Novela por entregas, El asesino imaginario por Fernando Arnáiz (Cap. 7,8,9 y 10)

VII

El talento del señor Prado

por Sito LómaX

Capítulo 3.

 

Esta vez, sí. Allí estaba, desplegada, toda la parafernalia propia de la escena de un crimen: los coches de policía, la ambulancia, los agentes impidiendo el paso a los curiosos… incluso un reportero, micrófono en mano, atusándose el pelo frente a la cámara, desviviéndose por que el viento no le hiciese parecer una mala réplica de Albert Einstein. Prado se acercó al grupo de vecinos y viandantes que se agolpaban a un lado del portal. Parecían, se dijo, un patético montón de gallinas, estirando sus cuellos y moviéndolos de lado a lado para sortear el mar de cabezas que tenían delante. Todo para poderse hacer con una fugaz visión del cuerpo del mendigo, de algún detalle morboso que poder contar al llegar a su casa, al bar, o al trabajo, y ser así el crentro de atención. ¡Lamentable! ¿Por qué la muerte —la de los demás, claro está— atraía tanto a la gente? Quizás se debía a que ellos no formaban parte de ella. No eran actores, solo meros espectadores. Para él, un actor a su pesar en la danza de la muerte, esta no tenía atractivo alguno. Era, se decía, como limpiarse los dientes: algo que tenías que hacer; sencillo, pero en lo que convenía poner los cinco sentidos para evitar dejar algún resto que se volviese luego en tu contra. Cierto es que, al igual que cuando terminabas de limpiarte la boca, al acabar con la vida de alguien sentías una satisfacción transitoria; pero era algo que se diluía rápidamente con el paso del tiempo. A fin de cuentas él no era un puto psicópata…

—¿Qué ha pasado? —preguntó a un joven con rastas situado a su izquierda que no perdía ripio de lo que sucedía.

—Un vagabundo. Pepe, el portero, yo es que vivo aquí, se lo ha encontrado frito, a primera hora.

Prado estiró el gaznate, intentando parecer un curioso más.

—¿Es el hombre ese mayor, delgado, de pelo blanco, que andaba siempre por acá, por el barrio, con un carrito de la compra, verdad?

—Sí. ¿Lo conoce?

—No, que va, pero lo he visto a menudo aquí, por las noches. ¿Se sabe de qué ha muerto?

—Ni idea. ¡Vaya usted a saber!

—¡Es una pena! Venir a un país extranjero con la esperanza de comenzar una nueva vida, de vivir con dignidad, y tener que acabar de esta manera…

—¿Extranjero?

—Kazajo. Lo sé porque en cierta ocasión me pidió dinero para comer y me dijo que era kazajo.

—Pues debe tratarse de otro mendigo, Este se llamaba Antón y era de Carabanchel, de toda la vida. Moncho, su hijo, vive en el tercero, enfrente de mí.

“Pues hubiera jurado que era kazajo”, se dijo Prado.

—El padre —continuó el joven rastafari— llegó aquí hace un par de meses. Llevaban sin hablarse… años. Por una movida familiar, ya sabe… Le pidió al hijo que le perdonara y, bueno, Moncho acabó acogiéndolo. Pero la cosa duró poco, tuvieron una bronca espectacular, se enteró todo el vecindario, y acabó echándole de casa. Desde entonces dormía junto al portal. Para tocarle los huevos, decía Moncho. Yo creo que para darle pena y que le dejara vivir de nuevo con él. Pero ya ve…

Prado se quedó un rato más, hasta que el cuerpo fue retirado del lugar. “Miel sobre hojuelas”, se dijo mientras se dirigía hacia la boca de metro, camino del zoo, su lugar de trabajo. “Ni que lo hubiese planeado. ¡Con un poco de suerte le echan la culpa al hijo!”.

La muerte de Antón Bolero se convirtió pronto en una de las noticias más comentadas por los medios, en cuanto se supo que el forense había dictaminado que la muerte se había producido por envenenamiento con arsénico. Prado siguió de cerca los titulares de la prensa y la televisión locales durante los siguientes días. Incluso llegó a ver al joven de las rastas en un plató de televisión, en uno de esos programas sensacionalistas, que dedicó más de una hora a desgranar los momentos más turbios de la vida y los líos familiares del fallecido. La policía sospechó en un primer momento del hijo de la víctima. Pero la teoría del parricidio pronto se cayó por su propio peso, ya que en el momento de los hechos Moncho Bolero se encontraba a cientos de kilómetros de distancia, en Paterna del Río, siguiendo una terapia psíquica lunar. Un método que se había puesto de moda gracias a algunos famosillos del momento, que habían alabado sus bondades públicamente. Al parecer, el método consistía en pasarla sentado al raso en pelotas tres noches seguidas durante un período de luna llena mientras recitabas los 423 versos del Dhammapada (la famosa escritura sagrada del budismo). Se desconocía si Moncho B. se encontraba mejor de sus problemas emocionales, ya que los periodistas no le habían podido entrevistar aún, toda vez que se encontraba ingresado por una neumonía en un hospital de Granada. Y es que las noches en la Alpujarra pueden ser muy puñeteras.

