Novela por Entregas, El asesino imaginario (Final) por Fernando Arnáiz

XL

—¿A ti también te ha llamado? —Sito miraba a Menchu, sentada frente al despacho del director.

—Eso parece.

—¿Sabes qué quiere? A lo mejor la policía le ha dicho ya algo.

—Ni idea. Por cierto, vaya pareja de petardos. Los policías.

—Eso mismo le decía yo a Berto. Sobre todo el tal Fanegas.

—Fábregas.

—Que no, que se llamaba Fanegas.

—Roberto Fábregas, Sito.

—Que no, Menchu. Fanegas, que se me quedó a mí grabado el nombre, que me llamo la atención. Que me dije, “¡Hombre, como el pez que me picó en La Lanzada!”.

—Eso son las fanecas, Sito. Las fanegas son otra cosa.

—¿Estás segura?

Valpurgis apareció en la puerta antes de que Menchu tuviese tiempo de contestar.

—Ya podéis pasar.

—¿Juntos?

—Juntos, sí.

Ramón Salinas los esperaba sentado a su escritorio, repasando unos documentos.

—Pasad. Sentaos.

—¿Se sabe ya algo de Eduard?

—Nada en concreto. Solo que la investigación está en marcha y, dicen, están haciendo progresos. Pero no me han dicho más. Os he llamado porque hablé ayer con París. Con André de Rugy.

—¡Vaya! ¡Cómo se notan los galones!

—¿Y eso?

—Porque he perdido la cuenta de las veces que he intentado hablar con él.

—Bueno, en cualquier caso… —El director se puso serio—. Me ha dicho que le llamaste el lunes y le hablaste de vuestras sospechas sobre la autenticidad del alca. Creí que os había quedado claro que ese asunto debía quedar entre nosotros.

—Bueno, sí, pero dijiste: “hasta que lo hable con la policía”.

—Pero es que el lunes no había hablado aún con la policía. Desoíste mis órdenes, Carmen.

Menchu bajó la mirada, dolida por la llamada de atención.

—Fue culpa mía —dijo Sito—. Le insistí e insistí y, al final, por no tenerme que aguantar, acabó llamando.

—Eso no la disculpa, José Luis. Y a ti no te pone en muy buen lugar.

Salinas se puso en pie y empezó a deambular por el despacho, dando vueltas alrededor del escritorio, de Menchu y de Sito, con las manos a la espalda.

—Por suerte, el asunto no ha llegado a mayores. O eso espero. Aunque me temo que hayamos quedado como una panda de patanes asustadizos ante los franceses. Pero bueno, como decía, espero que el asunto no tenga mayor trascendencia. De Rugy me ha confirmado que, ante tu insistencia, Carmen, ayer realizaron una inspección pormenorizada y concienzuda del espécimen y han llegado a la conclusión de que lo que tienen es, sin duda, el alca original.

—¿Qué?

—¿Cómo?

Salinas se plantó delante de ellos, con las manos apoyadas sobre el escritorio.

—Pues eso, que es el alca original. Que toda vuestra teoría sobre la falsificación, la conspiración de Cárdenas y Delgado y la venta del animal a un mafioso, dueño de un club de alterne, no es sino el producto de vuestra imaginación.

—Pero Ramón —dijo Sito—, cuando te enseñé las fotos me diste la enhorabuena. Por mi ojo clínico, dijiste.

—Pues ya ves, José Luis. Parece que vas a tener que ponerte gafas.

—¿Y todo lo demás? ¿O vas a decir que lo del club y las cajas fue todo inventado?

—No digo que fuera inventado, José Luis. Pero está claro que sacasteis conclusiones apresuradas, basándoos en vuestra creencia de que Cárdenas había robado el alca.

—Y entonces, ¿cómo se explica lo de las cajas que llevaron al club? —preguntó Menchu

—No tengo ni idea, Carmen. No pongo en duda vuestra palabra. Sé que les seguisteis y que visteis lo que visteis. Pero no sabéis lo que había en esas cajas. Podía ser cualquier cosa. Mirad, sé que lo hicisteis todo con la mejor intención. Que habéis puesto los intereses del museo por encima de todo. Pero tiene que haber otra explicación para lo de esas cajas y para la desaparición de Cárdenas.

—¿Has hablado con Delgado?

—No, el asunto estaba ya en manos de la policía. Iban a interrogarle, así que decidí no poner en riesgo la investigación hablando con él. Era uno de los sospechosos. Tampoco creo que le hubiese gustado a la policía que lo hiciese. Y la verdad, teniendo en cuenta lo que ahora sé, me alegro de no haberlo hecho. No me imagino cómo se lo podría haber tomado. ¡Llamándole a mi despacho para acusarle del robo del alca!

El director volvió a sentarse.

—Bueno, como os decía, sé que lo hicisteis con la mejor de las intenciones, así que no tenéis por qué preocuparos. Pero eso sí, de ahora en adelante no quiero volver a oír hablar del tema. ¿De acuerdo?

Sito y Menchu asintieron con la cabeza, sin mucho convencimiento.

—Bien, confío en que esta vez seguiréis mis instrucciones.

Menchu y Sito dejaron el despacho enfurruñados. Encerrados en sus propios pensamientos, salieron al exterior.

—¿Un café? —preguntó ella cuando estaban a punto de entrar en la casita.

—Sí. Falta me hace.

Una vez sentados en la terraza del bar, con una tónica, una cerveza y un platillo de patatas fritas delante, Menchu decidió que era hora de expresarle sus dudas a Sito. Aunque, se dijo, tenía que hacerlo con tacto.

—¿Tú… estás seguro de lo de las fotos?

—¿Qué quieres decir?

—Las diferencias entre las fotos de hace seis meses y las de ahora.

—¿Qué les pasa?

—¿Son de verdad?

—¿Cómo que si son de verdad? ¡Pues claro! ¿No creerás que son cosa mía?

—No no, qué va. Es que… no lo entiendo, Sito. Y pensaba que, a lo mejor… podían venir de… no sé, el objetivo, que estuviera sucio, o de la iluminación, o… ¡qué sé yo!

—¡Que no, que nooo! ¡Que las diferencias son reales! Además, fuiste tú la que dijo que no eran del mismo alca. A mí me pareció que eran porque se le había caído a alguien o le habían dado un golpe.

—Ah, o sea, ¡que ahora la culpa es mía! ¡Pues anda que tú, con tu manía de meterte a detective privado! ¡Ya me contarás!

—Pues es que era lo lógico.

—Sí, de un lógico aplastante.

—Pero entonces, vamos a ver… ¿Sigues pensando que las fotos eran del mismo alca o no?

—Pues ya no sé qué pensar. Porque a ver cómo se explica entonces que el de París sea el auténtico. ¿O me vas a decir que el que pusimos al principio de la exposición era el falso?

—Pues también podría ser, ¿no?

Menchu le dirigió una mirada de pocos amigos.

—¡Vale, vale! Tienes razón —dijo Sito—. ¿Te vas a tomar las patatas? Digo… porque si no… Por no dejarlas ahí.

—No, no me apetecen —Menchu bufó—. Hemos quedado como un par de imbéciles.

—Hombre, yo tampoco diría tanto—contestó Sito con la boca llena de patatas.

—Porque en el museo solo lo sabe Ramón, que si no… iba  a haber cachondeo para rato.

—Lo que no entiendo entonces es qué había en las cajas que llevaron Cárdenas y Delgado al club.

—¡Vete tú a saber!

Sito se puso a beber su cerveza. De repente se quedó inmóvil, con el vaso aún en la boca, y abrió mucho los ojos. Dejó la bebida en la mesa y, con los labios manchados de espuma, dijo:

—¿Y si hubiesen descambiado el alca? Si hubiesen vuelto a poner el original en su sitio después de sacar las fotos…

—¿Qué? ¿Para qué?

—Pues… para que no los pillaran. Quizás pensaron que, dado que de Rugy no se había dado cuenta del cambiazo, el capo del club tampoco lo haría. De esa forma devolverían el original, cobrarían una pasta por una réplica y nadie podría acusarles de robo.

—Que no, Sito. Que no hubo tiempo. Y además, como ya te dije, seguro que el comprador habría comprobado que se trataba del original antes de soltar la mosca. Será mejor que hagamos caso al jefe y dejemos el asunto.

—Que no, piénsalo. Justo fue eso lo que pasó: se dieron cuenta de que Cárdenas les intentaba colar una falsificación y entonces se lo cargaron.

—Pues si fue eso, ya lo descubrirá la policía. Y te repito: no tuvieron tiempo de volver a dar el cambiazo después de que sacaras las fotos.

—Sí. Eso es cierto. A menos, claro está, que de Rugy estuviese conchabado.

—¿De Rugy?

—Podría haber quedado con ellos después de sacar el alca del museo y dado el cambiazo durante el camino de vuelta.

—No, no. Hubiera sido muy difícil, con los guardias de seguridad de por medio.

—Sí, también es verdad.

Menchu se quedó callada un rato, dio un sorbo a su tónica y, dejándola sobre la mesa, dijo:

—Aunque… eso me ha dado otra idea: ¿Y si de Rugy miente? ¿Y si está compinchado, como dices, con Cárdenas y Delgado? Piénsalo. Se quitan de en medio a Brisson, y de Rugy se las apaña para que le envíen a él a Madrid. Supervisa la operación y, de vuelta en París, cuando recibe nuestra llamada, en lugar de poner el asunto en conocimiento de sus jefes, se lo calla y no hace nada. Y cuando Ramón le llama para preguntar, le dice que han inspeccionado el alca a fondo, y que es auténtico.

—¡Guau! ¡Esa sí que es buena! ¿Cómo no se nos había ocurrido antes?

—¡Normal! ¿Quién sospecharía de él? Con ese aspecto de abuelito.

—Tenemos que decírselo a Ramón.

—Ni se te ocurra, Sito. Ya le has oído.

—¿Entonces?

—Hablaré con la inspectora Muguruza. Y le contaré nuestra teoría. Pero eso sí, le pediré que hasta que la hayan comprobado, no le digan nada a Ramón. ¿Te parece?

Sito extendió su mano por encima de la mesa para estrechar la de Menchu.

—Trato hecho. Señoras y señores, con ustedes: ¡Menchu Holmes y Sito Watson!

Menchu le estrechó la mano y se echó a reír.

 

 

___________________________________________

XLI

Tania Muguruza colgó el teléfono y suspiró. Habían desplegado ocho agentes para realizar los seguimientos, tres para pinchar los móviles y recopilar sus ubicaciones desde el sábado, y dos más para comprobar las cámaras de seguridad de los alrededores del domicilio de Cárdenas y las salidas de la ciudad en las horas posteriores a su desaparición. Roberto y ella se habían encargado de hablar con los contactos que habían podido recopilar leyendo los correos electrónicos de Cárdenas. A lo que había que sumar un especialista en informática forense, encargado de hurgar en las tripas de los ordenadores y la tablet de Cárdenas en busca de cualquier información que pudiera ser de utilidad. Y, a pesar del inusual despliegue de recursos, no tenían nada. Nada en absoluto. Estaban a jueves. Hacía ya cuatro días y medio que Cárdenas había sido visto por última vez. Si había huido con el dinero o por algún otro motivo, su rastro sería cada vez más difícil de seguir. Y para rematar, la llamadita de Carmen Espejo. Vio que Antonio Parrondo aparecía por la puerta y le hacía una seña.

—Roberto, nos llama el jefe.

Entraron en el despacho y se sentaron. Antonio tenía mala cara. Se le notaba más estresado de lo habitual. Debía estar recibiendo muchas presiones de arriba. ¡Y ella sin nada que ofrecerle! La noticia de la desaparición había aparecido en todos los medios de comunicación. Radios y televisiones de ámbito local y nacional, prensa escrita, diarios digitales, programas de actualidad y de cotilleo. Algo fuera de lo normal. Quien quiera que estuviese presionando a su jefe desde arriba se había preocupado de que el rostro de Eduard Cárdenas copara las pantallas de televisores, móviles y ordenadores. Una forma más de presionarlos para que lo encontraran cuanto antes. ¿A quién podía interesarle tanto aquel individuo?

—¿Os habéis enterado ya?

—¿De qué?

—Veo que no. Tengo malas noticias. ¿Conocéis a alguien en la UDYCO?

—Al inspector Salazar y poco más —dijo Tania— He coincidido con otros en algún curso y en alguna que otra investigación conjunta.

—¿Y tú Roberto?

—Más o menos igual.

—¿Os suenan los nombres de dos de sus inspectores? ¿Luis Flores y Aitor Mendizábal?

—No.

