Novela por entregas, El asesino imaginario por Fernando Arnáiz (Cap. 11 y 12)

XI

Con las manos en los bolsillos y su bien erguido metro sesenta y cinco, Sito encaró la calle Ríos Rosas de buen humor. Le gustaba la Tienda del Espía. La habían abierto hacía poco más de un año. Una copia de las franquicias del mismo nombre, más cutre y oscura. Antes aquello había sido la sede corporativa de un grasiento döner kebab. Pese al cambio de actividad y de aspecto, el local seguía oliendo igual que entonces. Desde su apertura, Sito visitaba la tienda religiosamente a primeros de mes, como un reloj. Con la esperanza de encontrar alguna novedad de interés, lo que resultaba poco habitual. Aún así, le gustaba curiosear, leer las cajas y los envoltorios, charlar con los dependientes sobre este o aquel artículo… Porque comprar, lo que se dice comprar, no compraba nada. Nunca.

Tenía ya decidido el tipo de grabadora que le iba a comprar a Menchu. Las había de todo tipo: las tradicionales (rectangulares, de diferentes tamaños), las que imitaban un pen drive (muy convenientes para ser instaladas en la parte posterior de un ordenador), las que iban camufladas en un reloj, en unas gafas, un bolígrafo, un colgante… Incluso había unas con forma de quita-pelusas, uno de esos cepillos para quitarle el polvo y las pelotillas a los trajes. Pero la que más le había gustado era la que simulaba una pulsera. Bastaba con presionar un botón oculto para empezar a grabar. Esperaba encontrar algún modelo más económico que el que había visto en la página web de la tienda: 240 euros, casi nada.

Se puso a pensar en la noche siguiente. Había quedado con Menchu en casa de él, a las ocho. No había podido contarle aún lo que había descubierto sobre el alca. Le enseñaría las fotos en el ordenador. Quizás ella pudiera averiguar cuándo había sucedido el percance y qué tenía que ver Cárdenas en el asunto. Incluso podrían aprovechar para inculparle también en aquel asunto cuando Menchu grabase la conversación, el lunes. Pero tenían que probar la grabadora. Menchu no podía permitirse un fallo. Solo tendría una oportunidad. Probarían y probarían hasta asegurarse de que funcionaba a la perfección y de que Menchu podía manejarla sin problema. Tampoco era un arco de iglesia, bastaba con darle al botón, pero nunca se sabía lo que podía ocurrir. Después le enseñaría lo que llevaba escrito de la novela. Estaba convencido de que sería un pelotazo. Ya se veía en la prensa, “el nuevo Highsmith español”, entrevistado en la televisión, en la feria del libro, firmando ejemplares ante una fila kilométrica de entusiastas lectores y, ¿por qué no?, su obra traducida a decenas de idiomas, convertida en una gran superproducción de Hollywood. ¿Quién podría hacer el papel de Prado? ¿Matt Damon? ¡Sería perfecto! Lo hablaría con Menchu, a ver qué le parecía la elección.

Y después de charlar sobre la novela, una cena romántica, unas copas, quién sabe… Quizás, con las condiciones adecuadas, ella dejaría de verle como un amigo, como su mejor amigo. Ahora estaba libre, al menos que él supiera. Si no, se lo habría dicho. Siempre lo hacía, siempre le contaba lo enamorada que estaba… hasta que el novio perfecto se convertía en un capullo integral y Menchu le utilizaba de pañuelo para secar sus lágrimas. Lo que a él no le disgustaba en absoluto ya que, pese a que lamentaba su dolor, aquello le permitía estar cerca de ella y ayudarla de corazón. Además de abrirle una nueva oportunidad, eso era cierto. Como en aquel momento. Sabía que cualquier día, alguno de aquellos novietes no se convertiría en calabaza, momento en que él, Sito Lomas, se quedaría sin nuevas oportunidades. Porque oportunidades las había tenido. Había estado en un tris de declararse… bueno, de declararse… no exactamente; de lanzarse a la piscina, de insinuarse, de plantarle un beso… En varias ocasiones. Siete para ser exactos. Pero en el instante crucial siempre se torcía algo: ella cambiaba de repente de tema de conversación, él decía algo inapropiado que rompía la magia del momento (esta era una de sus principales habilidades), aparecía alguien y les interrumpía… Alguien o algo. Como aquel maldito camión de la basura, el día que la acompañó a su casa después de su fiesta de cumpleaños, cuando estaba a punto de inclinarse para besarla; o aquel chihuahua, en el parque, que se había lanzado al aire como un supermán perruno para hincarle los dientes en la pantorrilla en el preciso instante en que iba a cogerla de la mano. Siete veces. Siete oportunidades perdidas. No eran muchas, al menos eso pensaba él. Mejor dicho, eran muchas, pero no las suficientes como para que dejara de intentarlo. Siete en… ¿cuántos años? ¿Veintitrés? Desde que la conocía. Perdón. Trece para ser precisos, en realidad solo contaban trece. Los cuatro primeros, cuando se conocieron en el pueblo en que veraneaban, en La Rioja, teniendo él trece años y ella doce (dejó de ir por allí tras la muerte de su abuelo materno). Y los últimos nueve, en que habían coincidido en el museo. En el ínterin no había vuelto a saber de ella. Siete veces, siete. La de aquel viernes podía ser la última si todo salía bien.