Se comenzaron a manejar entonces todo tipo de hipótesis en los medios: que si se trataba de un suicidio, que si de un envenenamiento accidental, que si un ajuste de cuentas de la mafia rusa… Incluso se llegó a hablar de una amante despechada (al parecer en un tiempo Antón Bolero había sido un auténtico semental). Hasta que un soplo anónimo puso a la policía tras la pista de un grupo de jóvenes neonazis a los que se había visto merodeando por el barrio en la noche de autos. La policía investigó el asunto, pero no consiguieron progresar en la investigación, y al cabo de unos días el suceso quedó olvidado, apremiados los medios, la policía y los telespectadores por asuntos más novedosos y acuciantes.

Concluído el ensayo de envenenamiento con el mendigo, Prado se encontraba listo para despachar a su auténtico objetivo.

 

 

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VIII

Jueves. Las operaciones para desmontar la exposición tardarían aún dos días en completarse. El alca gigante había sido embalado y despachado el día anterior. De Rugy, el nuevo correo parisino, había supervisado toda la operación de cerca, hasta el mismo momento en que el furgón con la caja que contenía el delicado ejemplar había salido con destino París. La exposición ocupaba tres salas del museo: una en la planta baja; otra en la primera, justo encima de la anterior, utilizadas ambas habitualmente para las exposiciones temporales; y una tercera en la última sala de la zona de Biodiversidad del museo, dedicada a los animales en peligro de extinción, como el tigre, el leopardo de las nieves, el lince ibérico, los osos panda (representados por los famosos Chu-Lin y su madre Shao-Shao, del zoo de Madrid) y a aquellos otros que habían desaparecido en tiempos históricos, como era el caso del alca gigante, el dodo o el lobo de Tasmania. Esta sala había sido remodelada aprovechando el montaje de la nueva exposición temporal; de ahí que apenas necesitara ahora intervención alguna. Pero las otras dos tenían que ser desmontadas por completo. Había que embalar especímenes para su envío de vuelta al almacén que el museo tenía en Arganda, devolver otros a la sección de Paleontología y Evolución Humana, desmontar vitrinas, paneles informativos, murales, pantallas táctiles… Un laborioso y delicado trabajo en el que Menchu tenía que poner los cinco sentidos, coordinando a los operarios para evitar cualquier tipo de desperfecto, no solo en los ejemplares expuestos, sino también en los elementos fijos de la sala.

Pero Menchu no conseguía concentrarse. Faltaban poco más de cuatro días para que venciese el plazo que le había dado Cárdenas para aceptar su asquerosa proposición. No dejaba de darle vueltas al asunto de grabar aquella conversación. ¿Y si el teléfono no funcionaba bien? Había hecho algunas pruebas con el móvil, metiéndolo en el bolsillo del pantalón. Se escuchaban las voces, sí, pero el volumen era bajo, y a veces había alguna palabra que no se acababa de entender. Tenía que conseguir grabarle en un lugar tranquilo, sin ruidos. Eso no debía constituir un problema: a Cárdenas no le interesaba que nadie escuchara su conversación. Pero ¿cómo sabría cuándo empezar a grabar? No podía esperar a que él la abordara. Si aquel desgraciado aparecía de repente y le pedía que lo acompañara a algún sitio a charlar, no podía sacar el móvil delante de él con cualquier pretexto, para acceder al micro y pulsar el icono de grabar. Sospecharía. Aunque también podía empezar a grabar nada más llegar al museo; pero ¿cuánto tiempo podía grabar el móvil? No lo sabía. Quizás hasta que se quedase sin memoria, o quizás solo una hora o dos. Por otro lado, pensó, podía ser ella quien le abordara, tras haber comenzado a grabar. Era una posibilidad. En cualquier caso, no se fiaba del teléfono. Tenía que comprar una grabadora de bolsillo, de esas que se veían en las películas. Una que pudiese grabar horas y horas, o que se pudiese activar presionando un simple botón, al tacto, mientras la tenía metida en el bolsillo. Seguro que Sito sabía dónde comprar una. ¡Él y su pasión por las novelas policíacas y de espías!

—¡Jefa, ya está visto!

Menchu volvió la cabeza hacia Lucas, el encargado de los sistemas de vigilancia de la empresa que llevaba la seguridad del museo.

—¿Y bien?

—Alguien tuvo que mover la cámara 4. La otra estaba bien orientada.

—Entonces, ¿no se pudo mover por accidente? No sé, quizás el servicio de limpieza, quitando una telaraña…

—No, imposible. El sistema de fijación es muy sólido. Las palomillas que lleva no se mueven así como así, no es tan fácil. Y lo he comprobado: estaban bien apretadas. Además, estaba girada unos diez grados, lo justo para dejar un pequeño ángulo muerto, que no se notase. Ya sabe que las imágenes de las cámaras se solapan en parte entre sí, como un metro, para que no haya ángulos muertos.