—Mejor. Los han encontrado muertos esta mañana.

—¡Hostias!

—Estaban en el interior de su coche, en un descampado detrás de Mercamadrid. Tenían dos disparos en la cabeza cada uno. De cartuchos del calibre 7,62. Disparados a distancia, probablemente con un rifle M21. Un francotirador.

—¡Dios mío!

—Estaban investigando a Santiño y su banda.

—¡Joder!

—Ese tipo está metido en un montón de mierda. Morales piensa que sus chicos debieron encontrar algo y les tendieron una emboscada. Ni él ni yo creemos que el asunto esté relacionado con la desaparición de Cárdenas. Pero si tenéis algo sobre el tal Chacho Méndez…

—Me temo que no, jefe. Desde luego no pudo ser él. Le seguimos ayer. Todo el día. Y sus movimientos fueron completamente normales —Tania miró a Fábregas que se puso a consultar sus notas.

—Estuvo en su casa hasta las 17:48 —dijo este—. A esa hora bajó a la calle para pasear a su perro. En el portal se encontró, parece que por casualidad, con Lomas, que volvía del museo. Estuvieron charlando un rato. Después, Chacho dio un corto paseo, volvió a subir a casa y poco después se fue al club. Estuvo dentro hasta las seis menos veinte de la mañana, hora en la que volvió a su domicilio. Sacó a su perro a hacer sus cosas y volvió a subir. No ha vuelto a salir desde entonces. Suponemos que sigue durmiendo.

—Vale. Y ¿qué hizo Lomas tras su encuentro con Méndez?

—Subió a su casa y volvió a salir a las 19:33. Fue a una librería, a la frutería, y regresó a las 20:41. Y ya no salió hasta esta mañana, a las 8:40, para ir a trabajar.

—Ojalá supiéramos de qué hablaron esos dos en el portal.

—¿No estará pensando que Lomas ha tenido algo que ver con lo de la UDYCO? —preguntó Tania.

—No, en absoluto. Bueno, le diré a Morales que no pudo ser Méndez. Ya os avisaré cuando sepa algo sobre el funeral. Y si se celebra algún homenaje… Volviendo al asunto de Cárdenas. ¿Qué habéis averiguado?

—De momento, poca cosa. Hemos hablado con la mayor parte de los contactos de sus emails de las dos últimas semanas. Nadie parece saber nada.

—¿Se ha encontrado algo en los ordenadores?

—De momento nada reseñable. Pero aún no han terminado.

—¿Seguimientos, llamadas, sms?

—Negativo. No han hecho nada fuera de lo normal. Ni hecho ni recibido ninguna llamada o sms comprometidos. Delgado se fue directo a su casa después del trabajo y no salió hasta esta mañana para ir a trabajar. Carmen salió con una chica, creemos que una de sus compañeras de piso; a comprar ropa y tomar un café. Y Chacho y Lomas, lo que te hemos contado.

—¿Habéis comprobado la coartada de Delgado?

—Sí. Es lo único positivo que hemos sacado de momento. Tanto su esposa como los amigos a cuya casa dijo haber ido a cenar el sábado confirman su versión. Llegó a las once menos veinte. Y su mujer y él se fueron pasadas las dos de la mañana. Según su mujer, a casa.

—¿No tenemos aún el historial de ubicaciones de su móvil?

—Espero tenerlo dentro de un rato. Susana esta con ello.

—¿Y las cámaras?

—Se está encargando Fermín. De momento, nada. Pero aún le queda…

—¿Qué más?

—Bueno… Me ha llamado Carmen Espejo hace unos minutos. Al parecer llamó a París el lunes a… —Muguruza miró sus notas— de Rugy, el conservador que se encargó de revisar el estado del alca y llevárselo de vuelta. Le contó su teoría sobre el cambiazo del alca y le pidió que lo inspeccionara de nuevo.

—¿El lunes? Eso fue antes de que el director del museo interpusiese la denuncia.

—Sí. Me ha dicho que, al no disponer de más pruebas que las fotografías, decidieron, ella y José Luis, llamar a de Rugy para contarle lo sucedido y poder confirmar que el alca era falso.

—¿Y qué les dijo?

—Que le parecía imposible, pero que lo investigaría. Ella dice que no volvió a llamarla de vuelta. Que lleva desde el martes intentando hablar con él sin éxito. No le coge el teléfono. Y que esta mañana, Ramón Salinas, el director del museo, les ha llamado a ella y a José Luis al despacho para decirles que acababa de hablar con de Rugy. Y que le había confirmado que, tras la llamada de Carmen del lunes, habían realizado una inspección detallada del alca, que resultó ser auténtico.

—Teníamos que haberle pedido a Salinas que se estuviese quietecito. Bueno, qué le vamos a hacer. Ahora ya lo saben. Si tienen algo que ver con la desaparición de Cárdenas, ahora están sobre aviso.

—Por eso lo he mencionado. Pero es que la cosa no acaba ahí. Me ha venido con una nueva teoría.

—Que es…

—Que de Rugy está compinchado con Cárdenas y Delgado. Que ha sido parte del golpe, ha dicho. Piensa que, después de deshacerse del otro conservador mandándolo al hospital, de Rugy se las arregló para que le enviaran a él aquí a recoger el alca. Y ahora está encubriendo el robo, sosteniendo que han inspeccionado el animal y es el original.

—¡Madre de Dios! ¡Qué imaginación!

—O es eso o, si están involucrados, es una nueva manera de intentar desviar nuestra atención.

—Sigo pensando que es demasiado complicado para esos dos —dijo Fábregas.

—Puede ser. Pero prefiero no subestimarlos —dijo el inspector jefe Parrondo—. Bueno, ¿y qué le dijiste?

—Pues le di las gracias por su colaboración. Y entonces, cuando me iba a despedir… no os lo vais a creer, se puso al teléfono Lomas y me ofreció sus servicios como asesores.

—Ese tío es tonto —dijo Fábregas.

—O eso o se cree muy listo y que los tontos somos nosotros —dijo el inspector jefe.

En ese momento, llamaron a la puerta. Se abrió y apareció una joven con unos papeles en la mano.

—¡Susana! ¡Pasa, pasa!

—Tengo ya las ubicaciones de los móviles.

—¿Y bien?

—Corroboran la historia de Delgado.

—Bueno, una posibilidad menos —dijo Tania— Al menos en teoría; siempre podría haberle dado el móvil a su mujer, haber ido a casa de Cárdenas y haberle pedido a ella que corroborara su historia. Las horas cuadran.

—Podría ser.

—¿Y qué hay de los otros dos?

—Bueno —dijo Susana— eso es lo más interesante de todo. Todo cuadra hasta las dos de la madrugada. Pero entre esa hora y la mañana siguiente, no hay nada.

—¿Cómo que no hay nada?

—La última señal, en el caso del móvil de Lomas es de las 2:04. Y en el de ella, de las 2:03. Debieron apagar los móviles.

—La misma hora en la que Cárdenas salió del club y se fue a su casa.

—¡Increíble! —dijo Tania—. ¡Y yo que pensaba que eran dos mosquitas muertas!

—¡Y yo dos tontolabas! —remató Fábregas.

—¿Los detenemos?

—No, vamos a esperar —dijo el jefe—. ¿Creéis que sospechan que los vigilamos?

—No creo.

—Perfecto. Devuélvele la llamada. Dile que has comentado su llamada conmigo. Que le estoy muy agradecido por su nueva teoría sobre de Rugy. Que creemos que pueden estar en lo cierto, y que por eso nos hemos puesto ya en contacto con la policía francesa y con la dirección del Museo de Historia Natural de París, para que los especialistas inspeccionen el ejemplar de alca y poder destapar así a de Rugy. Tiene que creer que no sospechamos de ellos. Conseguid dispositivos de escucha. Si quedan para verse tenemos que saber de qué hablan. ¡En marcha!

 

 

___________________________________________

XLII

Sentado en su puesto en la casita, Sito editaba unas fotografías para el cartel de la siguiente edición de un espectáculo de comedia que se celebraba las noches de algunos sábados titulado “Monólogos Científicos en el Museo”. Estaba eufórico. ¡Y pensar que había sido él quien había puesto a la policía sobre la pista para desentrañar la desaparición de Cárdenas! Su labor de fotógrafo forense, sus operaciones de seguimiento, el descubrimiento de la relación entre Cárdenas y el capo del club… Y ahora, su nueva revelación sobre de Rugy, algo que la policía había sido incapaz de imaginar. ¿José Luis Watson? De eso nada, José Luis Holmes, ¡qué narices! Ya se imaginaba los titulares:

Experto fotógrafo del MNCN desvela el misterio de la desaparición de Eduard Cárdenas, vicedirector del museo

 

La Unidad de Homicidios y Desaparecidos del Cuerpo Nacional de Policía rinde homenaje a José Luis Lomas

 

El fotógrafo, investigador y escritor José Luis Lomas, nombrado asesor de la Policía Nacional

 

Sito LómaX, Premio Internacional de Novela Negra

 

Martin Scorsese llevará a la gran pantalla la novela El talento del señor Prado, del laureado literato Sito LómaX

Oyó sonar los primeros compases de la banda sonora de Psicosis. Ya se veía en los Oscars. ¿Quién haría de Prado? La música de Psicosis se repetía una y otra vez. ¿Matt Damon? ¿Demasiado obvio quizás?

—¡Sito!

¿Y de Mamen o Bermejo? El volumen de la música continuaba en ascenso.

—¡Sito!

Se imaginaba ya recogiendo la estatuilla, dispuesto a comenzar su discurso: “En primer lugar, quiero dar las gracias a los miembros de la Academia…”

—¡Sito, coño! —gritó Lalo— ¡Coge el teléfono!

Sito pegó un brinco, se quedó mirando a su compañero y cogió el móvil, que no dejaba de repetir la inquietante melodía de la película de Hitchcock. Era Berto.

—¿Berto?

—¡Hey, chaval! ¿Qué pasa? ¿Currelando duramente?

—Bueno, un poco, ya sabes.

—Oye, ya tengo lo que me pediste. ¿Puedes hablar?

—Sí, pero espera.

Salió al jardín.

—Es que estaba en mi sitio, con más gente.

—Sí, sí, mejor.

—Bueno, ¿qué has podido averiguar?

—Tenías razón. Es posible recuperar ADN de un cuerpo calcinado.

—¡Joder!

—El ADN extraído de los huesos quemados puede estar muy dañado, así que lo sacan de los dientes.

—¿De los dientes?

—Sí, como son la estructura más dura de todo el cuerpo, la parte interna, la pulpa, está muy protegida. Sacan el ADN de ahí, de la pulpa.

—O sea, que para evitar que identifiquen el cadáver, no basta con que lo queme. Tendría que arrancarle la dentadura después.

—Y aún así, a veces pueden recuperar ADN de algunos huesos, como los del hombro.

Sito resopló.

—Ya. ¿Y si lo quemara en un tanatorio?

—En ese caso sí, claro. Ahí no queda ni rastro.

—Pues entonces igual es eso lo que hago. Ya te diré. Si necesito que me eches una mano con toda esta historia, ¿puedo contar contigo?

—¡Faltaría más, Sito! Lo que necesites.

—Pues muchas gracias. ¡Oye! ¡No te lo vas a creer! Tengo a la poli comiendo de mi mano. Lo mismo me hacen asesor y todo.

—¿Qué me cuentas? Yo alucino.

—Como lo oyes.

—Tío, eres un crack. Oye, te dejo, que tengo que currar un poco. Nos vemos luego.

—¿Luego cuándo?

—¡Leche, tío! ¡No me digas que te has vuelto a olvidar…! ¡Segundo jueves de mes! ¡Los bolos, con los chicos!

—¡Ahí va! ¡Es verdad! ¡Pues menos mal que me lo has recordado! Pero es que con lo de Cárdenas, te puedes imaginar… Estoy un poco alteradillo.

—Claro claro. Pero tío, relájate un poco, que si no vamos de culo. Que con la media de puntos que haces estando tranquilo, como llegues nervioso a la partida palmamos seguro.

—Pero ¡qué media ni qué media…! ¡Si suelo hacer ochenta puntos mínimo!

“¡Ochenta! ¡Y le parece mucho!”, pensó Berto.

—Bueno Sito, te dejo, que viene mi jefe. Nos vemos luego.

Ciao.

La agente Lucía Trapero dejó los auriculares sobre la mesa y salió corriendo a buscar a su jefa.

—¡Tania! ¡Tienes que escuchar esto!

La inspectora corrió detrás de ella, seguida de cerca por Fábregas.

