Novela por entregas, El asesino imaginario por Fernando Arnáiz, (Cap. 13)

XIII

Sito salió del museo y cogió un taxi. Recogió su Vespa GTS 300 del garaje de su casa y regresó a toda prisa. No era previsible que Cárdenas se fuese antes de las seis o las siete, pero siempre cabía la posibilidad de que tuviese alguna reunión fuera del museo y no regresase hasta el día siguiente. Aparcó la moto unos metros antes de la entrada del aparcamiento del museo, en la zona azul, entre dos coches. Había sitio en la zona reservada para las motos frente a la Escuela de Ingenieros Industriales, pero si la dejaba allí cabía la posibilidad de que Cárdenas saliese en dirección contraria y no se enterase de que se había ido.

Conchi estaba aún de guardia en la puerta trasera.

—¿Me puedes hacer un favor?

—Mientras no sea sexual…

—No, mujer, ¿cómo…?

—¡Que era broma, hombre! —dijo echándose a reír—. Dime, ¿qué quieres? —Bajó la voz—. Si es para joder a ese cretino petulante, soy toda tuya.

—¿Hasta qué hora estás aquí de guardia?

—Hasta las cuatro.

—¿Podrías quedarte más tiempo?

—Podría hacer un cambio, supongo. Sí. Hasta las seis. A esa hora me tengo que ir, lo siento. Si te vale…

—Perfecto. ¿Sabes cuál es su coche?

—¿El de Cárd…? Un Audi 4 negro, sí.

—¿Puedes avisarme si ves que lo coge para irse?

—Claro, no hay problema. Desde aquí lo tengo a la vista. Pero solo hasta las seis…

—Solo hasta las seis. Te debo una. Apunta mi número de móvil, para avisarme.

—¡Vale, pero no me mandes fotos guarras!

—No mujer, cómo iba yo a…

Conchi se echó a reír. Sito puso cara de descompuesto.

—Vale, vale, ya paro —dijo Conchi, poniéndose seria aunque sin poder disimular una leve sonrisa en la comisura de los labios—. Te aviso si se marcha, no te preocupes. No sé qué piensas hacer, pero sobre todo, ten cuidado. Es un auténtico cabronazo.

Sito le plantó un beso en la mejilla, salió al exterior y se dirigió a la casita.

A las seis, el coche de Cárdenas seguía en su sitio. Sito salió del recinto del museo, se puso el casco, y esperó pacientemente la salida del Audi. No tuvo que esperar mucho. Veinte minutos después, la barrera del aparcamiento exterior se elevaba y aparecía el coche negro de su jefe. El abundante pelo blanco de Cárdenas se destacaba contra la tapicería de cuero negro, haciéndolo inconfundible. Como la mancha blanca de la cabeza del alca, se dijo Sito. Arrancó la moto y comenzó a seguirle a una prudente distancia. Dudaba de que Cárdenas le reconociese con el casco puesto. Y la moto no la reconocería, solo la llevaba al trabajo los días de mucho calor: prefería ir caminando, eran solo quince minutos desde casa.

Le siguió Castellana arriba, por Rios Rosas más tarde y así hasta que llegaron a la Avenida de Valladolid, junto al Manzanares, en la parte baja del Parque del Oeste. El coche se detuvo frente a la entrada del garaje de un edificio de diez plantas y entró en el mismo poco después. Probalemente, se dijo Sito, era su casa. El edificio no estaba mal, pero los alrededores no eran muy señoriales. ¡Con tantos aires que se daba, que parecía un marqués! ¡Si al menos viviese al otro lado del parque, en Rosales! No es que tuviese a Cárdenas en gran estima, pero tanto hablar de su yate, con su coche de ejecutivo de corte casi diplomático, sus trajes de marca perfectamente planchados, sus zapatos italianos —bueno, no sabía si eran italianos o de una tienda de saldos de Elda, Sito no era un experto en el tema, pero daban el pego—, su forma empalagosa de hablar y… bueno, todo en él… le hacían parecer un tipo con poderío. Le hubiera hecho viviendo en el Viso, la Moraleja o en Alfonso XII, frente al Retiro, pero… ¿allí?