Tenía que prepararlo todo a conciencia. El ambiente, la cena… Joder… ¡la cena! ¿Qué preparaba de cena? En las películas, los galanes modernos siempre preparaban unos platos que ni los de MasterChef. A él la cocina no es que se le diese mal, pero sus platos estaban muy lejos de aquellas virguerías. Él era más de lo tradicional, del plato de cuchara y el chuletón. Claro que, bien visto, ¿quién decía que unos daditos de esturión con ensalada de algas y caviar iraní fuesen más románticos que unas patatas a la riojana? ¡Coño, unas patatas a la riojana! ¡Eso era! ¡Un recuerdo de su adolescencia! Decían que los olores y sabores asociados a los buenos momentos de nuestra infancia (y suponía que de la adolescencia también), podían hacernos evocar las mismas sensaciones de entonces, y hacer que nos sintiésemos a gusto, relajados, contentos incluso. El olor de las patatas a la riojana podía ser la clave, evocar en Menchu la felicidad que sentían por entonces: las mañanas en la piscina, las interminables charlas de adolescencia en la chopera, las noches de cine en el frontón, acurrucados unos contra otros y en las que las manos tenían vida propia y abundaban los besos escamoteados durante las escenas más oscuras. Sito se paró en un semáforo y frunció ligeramente el ceño. Menchu se encontraba en esos momentos en una situación vulnerable. ¿Sería propio de un caballero jugar de esa manera con el pasado para sacar provecho? En las películas era algo que hacían solo los capullos o los personajes que, no siéndolo, se comportaban en algún momento como tales, para luego disculparse y acabar siendo auténticos caballeros. Pero… ¡él la quería de verdad! No era uno de esos que quieren pasar una noche loca a toda costa y que se van en medio de la noche dejando a la chica sola en la cama. Y, además, oportunidades como la de aquel día no se presentaban a menudo. ¿Quién le decía que al día siguiente ella no encontraría al amor de su vida? Decidido, patatas a la riojana, se dijo mientras cruzaba la calle. Y luego… hombre, por supuesto, unas chuletillas al… ¡mierda! ¿De dónde sacaba él unos sarmientos? Nada, descartadas. Las chuletillas, o eran al sarmiento o nada. No había como aquel olor para evocar los dorados días de su adolescencia.

Así iba, enfrascado en qué manjares riojanos podía cocinar que no resultasen demasiado difíciles de preparar cuando, desde la izquierda, un reflejo rojizo le hizo volver la cabeza y pararse ante el escaparate de la tienda que tenía a su lado: “La Casa Maragata. Productos leoneses. Desde 1904”, el establecimiento situado al lado de la Tienda del Espía.

Cárdenas puso la caja encima del mostrador.

—¿Va bien este modelo?

—Como un reloj suizo. De lo mejorcito que hay – respondió el encargado de la tienda.

—¿Un poco caro, no? ¿No tiene algo parecido más barato?

—No.

—Es que los he visto parecidos en internet, por bastante menos.

—Pues cómprelo en internet – respondió el encargado, algo molesto. Había perdido la cuenta de las veces que le habían venido con aquella cantinela.

—Es que no llega hasta el lunes. Y la necesito antes.