—¿Y sabemos ya cuándo la movieron?

—Ni idea. Hemos revisado las imágenes del último mes y ya estaba así. Tuvo que ser antes. ¿Cuándo? No lo sabemos. Pero después de inaugurada la exposición. Al principio estaba bien colocada. Lo he comprobado. Guardamos una copia de seguridad de los días del montaje y del día de la inauguración. Pero luego… Ya sabe que solo guardamos copia del último mes. De todas formas, ¿no falta nada, no?

—No, no, no, nooo… ¡Que va! ¡Para nada! No, no, no… Pero tenemos que tenerlo en cuenta.

—Ya…

—Deberíamos hacer una comprobación más exhaustiva de todas las cámaras, periódicamente, para asegurarnos de que no vuelve a ocurrir.

—Por supuesto, por supuesto. Ha sido fallo nuestro. Las revisamos a diario, pero esto… bueno, se nos escapó —respondió el joven, azorado.

—Bien. Gracias, Lucas.

Menchu se dirigió al otro extremo de la sala para comprobar cómo se sacaba de la vitrina y se embalaba el esqueleto de un tigre dientes de sable. Todo aquello no tenía sentido, se dijo. Aparte de los vigilantes de seguridad y de las personas que trabajaban en la vicedirección de exposiciones, nadie más sabía que solo se guardaban las imágenes de las cámaras del último mes. ¿Quién de ellos podía haber movido la cámara para robar el trozo de coral? Era un plan complicado: moverla lo justo para que hubiese un pequeño ángulo muerto, probablemente poco después de la inauguración; después, esperar seis meses, hasta el último día de la exposición; y robarla entonces, aprovechando que el domingo era un día con más visitas de lo habitual. Había revisado las imágenes personalmente: en un momento dado, un grupo de visitantes se había situado entre las cámaras y la figura del neandertal que sostenía el coral en la mano, mientras su guía les ofrecía las oportunas explicaciones; después, se habían retirado, dejando paso de seguido a otro grupo más numeroso aún, que se había detenido en el mismo lugar. En total, más de cinco minutos durante los que el trozo de coral rojo japonés había quedado oculto al ojo de las cámaras, y pasados los cuales había desaparecido de la mano del neandertal. ¿Qué sentido tenía tomarse tantas molestias para llevarse algo de tan poco valor? ¿Quién podía tener interés en algo así? ¿Uno de los vigilantes, aficionado a la biología o al coleccionismo de fósiles? Imposible. ¿Arriesgarse a perder el empleo y acabar en comisaría por algo así? ¿Alguien del propio museo? ¿Del propio departamento de exposiciones? Tampoco. Si no conseguía encontrar al culpable del robo, no le quedaba otra que grabar a su jefe amenazándola de nuevo con denunciar el incidente si no… “¡Será asqueroso el muy hijo de la gran puta! ¡Se la va a chupar su padre!”. Sacó el móvil y le envió un mensaje a Sito:

¿Sabes dónde comprar una grabadora pequeña, fácil de usar, y que pueda grabar muchas horas? Que pueda ponerla a grabar pulsando un botón, mientras la tengo en el bolsillo. No me fío del móvil!

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IX

Sito se encontraba en la sala de la casita cuando recibió el mensaje de Menchu, revisando las fotografías del alca. Su cámara de fotos disponía de dos ranuras para tarjetas de memoria, y estaba configurada para grabar dos copias de cada toma: una en formato RAW, en la tarjeta principal, y otra en formato comprimido, en la secundaria. Solo le había entregado la segunda de ellas a Cárdenas, convencido de que desconocía aquella particularidad de su cámara profesional. Leyó el mensaje de Menchu sobre la grabadora de voz y contestó en el momento:

Claro. En la Tienda del Espía. Yo me encargo. Algo nuevo del coral?

Nada. Bueno, que alguien manipuló la cámara. Por eso lo de la grabadora. No me queda otra

Tranqui. Saldrá todo bien

Gracias. Eres un sol

Sito se puso a buscar en internet información sobre los diferentes tipos y modelos de grabadoras. Unos minutos después le envió un mensaje de vuelta a Menchu:

Las hay con carcasa de plástico o de aluminio. Cuál prefieres?

Y eso qué más da, Sito? La voy a usar una sola vez. Eso espero…

Vale, pues entonces de plástico, que salen mejor de precio. Algún color en especial?

Es una grabadora, Sito, no un vestido de faralaes

Faralaes?

Que me da lo mismo Sito, coge la que te parezca, hijo, pero que grabe bien teniéndola en el bolsillo, vale?

Okei, makei

Gracias

Comemos?

