la mano y una extraña sonrisa en la boca. El rostro de Brisson se distendió al reconocerles.

—¡Cagmen, José Luis! Pego, ¿cómo es que están aquí?

—Hombre, ¡qué menos que venir a hacerle una visita!, ¿no? —dijo Menchu—. ¿Cómo se encuentra?

—Puf, fastidiado… Sobge todo las costillas. Si me muevo, veo tgeinta y seis velas.

—¿Treinta y seis velas? —Sito se volvió hacia Menchu y le dijo en voz baja:— Será la morfina…

Eh… oui, comme on dit en espagnol? Bon, da igual, quiego decig que me duele mucho. Son très gentil de venig a visitagme. Pgimego monsieurgdenas y ahoga ustedes…

—¿Cárdenas ha venido a verle?

Et oui, ayeg pog la tagde précisément.

—Ah, pues que bien, entonces le han quitado la sedación muy pronto…

—¿Sedasión? Mais, non, no me han dogmido, que yo sepa.

—Pues nuestro jefe nos dijo que…

—No, no. ¿Lo dice por la cabesa? —dijo señalando el vendaje—. Una bgecha sans importance. Mucha sangge, eso es todo.

Le preguntaron por las circunstancias de lo sucedido. Brisson les explicó que el domingo por la tarde, Delgado le había invitado a cenar como muestra de cortesía.

—¿Delgado, el conservador? —le interrumpió Sito.

Et oui, ¿hay otgo Delgado en el museo?

—No, no, es que no nos habían dicho que…

Menchu le dio un pellizco en el culo haciendo que Sito diese un respingo.

—Pero Sito, claro que sí, nos lo dijo el jefe, ¿no te acuerdas?

—Ah, ¿sí?

Menchu le hizo un leve guiño con el ojo derecho, fuera de la vista de Brisson.

—¡Pues claro! No le haga caso, ¡tiene una memoria de pájaro! Pero siga, siga…

Brisson continuó explicando que, después de la cena, Delgado había insistido mucho en ir a tomar una copa, y que él se había resistido porque no era de tomar alcohol ni de pernoctar, pero Delgado no había parado hasta convencerle de que le acompañara.

—Al final acepté pogque me pageció feo, después de que me dedicaga la noche del domingo, pudiendo estag con su familia…

Delgado le llevó a un bar de copas cercano, un lugar con mucho ambiente, con personas de mediana edad, música disco algo retro, una pequeña pista de baile y algunas y algunos gogós, retorciéndose como serpientes alucinadas sobre unas plataformas elevadas y en jaulas colgadas del techo.

—Pedimos unas copas y al cabo de un gato, monsieur Delgado se excusó paga ig aux toilettes, al segvicio. Entonces alguien me dio un empujón, pog la espalda. Un tipo calvo, muy fuegte. Con caga de bguto. Casi me caigo al suelo. Pensaba que me pediguía pegdón, pego se dio la vuelta y empezó a ggitagme. La vegdad, no entendía bien lo que decía, pogque había mucho guido y hablaba super vite, muy gápido. Queguía que yo le pedía pegdón, pego clago, yo me negué.

Al parecer, el tipo aquel se fue poniendo más y más violento, probablemente llevaba encima unas copas de más. Empezó a empujar a Brisson y en ese momento alguien empujó al francés por la espalda, haciendo que chocara contra aquella mala bestia. El tipo, pensando que Brisson intentaba atacarle, le arreó un puñetazo en el estómago, Brisson se dobló del dolor, el otro le dio un golpe en la espalda tirándole al suelo, y una vez ahí, comenzó a arrearle patadas. Brisson no recordaba nada más. Lo siguiente fue despertarse en una ambulancia, camino del hospital.

—Lo habrá denunciado a la policía.