—Pues entonces… Lo único más barato que le puedo ofrecer es esta almohada grabadora que me acaba de llegar. Perfecta para grabar a alguien mientras se lo monta, ya sabe…

Cárdenas puso cara de asco, no porque la visión de una escena de cama le desagradase, sino porque era el gesto habitual de su rostro cuando alguien, en este caso el dependiente, le resultaba repulsivo. Se mesó su tupida y blanca cabellera hacia atrás, miró al individuo que tenía enfrente con sus ojos azules de sapito, estiró la espalda como una cobra antes de atacar a su presa y, elevando una ceja impertinente, contestó con desgana:

—No, no es eso. Bueno, si no hay otra… Póngamela.

En el escaparate situado frente a Sito se distribuían todo tipo de viandas: morcillas de venado, cecina de burro y de buey, botillos, quesos, chocolates de todo tipo, dulce de membrillo, vinos, legumbres… y, en medio de todos ellos, una cesta cuajada de ristras de chorizo. De ahí venía el reflejo rojizo que le había hecho volver la mirada. ¡Qué chorizos! ¡Menuda pinta tenían! Se imaginaba las patatas a la riojana que podía preparar con aquellos chorizos. Bocatto di cardinale.

Cárdenas salió de la Tienda del Espía, recto como una espiga, y giró hacia su derecha, Ríos Rosas arriba. A cinco metros escasos frente a él, junto a la tienda de comestibles, Sito se acababa de agachar, haciendo pantalla con las manos a los lados de la cara para evitar los reflejos del cristal y poder ver mejor los chorizos. Cárdenas pasó por detrás de él sin percatarse de a quién tenía a su lado. En ese mismo instante, Sito se incorporó y dio un paso atrás, esquivando a su jefe por escasos centímetros. “Decidido. Pero mejor los cojo luego, cuando haya comprado la grabadora”. Giró a su derecha y echó a andar, en dirección contraria a la de Cárdenas.

Roberto, el encargado de la Tienda del Espía, se encontraba cerca de la puerta de la calle cuando esta se abrió y apareció Sito. “¡Joder! ¡El pelmazo del enano este! A dar el coñazo otra vez. Y a no comprar nada, claro”.

—Buenos días —saludó Sito con su sonrisa ensayada. Tan ensayada como falsa. Sito era incapaz de sonreír de forma natural como la mayoría de los mortales, con los labios hacia arriba. Sonreía hacia abajo, si a aquello se le podía llamar sonrisa. Así que se dedicaba a ensayar delante del espejo o con la cámara de su móvil, con poco éxito dicha sea la verdad.

—…días —contestó Roberto, con desgana y una sonrisilla tan falsa como la de Sito—. ¿Otra vez por aquí?

—Sí, ya ve. Voy… al fondo.

—Vaya, vaya. Ya sabe dónde está todo. Si necesita ayuda… —“no me llame”, pensó.

 Sito malsonrió y se alejó. La tienda tenía tres pasillos a lo largo y dos a lo ancho y sus estanterías estaban cuajadas de todo tipo de cachivaches. En lugar de encaminarse directamente al fondo a la izquierda, donde se encontraban las grabadoras, Sito comenzó a recorrer los pasillos en zigzag, como si se tratara de una enorme serpiente pitón intentando encontrar el camino de salida. Ya que estaba allí, ¿por qué no echar un vistazo? Recorrió los expositores, observando a vuelapluma los artilugios a la venta. Walkie-talkies, localizadores GPRS, ahuyentadores de perros y gatos (ojalá hubiese llevado encima uno portátil el día que le mordió el maldito chihuahua), cajas fuertes, objetos con cajones secretos, contadores de billetes, alarmas de todos los tipos imaginables, detectores de billetes falsos, visores y prismáticos de visión nocturna, teléfonos trucados para acceder a toda su actividad desde otro móvil, auriculares de espía con su cordoncito enroscado, como en las películas (como le hubiera gustado poder usar uno de aquellos) y, ya al final, justo antes de las grabadoras de sonido, las de vídeo. Hasta entonces no había visto nada nuevo, pero al llegar a aquella sección se quedó de piedra al ver una figurilla, de unos veinte centímetros, del papa Francisco, de pie, de cuerpo entero. La cogió en las manos y se pasó un rato escudriñándola. ¿Quién podría usar algo así? ¿Un sacristán preocupado por las anónimas denuncias de pedofilia del párroco? ¿Una suspicaz beata convencida de que la asistenta le robaba? ¿Un profesor de teología para vigilar los exámenes, en el seminario? Las posibilidades parecían infinitas. Miró la base de la figurita: Made in Spain. ¡Ole! ¡Y luego decían que los españoles no inventábamos nada! La dejó en su estante y pasó a la sección de grabadoras de sonido.