Imposible. Tengo mucho lío

Vale, hablamos

Sito buscó el horario de la Tienda del Espía. No cerraba a mediodía. ¡Perfecto! Aprovecharía la hora del almuerzo para acercarse a por la grabadora. Se quedó mirando la pantalla del ordenador, pensativo. Todo aquello le olía a chamusquina. Primero lo de las fotos del alca y la tarjeta, y luego lo de la cámara de vigilancia y el robo del coral. ¿Para qué podían quererlo? Claro que… un coral como aquel no se conseguía así como así. Puede que lo hicieran con la intención de pedir un rescate, para chantajear al museo. O para vendérselo a un hampón al que le gustasen los acuarios. Como en aquella película… ¿cuál era? Sí hombre, aquella en que el jefe de la banda tenía un enorme acuario marino empotrado en la pared del despacho. Entraban a matarlo, y de los disparos reventaban el cristal del acuario, salía el agua en tromba y acababan todos los peces por el suelo, mezclados con la sangre del tipo. ¿Cómo se llamaba, hombre? Bueno, se dijo, da igual, ya me acordaré. ¡Pues lo mismo uno de esos hampones se encariñó con el coral y ordenó a los suyos que lo robaran! ¡Vete tú a saber! Bueno, es hora de currar un poco, se dijo.

Media hora más tarde se encontraba comparando dos tomas de perfil del alca gigante. La primera la había hecho unos días antes de la inauguración de la exposición, seis meses atrás, cuando el ejemplar llegó de París. Había jugado con la imagen durante media hora, modificando todos los parámetros posibles; pero, por mucho que hiciera, no terminaba de convencerle el resultado. Y algo parecido sucedía con la mayor parte de las otras fotos tomadas entonces. Ese había sido el motivo que le había llevado a realizar una nueva sesión fotográfica. La otra toma era, precisamente, una de las hechas el día anterior. Esta estaba mucho mejor. Apenas le había llevado un par de minutos retocarla, moviendo la temperatura de color, la exposición y un par de parámetros más para dejarla perfecta. Había situado las dos imágenes, lado a lado, en la pantalla. Comenzó a hacer zoom sobre las distintas áreas para compararlas. Al llegar a la zona del pico le pareció detectar una pequeña diferencia entre las dos imágenes. De color negro, estaba atravesado por una serie de surcos rugosos de color blanco, paralelos entre sí. Cruzaban la zona central del pico superior en diagonal y la del inferior en vertical. Copió una de las imágenes encima de la otra para superponerlas, ajustando su opacidad para que la de encima fuera semitransparente y poder ver así la imagen de debajo. Ajustó el tamaño de las cabezas para que fuesen idénticas y desplazó la imagen superior hasta hacerla coincidir con la inferior. Coincidían al milímetro. O casi. Hizo zoom sobre los surcos del pico superior. Jugó con la transparencia, aumentándola y reduciéndola. Fue entonces cuando se dio cuenta de que su apreciación inicial de que había algo distinto en los picos era real: el tercero de aquellos surcos era ligeramente más corto en la imagen tomada el día anterior. Se trataba de una diferencia sutil, indetectable salvo que se compararan las dos imágenes en detalle como acababa de hacer él. ¡Cárdenas! ¡Por eso le había quitado la tarjeta! En algún momento debieron manipular el alca, por algún motivo. Se les debía haber caído al suelo. Y del golpe había saltado ese trocito del pico. Pero si Cárdenas se había puesto como una fiera, no podía ser solo por eso. Tenía que haber otros desperfectos en el animal como consecuencia de la caída. ¡Tenía que encontrarlos!

La adrenalina le subió de golpe. Abrió los ojos como platos y volvió la vista hacia la puerta de la sala, situada justo detrás de él. ¡Si Cárdenas salía del despacho y entraba en la sala, le pillaría de espaldas, revisando las imágenes del alca! Tenía que ir a otro sitio. Guardó los archivos, cerró el portátil y, con él bajo el brazo, salió de la casita. Cruzó el jardín, entró en el edificio principal por la puerta posterior y, asegurándose de que nadie le veía, entró en los servicios, uno de los pocos sitios en que podía tener cierta intimidad. Se metió en uno de los retretes, echó el pestillo y se sentó en la taza, con la tapa bajada. Diez minutos más tarde había encontrado otras dos diferencias: una en el borde del ala y otra en la pata izquierda. En ese momento oyó a alguien entrar en el servicio y meterse en el cubículo de al lado. Aún le quedaba la zona de la cola por revisar. Se oyó una ristra de pedos del otro lado, seguida de una descarga acuosa y del sonido de algunos trozos más sólidos chapoteando contra el agua del inodoro. El aire se llenó de un olor fétido. Quienquiera que fuese tenía una diarrea de aúpa. Intentó seguir buscando alguna otra diferencia entre las imágenes, pero el olor era tan nauseabundo que tuvo que dejarlo para taparse la nariz con la mano. Poco más tarde oyó un suspiro de alivio del otro lado de la mampara, el ruido del rollo de papel higiénico al girar, los sonidos de la pertinente limpieza y, por fin, el de la cisterna. Se abrió la puerta de al lado y, a continuación, oyó el grifo del agua mientras el hombre se lavaba las manos. Sito reanudó su búsqueda y encontró, casi de inmediato, la última diferencia, en la parte inferior de la cola. Era suficiente. Tenía que hablar con Menchu y enseñarle lo que había encontrado. No se oían ya ruidos en el exterior. Esperó un minuto más para cerciorarse, se levantó y salió del retrete con el portátil bajo el brazo. Frente a él, Cárdenas, apoyado sobre el lavamanos, levantó la vista del móvil, en el que estaba tecleando algo. Se quedaron mirándose un instante, perplejos; Sito por la presencia de su jefe, y este ante la vista del portátil. “Me ha pillado”, pensó Sito. Una sonrisa maliciosa se desplegó en la cara de Cárdenas.