—Sí, bueno, estuviegon aquí pgeguntando. Ayeg pog la mañana. Quegían que les contase lo que había pasado, supongo que paga veg si ega lo mismo que les habían contado en el bag. Y paga decigles cómo ega el tipo aquel. Pego solo sé que ega calvo, más o menos como usted, José Luis, pego mucho más fuegte y más alto. Y que tenía un… ¿cómo se dise? ¿cicatgis? ¿Se dise así, cicatgis?

—Sí, cicatriz.

—Un cicatgis no muy ggande, que le pagtía un sourcil en dos —dijo señalando una de sus cejas.

Estuvieron unos minutos más charlando, por cortesía y, tras desearle una pronta recuperación, se despidieron.

—Por cierto —dijo Menchu, dándose la vuelta—, ¿conoce bien a monsiuer de Rugy? Es el nuevo correo que envían de París para sustituirle.

—De Rugy. Oui, es un consegvadog estupendo. Un poco anticuado, es vegdad. Debeguía habegse getigado ya, pego le gusta mucho su ofisio así que ha seguido tgabagando. Pego está un poco mayog, no sé si me entiende, con muchos… eh…  ¿males? típicos de la vejez. A la fin del mes tendgá setenta años y monsiuer le Directeur ha dicho que es hoga de que se getigue. No es espesialista en aves, mais en mamífegos, pego ha montado muchas exposisión, no habgá pgoblema. Es muy compétent.

Menchu y Sito dejaron el hospital convencidos, más que antes, de que Cárdenas ocultaba algo. Si no, ¿por qué les había dicho que Brisson estaba sedado? ¿Y qué papel jugaba Delgado en todo aquello? ¿Habría sido la invitación a cenar nada más que eso? ¿Una muestra de buena voluntad, una manera de tratar bien al correo del Museo de Historia Natural de París para quedar bien con la institución con vistas a futuras colaboraciones? ¿O habría sido todo un pretexto para poderle llevar a aquel bar de copas para que alguien, contratado por Cárdenas, le diese una paliza y quitárselo de en medio durante la retirada del alca gigante de la exposición? Pero, de ser así, ¿con qué motivo? Nada parecía tener sentido.

—¿Vamos a tomar unas cañas?

—No puedo, lo siento —contestó Menchu—. Cárdenas me ha pedido que vaya a recogerle al aeropuerto. Que le acompañe al hotel y lo lleve a cenar.

—¿Y eso para qué?

—Según Cárdenas, como gesto de buena voluntad. Y para lavarle un poco la cara al museo. Quiere quedar todo lo bien posible después del asunto de Brisson.

—Pues podía llevarle él a cenar, que para eso es el jefe. O que vaya el director, ya puestos…

—Sería lo suyo, pero lo hace para fastidiarme. Sabe que lo de ir a comer o cenar con los clientes me resulta un coñazo.

—¡Qué cabronazo!

—Bueno, te dejo. Voy a pillar un taxi, que se me hace tarde.

—Pídele que esté a las ocho y cuarto en el museo. Para hacer la sesión de fotos, ya sabes…

—Tranquilo, se lo digo.

Menchu le dio un beso en la mejilla, dejando en Sito la desazón de una nueva oportunidad perdida.

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VI

En esta ocasión no hubo retraso alguno. Monsieur de Rugy se presentó a la hora establecida. Con una abundante cabellera, más propia de un joven adolescente que de quien estaba a punto de entrar en la tercera edad, André de Rugy caminaba despacio y algo encorvado. Corto de vista (las lentes de sus gafas de pasta eran tan gordas que empequeñecían sus ojos hasta dejarlos en un par de puntos que podrían haber pasado por arañas), se acercó a la vitrina del alca gigante hasta casi tocarla con la punta de la nariz. Arrugando el entrecejo, lo revisó de arriba abajo, hasta que, satisfecho, le indicó a uno de los operarios que podía retirar la vitrina.