—Es Lomas, recibiendo una llamada de un tal Berto, hace un par de minutos —explicó la policía antes de darle al play.

Sus caras pasaron de la sorpresa inicial al estupor más absoluto a medida que escuchaban el desarrollo de la conversación.

—¡Ya lo tenemos! —dijo Tania al finalizar la grabación—. Mándaselo al jefe. ¡Ya!

Se dirigieron en tromba a ver a Parrondo. De camino se cruzaron con Fermín, que venía buscando a Tania.

—¡Jefa! He encontrado algo. —Le tendió una fotografía, en la que se veía un automóvil circulando por una vía de varios carriles—. Es el coche de Cárdenas. Captado por las cámaras de la DGT en la A6, saliendo de Madrid, en el punto kilométrico 7,6. A las 2:28 de la madrugada del domingo.

Tania cogió las ampliaciones que le tendía Fermín. Una de ellas, de la placa de la matrícula, y la otra del vehículo entero, tomada desde delante y a su izquierda. La imagen, muy pixelada, solo permitía apreciar una persona en el interior del vehículo. Un hombre calvo de rasgos indefinidos.

—No es Cárdenas, eso desde luego. Podría ser Lomas. O Chacho Méndez. Los dos son calvos. ¿No hay forma de conseguir una imagen más nítida?

—No, jefa, es lo mejor que he podido obtener. He encontrado otras imágenes de otras cámaras, más adelante, pero son aún peores.

—¿Adónde fue?

—A la altura de Las Rozas cogió la salida de El Escorial. Pero a partir de ese momento se le pierde la pista.

—Sigue intentándolo. Que te ayude Susana. Hay que saber adónde fue.

Entraron en el despacho de Parrondo y le pusieron al tanto de las novedades.

—Cárdenas debía ir en el maletero —dijo el inspector jefe—. Quizás estuviese ya muerto. ¿Inspeccionó la científica el garaje de Cárdenas?

—Solo la casa. Pero no había ni rastro de sangre.

—Hay que enviar a la científica de vuelta. Si ya estaba muerto y el cuerpo iba en el maletero, es posible que encontremos restos de sangre junto a su plaza de garaje.

—Cierto. Cárdenas fue al club en la furgoneta, no en su coche. Tuvieron que ir a recogerlo. Si iba en el maletero, tuvieron que meterlo dentro mientras estaban allí.

—Y si estaba muerto (puede que incluso lo mataran en el propio garaje), deberíamos encontrar restos de sangre, por mucho que limpiaran el suelo.

—¿Los detenemos?

—Vamos a esperar a ver qué encontramos en el garaje. Cuanta más información tengamos, más fácil será hacer que canten. ¡Ah! Y localizad al tal Berto. Averiguad todo lo que podáis sobre él.

 

___________________________________________

XLIII

Igualita que en las pelis. Un poco menos siniestra quizás, pero por lo demás… Suelo cerámico de color gris, paredes del mismo tono, focos empotrados que iluminaban cada rincón de la habitación con una luz casi nívea, una mesa metálica anclada al suelo con dos sillas a juego y, en una de las paredes, un gran espejo espía. Sito se levantó de la silla, se acercó y pegó la cara al cristal, haciendo pantalla con las manos para intentar ver a través de él. Nada. No se veía nada. ¡Increíble! Había visto aquellos espejos mil veces en las películas y las series de televisión, pero nunca en persona. ¿Habría alguien observándolo desde el otro lado? No. ¿Para qué? Le habían llamado en calidad de asesor. Bueno, habían dicho que de testigo, pero sabía que no era así. Les había demostrado lo brillante que podían llegar a ser sus ideas. Necesitaban su ayuda. Aunque, no entendía porqué, el agente Fanecas le había preguntado si quería un abogado.

—Es pura rutina, ya sabe —le había dicho.

Y Sito, poniendo cara de estar habituado a los procedimientos policiales, le había respondido:

—¡Claro claro! No, no hace falta.

Se dio la vuelta y se puso a dar vueltas alrededor de la mesa, preguntándose para qué necesitarían su ayuda aquellos pobres policías.

Muguruza y su jefe lo observaban desde la habitación de al lado.

—Se le ve tranquilo.

—Demasiado, sí —dijo Parrondo—. Vamos a dejarlo un buen rato solo. A ver si así se impacienta un poco.

—¡Y parecía una mosquita muerta! ¿Crees que lo hizo él?

—No. Pero estaba allí cuando mataron a Cárdenas. Probablemente en el club, ya que no ha aparecido sangre en el garaje. Santiño tenía que cubrirse las espaldas, por si a Lomas le daba por hablar. Pero no necesitaba cargárselo. Bastaba con involucrarlo directamente en la muerte de Cárdenas. Puede que incluso intentara obligarle a que fuese él quien lo matara. Pero este tipo es incapaz de algo así, en eso coincido contigo, Tania.

—¿Te lo imaginas apuntando a Cárdenas con una pistola?

—Supongo que al final lo haría Méndez.

—¿Seguro que no quieres pedir una orden de registro del local?

—Seguro. Se lo dejo a Morales. Después de lo que les ha pasado a sus chicos no podemos meternos en medio. Han de ser ellos quienes se encarguen de Santiño y su banda. Le he dicho que le mantendré informado al instante de lo que averigüemos.

En la habitación de al lado, Sito se había sentado y tamborileaba con los dedos sobre la mesa, despreocupado.

—¡Míralo! Parece que no ha roto un plato.

—No sabe que lo tenemos pillado por los huevos. Cuando le digamos todo lo que sabemos, se vendrá abajo, estoy seguro. Tenemos que jugar esa carta: presionarlo para que delate a Santiño. Bueno, vamos a ver a su amiga, a ver qué sacamos de ella.

—Carmen, le presento al inspector jefe Antonio Parrondo.

Menchu le estrechó la mano.

—Siéntese, por favor.

—¿Saben ya algo?

—Pronto sabremos el paradero del señor Cárdenas, se lo aseguro. Hemos avanzado muchísimo en estos dos días. Sin embargo, necesitamos aclarar algunas cosas y creemos que usted puede ayudarnos.

—Ah, muy bien. Yo encantada.

—Perfecto. ¿Le importa si le hago una pregunta personal?

—Pues… no. Supongo…

—¿Hace mucho que usted y José Luis son amigos?

—Eh… sí, ¿por qué?

—Entiendo que muy buenos amigos, ¿no es cierto? Casi como de la familia…

—Sí, sí.

—Verá, Carmen. Yo haría lo que fuese por mi familia. Querría protegerla a toda costa. Incluso en el caso de que alguno de sus miembros hubiese hecho algo horrible, intentaría ayudarlo. Ocultar lo que ha hecho. Pero a veces esa es precisamente la peor manera de ayudar a alguien.

—¿Creen que estoy protegiendo a Sito? ¿Qué tiene algo que ver con la desaparición de Cárdenas y que estoy encubriéndolo? ¡Yo me parto! ¿Sito? Ustedes no conocen a Sito. ¡Pues no andan despistados ni nada!

—Carmen —dijo Tania—, tenemos pruebas.

—Eso es imposible.

—¿Por qué no nos cuenta lo que sabe y acabamos antes?

—¡Ay, la leche!

—Tenemos la ubicación del teléfono de su jefe durante la madrugada del domingo —dijo Parrondo—. El señor Cárdenas estuvo en el club gL´amour hasta las 2:03 de la mañana. La siguiente señal lo sitúa en los alrededores de su domicilio a las 2:23 minutos.

—Pues entonces sí que no entiendo nada… Porque Sito estuvo junto al club hasta después de las cinco.

—Esa es su versión de los hechos.

—¿Mi versión? Vamos a ver, si han comprobado dónde estuvo mi jefe por su móvil, digo yo que podrán hacer lo mismo con el de Sito y el mío. No sé, digo yo…

—Lo hemos hecho —dijo Tania—. Y ese es el problema. Su móvil, Carmen, se apagó exactamente a la misma hora en la que su jefe salía del club.

—¿Y? Me quedaría sin batería. Sí, ahora me acuerdo.

—¿Recuerda que se quedó sin batería a las dos de la mañana? Eso no concuerda con su declaración. Según dijo, se quedó dormida hasta las cinco y veinte, hasta el momento en que José Luis empezó a dar golpes en la ventanilla de su coche.

—Y es cierto. Me refería a que recuerdo que, cuando llegué a casa, el móvil estaba sin batería. Se debió apagar mientras estaba dormida.

—¿No le parece mucha casualidad? ¿Justamente en el momento en que su jefe salía del club?

—Bueno, no veo porqué no.

—Sí, podría ser. Una casualidad. Pero es que el móvil de su amigo José Luis también se quedó sin batería un minuto después. ¿No le parecen demasiadas casualidades?

—Carmen, cuéntenos lo que sucedió de verdad —dijo Parrondo—. Puede seguir encubriendo a su amigo, pero al final conseguiremos las pruebas que nos faltan, averiguaremos la verdad y será peor para usted. El delito de encubrimiento está castigado por ley. Podrían caerle tres años de prisión.

—¡Pero mira que son pesados! ¡Que no he hecho nada! ¡Y Sito tampoco! Estuve dormida hasta que él apareció a las cinco de la mañana.

—Bien. Supongamos, y digo supongamos, que eso es cierto, que estuvo dormida hasta entonces. Y supongamos también que su móvil se apagó, por casualidad, a la misma hora en que su jefe salía del club. ¿Cómo se explica que su amigo no apareciera hasta las cinco y veinte de la mañana?

—Porque, como les conté el otro día, le habían pegado una paliza y…

—Sí, sí, si esa historia ya nos la sabemos. Pero es falsa. Verá, toda esa historia del alca que nos han contado es cierta… pero solo en parte. Su amigo José Luis estaba metido en el ajo.

—¿Sito? ¿En el ajo? Bueno bueno, yo es que alucino.

—Déjeme que continúe y entonces me dirá.

—¡Siga siga!

—Usted dice que no vio a su amigo hasta las cinco y veinte. Que se durmió, no sabe exactamente a qué hora, aunque cree que sobre la una y cuarto.

—Sí. Bueno, me había quedado dormida antes, pero me despertó el teléfono.

—Una llamada de guasa… Sí, ya nos lo contó. Y lo hemos comprobado. Después dijo que llamó a José Luis, porque le preocupaba que tardase tanto en salir del club. Pero no se lo cogió. Sabemos que fue así. Y después dice que se volvió a dormir.

—Eso es.

—Entonces, ¿cómo puede estar segura de que lo que le contó José Luis sobre que le habían dejado inconsciente y se acababa de despertar es cierto?

—Porque a Sito se le nota cuando miente. A años luz. Y le conozco de toda la vida. Además, no tenía motivo para mentirme.

—¿Venía magullado, no es cierto? Con la ceja partida, un ojo morado y la camisa empapada de sangre.

—No, de sangre no. Era salsa de tomate.

—¿Qué pasa? ¿Se había estado tomando una pizza?

—No, un Bloody Mary. Alguien se lo había tirado encima.

—¿Y cómo está segura de que era eso, y no sangre?

—Porque parecía salsa de tomate.

—Pero en su declaración, usted dijo que al principio pensó que era sangre, y que fue él quién le dijo que era tomate.

—Bueno, sí, puede ser. Pero estoy segura. Era tomate.

—¿Por qué no lo llevó a un hospital? Tenía un buen corte en la ceja y había recibido un fuerte golpe en la cabeza.

—Porque se puso muy cabezón. Que si no era nada, que parecía más de lo que era… Ustedes es que no lo conocen. A melón no le gana nadie…

—Así que fueron a una farmacia, les dieron unos apósitos y una pomada y se fueron a casa de José Luis. Subió a curarlo…

—No. No subí. Ya se lo dije. No quiso. Que si era muy tarde y yo necesitaba descansar…

—Así que no subió con él.

—No, ya se lo he dicho. Es muy cabezón. No hubo manera. Y la verdad, estaba molida. Después de toda la noche en el coche, esperando, ni se imaginan.

—¿No se le ha pasado por la cabeza que José Luis no quería que subiese porque entonces se habría dado cuenta de que las manchas eran de sangre y no de tomate?

Menchu resopló.

—¡Mira que son cansinos! ¡Que Sito no tuvo nada que ver!

—Carmen —dijo Tania—, ¿se acuerda del día que su jefe le echó la bronca por las fotos que había hecho José Luis?

—¡No me voy a acordar!

—Ese día, ustedes dos se fueron a comer a un restaurante italiano, el Ripamonti. Y tuvieron una conversación de lo más curiosa. Uno de sus compañeros del museo les escuchó hablando del incidente de esa mañana, y de un problema que tenían con un trozo de coral. ¿Lo recuerda?