Cuando localizó la pulsera que andaba buscando, cogió la caja y, pese a que se las sabía de memoria, se puso a leer las características. Comprobó el precio. Efectivamente, lo que ponía en internet: ¡240 euros! En la página web solo había encontrado aquella, pero quizás en la tienda… Se puso a buscar por si había alguna más barata. Tras comprobar varias veces que era la única pulsera grabadora, se dirigió a la caja:

—¿No tendrá por ahí algún modelo parecido, más barato? Es que en internet…

—Ya, las hay parecidas y más baratas, ¿verdad?

—Sí, por menos de 40 euros.

—Pues cómprela en internet —dijo Roberto con una beatífica sonrisa parecida a la de la figurilla del papa espía.

—Es que la necesito para el lunes…

—… pero por internet no le llega a tiempo, ¿verdad?

—Sí, ¿cómo lo sabe?

—Intuición masculina…—respondió Roberto con sorna.

—Ya… Pero, un descuento si me hará…

—¿Un descuento? ¿Y eso?

—Hombre, como soy cliente habitual…

—¡Anda, y yo sin saberlo!

Sito se puso serio.

—¿Eso va con pitorreo? Porque no me gusta que se rían de mí.

—No, no, nooo… ¡Que va! Es solo que como nunca le he visto comprar nada… —“Con un poco de suerte se mosquea y no vuelve. ¡Total!”.

—Ah, bueno. En ese caso… Me había parecido. ¿Y por ser mi primera compra, un descuentillo no me haría? Es que en internet…

—¡Dale, molino! ¡Que esto no es internet! ¡Ni un bazar de Argel! No hacemos descuentillos. ¿Se la va a llevar?

—Pues… ¡qué remedio!

Roberto no se lo podía creer. Debía haber escuchado mal, se dijo.

—¿Ha dicho que se lo lleva? —“¡Increíble!”. Se iba a sacar veinte pavos de Pepe, el otro dependiente. Era lo que se habían apostado que se llevaría el primero que le vendiese algo a aquel tipo, convencidos ambos de que algo así no sucedería jamás.

Sito sacó la tarjeta de crédito. Operación rechazada. Tres veces. Roberto veía esfumarse sus veinte euros. Sito no llevaba la tarjeta de débito encima, y ni que decir tiene que nunca iba con tanto efectivo en la cartera. Consultó el saldo de su tarjeta en el móvil.

—Le puedo pagar 238 con la tarjeta y los otros dos en monedas.

Roberto pasó la tarjeta de nuevo con aquella cifra. Operación aceptada. Sito metió la mano en el bolsillo del pantalón para sacar las monedas. Al hacerlo, una de ellas salió volando, cayo al suelo y rodó debajo del mostrador. Se puso de rodillas para intentar rescatarla.

En ese momento se abrió la puerta de la calle y entró Cárdenas. Se acercó a la caja y se situó junto a Sito, mientras este intentaba pellizcar el pícaro euro con la punta de los dedos.

—¿Me he dejado aquí unas gafas de sol? —preguntó Cárdenas.

A Sito se le vino a la boca el sándwich de pollo que le había servido de almuerzo. “¿Cárdenas?” La sangre se agolpó en su cara. Parecía que le iba a estallar la cabeza. Se quedó inmóvil, pensado que si volvía la cabeza para confirmar que la voz era la de su jefe se convertiría en estatua de sal.

—Sí, se las dejó aquí, en el mostrador. Un momento.

Sito echó mano de la capucha de su sudadera y se tapó la cabeza. Cárdenas bajó la vista mientras el tendero abría un cajón.

—¿Le pasa algo, amigo? – le preguntó a Sito.

—No, no, gracias —respondió este, poniendo voz de gangoso—. Se me ha caído una moneda, pero casi la tengo.

“Pobre diablo”, pensó Cárdenas.

—Aquí tiene. Sus gafas.

—Gracias. Buenas tardes.

Sito esperó a que su jefe saliese de la tienda para ponerse en pie, ya con la moneda en la mano. La puso sobre el mostrador. Roberto cogió el dinero, sacó el tique de compra, lo grapó a la copia del pago con tarjeta y se lo entregó.