No sabía cuánto tiempo tendría que esperar. Sabía que había quedado en ir a ver a alguien por la noche. A ponerle al corriente. No sabía a quién iba a poner al corriente y menos de qué. ¿Iría a ver a Brisson? ¿Sabría este lo de los desperfectos? Quizás fuese a decirle que todo había ido bien, que de Rugy no se había dado cuenta. Pero lo de partirle las piernas a alguien —¿a él?— ¿qué sentido tenía? Aquello era rarísimo. Tenía que haber algo más. Y él pensaba descubrirlo. La espera se le hizo eterna. Había aparcado la moto a unos veinte metros de distancia, y se había sentado en un banco. Le apetecía trastear con el móvil, pero le daba miedo que Cárdenas saliese de casa y no se enterase, distraído con el aparatito. Pasó una hora. El teléfono pitaba de vez en cuando. Una rápida ojeada, una contestación rápida a algún mensaje y al bolsillo. Dos horas. No saldría hasta después de cenar, lo veía venir. Le empezaron a entrar ganas de mear. ¿Por qué no habré ido al baño antes de salir del curro? Veinte minutos después parecía que tuviese un bombero metido en la vejiga haciendo presión para abrir la manguera. Cruzaba las piernas. Las descruzaba. Las volvía a cruzar. Joder, joder, jodeeer. Iba a reventar. Miró a un lado y a otro. Los contenedores de basura. Nadie a la vista. Se levantó y se acercó apretando las piernas. Se paró entre el contenedor azul y el verde. En el medio, varias cajas de cartón que alguien había dejado apiladas tal cual; alguien a quien probablemente no le sobraba un minuto para romperlas y echarlas en el contenedor porque empezaba su programa favorito. ¡Perfecto! Volvió a comprobar que no viniese nadie. Ni el Tato. Llevaba algo más de dos horas allí y solo había visto pasar andando a dos personas. Ni en una serie de zombis había tan poca gente en las calles. Se metió entre los contenedores, se bajó la bragueta y se dispuso a orinar sobre los cartones. Apenas habían salido las primeras gotas cuando se oyó una voz femenina, desde lo alto.

—¡Eh, oiga! ¿Es que no puede ir a hacer eso a su casa?

Fue como si le hubiesen metido un golpe de kárate en el bajo vientre. Su vejiga se gripó y se cerró en banda. Se guardó el pinganillo y, colorado como una frambuesa madura, se dio la vuelta. Levantó la vista al edificio que tenía enfrente: Desde el balcón del segundo piso, una señora mayor, con una regadera en la mano, le miraba con desaprobación.

—Perdone señora. ¿Hacer qué? —preguntó Sito, poniendo cara de quien no ha roto un plato.

—¿Usted qué cree? Pues eso, ponerse a mear en la calle. ¡Ni que fuera usted un niño! ¡Será guarro!

—¡Que no, que no, que nooo…, señora… que no estaba meando!

—¡Y encima mentiroso! ¡Guarro y mentiroso! ¡Al infierno va a ir!

—Pero que no, que nooo… Pero ¿por quién me ha tomado, señooora? ¡Por faaavor! ¡Si estaba tirando unos cartones!

—Ya, y regándolos un poco, para que no pasen calor, ¡no te joroba!

La vejiga volvía a protestar con fuerza.

—Mire señora, no voy a discutir. Está usted lejos y la vista le ha jugado una mala pasada.

—¿Mi vista? Mi vista funciona perfectamente, cacho guarro. Si no ¿cómo sé que se ha dejado la bragueta abierta?