Menchu se quedó callada. ¿Quién les había escuchado? ¿Y cuánto de su conversación habría llegado a sus oídos? ¿Sabrían lo del chantaje? ¿Estarían al tanto de la proposición indecente que le había hecho Cárdenas?

—¡Carmen!… ¿Lo recuerda?

—Sí.

—Entonces recordará que José Luis se enojó muchísimo. Y amenazó con matar a su jefe.

—Fue una manera de hablar. No lo decía en serio. ¿Quién no ha dicho algo así en una ocasión? Pero eso no quiere decir que lo vayas a hacer.

—Pero José Luis tenía motivos para estar muy enfadado con su jefe.

—¿Por lo de las fotos? ¡Por Dios! ¿Creen que iba a matarle por unas fotos?

—No, por las fotos no. Pero quizás por la bronca que le había echado a usted esa mañana. A oídos de todo el mundo. Y además, no era la primera vez.

—Bueno, pero ese es mi problema. No el de Sito. Si me dijeran que fui yo la que quería matarlo…

—¿Y quería usted, Carmen? —preguntó Parrondo.

—Por supuesto que no. ¿Creen que estoy loca o qué?

—Pero el amor lleva a la gente a cometer locuras.

—¿El amor? ¿Qué amor?

—El de José Luis por usted, Carmen.

—Sito no está enamorado de mí. Somos buenos amigos, eso es todo.

—Pues no es eso lo que nos han contado.

—Pues les han mentido. Solo somos amigos. Pregúntele a cualquiera en el museo.

—Eso hemos hecho. Y todos coinciden en que José Luis está enamorado de usted. Que lo sabe todo el mundo. Salvo usted. Y parece que tienen razón.

Menchu se quedó de piedra. ¿Todo el mundo pensaba lo mismo entonces? ¿Sería verdad, después de todo?

—No. No. No es cierto. Eso no son más que cotilleos de vieja. Sito jamás me ha dado señal alguna… ni ha intentado… No. Se equivocan. Y aunque fuera cierto, Sito es incapaz de hacerle daño a nadie. Es la mejor persona que he conocido jamás.

—Verá Carmen. Podríamos creer que la amenaza de José Luis de matar al señor Cárdenas fuera solo eso: el resultado de un calentón. De no ser por un problema adicional: que durante su charla en el restaurante, no solo amenazó con matarlo. También habló de cómo hacerlo.

—Eso es mentira. No sé quién les puede haber dicho algo así, pero es totalmente falso.

—Entonces, ¿niega que hablara de utilizar veneno?

—¿Veneno? Pues claro que lo niego.

Menchu recordó que al acabar la cena Sito le había hablado de su novela. Y del método que utilizaría su personaje, el arsénico, para acabar con el jefe de su amada… ¡El jefe de su amada! ¡Dios santo! ¡La novela! ¡Si la policía encontraba la novela de Sito…!

—¿Está segura?

—Totalmente.

—Muy bien. Espere aquí. Es posible que necesitemos hacerle alguna otra pregunta.

 

___________________________________________

XLIV

Sito se levantó de la silla por enésima vez. ¿Se podía saber dónde se habían metido? Además, hacía un calor del carajo. Se arremangó la camisa y se acercó al espejo. Volvió a colocar las manos haciendo pantalla para ver si había alguien al otro lado.

—¿Hola? ¿Hay alguien ahí? ¿Hola?

Fábregas lo observaba desde el otro lado del ventanal. Aquel tipo era un fenómeno. Un auténtico monstruo del camuflaje. Allí estaba, en jefatura, esperando para ser interrogado, como si tal cosa. Tenía que imaginar que sospechaban de él, que el haberlo citado como testigo y no como imputado era solo una añagaza para que se sintiese confiado. Y a pesar de ello, seguía conservando la compostura, desempeñando su papel de ingenuo y patoso a la perfección.

La puerta de la habitación se abrió y dio paso a Tania y al inspector jefe. Se quedaron mirando a Sito, que seguía con la cara pegada al ventanal.

—¿Qué tal, Roberto? ¿Cómo está el pájaro? —preguntó Parrondo.

—¿Hola? —gritaba Sito— ¿Saben si van a tardar mucho? ¿Hay alguien ahí? Holaaaa…

—Lleva así desde que os habéis ido. Me tiene hasta los huevos. ¿Qué tal con la chica?

—Nada —respondió Tania—. Puede que no sepa nada después de todo. Que la haya utilizado. Una coartada perfecta.

—¿Hola? ¿Me oyen? Holaaaa…

—Perfecta de no ser por la llamada de hoy de su amigo… ¿Qué ha dicho ella de eso?

—No se la hemos puesto —dijo Parrondo—. Veamos primero qué dice Lomas cuando la escuche. ¿Habéis encontrado ya a su amigo Berto?

—Sí. Está de camino.

—Muy bien. Entrad vosotros dos. Quiero observarlo desde aquí.

Sito oyó el ruido de la puerta y se volvió.

 —¡Hombre, ya era hora! ¡Ya pensaba que se habían olvidado de mí!

—¡Siéntese, José Luis, por favor!

Aquel individuo tenía los nervios de acero, se dijo la inspectora. ¡Quién lo hubiera dicho!

—¡Tome! —le dijo, entregándole una botella de agua—. Me imagino que tendrá sed.

—Pues la verdad es que sí. —Sito dio un gran trago—. Deben pagar ustedes un huevo de calefacción, porque hace un calor… —Miró el reloj—. ¿Saben si vamos a tardar mucho? Es que tengo una partida de bolos.

—No, no se preocupe. No tardaremos mucho. Son solo unas cuantas preguntas. Hay algunas lagunas en todo lo sucedido que querríamos aclarar.

—Claro claro. —Sito dejó la botella vacía encima de la mesa—. Aquí me tienen, dispuesto a resolver todas sus dudas. Mi mente está afilada como un cuchillo de carnicero, lista para desentrañar los misterios de este caso.

“Me ha quedado de fábula”, se dijo Sito, que había estado preparando la frase desde que habían ido a buscarlo para ir a jefatura.

—Así que ha quedado a jugar a los bolos con los amigos.

—Sí. Quedamos una vez al mes.

—¿Y se le da bien?

—Hombre, no es por presumir pero… sí, bastante bien.

—A mí me encanta jugar a los bolos.

—¡Qué me dice!

—Sí sí, con mis amigas, tomando unas cervecitas… Porque unos bolos sin un cubata o unas cervezas no es lo mismo…

—¡Hombre claro! Las cervecitas que no falten —Sito se echó a reír.

—¡Qué menos que dos o tres!

—Sí, aunque yo de las tres o cuatro tampoco me gusta pasarme, ¿eh? Porque si no, empiezo a no dar pie con bola. ¡Que no es que esté borracho! Pero claro, la coordinación no es la misma.

—Pero tres o cuatro cervezas, sin problema…

—Sí, claro.

—Ya… Pues entonces no lo entiendo.

—¿El qué?

—Que cuando hablamos con usted el martes, dijo que el alcohol le sentaba mal, a poco que bebiera. Que tenía intolerancia al alcohol. Eso dijo. Que por eso solo había tomado una copa esa noche. Y que fue ese el motivo que había hecho que, cuando le tiraron encima de las bolsas de la basura, en plena calle, se quedase inconsciente hasta pasadas las cinco de la mañana. Y ahora me dice que se puede tomar tres o cuatro cervezas sin problema…

—Bueno, es que la cerveza tiene poco alcohol. ¡Pero tratándose de una copa…!

—Ya. ¿Y qué había bebido?

—Un Bloody Mary.

—¿El mismo Bloody Mary que alguien le tiró encima y que hizo que su amiga Carmen pensara que tenía la camisa manchada de sangre?

—Sí, como lleva mucho zumo de tomate…

—Me va a perdonar, es que a veces me cuesta captar las cosas… pero sigo sin entenderlo. Pidió un solo Bloody Mary, que acabó casi entero en su camisa. Así que no le pudo sentar mal. Y sin embargo nos dijo que no recordaba la hora a la que le habían dado la paliza debido al efecto del alcohol.

—No, no, no es así. A ver… dije que sería la una y media más o menos, pero que no sabía la hora exacta.

—Pero dijo que perdió el conocimiento durante todas esas horas no solo por la paliza, sino también por el alcohol.

—¿Seguro que dije eso?

—Seguro.

—No sé yo… Para mí que no, ¿eh?

—¿Está seguro de que durante todo el tiempo que estuvo durmiendo la mona…

—¡Y dale, molino!

—… no se despertó en algún momento? ¿No vería salir a Cárdenas o a Chacho Méndez, por un casual?

—No, ya se lo dije. ¡Ya me hubiera gustado! Así tendría alguna pista más sobre Cárdenas, podría haberle seguido…

—Ya. Así que no se despertó hasta las cinco y veinte.

—Más o menos, sí.

—El problema es que su amiga, Carmen, nos ha dicho que no puede asegurarnos que eso sea cierto.

—¿Menchu les ha dicho eso?

—Sí. Porque, según ella, se quedó dormida pasada la una de la mañana y solo se despertó cuando usted apareció aporreando la ventanilla del coche. Lo cual nos plantea un problema. No sé si podrá ayudarnos.

—Faltaría más. Pregunte, pregunte…

—Resulta que el señor Cárdenas se fue del club a las 2:03 de la mañana. La misma hora a la que el reloj de su amiga Carmen se apagó. Según ella se debió quedar sin batería. Pero la verdad es que no nos tragamos el cuento.

—¿No estarán pensando que ella tuvo algo que ver con la desaparición de nuestro jefe? ¡Menuda bobada! ¡Pero si está clarísimo! Cárdenas le vendió el alca al mafioso ese del club y se piró con la pasta. ¿Qué más da que el móvil de Menchu se quedara sin batería a esa hora?

—Verá, el problema es que toda esa historia del alca que nos ha contado, José Luis, es fruto de su imaginación.

—Que no, que no, que nooo. ¡Si lo sabré yo!

En ese momento se abrió la puerta. Parrondo entró y se presentó.

—Mire, Lomas, vamos a dejarnos de tonterías. Lo sabemos todo.

—¡Anda! Y entonces, ¿para qué me han llamado? ¿Ya saben dónde está nuestro jefe?

—Deje de hacerse el tonto, Lomas.

—¡Oiga, un respeto, que yo a usted no le he insultado!

—Mire, es mejor que nos cuente la verdad. Por su bien y por el de su amiga Carmen. No tenemos claro del todo en qué medida está involucrada, pero todo apunta a que colaboró con usted en todo este montaje y, quién sabe si también, en la eliminación del señor Cárdenas.

—¡Pero qué…!

—Si no nos cuenta la verdad, tendremos que suponer que es así y detenerlos a ambos por la muerte de su jefe.

—¿Muerte?

—Deje ya de hacer como si no supiera nada, Lomas. Ya le he dicho que lo sabemos todo. Si es usted un caballero y tiene a la señorita Espejo en tanta estima como creemos, haría bien en confesar de una vez y exculparla a ella.

—Pero si ella no tiene nada que ver.

—¿Admite entonces que se aprovechó de su buena voluntad para utilizarla como coartada?

—¡Que no, que no, que noooo!

—Entonces ella está también en el ajo…

—¿Pero qué ajo ni qué niño muerto?

—Como quiera. Verá, señor Lomas, tenemos pruebas contundentes contra usted. Dígame, ¿cuánto dinero iba a pagarle el señor Cárdenas por encargarse de darle el cambiazo al alca?

—¡Pero que yo no tengo nada que ver! ¿Están tontos o qué les pasa? Si tuviera algo que ver en lo del alca, ¿cree usted que les hubiésemos contado nada del tema? ¿Para qué? ¿Creen que somos gilipollas?

—No, en absoluto. Es muy sencillo: para incriminar a su jefe y despejar cualquier sospecha que pudiera recaer sobre ustedes dos. Mire, le voy a contar lo que sucedió. El señor Cárdenas le ofreció formar parte del golpe. Él sería el encargado de colocar la mercancía. Delgado, de realizar la réplica. Y usted, de pegar el cambiazo en el museo mientras ellos entretenían a los guardias de seguridad. Pero, antes del día de la operación, debió suceder algo entre el señor Cárdenas y su amiga Carmen. Una situación comprometida, no sabemos si una aventura sexual, algún tipo de proposición indecente… Algo que desató en usted unos celos lo suficientemente intensos como para desearle lo peor a su jefe. Usted, a fin de cuentas es algo que todo el mundo sabe en el museo, está enamorado de Carmen. Aunque, por lo que nos han contado, ella no parece estar interesada en usted como amante. Solo como amiga. Así que decide usted vengarse de su jefe. De hecho, el día en que Cárdenas le llamó la atención por las fotografías, usted y Carmen estuvieron comiendo en un restaurante italiano próximo al museo. Allí se le oyó amenazar de muerte a su jefe. Y no me mienta porque su amiga lo ha corroborado.