—Hombre, Lomas, ¿no tiene usted otro sitio donde darle a la zambomba? —Y se echó a reír mientras salía del servicio, dejando a Sito plantado como un chopo y con la cara roja como un tomate.

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X

Eduard Cárdenas salió del baño riéndose a carcajadas. ¡Menudo imbécil!, se dijo. Se dirigió a la casita y entró en la sala del fondo para ver quién estaba y quién no y lo que hacían. Al ver que solo estaba Lalo, que parecía más un jugador de rugby que un educador, y con quien prefería no meterse, decidió volver al edificio principal en busca de su siguiente presa. A aquella panda de memos había que atarlos en corto, se decía, mantenerlos siempre en tensión, que se sintieran incómodos, expectantes, temerosos a poder ser. Era la mejor manera de obtener buenos resultados. Bueno, eso y tenerlos enfrentados entre sí. De esa manera se aseguraba que no confabulaban contra él, sino entre ellos. Y funcionaba. ¡Vaya que si funcionaba! Siempre le había funcionado, y a pesar de que antes o después acababan por darse cuenta de su estrategia, los muy inútiles seguían enredados en la telaraña que les había tendido, incapaces de cortar sus hilos. Pero aquella parejita de lerdos, Menchu y Sito, se le resistían. Cierto es que no le preocupaban demasiado. Solo eran un par de mindundis. Lo del coral, se dijo, había sido una idea magistral. Si Menchu no se avenía a lo que le había pedido, pondría el asunto en manos del director y de recursos humanos. Y si lo hacía, lo que no era muy probable, reconduciría la conversación que iban a mantener para que diese la impresión de que era ella la que le hacía aquella proposición indecente a cambio de que él no la denunciase. Lo grabaría en audio para presentarlo como prueba; la pondrían de patitas en la calle. Aquello era lo que se dice un auténtico win-win. Pasase lo que pasase siempre ganaba él.

Envió un mensaje a Delgado, el conservador de aves. Quería saber si iba todo bien. Cruzó la mitad del edificio y bajó las escaleras que llevaban al Real Gabinete, una reproducción de los gabinetes de curiosidades y monstruosidades del siglo XVIII que dieron lugar a algunos de los museos de Historia Natural más importantes de Europa, entre ellos el suyo. Atravesó un largo pasillo usado para albergar pequeñas exposiciones temporales. Al llegar a las vitrinas de los leones africanos, giró a la izquierda, hacia la zona del vending. Sacó un café de la máquina, pese a que lo consideraba un mejunje casi intragable, y esperó la llegada de Delgado. Este apareció unos minutos más tarde, con su figura encorvada, que hacía honor a su nombre, su pelo lacio y su mirada rapaz. Se lo veía preocupado.

—¿Algo nuevo de Brisson? —preguntó mientras pulsaba el botón del té.

—Progresa adecuadamente, como dicen ahora en el colegio —respondió Cárdenas, riéndose como si hubiese hecho un buen chiste.

—¡Menos mal! ¡Espero que se recupere pronto! Se suponía que tenían que dejarlo fuera de juego. Poco más y lo dejan en el sitio.

—Bueno, tampoco es para tanto. No ha pasado nada. Ha sido perfecto. Una semana en el hospital, quizás unos días más de descanso antes de regresar a París… Para cuando esté de vuelta, ya habrá pasado todo.

Conchi, la vigilante, tenía cambio de turno a las doce. Le tocaba cubrir el gabinete. Faltaban aún cinco minutos. Tiempo de sobra para tomarse un chocolate en el vending, se dijo. Sabía a polvos y le dejaban la garganta como la suela de un zapato, pero la ayudarían a aguantar las dos horas que tenía por delante antes del corto receso de que disponía para tomarse el sándwich del almuerzo. A punto estaba de tomar el pasillo que desembocaba en la cafetería (así llamaban a la zona del vending), cuando oyó las voces de Cárdenas y Delgado. Al primero lo tenía atravesado: no conocía un tipo más chulesco y estirado. En cuanto al conservador, simplemente le resultaba antipático. Se paró en la esquina, comprobó que no había nadie a la vista y pegó la oreja para intentar captar la conversación. No se consideraba una cotilla. Era algo que hacía todo el mundo. Aquel lugar era una especie de Juego de Tronos en moderno y pequeñito. Había que andarse con mil ojos y oídos, intentar enterarse de los tejemanejes de unos y otros antes que nadie. Las cuchilladas por la espalda eran tan habituales e insospechadas que más que un museo aquello parecía un nido de espías en la época del Berlín dividido. ¿Qué tramaban aquellos dos? Nada bueno, de eso estaba segura. Las voces lejanas de dos grupos de escolares, desde el gabinete, y la distancia entre ella y la cafetería le impedían captar buena parte de la conversación.