Sito colocó una pantalla neutra detrás del animal naturalizado y, acto seguido, acercó el trípode. Cogió el fotómetro y lo colocó en distintas zonas, delante del alca, tomando medidas de la intensidad de la luz, para establecer la exposición correcta. Cuando alguna institución realizaba el préstamo de alguna pieza, el correo de la misma solía realizar un reportaje fotográfico tanto durante el desembalaje y montaje como al finalizar la exposición, para atestiguar que el ejemplar no había sufrido daño alguno. En ocasiones, cuando se trataba de una pieza especialmente valiosa, de esta tarea se encargaba la propia compañía de seguros. Si se trataba de una obra de arte, la póliza, denominada de “clavo a clavo” cubría toda la operación; una póliza que entraba en vigor en el momento en que la obra era descolgada del clavo o clavos de los que colgaba en la pared de origen hasta que volvía a estar colgada de los mismos. El museo no era ajeno a las obras de arte. En cierta ocasión recibió una pieza del Tesoro del Delfín del Museo del Prado (tesoro que había estado, durante décadas en el propio museo, en sus primeros tiempos); y contaba con una pintura de Goya en la que aparecía una osa hormiguera que le habían regalado a Carlos III en el siglo XVIII.

Pero lo más habitual era que fuese el propio correo del museo el que se encargase de hacer sus fotos, a la llegada y a la partida. Y ahora que los móviles tenían unas cámaras más que decentes, ya no se complicaban con costosos y complicados equipos fotográficos. El museo, en cambio, seguía usando su servicio fotográfico, tanto para su archivo documental como para la realización de los catálogos de las exposiciones, pero también para su utilización en su página web y en su revista digital. Sito ya había realizado una serie de fotografías a la llegada del alca al museo pero, tras revisarlas detenidamente, había observado que algunas de las tomas eran mejorables. De ahí su decisión de aprovechar el desmontaje de la exposición para hacer una nueva tanda, con el alca ya fuera de la vitrina.

Llevaba veinte minutos así, tomando medidas de luz y sacando fotos desde todos los ángulos y distancias posibles, e incluso cambiando de objetivo, cuando, de repente, se oyó una voz atronadora y a la vez temblorosa:

—¿Se puede saber que estás haciendo, Lomas?

Cárdenas, estaba en la entrada de la sala. Parecía haber perdido el color del rostro y se le veía completamente descompuesto.

—Pues… haciendo unas fotos, jefe.

—¿Y se puede saber con la autorización de quién?

—Bueno, se lo dije a Menchu y ella me dijo que adelante…

—¿Así que Menchu? Y yo, aquí, ¿de qué estoy? ¿De adorno? —gritó Cárdenas.

Conchi, la vigilante, se había acercado al oír los gritos, intentando quedar fuera de la vista de Cárdenas.

—No, jefe, pero como ella es la coordinadora de esta exposición…

—¡Trae aquí la tarjeta!

—¿Cómo?

—¡Que me des la tarjeta de memoria!

—Pero jefe…

—¡Ni jefe, ni jefo, ni la madre que me parió! ¡Que me des la tarjeta, coño! —El color de la cara de Cárdenas empezaba a  hacer honor a su apellido.— ¿O quieres que te meta un parte?

Sito, con cara de no entender nada, abrió un compartimento lateral de su cámara, sacó la tarjeta y se la entregó.

—¡Se va a enterar la niñata esta!

Monsieur De Rugy, que había presenciado la escena sin comprender bien qué sucedía, se quitó las gafas, las limpió y se las volvió a poner, como si con aquel gesto pudiera entender el numerito.

Cárdenas se dio la vuelta con su habitual maniobra militar y salió disparado en busca de la pobre Menchu. Sito salió detrás de él en dirección a la casita, rogando que Menchu no estuviera allí, para poderla encontrar antes que Cárdenas y ponerla sobre aviso. Salieron del edificio como una pata seguida de su patito (Cárdenas le sacaba más de una cabeza a Sito, que era más bajo que la media), cruzaron el jardín trasero y entraron en la casita. Menchu estaba en la sala situada al fondo, hablando con Mercedes, la responsable de la revista del museo.