—Bueno, sí, pero era un decir. ¿O es que usted no ha dicho algo así en alguna ocasión?

—Déjeme que prosiga. Como decía, decide vengarse de su jefe. Así que le ocurre una idea brillante. Llegado el día en que ha de dar el cambiazo, simula hacerlo; pero no lo hace. Deja el original en su sitio y le entrega a Delgado la réplica. Es tal la perfección de la copia, y tan grande la vanidad de Delgado, que no se da cuenta del engaño. Unos días antes de la entrega, cuando el alca original está ya camino de París, habla usted con su vecino, Eduardo Méndez, alias Chacho, y le confiesa que Cárdenas quiere estafar a su jefe, el dueño del club, entregándole una réplica del alca original. Le dice que la réplica es tan buena que Cárdenas cree que no se darán cuenta del engaño. De esa manera no solo cobrará el dinero que le han prometido, sino que, a la vez, evitará que alguien en París pueda descubrir el engaño, dado que les ha devuelto el alca original. Le entrega usted a su vecino un documento en el que explica qué tipo de pruebas y análisis han de realizarse para comprobar que se trata de una réplica. Una vez Cárdenas hace la entrega en la noche del sábado, le dicen que tiene que esperar un rato, que tienen el dinero en otro lugar, que vaya a pasar un rato con una de las señoritas del club. Mientras tanto, Santiño hace que…

—Perdón, perdón. Santiño… ¿quién es?

“¡Qué listo es el cabrón!”, se dijo Parrondo.

—Por favor, no me quiera tomar el pelo. Como si no supiera quién es Alfonso Chozas, alias Santiño…

—Que no, que no, que no… Que no había oído ese nombre hasta ahora.

Parrondo resopló.

—Mire, Lomas, deje ya de tomarnos por tontos.

—¡Que no les tomo por tontos! Yo al único Chozas que conozco es a mi vecino del quinto. Un plasta que viene cada poco a pedir sal, aceite, un destornillador… qué sé yo, de todo. Como no sea ese…

—No, Lomas, no es su vecino. ¿Quiere seguir con su jueguecito? Muy bien. Usted verá… Le va a dar igual, se lo aseguro. Como decía, Santiño, el dueño del club…

—¡Ah! Vale. Me lo imaginaba. Ese Santiño es el dueño del club.

—Santiño… —Parrondo resopló— hace que un experto realice las pruebas que usted les ha indicado. Pruebas que fueron realizadas probablemente en algún laboratorio de la ciudad esa misma noche. Y que usted presenció, casi con total seguridad, ya que ninguna de las camareras ni las chicas del club recuerdan haberle visto en el interior del local.

—Bueno, pero eso es por el disfraz. Si les hubiera enseñado una foto mía con el postizo…

—Lo hicimos. Y dijeron que no le vieron. Bien, una vez comprobado que se trataba de una réplica, vuelven ustedes al club. Santiño hace venir a Cárdenas y desvelan el pastel. Santiño no es hombre que tolere que nadie le traicione o le engañe, por lo que ordena que lo maten. Usted, que ha conseguido salirse con la suya, es decir, deshacerse de Cárdenas sin mancharse las manos, intenta marcharse. Pero Santiño no puede permitir que se vaya sin más. Puede usted resultar un testigo peligroso. Podría haberlo matado también a usted pero, por algún motivo que no consigo entender, usted le cae en gracia, así que decide dejarlo con vida. Pero para asegurarse su silencio, le entrega a usted un arma y le ordena que mate a Cárdenas. Puede que un cuchillo. Usted, que no ha matado una mosca en su vida, se ve incapaz de hacer algo así, y suplica a Santiño que no le obligue a hacerlo. Pero Santiño es inflexible. O lo hace usted o será usted quien siga a Cárdenas en su fatal destino. Mientras está delante de su jefe, con el cuchillo en la mano, temblorosa, Chacho, su amigo y vecino, se acerca por detrás, coge su mano entre las suyas y la empuja contra el pecho de Cárdenas, quien, herido de muerte, cae al suelo.

Sito escuchaba la narración del inspector jefe embelesado, con la boca entreabierta, sin mover un músculo.

—Chacho tira de su mano y retira el arma. La sangre sale a borbotones y mancha su camisa de sangre. Chacho guarda el cuchillo en una bolsa de plástico y se la entrega a su jefe. Está usted comprometido: la empuñadura del arma tiene sus huellas dactilares.

Los tres policías no le quitaban la vista de encima a Sito, esperando su reacción. Él los fue mirando alternativamente, asintiendo con la cabeza. Entonces se puso a aplaudir, lentamente.

—Vaya, vaya, vaya. ¡Son ustedes unos hachas! Yo que ustedes, me dedicaría a escribir guiones para el cine. ¡Porque se han montado una película que pa qué!

—José Luis, mire, creemos que no tuvo usted intención de matar a Cárdenas. Que aunque empuñara el arma, fue Méndez en realidad quien lo acuchilló. Pero no tenemos la seguridad de que así fuese. Vamos a registrar el club, y cuando lo hagamos y encontremos sus huellas en el arma homicida, no habrá ya vuelta atrás. Le acabarán condenando por asesinato. Le pueden caer entre 20 y 25 años. ¿Cuánto cree que aguantaría en la cárcel? En cambio, si coopera y confiesa lo sucedido, la pena sería mucho menor, puede que inferior a los dos años, con lo que no llegaría a ingresar en prisión. Y piense en Carmen…

—Que no, que noooo. ¡Que no tengo nada que confesar! Lo primero, yo no he tenido nada que ver con lo del alca. Segundo, el alca de París, como les hemos dicho, es falsa y de Rugy…

—No vuelva con eso, José Luis, por favor. La policía francesa se puso en contacto con la dirección del museo parisino y confirmaron que su alca era el original. De Rugy no tuvo nada que ver.

—Pues entonces tuvo que ser idea de Cárdenas. Lo de colocarle al Sotillo ese la réplica. Y, o lo pillaron y se lo cargaron, o los engañó y se marchó con el dinero. A mí déjenme al margen. No voy a confesar nada porque no tengo nada que ver. Ya lo verán: cuando registren el club no van a encontrar ningún arma con mis huellas. No tienen ninguna prueba de todo lo que han dicho. Son meras especulaciones.

—No, José Luis. No son especulaciones. Tenemos pruebas.

—¿Ah, sí? ¿Cómo cuáles?

—Dígame, ¿cómo es que su móvil se apagó a las 2:04 de la madrugada? Solo un minuto después de que Cárdenas saliese del club (lo sabemos por la ubicación de su móvil) y de que su amiga Carmen apagase el suyo.

—Pues no sé. Me quedaría sin batería.

—¡Vaya! —dijo Fábregas— ¡Qué casualidad, hombre! ¡Otro que se queda sin batería!

—¿Sabe lo que creemos? —continuó Parrondo—. Que sacaron a Cárdenas, ya muerto, del club, y apagaron sus móviles para que no pudiésemos localizarlos después. Pero por un descuido se dejaron el móvil de Cárdenas encendido. Fueron hasta la casa de él y lo metieron en el maletero del coche. Al hacerlo, se debió caer el teléfono. Eran las 2:23. Lo apagaron para evitar que pudiésemos localizarlo, salieron del garaje y tomaron la carretera de La Coruña.

Parrondo abrió una carpeta y le mostró las fotografías tomadas por las cámaras de tráfico.

—Ahí está usted, a las 2:28, conduciendo el Audi de su jefe, saliendo de Madrid. Y ahora dígame, ¿tenemos pruebas o no tenemos pruebas?

Sito se quedó mirando la fotografía un rato.

—Pero es que este no soy yo. Este es Chacho, mi vecino. Bueno, digo yo. La verdad es que esta foto… Ya podrían gastarse un poco más en las cámaras. Porque menuda porquería de resolución.

—Así que no es usted.

—No. Para nada. Ya les he dicho que a esa hora estaba inconsciente, en la calle. Además, el tipo de esa foto es calvo, y yo esa noche llevaba puesto el postizo y un bigote. Y gafas. Si ese fuese yo, no me los habría quitado.

—De acuerdo, pongamos por caso que el del coche es Méndez. ¿Cómo lo siguió usted? ¿Iba escondido en el asiento trasero? ¿Fue en su moto? ¿O en coche con su amiga Carmen? ¡Dígame, José Luis! ¿Dónde está el cuerpo?

—¡Y dale!

—Mire, Lomas. Usted sabe dónde está el cuerpo del señor Cárdenas. Y nosotros sabemos que lo sabe. Así que, ¿por qué no deja de hacerse el inocente de una vez y coopera? Será mejor para usted y para su amiga.

Sito echó mano de los extensos conocimientos policiales obtenidos de las novelas, las películas y series de televisión a las que era tan aficionado y contestó:

—Mire, comisario…

—Inaspector jefe.

—Bueno, mire, inspector jefe, si van a detenerme háganlo ya y déjenme llamar a mi abogado. Y si no es así, hemos terminado. Me voy, que tengo partida de bolos.

—Antes de que se vaya, José Luis. Una última cosa.

Parrondo cuchicheó algo al oído de Fábregas. Este salió de la habitación.

—José Luis, ¿cuál es su relación con Roberto Cañas?

—¿Berto? ¿Me van a decir que también quieren meter en esto a Berto?

—Responda, por favor.

—Es mi mejor amigo. Pero él no tiene nada que ver. ¡Yo es que alucino!

—No alucine tanto y escuche.

Parrondo se volvió hacia el ventanal e hizo una seña. Las voces de Sito y Berto sonaron por unos altavoces disimulados en el techo de la sala: “¿Berto?”. “¡Hey, chaval! ¿Qué pasa? ¿Currelando duramente?”… Escucharon la conversación en silencio. Sito se fue poniendo más y más tenso. Por primera vez era consciente del lío en el que podía estar metido.

—Esto… esto… Se trata de una confusión —dijo, descompuesto, al finalizar la grabación.

—¿No me diga?

—Sí, no es lo que parece.

—Ya. ¿Y qué es lo que parece?

Sito se quedó callado.

—Yo le diré lo que parece —dijo la inspectora Muguruza—. Parece… que usted y su amigo Méndez quemaron el cadáver de su jefe, probablemente con el coche y todo. Pero usted no quiere arriesgarse a que la policía reconozca el cadáver. Y como no sabe si los forenses podrían obtener ADN de un cuerpo calcinado para identificarlo, le preguntó a su amigo Berto, que da la casualidad que trabaja en un tanatorio, si sería posible. Y cuando este le dice que sí, que podrían identificar el cuerpo por el ADN aunque lo haya quemado, le pregunta si, en caso de incinerarlo en el tanatorio, quedaría algún rastro. A lo que su amigo le responde que no. Entonces dice usted: “Pues entonces igual es eso lo que hago”. Y a continuación le pregunta a su amigo Berto si, llegado el caso, estaría dispuesto a echarle una mano. Díganos, José Luis, ¿dónde está el cadáver del señor Cárdenas?

Sito negó con la cabeza. Había empezado a sudar copiosamente.

—Sé que es eso lo que puede parecer, pero esa conversación no tiene nada que ver con la desaparición de mi jefe. Se trata de una novela. Una novela que estoy escribiendo.

—¡Claro! —dijo Parrondo—. Así que ahora es usted escritor.

—Bueno, estoy empezando.

—Empezando…

—Sí. Una novela policíaca. Y no sabía si se podía obtener ADN de un cadáver carbonizado. Por eso se lo pregunté a Berto. Pensé que quizás podía saberlo.

—Y por eso le pidió ayuda para deshacerse del cuerpo, incinerándolo en el tanatorio.

—¡Que no, que no, que nooo! Yo no dije eso. ¡Ponga esa parte otra vez, ya verá!

Parrondo hizo una señal en dirección al espejo. Se oyó el sonido de las voces, interrumpido un par de veces mientras Fábregas localizaba aquella parte de la grabación.

“… ¿Y si lo quemara en un tanatorio?”. “En ese caso sí, claro. Ahí no queda ni rastro”. “Pues entonces igual es eso lo que hago. Ya te diré. Si necesito que me eches una mano con toda esta historia, ¿puedo contar contigo?”

Fábregas interrumpió la reproducción.