Sito, como mortal que era, notó una mano invisible que le hizo bajar la cabeza, pese a los esfuerzos de su consciente por evitarlo. Se quedó mirando la cremallera abierta unos instantes antes de volver la vista al segundo piso.

—Ah, no, si es que ya estaba rota. Se me ha roto antes…

—¡Payaso, más que payaso! ¡Lárguese antes de que llame a la policía!

Sito hizo mutis por el foro y se escabulló, con tanta dignidad como pudo, hasta quedar fuera de la vista de la anciana. Dio la vuelta a la esquina, vio un matorral y tras comprobar de nuevo que nadie le veía, consiguió aliviarse finalmente.

Tres horas y media. El estómago empezaba a rugir reclamando su dosis nocturna, y le dolía la cabeza. Ni un maldito bar a la vista. ¿Pero en dónde vivía este hombre? ¿En Estambul?

Las diez y media. Lo que Sito tenía en la panza podría pasar fácilmente por un tigre de bengala. Le pesaban los ojos. La puerta del garaje se volvió a abrir (había perdido la cuenta de las veces que había echado a correr hacia la Vespa mientras se enfundaba el casco y se lo había tenido que volver a quitar), y esta vez sí, apareció el Audi negro de Cárdenas. Arrancó la moto y esperó. El coche giró a la izquierda. Lo siguió. “Como se meta en la A6 voy de cráneo. En la Cuesta de las Perdices lo pierdo”. Pero el Audi giró a la derecha y enfiló la Avenida de Séneca en dirección a Moncloa. A punto estuvo de perderle en Cuatro Caminos por culpa de un semáforo. Pero al final, consiguió seguirle la pista hasta Sor Ángela de la Cruz. Cárdenas metió el coche en un aparcamiento privado. Sito aparcó en la calle y esperó. Poco después apareció su jefe, de punta en blanco: traje negro de Adolfo Domínguez, camisa blanca con botones dorados, y unos zapatos de color granate oscuros a los que las farolas arrancaban destellos estrellados. Caminaba muy erguido. “Esta noche no se ha sacado el palo del culo”, pensó Sito. Cárdenas se mesó el cabello, peinándoselo con los dedos hacia atrás y a la derecha, tan blanco que podría haber hecho un anuncio de detergente para lavadoras: “Pixan, dejará la ropa tan blanca como el pelo de Eduard”.