—¡Menchu! ¡A mi despacho!

Menchu miró la cara de enojo de su jefe, miró a Sito que, a espaldas de Cárdenas, la miraba con gesto de cabra degollada, y siguió los pasos de su jefe a su despacho, situado al lado de la sala. Todos pudieron oír el chaparrón que, durante varios minutos, tuvo que soportar. Cárdenas, lejos de bajar la voz para que la bronca quedase entre él y su subordinada, parecía esforzarse porque nadie fuese ajeno al rapapolvo. Mercedes y Lalo, que se encontraban en la sala cuando había aparecido Cárdenas, miraron a Sito, interrogándole con la mirada. Este solo pudo encogerse de hombros y levantar las cejas, gesticulando con los brazos para hacerles ver que tampoco él entendía bien a qué venía tanto lío. Menchu salió poco después del despacho, llorosa, con la cara desencajada, y salió a toda prisa del edificio. Sito la buscó, sin éxito, durante toda la mañana. Poco antes de las dos, recibió un mensaje de ella en el que le pedía que comiesen juntos en un italiano cercano.

Sito entró diez minutos después en el restaurante. Las mesas estaban separadas por unas mamparas que llegaban a la altura de la coronilla y ofrecían cierta intimidad a los comensales. La encontró en una de las últimas mesas, al fondo del local, que se encontraba ya lleno.

—¿Cómo estás? —le preguntó sentándose frente a ella.

Menchu se encogió de hombros. Tenía la cara surcada por las marcas de los churretones dejados por las lágrimas

—¡Menudo hijo de puta! ¿Pero qué mosca le ha picado?

Menchu rompió a llorar. Sito se levantó, se sentó a su lado y la abrazó. Se sentía un poco infame, pero cuántas veces había soñado con poder reconfortarla así. Desde pequeño, en el pueblo. Se había enamorado de ella con doce años, la primera vez que la vio. Pero ella siempre le había considerado un amigo, su mejor amigo, su confidente, eso era todo. Un pagafantas, vamos…

Menchu apoyó la cabeza en su hombro y, poco a poco, el llanto fue remitiendo.

—¿Dónde has estado toda la mañana?

Menchu rompió a llorar de nuevo.

En la mesa de al lado, espalda con espalda, estaba sentado Mateo Filón. Trabajaba en el museo como staff en el departamento de exposiciones. Ayudaba a Sito a tiempo parcial cuando lo requería (también era fotógrafo), se encargaba de dar apoyo a los de comunicación cuando necesitaban alguna imagen para la revista, la web, las redes sociales… y hacía de todo un poco para Cárdenas, que lo usaba de navaja suiza. Y era, y todo el mundo lo sabía, un pelota y un trepa consumado del que nadie se fiaba; y a quien todos informaban de cualquier rumor o hecho denigrante que quisieran fuese conocido por el resto del museo en el menor tiempo posible. El objetivo a corto plazo de este despreciado individuo era hacerse con la plaza de Sito.

Cuando Mateo, que era duro de oído (tenía una pérdida auditiva considerable que le obligaba a llevar audífonos), oyó los llantos a sus espaldas, no pudo evitar levantar el culo del asiento y girarse para ver de quién provenían. Aquel restaurante, barato y próximo al museo, era destino habitual de sus trabajadores, y la supuesta intimidad que ofrecían los altos cabeceros de sus mesas era una fuente inagotable de chismorreos que Mateo explotaba al máximo. “¡Sito y Menchu!”, se dijo, “¡Esto no me lo pierdo!”, y arrimó la oreja.

—¿Sabes el trozo de coral rojo japonés que habíamos puesto en la mano de la reproducción del neandertal? —dijo Menchu, ya más calmada, tras secarse las lágrimas.