—¿Aún lo niega?

—Yo dije: “que me eches una mano con toda esta historia”. Con la novela. Me refería a la novela. Lo que le pedí es que me ayudara si tenía alguna otra duda a la hora de escribir la novela.

—Si eso es cierto, supongo que podrá usted enseñárnosla.

Sito sabía que no podía hacerlo. Las coincidencias entre su novela y el relato que la policía hacía de lo sucedido con Cárdenas eran enormes.

—Es que aún no la he empezado.

—¡Vaya! ¡Qué casualidad!

—¡Se lo juro! De momento estoy dándole vueltas a la trama, definiendo los personajes…

—Mire, José Luis. Se está haciendo un flaco favor. A usted y a Carmen. Pero usted verá lo que hace. Si cree, como le dijo a su amigo Berto, que nos tiene comiendo de su mano, créame, está muy pero que muy equivocado.

—¿Puedo irme ya?

—Puede irse.

Parrondo salió de la sala. La inspectora Muguruza acompañó a Sito a la salida.

—Piénselo, José Luis. Aún está a tiempo —le dijo al despedirse.

El interrogatorio a Berto solo sirvió para que este confirmara la versión de Sito. Los inspectores fueron después a hablar con Menchu, a quien habían dejado en la otra sala a la espera de concluir los interrogatorios a Sito y Berto. Menchu escuchó la grabación de la conversación telefónica haciendo un esfuerzo por no mostrarse preocupada. Pero lo estaba. Y mucho. Supo enseguida que Sito y Berto estaban hablando de la novela. Sito le había explicado cómo había sustituido el método para asesinar a Bermejo. Estrangulándolo en lugar de envenenándolo con arsénico. Y cómo, posteriormente, Prado se había deshecho de su cuerpo metiéndolo en el maletero de su coche y quemándolo. Las coincidencias eran demasiado obvias, se dijo, incluso desconociendo qué había sucedido realmente con Cárdenas.

—¿Y bien? ¿Nos va a ayudar ahora?

—No es lo que parece. Sito quiere escribir una novela. Lleva semanas dándome el tostón con ella. Que si no sabe cómo hacer con esto… con lo otro… Está hablando con Berto sobre su novela, eso es todo. ¡Espere! ¡Ahora me acuerdo! Lo del veneno. Lo que han dicho antes sobre el día que Sito y yo comimos en el Ripamonti. ¡Es cierto! Estuvimos hablando de su novela. Sito me comentó que quería matar a uno de los personajes poniéndole arsénico en una copa de whisky. Con hielo. Y le dije que no podía hacerlo así, porque el arsénico (lo sé porque se usaba antes para disecar animales) no se disuelve bien a temperatura ambiente. Así que menos aún en una bebida con hielo. Pero ¡estábamos hablando también sobre su novela! ¡Como ha hecho con Berto!

Los interrogatorios dejaron como resultado más preguntas que respuestas. No habían conseguido sacarles nada, ni a Sito ni a Menchu. Los tres policías hablaron un rato sobre los pasos a seguir, sobre la posibilidad de solicitar una orden de registro del domicilio de Sito. Pero, para empezar, parecía difícil que el juez les concediese la orden: el relato que habían construido sobre el asesinato de Cárdenas tenía todo el sentido del mundo, pero se asentaba sobre pruebas circunstanciales. La ubicación de los teléfonos los situaba en los alrededores del club, era cierto, pero no en casa de Cárdenas. ¿Y si al final resultase cierto que Lomas no tenía nada que ver en el asunto del alca? ¿Y si hubiese sido el propio Cárdenas al que se le hubiese ocurrido la idea de engañar a Santiño? Y de ser así, ¿lo había conseguido y había huido con el dinero o lo había matado Santiño? Y la prueba fundamental, la que involucraba a Lomas directamente en la muerte de Cárdenas, la llamada a su amigo Berto, se había desmoronado. Tanto este como Carmen habían corroborado la versión de Lomas de que la conversación tenía que ver con una novela que este, supuestamente, estaba escribiendo. ¿Estaban encubriéndolo o había sido Lomas quien les había mentido sobre el asunto para construir su coartada? Y quedaba otro asunto clave: el móvil del crimen. ¿Cuál era el motivo de Lomas para querer la muerte de su jefe? Podían ser los celos, el amor por Carmen, cierto, pero no dejaba de ser solo una teoría, sin nada que la sostuviese. El juez jamás les concedería la orden. Tendrían que esperar a que la UDYCO entrase en el club. Quizás entonces consiguiesen alguna prueba sobre lo sucedido. Mientras tanto, no les quedaba otra que mantener la vigilancia. Con la desventaja de que ahora Lomas y Espejo sabían que estaban encima de ellos.

___________________________________________

XLV

Intercambiaron un escueto mensaje: “Hablamos mañana”. Sabían que tenían los teléfonos pinchados y que les seguían. Y aunque no tenían nada que ocultar, no sabían cómo podía interpretar la policía lo que dijeran. Parecían decididos a inculpar a Sito. Aprovecharían cualquier comentario, por inocente que pudiese parecer, para soportar sus alucinatorias teorías.

Carmen durmió poco y mal aquella noche. Su preocupación por Sito y el empeño de la policía por inculparlo la mantuvieron en vela. Por su mente pasaron todo tipo de ideas, algunas de ellas de lo más descabelladas. Y aunque consiguió arrinconarlas y derrotarlas finalmente, las surrealistas teorías de los inspectores hicieron mella por momentos en su plena confianza en Sito, plantando una desagradable semilla de duda. ¿Y si era cierto que estaba enamorado de ella? ¿Qué sería capaz de hacer para protegerla? Era incapaz, lo sabía, de infligir daño alguno a nadie. Pero ¿y si hubiese hecho algo para perjudicar a Cárdenas? Sin ánimo de hacerle daño físicamente, por supuesto. ¿Y si hubiese medido mal las consecuencias de sus actos? Sito no se distinguía precisamente por la brillantez de sus ideas, y muchas veces, como decía su padre, que no tenía a Sito en gran estima, era incapaz no ya de ver más allá de sus narices, sino incluso de ver que las tenía. ¿Podría haber ocurrido algo así? ¿Podría haberse descontrolado una situación en principio incruenta? Finalmente, terminó enterrando aquellos oscuros pensamientos: conocía a Sito y estaba segura de que, de haberle mentido, lo habría notado al instante.

Pese a su pretendida tranquilidad durante el interrogatorio, Sito estaba hecho un flan. Los nervios hicieron presa de sus tripas y se pasó la mañana siguiente yendo y viniendo del retrete. Perdió la cuenta de las tilas que pudo tomar. Aquellos policías eran unos completos ineptos. Pero la llamada de Berto…

—No te preocupes —le dijo Menchu cuando pudieron verse por fin, a media mañana—. De una manera u otra, los tipos del club están involucrados. La policía registrará el local y encontrarán alguna pista. Quien sabe si el alca o, Dios no lo quiera, sangre del jefe… Y entonces se olvidarán de ti.

—¿Y si no encuentran nada?

—Antes o después lo harán. Acabarán encontrándolo, ya lo verás. Espero que con vida.

—Y yo. Por muy cabrón que sea.

Decidieron dejar de hablar del asunto y esperar a que la policía se diese cuenta, motu proprio, de su error.

Ello no impidió que, en su fuero interno y cada uno por su lado, continuasen el resto de la mañana rumiando la situación vivida el día anterior: cómo deberían haber reaccionado ante tal o cual anuncio, si deberían haber dicho esto o lo otro, cómo podían haber esquivado las celadas de los policías, lo que podían haber hecho para desmontar sus delirantes especulaciones…

Poco después de comer, Sito se encontraba en un estado de desazón tal que optó por preguntarle a Carmen si podía irse antes de tiempo. Necesitaba descansar. Salió del museo, cogió su moto y se fue a casa. Nada más salir a la Castellana vio un coche por el retrovisor que le resultó sospechoso. Un Peugeot 408 de color gris marengo. En su interior, una mujer y un hombre, jóvenes los dos. ¿Policías? Muy probablemente. Hizo el giro en Vitruvio y se detuvo en el semáforo. Seguían detrás. En cuanto la luz se puso en verde, salió disparado, cruzó hasta Ríos Rosas y empezó a callejear. El Peugeot le seguía a cierta distancia. No había duda. “Bueno, que me sigan. Así verán que no tengo nada que ocultar”, se dijo. Llegó a su casa, metió la moto en el garaje y subió en el ascensor. Al llegar arriba, salió a la terraza del piso y, disimuladamente, ojeó la calle a sus pies. No se veía el coche por ninguna parte. Pero en la acera de enfrente, junto a uno de los portales, la mujer del coche hacía guardia. Su corazón se aceleró. Si pretendían ponerlo nervioso, lo estaban consiguiendo.

Menchu había visto los signos de la tensión en el rostro de Sito cuando fue a decirle que se iba a casa. Era imperdonable lo que le estaban haciendo. No acababa de entender el empeño de la policía por cargarle el muerto. Si es que lo había. Le preocupaba especialmente lo de la llamada de Berto. No había visto muy convencidos a los inspectores con su explicación. ¿Y si les daba por registrar la casa de Sito? ¿Qué pasaría si se ponían a hurgar en el portátil y encontraban la novela? ¡Cielos! ¿Cómo no se le había ocurrido antes? Había que borrarla del disco duro antes de que fuera demasiado tarde. Pero no podía llamar a Sito para advertirle. Tenían pinchados los teléfonos. Tendría que ir a su casa y convencerlo. Dejó lo que estaba haciendo, le dijo a Raquel que si preguntaban por ella dijera se había ido al médico, y se marchó.

Llegó a casa de Sito sin percatarse de que un coche la había estado siguiendo.

—Pasa pasa —dijo Sito, susurrando, al verla en el umbral de la puerta—. ¿Ocurre algo?

—¿Por qué hablas tan bajo? —le respondió ella imitándole, mientras entraba en el piso.

Sito acercó la boca a la oreja de Menchu.

—Por si nos están escuchando.

—¡No fastidies!

—¡Espera!

Sito se acercó al aparato de música y puso a los Red Hot Chili Peppers a todo volumen.

—¿En serio crees que nos están escuchando? ¿Que hay micros?

—Ya no sé qué creer. Mira —dijo pidiéndole que saliera a la terraza —¿Ves aquel tipo sentado en la terraza del Txistu? Es un poli.

—¿En serio?

—Me han seguido al salir del museo. Se va turnando con una policía para vigilar la casa. ¿Has visto si te han seguido?

—No sé. No me he fijado.

—Pues no me extrañaría. Vamos dentro.

Menchu se sentó en el infausto sofá de flecos.

—Si nos están siguiendo, tienen nuestros teléfonos pinchados y han puesto micros en tu casa, es que van a por todas, Sito.

—Lo sé, lo sé. Pero no lo entiendo. ¡No tengo nada que ocultar!

—Puede que sí.

—¿Qué?

—No, que no es que crea que tengas algo que ver con lo de Cárdenas. Para nada. Pero tienes algo en casa que podría incriminarte… La novela. ¿Y si la encuentran?

—Para eso tendrían que registrar la casa. Y eso no va a pasar. Todo lo que dicen son tonterías. Y saben que no tienen nada contra mí. Solo han intentado meternos miedo, por si sonaba la gaita.

—La flauta. Se dice por si sonaba la flauta. No la gaita.

—La flauta, la gaita… ¿qué más da? Lo cierto es que no tienen nada. Ni lo pueden tener.

—Ya lo sé, pero ellos están emperrados en que has tenido algo que ver. Si encuentran la novela…

—¿Qué pasa si encuentran la novela? No pasa nada. Una historia en la que un tipo decide asesinar al jefe de una amiga, sí.

—Por lo mal que la trata, y en la que le hecha una bronca por un asunto de unos pingüinos. ¿Sabes qué otro nombre recibe el alca gigante?

—Pues no.

—Gran pingüino.

—Ya decía yo que le encontraba cierto parecido. Pero da igual, Prado se carga a Bermejo con un garrotte y luego quema el coche con él en el maletero. A Cárdenas, que sepamos, ni siquiera lo han matado.

—Pero ellos piensan que sí. Y no se han terminado de creer que le preguntaras lo del ADN a Berto por tu novela.

—¿Y qué quieres? ¿Que la borre?

—Sí, sería lo más sensato.