Cárdenas cruzó la calle y, como si fuese el rey de la noche, chasqueando los dedos, abrió la negra puerta de un local: “gL´amour. Night Club”. Sito guardó el casco, amarró la moto a un poste y se encaminó hacia el tugurio. Abrió la puerta y accedió a un pequeño vestíbulo, pintado de negro e iluminado por una luz roja. La entrada al infierno.  El corazón se le aceleró. Bum, bum, bum. Una segunda puerta, negra también, parecía retumbar al ritmo de la música que se adivinaba en el interior. Bum, bum, bum. Abrió la puerta. La música de reguetón lo envolvió de golpe e hizo temblar todo su cuerpo. El último obstáculo: una cortina de raso de color púrpura. La separó unos centímetros y acercó el ojo a la abertura. Un tugurio, sí, pero de lujo. “Luces de colores, lo pasaré bien”. La estrofa de la canción de Mecano le vino a la cabeza sin motivo aparente. Dudó que lo fuera a pasar bien. A la izquierda de la sala, una barra. Parecía sacada de una película rodada en Manhattan. Detrás de ella un gran mural llegaba hasta el techo, de cuatro metros de altura, todo de cristal, cuajado de centenares de botellas, iluminadas una a una por luces de tonos naranjas, rojos, amarillos, verdes y azules: una pintura psicodélica sacada de los talleres de Murano. Tres camareras bellísimas, deslumbrantes, vestidas con tops blancos que dejaban adivinar sus generosos pechos, y pajaritas negras, atendían a una docena de clientes sin dejar de bailar, mostrando sus deslumbrantes sonrisas y sus miradas picaronas. Otra docena y media de hombres se repartían por las mesas altas del local, acompañados por bellas y exuberantes señoritas. Columnas camufladas con pantallas traslúcidas iluminadas en tonos verdes y rosados. Al fondo, a la izquierda, detrás de la barra, sobre un pequeño escenario, el pincha cambió de tema. Los altavoces, invisibles, empezaron a retumbar al ritmo de Destination Calabria, de Alex Gaudino, mientras la decena de pantallas distribuidas por el local repetían, como espejos, la imagen de un grupo de majorettes, calentando un poco más si cabe el ambiente del local, haciendo vibrar sus nalgas a toda plana bajo unas irreductibles microfaldas. La boca de Sito llegaba al suelo. En el centro de la sala, una gogó, con una capa de pintura plateada por toda vestimenta, se contorneaba al son de la música, acariciando y lamiendo con parsimonia una trompeta dorada. Sito tardó unos cuantos segundos en salir del trance. “¡Coño! ¿Y Cárdenas?”. Escaneó el local con la mirada hasta que lo localizó, sentado en un extremo de la barra. Solo. Era imposible pasar desapercibido. Sito no tenía dónde esconderse. Cerró la cortina y salió a la calle. Se le pasó por la cabeza entrar con el casco puesto, pero llegó a la conclusión —tardó medio minuto en hacerlo— de que parecería raro. Oyó un grito a su derecha, indescifrable. Volvió la cabeza. Un chino de unos treinta, cuarenta, o cincuenta años —a Sito se le daba mal calcular las edades de los orientales— estaba echándole la gran bronca a un joven, probablemente su hijo, montado en una motocicleta con el casco en la mano. El hombre se desgañitó y gesticuló un rato, hasta que el chico se calzó el casco, arrancó la moto y se marchó. El hombre se giró para entrar en su local, vio a Sito y le sonrió antes de cruzar la puerta y perderse de vista. Sito se acercó. Hiper China, rezaba un cartel en grandes letras blancas sobre fondo rojo. A Sito se le encendió la bombilla: un disfraz. Eso era lo que necesitaba. Entró. El dependiente le sonrió de nuevo y le saludó con una leve inclinación de cabeza.

—¿Disfraces?

—Telcel pasillo, fondo —dijo el dependiente, señalando con la mano.

—Gracias.

La mayoría de las pelucas eran de mujer. De todos los colores y largos. Predominaban los tonos imposibles: fucsias, azules y verdes fluorescentes. De caballero, poco.

—¿Ayuda? —el hombre apareció a su lado como por arte de magia. Sito dio un respingo. Le vinieron a la mente las películas de kung-fu a las que su padre era tan aficionado; películas de series B, C, D… del alfabeto entero. Recordó una escena en particular, en la que el protagonista, ¿Bruce Lee?, desaparecía en el preciso instante en que su enemigo iba a propinarle un golpe fatal y aparecía a sus espaldas para hincarle su mortífera mano en los riñones o la nuca; así una y otra vez, hasta derrotar a la docena y media de contrincantes a los que se enfrentaba, Sito nunca había entendido muy bien porqué, de uno en uno. Cosas de honor, suponía.

—¿Ayuda? —repitió el tendero.

—Buscaba una peluca. Para mí, que parezca de verdad. Y un bigote.

—¡Ah! Tenel peluca pelfeta. Aquí, venil. —Le llevó al final del lineal—. Esta.

Delante de él, un envoltorio de plástico transparente con una gran etiqueta que decía: “Kit Villarejo”.

—Gola, bigote, gafas de sol co letlovisol, bolíglafo co glabadola y calpeta pa tapal cala. Como inspetó Viyalejo. Balato. Siento sincuenta.

—¿Ciento cincuenta euros? No, no, no, muy caro, muy caro Algo más barato. Una peluca y un bigote, nada más.