—El hombre este que acaba de entrar, el de las gafas de sol, ¿qué es lo que ha comprado?

—Hombre, eso no se lo puedo decir. Por confidencialidad.

—No, si a mí me da igual quien sea este señor, si es por curiosidad. Como vengo a menudo y veo a tan poca gente comprando… me preguntaba que es lo que se suelen llevar.

—Ah, bueno, pues un poco de todo.

—Ya…

—Bueno, que más da. ¿Quiere saber lo que se ha llevado? Se lo voy a decir, ahora que ya es oficialmente un cliente, quien me lo hubiera dicho… Y por la coincidencia.

—¿Qué coincidencia?

—Es que se ha llevado exactamente la misma pulsera grabadora que usted.

—¿La misma?

—La misma.

“¿Para qué quería Cárdenas una grabadora? ¿Quería grabar a Menchu? No, no tenía sentido, le querría hacer la puñeta a alguien más”.

—¿Le importa si le hago una foto? —le preguntó el dependiente, sacándole de su abstracción.

—¿Eh?

—¿Qué si le importa que le haga una foto?

—¿Una foto?

—Sí, así, sujetando la grabadora con una mano y el recibo en la otra —dijo Roberto levantando las manos y poniéndolas junto a la cara.

—¿Y para qué quiere una foto?

—Eh… ¿tiene redes sociales?

—Sí, claro.

—¿Instagram?

—Sí, claro. Soy fotógrafo. Profesional. Arte puro ¿eh? Nada de bodas y cosas por el estilo.

—Ya, ya… ¿Y Facebook?

—También, también.

—Ya. Y Twitter, claro…

—No, Twitter no tengo.

—Vaya hombre, qué pena. Es que la foto es para Twitter. Para un sorteo. Subimos las fotos de nuestros clientes del mes y luego la gente vota la que más le gusta. El ganador del sorteo y la persona de la foto se llevan 50 euros para gastar aquí, en la tienda.

—Ah, pues en ese caso, claro claro, no me importa, que va, para nada.

Sito puso su descompuesta sonrisa y colocó la grabadora y el tique junto a su cara.

—¿Así?

—Así, sí, perfecto. —Roberto le hizo varias fotos—. Muchas gracias. Si gana le aviso.

—¿Apunta?

—¿Eh?

—Que si apunta.

—¿El qué?

—¡Hombre! Pues mi nombre y mi teléfono. ¡Por si gano!

—¡Ah! ¡Claro claro! Perdone, estaba pensando en otra cosa.

Sito le proporcionó sus datos. “¡Será despistado! ¡Si no fuera por mí!”. Salió de la tienda volviendo sus pensamientos a Cárdenas y su pulsera grabadora. Dobló hacia la izquierda, hacia la Castellana, en dirección al museo.

En el interior de la tienda, Roberto le envió un mensaje a Pepe, su compañero, que estaba en línea.

Me debes 20 pavos

20 pavos? De qué?

Adivina quién ha hecho una compra, decía el pie de la foto que le adjuntaba con la cara de Sito. Si no le mandaba una foto ¡de qué se lo iba a creer!

XII

No fue hasta que tuvo el museo a la vista que Sito se dio cuenta de que se había olvidado de comprar los chorizos. Bueno, ya los compraría más tarde. La tienda estaba al lado de casa. En la parte trasera del edificio, Conchi se encontraba vigilando la puerta de salida. Desde allí se veía el jardín y la casita. Había pedido a un compañero que le cambiara el turno para tenerla controlada. Sito había salido a la hora de comer, y lo primero que haría sería ir allí a fichar. Cerca de las dos y media le vio pasar, algo encorvado, hablando para sí mismo. Abrió la puerta antes de que enfilara la senda del jardín.

—¡Sito! ¡Sito! —hubo de repetir, un poco más alto.

Él volvió la cabeza y miró extrañado cómo Conchi le hacía señales para que se acercara.

—¿Pasa algo? —le preguntó en cuanto estuvo a su lado.

Conchi miró hacia las puertas de cristal que daban paso a la sala principal del museo y al exterior, para asegurarse de que podían hablar sin problema.

—Tengo algo que contarte.

Y pasó a referirle el encuentro que había presenciado entre Cárdenas y Delgado, y los retazos de conversación que había podido captar.