—No, de eso nada. Con lo que me ha costao. Mira, los del club están involucrados en el asunto. De una u otra manera. No sé si han matado a Cárdenas o no, pero el camino para encontrarlo pasa por el club. Y ellos lo saben. Igual que nos están vigilando a nosotros, estarán vigilando el club. Y más pronto que tarde, puede que incluso hoy mismo, lo registren en busca de pruebas. Y cuando lo hagan, si encuentran restos de sangre de Cárdenas, acusarán a Sotillo y a mi vecino, y nos dejarán en paz. Y si no encuentran nada, pensarán que Cárdenas se largó con la pasta. Y también nos dejarán en paz.

Sito intentaba aparentar una seguridad inexistente. Se había repetido a sí mismo aquel razonamiento decenas de veces desde el día anterior. Y sin embargo, seguía dudando de su solidez.

—Puede ser, pero me quedaría más tranquila si borraras la novela.

—¡Que no, que no, que nooo! ¡Que no la pienso borrar! Que no hace falta, te digo.

—Bueno, si tan seguro estás de lo que has dicho…

—Totalmente.

—Vale. Por el momento. Pero no lo descartemos del todo. ¡Dios! ¡Qué sed tengo! ¡Entre el calor y los nervios…!

—¡Mujer! ¿Cómo no lo has dicho antes? ¿Qué quieres tomar? Coca-Cola, Trinaranjus…

—No sé… ¿Qué más tienes?

—Espera que mire.

Mientras Sito se encaminaba hacia la cocina, el móvil de Menchu vibró con fuerza. Lo sacó del bolso. Una notificación del servicio de noticias:

Encuentran un coche calcinado con el cuerpo de una persona en el interior del maletero en la sierra de Madrid. La policía sospecha que se trata de Eduard Cárdenas, el responsable del MNCN desaparecido el pasado fin de semana.

 

¡No podía ser! ¡Exactamente igual que en la novela de Sito! ¡Era imposible! ¿Tendría al final razón la policía? ¿Estaría Sito involucrado? No podía creérselo. Pero las coincidencias eran tantas ¡y tan abrumadoras! No podía tratarse de una casualidad.

¿Cuándo le había contado Sito los cambios que había hecho en la novela, para sustituir el arsénico por la muerte con garrote y el posterior incendio del coche en Peguerinos? Había sido allí mismo, sentados en aquel horrible sofá. ¡El lunes por la tarde! Eso era, había sido el lunes por la tarde, al ver que Cárdenas no había aparecido por el museo. ¿Le había dicho cuándo había hecho los cambios? ¿Antes o después de lo del sábado? Creía recordar que después, el domingo por la tarde. Si Sito se había visto involucrado en la muerte de Cárdenas, tenía que haber sido de manera involuntaria. Sito sería incapaz de hacer algo así, y menos premeditadamente. No podía permitir que la policía encontrar la novela. Tenía que destruirla.

Sito apareció de vuelta en la sala de estar.

—Pues hay Coca-Cola, Trinaranjus de naranja y cerveza. Y ya.

—Hum… ¿Zumos no tienes? —Los nervios la estaban matando.

—No. ¿Te pasa algo?

—¡No, qué va! Es que me apetecía un zumo de piña. Pero bueno, si no tienes… da igual.

—No, no, bajo un momento y te subo uno…

—No, tranquilo, si eso me tomo un vaso de agua, que estás cansado. Y no quiero molestar.

—¡Que no es molestia, mujer! ¡Un vaso de agua! ¡Cómo te voy a dar un vaso de agua! Que no, que no, que bajo y te subo un zumo. Además, así subo unas patatas fritas y unas aceitunas, que se me han terminado, y no es cuestión de no poner nada de picar.

—Bueno, si no te importa.

Sito ya se había levantado, cogido la cartera y las llaves de la casa.

—Nada, nada. Tú ponte cómoda. Como en tu casa. Si quieres pon otra música, lo que quieras. Ahora mismo vuelvo.

En cuanto salió por la puerta, Menchu se lanzó a por el portátil de Sito. Lo encendió, rogando que no estuviese protegido por contraseña. ¡Bingo! No lo estaba. Abrió el explorador y buscó “El talento del señor Prado”. Aparecieron varias entradas. “Lo siento, Sito. Es por tu bien. Ya lo escribirás de nuevo”. Borró todos los archivos y vació la papelera. Tras comprobar de nuevo que la novela no aparecía por ninguna parte, se levantó y comenzó a hurgar en los cajones del mueble del salón, en busca de alguna copia escrita. Nada. ¡El despacho! ¡Quizá tuviese una copia en el despacho! Entró en lo que una vez había sido el dormitorio de Sito y se acercó al escritorio. Y allí, en el centro, estaba lo que buscaba. Cogió los escasos folios de que constaba la novela y la papelera que había a los pies de la mesa y se fue a la cocina. Cerillas, necesitaba cerillas. O un mechero. Tenía que quemarla, no bastaba con romper los papeles y tirarlos a la basura. La policía estaba abajo, en la calle, quién sabe si esperando la llegada de la orden de registro. Podían aparecer en cualquier momento en la puerta. Abrió un cajón, después otro. Y otro más. ¡Por fin! Un mechero. Lo cogió y regresó a la sala de estar. Abrió el ventanal y salió a la terraza. Puso la papelera en el suelo, echó los papeles dentro y encendió el mechero. Cogió uno de los papeles y le prendió fuego. En ese preciso instante, se abrió la puerta de la calle. Sito se la quedó mirando mientras el papel comenzaba a arder en su mano. Se quedaron inmóviles un instante. Ella dejó caer el papel en llamas en la papelera. Solo entonces se dio cuenta Sito de lo que estaba haciendo. Dejó caer la bolsa de la compra y se lanzó a la carrera en dirección a ella mientras gritaba:

—¿Qué haces?

Dispuesto a salvar su obra, salió a la terraza en tromba, como un toro saliendo del redil. Chocó contra Menchu. Ella cayó hacia atrás, se golpeó en la sien contra el borde de la mesa metálica situada en medio del balcón, y cayó al suelo. Un gran charco de sangre se comenzó a formar alrededor de su cabeza.

Juan Chozas había intentado arrancar su ordenador varias veces, sin éxito. Había arrimado la oreja a la caja mientras pulsaba el botón de encendido. Pero no había podido oír el más mínimo ruido. Estaba muerto. ¿Qué carajo le pasaba?, se había preguntado.  Juan era una de esas personas que, sin tener conocimiento alguno de electrónica, pensaba que abriendo la caja del aparato en cuestión, fuese el que fuese, y echándole un vistazo al interior, podía arreglarlo, evitando así tener que llevarlo a reparar. Siempre podía ser que hubiese algún cable suelto dentro, se decía cada vez que se encontraba con un problema similar. Algo que nunca sucedía, y que sin embargo, no le impedía repetir la jugada en la siguiente ocasión. Tras haber desconectado todos los cables del ordenador y haberlo puesto sobre la mesa, le había dado varias vueltas, buscando la manera de abrirlo. Necesitaba un destornillador de estrella. Pequeño. Así que había ido a por la caja de herramientas. Pero nada más abrirla se había acordado de que le había prestado los destornilladores a su hermano. Bueno, se había dicho, siempre estaba su vecino. Seguro que él le podía prestar uno.

Sito se agachó junto al cuerpo de Menchu. Tocó la sangre con la punta del dedo.

—¡Menchu! ¡Menchu! —Agitó el cuerpo de su amiga— ¡Despierta, Menchu!

No se movía. Se echó las manos a la cabeza. ¡Noooo! ¡Estaba muerta! Las lágrimas empezaron a brotar de sus ojos, nublándole la visión. Se echó sobre ella y la abrazó, mientras sollozaba.

Chacho Méndez iba paseando por la calle con su querida Shakira. Aquella tarde había vuelto a ver a su vecino del quinto, desde lejos, entrando con su moto en el garaje de casa. Desde entonces le había vuelto a rondar la imagen de su rostro. No tenía manera de quitárselo de la cabeza. ¿A quién le recordaba? La idea del actor había empezado a perder peso. No, no era a un actor a quien se parecía. Era alguien a quien había visto hacía poco, pero no había sido en la televisión, ni en el cine. ¿Dónde narices lo había visto?

Sollozando aún, Sito se enderezó. Su corazón latía a mil, la cabeza le iba a estallar y notaba una opresión en el pecho. Le costaba respirar. Tenía que llamar a urgencias. Quizás pudiesen reanimarla. Sacó el móvil del bolsillo. A sus espaldas, el papel que había prendido Menchu se consumía sin que el fuego pareciera querer prender en el resto de la novela. ¿Qué le diría a la policía? Pensarían que la había matado a propósito. Daría igual lo que dijese. Ya pensaban que había matado a Cárdenas y que estaba pensando en cómo deshacerse de su cuerpo. Miró por encima de la barandilla de la terraza. ¿Dónde estaban los policías que le vigilaban? No los veía por ningún sitio… Daba igual. Le daba igual lo que le pasara. Tenía que llamar a urgencias. Se apoyó en el marco de la ventana de la terraza y marcó el 061.

—¡Por favor! —gritó en cuanto le respondieron—. Manden una ambulancia al 5ºG del número 37 de la calle María de Guzmán. Mi amiga está muerta, se ha caído y golpeado en la cabeza, y está todo lleno de sangre. Dense prisa, por favor.

En el pasillo, Juan Chozas se acercó a la puerta de Sito, dispuesto a pedirle el destornillador. “¡Joder! ¡Me estoy meando! ¿Por qué no habré ido al baño antes de salir?”. Meneando las piernas, llamó al timbre.

El timbrazo sorprendió a Sito y le hizo pegar un brinco. Del susto, soltó el móvil, que cayó al suelo. La pantalla se rompió y se quedó en negro.

Chozas volvió a llamar, esta vez repetidamente. “¡Abre, coño, que me meo!”.

“La policía. Es la policía. Ya están aquí”, pensó Sito. Detrás de él, las llamas habían prendido finalmente en la papelera. Reculó hacia la terraza, tropezó en el marco inferior de la puerta corredera y, a punto de irse al suelo, metió el pie izquierdo sin querer dentro de la papelera. Sintió el calor de las llamas envolviendo la parte inferior de su pierna. Intentó zafarse de la papelera agitando el pie en el aire. Pero la zapatilla se había quedado atascada.

Chacho Méndez se quedó mirando el escaparate de Electrodomésticos Lovió, uno de esos escasos comercios de barrio que habían sobrevivido a las grandes superficies. En la pantalla de los televisores se veía un anuncio. En él, un hombre medio calvo observaba el poco pelo que le quedaba en un espejo, con gesto irritado. La imagen se dividía en dos para mostrarle nuevamente, esta vez con una abundante cabellera. Un grupo de neuronas se activaron súbitamente en el cerebro de Méndez. ¡Ya sabía dónde había visto a su vecino Sito! ¡Era el pelagatos al que había pegado una paliza en el pasillo del club la noche que habían despachado a Cárdenas! No lo había reconocido entonces por el postizo, el bigote y las gafas. ¡Pero era él!

El pantalón de Sito empezó a arder. Presa del pánico, lanzó una patada al aire con todas sus fuerzas para librarse de la papelera en llamas. Fue tal el impulso, que perdió el equilibrio, cayó hacia atrás y, tras golpear con su trasero contra la barandilla de la terraza, como si de un experto futbolista realizando una chilena se tratase, su cuerpo se elevó, efectuó un giro en el aire y salió despedido de espaldas por encima de la balaustrada. Sin entender bien lo sucedido, Sito vio la terraza de su piso alejándose de él, recortada contra el cielo estival mientras caía desde una altura de casi veinte metros.

Chacho escuchó un grito aterrador que se acercaba desde las alturas. Levantó la vista. Apenas tuvo tiempo para reconocer el rostro de pánico de Sito antes de que su cuerpo impactara contra él. El golpe lo derrumbó, haciendo que su cabeza chocase contra el poste de una farola primero y el borde de una alcantarilla después, quedando allí inerte, junto al también inerte cuerpo de Sito Lomas.

 

 __________________________________________

XLVI

Tres meses más tarde

La ola de calor del veranillo de San Miguel estaba haciendo historia. Menchu conducía con el aire acondicionado al máximo, dándole vueltas a la cena de aquella noche. Esperaba que todo saliera bien. Inconscientemente, se tocó la cicatriz que coronaba su ceja derecha. Un gesto que se había convertido en un tic y que le traía el recuerdo de Sito durante aquella fatídica noche. ¡Qué mal lo había tenido que pasar el pobre en aquellos momentos, pensando que estaba muerta! Si se hubiese tomado la molestia de tomarle el pulso o acercar el oído a su pecho para comprobar el latido de su corazón, todo habría sido diferente. Hubiera deseado poder retroceder por la senda del tiempo y no haber quemado aquellos papeles. Pero no era posible. Y como le dijo su padre después de que ella le contase los detalles de lo sucedido y la oyera lamentarse por lo equivocado de su decisión: “A lo hecho pecho, cariño”. Así era su padre, un maestro del consuelo. Decidió apartar los recuerdos de aquella noche de su cabeza, al menos de momento. Sabía que su padre sacaría el tema durante la cena. Menchu le había pedido a su madre que hablase con él, que le pidiese expresamente que eludiese el asunto. Dudaba que sirviese para algo. En eso se parecía a Sito: cabezón hasta la médula.