—Sí, claro, no me voy a acordar. Precioso.

—Pues…

Mateo Filón perdió el hilo de la conversación: un grupo de seis jóvenes se estaba sentando en la mesa al otro lado del pasillo. Hablaban todos a la vez, intentando cada uno que su voz fuese la escuchada. Cuando hablaban varias personas a la vez o en el interior de un supermercado, con la música ambiente, los anuncios de megafonía y el ruido indefinido de las voces de los clientes, los sonidos y las palabras de unos y otros se entremezclaban, impidiéndole entender cualquier conversación.

—… ha volado. El coral. Alguien se lo ha llevado

—Buenoooo, bueno, bueno… ¿Y no se sabe quién ha sido?

—¡Qué va! Hay un pequeño ángulo muerto en las cámaras. En una se ve una parte del neandertal y en otra el resto, salvo una franja vertical de unos quince centímetros, justo a la altura de la mano en la que sostenía el trozo de coral.

—Bueno, tampoco pasa nada, ¿no? ¡Será que no hay coral en el mundo!

—Vamos a ver, Sito. ¿Cómo se llama la exposición?

La Nueva Extinción, ¿por?

—¿Y tú por qué crees que tiene ese nombre?

—Ah… ya… Está extinguido, El coral, digo…

Una camarera llegó y les tomó nota.

—¿Y es muy valioso? —preguntó Sito cuando estuvieron a solas.

Los jóvenes de la mesa de al lado no paraban de hablar a voz en grito y de reírse. Filón solo lograba captar palabras aisladas de la conversación entre Sito y Menchu.

—No, pero no deja de ser un ejemplar extinguido. Y el único de esa especie que teníamos.

—Pues como se entere Cárdenas, la hemos liado. ¡Después de lo de esta mañana…!

—Es que ya se ha enterado —dijo Menchu con voz temblorosa, entre sollozos.

—¡Joder! —Sito le volvió a pasar el brazo por los hombros y la arrimó contra él. — Y te ha echado otra bronca, claro.

—¡Mucho peor!

—¿Te ha echado? – dijo asombrado.

—¡No! No creo que pueda. Pero… me ha amenazado.

—¿Amenazado? ¿Con qué te ha amenazado?

—Con ponerlo en conocimiento de la dirección y de recursos humanos. Una falta grave. Un mes sin sueldo. Pero no es el dinero lo que más me preocupa, y él o sabe. Es la mancha en mi expediente.

El camarero se había acercado a tomar nota a la mesa de los jóvenes, lo que había hecho que dejaran de cacarear. Filón aguzó el oído.

—¡Será hijo de puta! —casi gritó Sito.

—Pero… —Menchu se echó a llorar una vez más, esta vez desconsoladamente.— Es que no es eso lo peor…

Los jóvenes habían empezado a discutir si pedían cinco o seis pizzas, y si era mejor que dos o tres fueran calzone, impidiendo una vez más a Filón seguir el hilo de la conversación.

—Me… abordó en el vending, cuando no había nadie. Me dijo que era una pena que —sollozó— una chica tan guapa como yo, y con tanto talento, dijo el muy cabrón… malograra mi carrera por algo así.

—¿Te pidió dinero? ¿Un soborno?

—¿Un soborno? ¡Me pidió que se la chupara!

La algarabía causada por los jóvenes se detuvo unos instantes, permitiendo a Filón oír a Sito decir, totalmente encendido:

—¡Será hijo de puta! ¡Yo es que lo mato! —Menchu se abrazó a él y estuvo un rato sollozando.

La camarera se acercó a la mesa de Filón a retirar el plato y preguntarle qué quería de postre, con lo que se perdió la conversación que se inició en ese momento a sus espaldas.

—¿Y qué piensas hacer?

Menchu se apartó de él y se lo quedó mirando, asombrada.