—¡Joer! ¿Se habrá enterado de lo de la otra tarjeta?

—¿Qué tarjeta?

—Poner a recaudo… las fotos, mi nombre, partirme las piernas… ¡Joder, partirme las piernas! Pero ¡este tío está loco! —Sito estaba fuera de sí. “Tiene pensado secuestrarme y partirme las piernas. Pero ¿solo por lo del alca? No puede ser. Además, a aquellas alturas debía haber llegado ya a París. Incluso les habría dado tiempo a colocarlo de vuelta en su vitrina habitual. Si no se habían dado cuenta de los desperfectos, y no lo habrían hecho, ¿qué sentido tendría darle una paliza? Además, ¿cómo sabía Cárdenas que había averiguado lo del alca? ¿Le habrá preguntado al trepa de Filón si es posible que me haya quedado con una copia de las fotos? Porque si lo ha hecho, el muy cabronazo se lo ha cascado. Fijo. ¿Y lo de ponerme a buen recaudo… qué querrá decir? Le asaltó entonces una imagen: la de un bidón industrial, y a él metido dentro, de pie, con la boca tapada con un trozo de cinta americana, las manos y los pies atados, la cara amoratada, la sangre chorreándole por la frente y las mejillas y quién sabe si con algún dedo de menos, mientras unos matones rellenaban el bidón con hormigón armado. Como en Billy Bathgate. Zapatos de cemento, así le llamaban. Vio cómo, más tarde, Cárdenas le propinaba una patada y hacía rodar el bidón con él dentro, dando vueltas como un soldadito de plomo, hasta que caía por el borde del muelle hasta el mar y se perdía para siempre en las profundidades del mar. ¿En el mar? Imposible, estaban en Madrid. En el pantano de San Juan. ¡Oh, Dios Santo, el pantano de San Juan! Le vino a la mente la imagen de un fondo turbio y lodoso, repleto de algas y bichos repugnantes que se le metían por la boca. ¡Qué asco!

—¡Sito! —el grito contenido de Conchi lo sacó de sus elucubraciones.

—¿Eh?

—Que lo de las piernas no estoy segura si lo decían por ti. Creo que lo decían por ellos mismos, como si hubiese alguien más metido en el embrollo que sea en que estáis metidos, alguien peligroso.

—Pero ¿qué embrollo? ¡Yo no me he metido en ningún embrollo!

—Pues entonces no tienes de qué preocuparte —dijo Conchi intentando tranquilizarlo poniéndole una mano en el hombro.

—¡Joer, joer, joeeeer! —Sito resopló—. Pero ¿dijo que lo iba a hacer esta noche?

—Que no, que hablaba de otra cosa. Dijo que esta noche iba a ponerle al corriente.

—¿A quién?

—Ni idea, chico. Pero ándate con ojo. El mamón este te está preparando alguna buena. Veré si me puedo enterar de algo, ¿vale?

—Vale, gracias Conchi.

Sito se dirigió a la casita como un burro apaleado. Quizá lo mejor sería sentarse a hablar con Cárdenas y decirle que no se lo contaría a nadie. Lo del alca. Que podía contar con él. A lo mejor así lo dejaba en paz. O quizás fuese mejor amenazarlo. Decirle que le había enviado las pruebas a un amigo y que, si le pasaba algo, tenía instrucciones de enviárselas a la prensa. Eso siempre funcionaba en las novelas. Y si funcionaba en las novelas era porque también funcionaba en la vida real. Los escritores se documentaban mucho. Pero antes… antes no estaría de más saber a quién pensaba poner Cárdenas al corriente aquella noche. ¡Le seguiría! ¡Eso es! Le seguiría. Ya se veía a sí mismo como un Philip Marlowe moderno (un poco bajito y español) con su gabardina, su Fedora en el asiento del copiloto, fumando un cigarrillo detrás de otro, sentado en su Lincoln Continental, vigilando la casa de Cárdenas. Aunque pensándolo mejor, con el calor que hacía mejor sería dejar la gabardina en casa. Se veía metido en el papel, despiadado e incorruptible de Marlowe, haciendo frente a la degeneración de un mundo prostituido. Seguiría a Cárdenas y averiguaría en qué turbios asuntos de los bajos fondos se hallaba metido aquel truhan.

Fernando Arnáiz:

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