—¡Ah! Bien. Entonse kit Iglesia. —Señaló a su derecha—. Peluca co coleta y bigote co pelilla. Peluca buena, no cael, co peamento.

—¿Con pegamento?

—Sí sí, pala no cael. Veinte eulo solo. Balato, balato. ¿Plobal, sí? Tlael espejo.

Le quedaba de muerte. ¡Qué pelazo! Se giró a un lado y al otro frente al espejo.

—¿Gustal, sí?

Sito asintió con la cabeza.

—Me la llevo puesta.

—Ayudal. Quital cinta adhesiva… Así —el dependiente apretó la peluca con los dedos para fijársela en la frente. Repitió después la operación con la perilla y el bigote.

Sito pagó con gusto, cosa rara en él, los veinte euros que costaba el disfraz. Como Sherlock Holmes, se dijo. Salió de la tienda y entró en el gL´amour. El pincha seguía machacando música latina, bum, bum, bum, mientras glúteos y pechos prodigiosos llenaban las pantallas con su danza voluptuosa.  Cárdenas seguía en la barra, solo. Sito se acodó en la esquina, a ocho metros de distancia. Se acercó la camarera. Morena, muy guapa, grandes labios rojos, ojos negros de pestañas infinitas, cintura de avispa, con un tatuaje en caracteres orientales sobre el ombligo y grandes pechos bajo la pajarita.

—¿Qué tomas, cariño?

—Nada de momento, gracias —respondió Sito, impactado al verla.

—Ay, corazón, no se puede estar sin consumir. A los jefes no les gustan los mirones, ¿sabes?

—Que no, que no, que nooo… que no vengo de mirón.

—Eso se lo cuentas a Micky, cariño.

—¿Micky?

—¿Ves aquel hombretón de dos metros, al fondo, el de la cabeza rapada y sacos de músculos por todas partes? Pues ese es Micky.

Sito vio al individuo, con un traje negro cuyas costuras parecían a punto de reventar. Se fijó en sus puños: dos balones de reglamento. Se preguntó cómo haría para meterlos por las mangas de la chaqueta. Tragó saliva.

—Ya, pues entonces ponme una tónica.

—Una tónica. Bueno, vale.

Sito se giró para vigilar a Cárdenas y, al hacerlo, se encontró con la cara de otra chica, de aspecto entre latino y asiático, a veinte centímetros de la suya. Dio un respingo. La leche, qué manía con aparecerse así, de repente. ¿Sería pariente del chino de la tienda? Con sus zapatos de aguja, ella le sacaba media cabeza. Imponía.

—Hola, amor —dijo con voz envolvente—. Bonita coleta. No te había visto antes por aquí.

—No, yo es que…

La chica le plantó un beso en la mejilla. Sito se vio envuelto en una nube de perfume empalagoso.

—Mi nombre es Daniela. ¿Me invitas a una copa? —Le colocó un brazo alrededor del hombro.

—No, verás, yo no…

—¿Zumo de melocotón, Daniela? —preguntó la camarera, que estaba sirviéndole la tónica a Sito. Y luego se dirigió a él—. A los jefes no les gustan los caballeros que no invitan a las chicas.

—Caray con los jefes. Bueno, vale, si solo es un zumo… —Sito intentaba no quitarle el ojo de encima a Cárdenas.

—¿Y a qué te dedicas, amor?

—Fotógrafo, soy fotógrafo.

—Uy, que chévere. ¿Tú me podrías haser unas fotos? Para mi book, tengo que actualisarlo, ¿sabes?

—Bueno yo…

—Sesenta euros —dijo la camarera mientras le servía el zumo a su compañera.

—¿Cómo sesenta euros? ¡Si es una tónica y un zumo!

—Consumición mínima, treinta euros, cariño.

—Y entonces, un gin-tonic ¿qué cuesta?

—Treinta también, si no es premium.