—… a buen recaudo…

—… esperar al sábado… esta noche iré a ponerle al corriente…

—… las fotos del alca…?

—Bah… que Lomas…

—… fías de…? … partirnos las piernas… peor.

Notó que las voces se aproximaban. Dio media vuelta y se refugió en los servicios. ¿Qué era lo que habían puesto o iban a poner a buen recaudo? ¿Qué pensaban hacer el sábado? ¿Y a dónde iba Cárdenas aquella noche que le incumbiera a Delgado? No eran amigos, que ella supiera. Además, habían mencionado las fotos del alca y a Sito. ¿Qué tenían que ver con el resto de la conversación? Y Delgado, ¿había dicho que les iban a partir las piernas o que se las iban a partir a Sito? No entendía nada, pero tenía que contárselo todo a este. Le resultaba algo patético, pero era un buen chico. Quizás él sabría qué se traían entre manos aquellos dos pájaros.

Cárdenas regresó a su despacho. Le desagradaba haber tenido que recurrir a Delgado. No se acababa de fiar de él. Pero le hubiese resultado imposible llevar a cabo su plan sin él. “Bueno”, se dijo, “lo más difícil está hecho. El domingo a estas horas seré libre. Borrón y cuenta nueva”. Cerró la puerta detrás de él y se sentó frente al ordenador. Se conectó a las webcams del puerto deportivo de Marbella. Allí estaba. Su barco. El Predator. En su atraque, como debía ser. No era la primera vez que se encontraba con que lo habían fondeado, y usado su atraque para algún barco de paso. Algunos de los marineros se sacaban unas perras realquilando los atraques mientras sus arrendatarios se encontraban fuera, pensando que no se enterarían del asunto. Pero a él no se la iban a volver a dar con queso. Vigilaba el barco a diario, varias veces al día. En cuanto veía algo mínimamente sospechoso, llamaba al contramaestre de la marina y le preguntaba si todo iba bien. Con aquello era suficiente. Desde el pollo que le había montado al director la última vez que se la habían jugado —gracias a lo cual le habían rebajado la tarifa de atraque durante un año—, no había vuelto a suceder. Pero no podía confiarse.

Ansiaba la llegada de las vacaciones, la libertad que le ofrecía el barco, las fiestas a bordo, las chicas de compañía (a su merced en medio de la mar), la impresionante visión del cielo estrellado, anclado en alguna cala aislada y solitaria, en el silencio de la noche… ¡Y pensar que estuvo a punto de tener que venderlo para liquidar la deuda con Santiño! Noventa y cuatro mil euros de vellón, ni más ni menos. Podría haberse recuperado en una sola noche, estaba convencido de ello. Pero le habían prohibido volverse a sentar en una mesa de juego. Las rachas de mala suerte no duraban siempre, le imploró a Santiño, es cuestión de estadística, y él llevaba ya demasiadas malas noches seguidas. Pero al hampón lo de las estadísticas se la traía al pairo. Había sido claro: ni una partida más, ni en sus mesas ni en las de nadie, hasta que devolviese la pasta. ¿Vender el Predator? Vale que le había salido casi gratis —Cárdenas se jactaba delante de todo el mundo de que se lo había comprado a un gil francés al que únicamente le había pagado la señal, cinco mil euros—, pero la idea de tener que venderlo le había puesto de un humor de perros. Por suerte, Santiño tuvo una proverbial idea. Santiño (le llamaban así porque cuando ordenaba que se cargaran a alguno, sus matones tenían instrucciones de pedirle a la víctima que escogiera un santo a quien encomendar su alma, y el hampón llevaba en una pizarra la cuenta de a cuáles de ellos y con qué frecuencia habían solicitado sus celestiales servicios los futuros fiambres) le propuso liquidar su deuda a cambio de que le entregara el alca gigante que acababa de llegar desde el Museo de Historia Natural de París para la nueva exposición temporal.

—¿Que lo robe?

—No, si te parece lo pides prestado. ¡No te jode!

—Pero ¡perderé mi empleo! ¡Aunque no me pillen!

—Me la refanfinfla, Cárdenas. Me debes noventa y cuatro mil euros. Y tengo un cliente que está chalado por este tipo de cosas y que quiere el bicho ese para su colección. ¡Apáñatelas como puedas! Si no, ya sabes lo que hay…

Vaya si lo sabía.