—¿No esperarás que se la chupe?

—No, no, nooo… por favooor… Digo que si has pensado en denunciarle tú a él. Por acoso.

—Pues claro que lo he pensado. Pero no tengo pruebas.

—Pues habrá que conseguirlas.

—¿Y cómo?

—Pues le podíamos grabar mientras te lo pide. Con el micro del móvil.

—Me ha dado una semana para decidirme. Podríamos hacerlo entonces, cuando me pregunte si me lo he pensado…

—¡Perfecto! Deberíamos hacer alguna prueba antes, ya sabes… Quizás, al final, todo esto nos venga bien. Si conseguimos grabarle pidiéndote… ya sabes… a este mamonazo le echan. ¡Fijo!

—¡Dios te oiga! Deshacerme de él sería un sueño.

—¿Sabes? De alguna manera yo ya lo he hecho. O casi…

—No te entiendo.

—¿Te acuerdas que te dije que quería escribir una novela?

—Sí, claro.

—Pues ya la he empezado. ¿Y a que no sabes de qué trata?

—Pues la verdad…

—Pues de un tipo… ¿Te acuerdas de Tom Ripley?

—No me voy a acordar. Si no paras de hablar de él. Que si Ripley por aquí, que si Ripley por allá…

—Bueno, pues Ripley se reencarna en un nuevo personaje. Un fotógrafo que trabaja en el zoo y que tiene una amiga, de toda la vida, a la que su jefe le hace la vida imposible.

—No sé porqué me suena de algo… —dijo Menchu ironicamente.

—Bueno, dicen que hay que escribir de lo que uno sabe.

—Vale. ¿Y?

—Pues Tomás, que así se llama el nuevo personaje de Ripley…

—Muy original, Sito.

—… decide —continuó este, indiferente al comentario de Menchu— cargarse al jefe de su amiga.

—¿Y a cuento de qué se lo quiere cargar?

—Pues porque el jefe es un cabronazo y a él le molesta que la haga sufrir.

—Hombre, tampoco me parece un motivo suficiente, qué quieres que te diga…

—Pues a mí me lo parece. Porque Tom es muy, pero que muy amigo de ella y está… —locamente enamorado, le hubiera gustado decir.

—Está ¿qué?

—Pues, bueno, ya sabes cómo es Ripley.

—Ya… ¿Y cómo has pensado cargártelo?

—Con veneno. ¿Por qué no vienes a casa uno de estos días y te enseño lo que llevo escrito? Me vendría bien una opinión objetiva.

—Eso va a ser un poco complicado.

—¿Lo de venir a casa?

—No, lo de que sea objetiva —Y se echó a reír.

—Venga, te vienes, lo lees, lo comentamos y luego cenamos algo, planeamos lo de Cárdenas y vemos una peli.

—Vale, pero escojo yo. No pienso ver otra vez El Talento de Mr. Ripley ni Extraños en un tren, ni Casablanca ni nada que se le parezca.

—Hecho. Tú escoges. ¿Este viernes?

—Este viernes.

La camarera apareció con la comida y, entusiasmados con la posibilidad de engañar a Cárdenas para que se delatara y poder así denunciarle y largarle del museo, se dispusieron a disfrutar de la comida, hablando de cosas insustanciales.

Filón, con el jaleo que seguían armando los chicos de la mesa de al lado apenas había podido entender algo de la conversación, más allá de las maldiciones de Sito, de su amenaza de muerte y de la palabra veneno, que había podido distinguir casualmente durante un breve silencio que se había producido en la mesa de al lado. Pero las risas que pudo escuchar entre Menchu y Sito durante toda la comida le hizo pensar que, en el fondo no se trataba más que de una bravuconada más de las de Sito, a quien todos consideraban un gallito de corral que se venía abajo con dos de pipas.

 

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©Novela por entregas, Fernando Arnáiz, 2020.

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