—Coño, si lo sé…

—Pues ya lo sabes. Para la próxima.

Micky el cachas se acababa de acercar a Cárdenas. Sito estiró la cabeza para no perder detalle. Daniela aprovechó para mordisquearle la oreja.

—¿Vamos a un sitio más tranquilo, mi amor? —dijo mientras le sobaba la entrepierna.

Sito se apartó de golpe.

—Que no, que no, que yo no…

—Vaya, otro que ha venido solo a regalarse la vista. Bueno, grasias por la copa, cariño. —Se dio media vuelta y se alejó.

Cárdenas acompañó a Micky a la zona de reservados, situados en la pared opuesta a la de la barra. Sofás en U en torno a una mesa baja, separados entre sí por un tabique a prueba de oídos indiscretos y protegidos de miradas ajenas por unas gruesas cortinas aterciopeladas de color morado. Cárdenas y el mazas se acercaron a la situada a la altura de Sito. Micky abrió una de las cortinas, dejando a la vista a un cincuentón menudo de nariz ancha, labios finos y pelo de pincho. Algo en él le recordó a Joe Pesci. Cárdenas entró, le estrechó la mano y se sentó. Micky cerró la cortina, miró el reloj y se plantó inmóvil a hacer guardia. ¿Quién sería el tipo del reservado? ¿El dueño del club? Sito cada vez entendía menos.

Alfonso Chozas, alias Santiño, miró a Cárdenas a los ojos sin pestañear. A este, el palo que llevaba siempre metido por el culo se le había licuado nada más verle.

—¿Sabes? Iba a mandar a mis chicos a buscarte. ¿No pensarás jugármela?

—No, don Alfonso.

—Eso está bien. ¿Dónde carallo está el pájaro?

—A resguardo, no se preocupe.

—¿A resguardo? ¿Qué leche quieres decir con a resguardo? ¿No pensarás que puedes negociar conmigo? Porque te juro…

—No, no don Alfonso.

—… que hago que te partan las piernas; para empezar.

—No, de verdad. Se lo juro. Se lo traigo el sábado.

—¿Y por qué cojones tengo que esperar hasta el sábado? La exposición terminó el domingo, y el otro pájaro ¿no está ya de vuelta en París?

—Sí, sí.

—¿Entonces?

—La vitrina. La que me encargó. La han hecho pequeña.

—¿Cómo que pequeña?

—Es que… se equivocaron con las medidas. Eran 95 centímetros de alto y la han hecho de 59. El hijo del ebanista, que es disléxico.

—¿Y eso qué carallo es?

—Pues que confunde…

—Mira, no me jodas. Me importa una mierda. Como no me traigas el bicho ese el sábado y con la vitrina, date por jodido. —Santiño frunció el ceño y, de repente, se acercó, le agarró de la oreja y se la retorció. — Oye, a ti ¿no se te habrá ocurrido tangarme?

—¿Tangarle? —Cárdenas intentaba ofrecer la menor resistencia para no quedarse sin oreja. —Que no, que no, don Alfonso, que es por la vitrina, se lo juro.

Sito controlaba de reojo el reservado. Micky no se movía del sitio.

—¿No tendrás algo de picar? —le preguntó a la camarera.

—¡Claro! Almejas a la marinera, berberechos al vapor…

—¿En serio?

—¿Tú te crees que esto es un chiringuito de playa? Aquí lo que los tíos venís a comer es marisco, pero de otro tipo.

—Bueno vale, ya lo pillo. —Y dos segundos después:—Pero unos quicos o unas patatas fritas tendrás, digo yo…

—Toma, unas gominolas. Y tranquilo, que no te las voy a cobrar. —La chica se le quedó mirando a la frente.— ¿Para qué te pones peluca? Seguro que sin ella estás más mono.

—Que no, que no, que noooo… que no llevo peluca. Mira —dijo tirándose de la coleta— Natural del todo.