—Pero el alca ¡vale mucho más que eso! Es un animal extinguido y quedan menos de ochenta ejemplares en el mundo.

—Si estás intentando negociar, vas de culo. ¿Tú me ves cara de currar para una ONG? ¡Pues claro que vale mucho más!

Cárdenas no sabía qué hacer. Jamás vendería el Predator. ¡Pero robar el alca! ¿Qué sabía él de ese tipo de cosas? ¿Es que Santiño le había visto cara de Ocean´s Eleven? Cierto es que tenía un aire a George Clooney, se dijo, ¡pero de ahí a entrar a saco en el museo y llevarse el pájaro aquel a mano armada! O peor aún, asaltar el furgón que se lo había de llevar de vuelta a París una vez finalizada la exposición… ¡Coño, que lo hiciese el propio Santiño con su gente! Al final, después de días y días dándole vueltas al asunto, solo se le ocurrió una alternativa, aunque se le antojaba una misión imposible: conseguir una réplica exacta de aquel bicho y dar el cambiazo. En el museo había réplicas de muchos animales, especialmente de dinosaurios, y algunas eran impresionantes… Habría sido fácil hacer pasar una buena réplica de alca por un original ante un profano. Pero ¿ante un experto? Y menos aún tratándose de Brisson, el correo enviado por el museo de París. Debía conocer aquel ejemplar con pelos y señales, pluma a pluma. Fue entonces cuando pensó en Delgado, el conservador de aves del museo. Le gustaba jugar, como a él. Se lo había encontrado en algún garito. Aunque nunca habían compartido mesa. A Delgado le gustaba el black jack, no el póker. Y no apostaba demasiado fuerte. Pero solía andar pelado. Y aunque no lo estuviera en ese momento, siempre le vendría bien algo de pasta, se dijo. Tenía un taller propio de taxidermia en su casa de El Pardo donde realizaba trabajos para su propio disfrute y, sobre todo, para terceros, por encargo. Un dinero que, Cárdenas estaba seguro, le había salvado el culo en más de una ocasión. De hecho fue a Delgado a quien se le ocurrió la idea de desembarazarse de Brisson mientras se desmontaba la exposición, haciendo que le propinaran una paliza. Cárdenas  había abordado a Delgado un día, en el café, aprovechando que no había nadie a la vista:

—Amalio, ¿tienes un momento?

—Claro.

—Verás, estoy preocupado por la exposición.

—¿Y eso?

—¿Recuerdas los robos de cuernos de rinoceronte, hará unos nueve o diez años?

—Claro, se llevaron veintitantos de los museos de toda Europa. Para venderlos en China, triturados en polvo, como remedio medicinal. Un clan de irlandeses, si no recuerdo mal.

—Exacto. Pues… me ha llegado un rumor.

—¿Lo dices por el rinoceronte negro? No hay de qué preocuparse. Le cambiamos el cuerno por una réplica cuando empezaron a extenderse los robos.

—No, no, por el rinoceronte no. Por el alca gigante. El que nos ha prestado Le Jardin.

—No sabía que los chinos usasen también los picos de alca como medicina.

—No, no, no es eso. El rumor que me ha llegado, no sé si será cierto o no, aunque me parece raro que alguien pueda hacer algo así, es que hay una banda especializada que estaría robando ejemplares de alca gigante de los museos.

—Pues no he oído nada sobre el tema.

—Al parecer ya lo han hecho dos veces: una en el Museo Zoológico de la Universidad de Kiel y otro en el Übersee de Bremen. No has oído nada porque se lo han callado. Y es que no se llevaron los ejemplares sin más. Los sustituyeron por réplicas.

—¿Por réplicas? ¿Y cuándo se dieron cuenta?

—Tardaron meses. Bueno, eso creen. Realmente no están seguros. Parece que los responsables de los dos museos han preferido tapar el asunto para no quedarse con el culo al aire, ya sabes… Aunque quizás solo sea un rumor. Me ha llegado de un colega alemán, pero lo cierto es que me resulta difícil de creer que alguien sea capaz de hacer una réplica así, prácticamente idéntica al original.

—¿De un alca gigante? Bueno, es difícil, muy difícil, pero no imposible. Sería un trabajo muy fino. Habría que contar con imágenes de alta definición del espécimen, desde todos los ángulos posibles, para conseguir que la réplica coincidiese al milímetro. Y plumas de alca torda, puede que de pingüino emperador y de alguna otra especie… Esa es la parte más complicada, lo de las plumas… Pero supongo que sí, que sería posible. Lo que no sé es cuánto podrían pagar por un alca gigante original. Para eso no hay mercado…

—Ni idea.

—No hay mucha gente capaz de hacerlo. Me refiero a la replica. Sería difícil encontrar a un taxidermista capaz y dispuesto a hacer algo así. —Delgado miró fijamente a Cárdenas a los ojos. — Y sería caro…

—¿Cómo de caro?

—Bueno, no sabría decirte, pero… si tuviese que hacerlo yo, supongo que pediría, no sé… ¿treinta mil?

—¿Treinta mil? Uf, sí, es mucho dinero. No creo que les saliesen las cuentas. Para pegar el cambiazo tendrían que contar con la ayuda de alguien dentro del museo y de alguno de los vigilantes. Habría que untarles. Súmale a eso el riesgo…

—Bueno, quizás podrían hacerlo por algo menos. Veinte, quizás…

—¿Diez?

—¿Qué tal quince?

Cárdenas y Delgado estrecharon sus manos.

Cuando le propuso la idea a Santiño, este casi lo mata.

—¿Pretendes que espere seis meses para cobrar?

—No hay otra manera de hacerlo sin que descubran el pastel.

—Pues me vas a tener que dar algo a cambio…

—No tengo dinero, ya lo sabes.

—Pero tienes un barco, ¿no?

—Ah, no, el barco no.

—Que no hombre, que no. No tienes que venderlo. Quiero que me lo prestes. De vez en cuando. Cuando me haga falta para algún trabajillo. Ni se te ocurra poner un pero.

—Bueno, si solo es para eso…

Delgado hizo una obra maestra. Tardó algo más de cuatro meses en terminar la réplica. Cárdenas desconocía de dónde había sacado las plumas (suponía que algunas provenían de los fondos del propio museo), pero el resultado era espectacular, imposible de distinguir del original en todos los detalles, incluso en el propio peso. Salvo que tuvieses el original delante para compararlos, y aún así… A menos que contases, claro está, con imágenes de los dos ejemplares y las examinases en detalle. ¡Menos mal que había pillado al imbécil de Lomas a tiempo! Era tonto perdido, pero la suerte juega a veces a favor de los tontos.

Habían dado el cambiazo hacía un mes y medio. Cárdenas y Delgado se habían quedado hasta tarde en el museo, hasta que se aseguraron de que no quedaba nadie en el edificio principal salvo Luis, el guardia de seguridad. Un individuo de pocas luces, que tenía tendencia a quedarse dormido a la mínima y del que se pitorreaban hasta sus propios compañeros. Delgado cortó la luz del edificio, incluido el sistema de emergencia que mantenía funcionando los equipos de vigilancia en caso de un corte eléctrico. Cárdenas fue en ese instante en busca del vigilante, para tenerlo controlado.

—¡Pepe! ¡Pepe! ¡Aquí Luis! —decía el vigilante cuando llegó Cárdenas, comunicándose por radio con su compañero del edificio de paleontología—. ¡Se ha ido la luz! ¿Ahí también? Corto.

—Aquí Pepe. No, aquí todo parece estar bien. Cambio.

—¡Joder! ¡hasta las cámaras han dejado de funcionar! Pepe… ¿Pepe?

—¡Di cambio, coño! ¡Si no, no sé que has terminado de hablar! Corto.

—¡Corto lo será tu padre! Ya está bien de que os cachondeéis de mí. No tiene puta gracia, ¿sabes?… Cambio.

—¡Que no te estoy llamando corto, leche! ¡Que me he equivocado! Que he dicho corto en lugar de cambio. Cambio.

—Ah, vale. Bueno, ¿qué hago? ¿Miro los fusibles, no? Cambio.

—Sí, seguro que han vuelto a saltar. Este edificio es viejo de cojones. Cuando lo mires me das un toque. ¿OK? Cambio y corto.

—Vale. Cambio y corto.

Cárdenas había asistido a la escena alucinado. Los de seguridad eran buena gente y muy competentes, pero aquel tipo… ¡Santo Dios! ¿De dónde lo habrían sacado? En cualquier caso, mejor para él.

—¿Se puede saber qué pasa? —le gritó en cuanto dejó de hablar por la radio, simulando un gran cabreo—. ¡Se ha ido la luz! ¡Estaba preparando una presentación importante y ahora, se me ha ido todo a la mierda!

—Lo siento, señor Cárdenas, habrán saltado los plomos. Voy a ver.

—¡`Cago en la leche! Le acompaño.

Delgado, viendo que se alejaban y el campo quedaba despejado, corrió hacia la puerta trasera del edificio, se acercó a su coche, abrió el maletero, sacó una maleta en la que iba la réplica, debidamente protegida, y volvió a entrar. Para cuando el vigilante y Cárdenas llegaron al cuadro eléctrico y volvieron a dar la corriente, Delgado había dado ya el cambiazo, sacado el alca original del museo en la misma maleta y metido la misma en el maletero de su coche.

Cárdenas cerró el navegador con la imagen del puerto de Marbella y miró la hora: la una y media. Una buena hora para acercarse a la Tienda del Espía a comprar la grabadora de bolsillo con la que pensaba grabar a Menchu.

 

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©Novela por entregas: Fernando Arnáiz, 2020.

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