—Lo que tú digas. —Se sonrió—. Pero en el chino de al lado venden unas igualitas.

—¿El chino? No sé… no… no he visto ningún chino…

Un cliente reclamó la atención de la camarera y esta se alejó. En ese momento se abrió una cortina al fondo del local y apareció un tipo gordo y bajito. “¡Anda, don Corleone en el cuerpo de Danny DeVito!”. Micky, que había notado el movimiento a su derecha y había vuelto la mirada, vio que el otro le hacía un gesto para que se acercase. Micky negó con la cabeza, señalando con el pulgar y la cabeza hacia el reservado. El gordito insistió repetidamente. Micky puso cara de circunstancias, torció el morro, dejó su puesto, se llegó al fondo del local y se perdió tras las cortinas.

Sito no lo dudó. Era entonces o nunca. Se acercó al reservado con la tónica en la mano, moviéndose lastimosamente al ritmo de la música (sonaba Satisfaction, de Benny Bennasi y las chicas del videoclip hacían sexibricolaje en las pantallas). Sito se meneaba con su sonrisa ensayada, simulando disfrutar del momento, pero las venas de la frente parecía que le iban a estallar y sus intestinos se habían puesto en pie de guerra. Aguantó como pudo el apretón y se apoyó en el tabique que separaba el reservado en el que se había metido Cárdenas. Pegó la oreja para poder oír la conversación que tenía lugar en su interior.

—El sábado por la noche sin falta. —Oyó que decía una voz desconocida—. Con la vitrina, no quiero que mi cliente se me ponga tonto por una carallada así. Si no estás aquí a medianoche mis chicos irán a buscarte. Y no te gustará que lo hagan, te lo aseguro.

—No hay problema, don Alfonso. El sábado por la noche, sin falta.

Sito notó en ese momento algo parecido a la garra de una máquina demoledora estrujándole el brazo.

—¡Largo de aquí! —dijo la carrasposa voz de Micky.

El matón le desplazó en círculo con una sola mano sin aparente esfuerzo. Sito tenía la impresión de ser un simple muñeco de Lego en manos de Terminator. Cuando lo soltó, se miró el brazo, convencido de que en la zona por la que le había agarrado aquel tipo lo único que iba a encontrar era hueso. Se llevó la otra mano a la zona, presa del dolor. A punto estuvo de soltarle una memez de las suyas al matón, pero el dolor por un lado y el oportuno movimiento de las cortinas del reservado por el otro —alguien estaba a punto de salir de su interior—, evitaron que lo hiciera, y que Micky le aplastase la jeta con el chuletón de Ávila que tenía por mano. La espalda y la cabellera plateada de Cárdenas asomaron por la abertura de las cortinas. Sito, presa del pánico, dio media vuelta y echó a andar, casi a la carrera, hacia la puerta. Pero antes de que consiguiese alejarse, la zarpa de Micky le agarró de la coleta. Sito notó el tirón. La cinta adhesiva se desprendió, dejando al matón con la peluca en la mano. Sito echó a correr, subió las escaleras, abrió la cortina y las dos puertas y, sin volver la vista atrás, salió a la calle y se ocultó entre dos coches. Cárdenas salió poco después, cruzó la calle y entró en el aparcamiento. Micky apareció en la puerta y miró a ambos lados, un instante. Se encogió de hombros y volvió al interior. Poco más tarde, el Audi de Cárdenas salió del garaje y se alejó. Sito esperó un momento, y cuando creyó que no había peligro, salió de su escondite, se llegó hasta su moto y, con evidente esfuerzo debido al dolor del brazo, quitó el candado, se puso el casco, arrancó y regresó a su casa. “¡Menuda mierda! Ochenta pavos perdidos. Para nada.”, se dijo. “Esto no pasa en las novelas. Ni en las películas”.

 

Continuará…

 

Fernando Arnáiz:

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©Novela: Fernando Arnáiz, 2020.

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