Paró el coche en doble fila, puso las luces de emergencia, se bajó y llamó al telefonillo.

—¡Ya bajo! —dijo la voz de Sito.

Sito resopló. En buena hora. ¿Cuándo aprendería a decir que no? Menuda perspectiva de noche. Cena en casa de los padres de Menchu. Acababan de volver de pasar el verano en la casa que tenían en Noja, y querían ver a su niña. Había dejado de contar las veces que se había arrepentido durante el día de ceder a las presiones de Menchu para que la acompañara. Y todo porque, tras lo sucedido con Cárdenas, su madre estaba más obsesionada que de costumbre, lo que tenía su mérito, con los peligros con que la vida moderna acechaba a su hija. Que tuviera mucho cuidado en el portal de su casa, que lo de vivir sola con dos amigas era una mala idea, que no saliera sola a la calle, que llevara siempre a mano un spray de pimienta, que esto, que lo otro… la lista era interminable.

—Al menos, estando tú presente, se cortara un poco.

—Y, a cambio, me trago las pullas de tu padre…

—Tú ni caso. Ya verás cómo no es para tanto.

Al final había acabado cediendo, claro. Por estar con ella. ¡Qué no haría por estar con ella! Mientras bajaba en el ascensor, se puso a pensar de qué temas podría hablar con Adolfo, el padre de Menchu. Siempre lo hacía: intentaba encontrar un tema de conversación que resultase neutral. Aunque sabía que daba igual. Hablasen de lo que hablasen, Adolfo siempre le llevaba la contraria. ¡Menudo tocapelotas! Se las daba de jovial, de campechano y europeísta. Incluso de progre —la de historietas que había tenido que soportar de sus años mozos, como decía él— pero era todo fachada. Bajo aquella máscara se escondía, sin que el propio Adolfo lo sospechara y por tanto pudiera admitirlo, un individuo sin sentido del humor, ceremonioso, carpetovetónico e inflexible. Su mente estaba plagada de una mezcla de ideas tan antagónicas que, cuando entraban en conflicto, lo convertían en un ser destemplado y colérico.

—No le hagas caso —le había dicho Menchu en cierta ocasión—. Ya sabes que de niño estuvo en un colegio de curas. ¡Que en su época no veas cómo debía ser aquello…! Y como en el fondo es tan influenciable, salió de allí con un carajal mental del que aún no se ha recobrado. Echa pestes de los curas y se dice ateo, pero luego bien que recuerda con añoranza sus días de monaguillo.

Al menos, pensó Sito, la madre de Menchu, Eva, lo ignoraba. A pesar a que lo conocía desde hacía veinte años y lo trataba con cariño, Sito era consciente de que Eva lo miraba —Menchu había intentado quitarle aquella idea de la cabeza mil veces— como quien mira un trozo de corcho. Pero prefería su ninguneo al acoso y derribo al que lo sometía Adolfo. Adolfo y Eva. ¡Tenía narices la cosa!

Entró en el coche de Menchu. Se dieron un par de besos.

—No sabes cuánto te lo agradezco, de verdad.

—No pasa nada. Para eso están los amigos. Ya sabes que yo por ti…

—… ¡mato! — dijo Menchu, y se echaron a reír.

Hablaron poco durante el trayecto, enzarzados los dos en sus propios pensamientos. Tres meses ya, pensó Sito. Y parecía que había sido hacía nada. Como rezaba la canción de los Beatles, ¡Qué noche la de aquel día! Visto desde la distancia, sin perspectiva, se diría que se habían vuelto paranoicos. Que su comportamiento había sido totalmente irracional. Pero en aquel momento y lugar, en aquellas circunstancias, lo sucedido resultaba hasta comprensible. Cierto que podía haber terminado de la peor de las maneras posibles. Hubiese sido lo más normal. Y sin embargo, allí estaban Menchu y él, en perfecto estado, dispuestos a celebrar aquel día como si aquello no hubiese ocurrido jamás. En cuanto a lo sucedido entre los escasos minutos transcurridos entre el momento en que había perdido pie en la terraza y aquel en que se había despertado tirado en el suelo de la calle, apenas tenía recuerdo alguno. Solo una sensación nebulosa, como quien, tras haber tenido un vívido sueño y transcurrido un tiempo, apenas consigue rememorar algún que otro retazo del mismo. Lo que sabía se debía al relato que, del suceso, habían hecho un par de testigos a la policía y a los medios de comunicación. Al parecer, su cuerpo había rebotado en el toldo de la perfumería situada en los bajos de su edificio, chocado después contra las ramas de uno de los grandes plátanos de la calle y caído finalmente encima de Chacho Méndez. No se sabía bien cómo, pero el cuerpo de este había absorbido la fuerza del impacto, librando a Sito de una muerte segura. A consecuencia del golpe, Chacho se había golpeado la cabeza contra el poste de una farola primero y contra el borde de la boca de una alcantarilla después, falleciendo en el acto. Sito, en cambio, solo se había roto un par de costillas y el brazo derecho, y acabado con una serie de contusiones sin importancia por todo el cuerpo. Su cabeza no mostraba herida alguna, ya que por azares del destino, esta había ido a dar sobre la barriga de Méndez, que había amortiguado el impacto, dejándole solo una leve conmoción cerebral de la que acabó recuperándose sin secuela alguna.

Menchu se había recriminado lo sucedido durante mucho tiempo. De hecho, la culpa seguía allí, como un mar de fondo. Había actuado precipitadamente, sin atender a razones, impulsada por el deseo de proteger a Sito del desastre a toda costa. De manera innecesaria: la policía había irrumpido en el club a altas horas de la madrugada del sábado, en el momento en que no quedaban ya clientes en el interior y se procedía a cerrar el local. Llevaban vigilando a la banda desde hacía meses. El asesinato de dos agentes de la UDYCO, realizado supuestamente por encargo del tal Santiño, y un chivatazo sobre la recepción de un importante alijo de drogas, habían desencadenado el asalto. La policía fue recibida a tiros. Santiño y uno de los miembros de la banda resultaron muertos, y uno de los agentes acabó en el hospital con pronóstico moderado. El gL´amour, junto con los otros dos locales de alterne de Santiño y su finca en la provincia de Toledo, había sido registrado. Se encontraron 120 kilos de speed, 2 kilos de cocaína, cantidades menores de hachís, armas cortas y largas, machetes, hachas, dos cajas de caudales con más de 200 000 euros en efectivo, y abundante documentación. Entre las chicas que trabajaban ofreciendo sus servicios en los clubs encontraron a un total de siete que habían sido traídas engañadas de sus países de origen y obligadas a ejercer la prostitución, entre ellas dos menores de edad, de 16 y 17 años. Los clubs habían sido clausurados y, junto con la finca, embargados por la autoridad judicial. Los miembros de la banda capturados durante la operación se encontraban en prisión a la espera de juicio. A raíz de las investigaciones realizadas posteriormente, se pudo detener al presunto responsable del asesinato de los dos agentes de la UDYCO. Se trataba de un asesino a sueldo contratado por Santiño para deshacerse de los dos agentes, quienes al parecer habían intentado infiltrarse dentro de la banda.

En el interior de una de las habitaciones del club se encontraron restos de sangre. Los asesinos habían intentado eliminarlos utilizando lejía y, se suponía, algún detergente con oxígeno activo. Pero no habían sido lo suficientemente cautelosos, y habían pasado por alto pequeñas cantidades de sangre, inapreciables a simple vista. El ADN extraído de la sangre fue contrastado con el de la hija de Cárdenas, lo que permitió confirmar las sospechas de que había fallecido allí dentro. El cuerpo calcinado encontrado en la sierra, en el interior del maletero de un coche, fue identificado también como perteneciente al vicedirector de exposiciones del MNCN. En las inmediaciones del lugar donde apareció el coche incendiado, los agentes de la científica encontraron un kleenex con restos de mucosidades. Una vez más, fue el análisis del ADN el que permitió identificar a la persona que había utilizado aquel pañuelo para sonarse la nariz: Eduardo Méndez, alias Chacho. Los interrogatorios realizados a los miembros de la banda en relación con la muerte de Cárdenas dejaron a Sito y Menchu fuera de toda sospecha, y la investigación del caso se dio por cerrada.

Si hubiese esperado un día más, se decía Menchu, todo se habría aclarado, y Sito no se hubiese caído por el balcón. Había salvado su vida de milagro. Sito, por su parte, no la culpaba.

—Fue culpa mía, en realidad —le había dicho unos días después, durante una de las visitas de Menchu, mientras él estaba en observación en el hospital—. Hiciste lo que te pareció más adecuado. Lo más sensato, de hecho: quemar la novela. Y lo hiciste por mí. Si yo no hubiese reaccionado como un energúmeno… Fui yo el que te tiró al suelo, el que tuvo la culpa de que te golpearas en la cabeza. Y fui yo el que entró en pánico al verte en el suelo, creyéndote muerta.

—Bueno, era normal. Con toda aquella sangre…

—Sí, pero ni se me pasó por la cabeza tomarte el pulso o acercar la oreja a tu pecho para ver si latía tu corazón.

—¡Pero llamaste a Emergencias! Es cierto que mi vida no corría peligro. Fue solo un corte profundo en la ceja. Había perdido el conocimiento debido al golpe. Pero tú no podías saberlo. Si hubiera sido algo más serio, tu llamada me habría salvado la vida. Así que no te atormentes.

—Ya… Bueno, de lo de meter el pie en la papelera para intentar apagar el fuego… mejor no hablamos ¿no?

—No —había dicho Menchu riéndose—. De eso mejor no hablamos.

 

La cena transcurrió mucho mejor de lo esperado. De hecho, Sito sintió como si algo hubiese cambiado. Adolfo estuvo relajado, simpático incluso. Y para su asombro, Eva parecía haber dejado de considerar a Sito un sosias del hombre invisible. Todo fue como la seda hasta que, terminados los postres, la madre de Menchu consideró conveniente recordarle a su hija lo inconveniente de prorrogar su soltería por más tiempo.

—Ay, Carmen, no sé a que estás esperando para buscar un buen hombre con el que casarte.

—Caray, mamá, mira que te pones pesadita…

—¿Pesadita yo? Tú verás. Luego no te quejes. ¡No será que no te lo he advertido!

—Eva, mujer, deja a la niña tranquila… Además, que tenemos invitados…

—No, si por mí… —dijo Sito—. Que no me molesta. Además, no tiene de qué preocuparse, Eva. Si Menchu, con lo guapa y lo lista que es, el día menos pensado… Porque ¿quién no se casaría con una mujer así? A mí no me importaría, mire lo que le digo.

Adolfo lo taladró con la mirada.

—Esperemos que no sea necesario —dijo.

—¡Papá!

—A ver, que lo digo porque eso de casarse solo para que no se te pase el arroz… qué quieres que te diga. Que no tengo nada en contra de José Luis, ¿eh? Ni mucho menos. Es un muchacho estupendo y todas esas cosas…

Bueno, se dijo Sito, quizás no fuese ya el hombre invisible, pero no se encontraba muy lejos de Caca-man.

A partir de ese momento la cosa comenzó a torcerse. Y es que Adolfo, después de haberse bebido casi una botella de vino, y con un coñac en la mano, parecía haber olvidado las admoniciones de su esposa.

—Bueno, entonces, ¿ya estás recuperado del todo?

—Sí, más o menos. ¿Qué son un par de costillas y un brazo rotos? Tampoco fue para tanto.

—Anda que la que liaste. Si no pasó nada más es porque… iba a decir porque Dios es bueno, pero ya sabes que yo no creo en esas cosas. Menos mal que lo de mi niña no fue nada, que si no…

—¡Papá! ¡Por favor! ¡Déjalo ya! Fue un accidente.

—Un accidente un accidente…

—Pues sí. No fue culpa de nadie. Bueno, no es verdad, fue culpa mía. Por haberme puesto a quemar su novela.

—¡Ah, sí! La famosa novela de Sito. Me había olvidado. Que te dio por empezar una carrera literaria. Una pena que se quemara tu libro. Estoy seguro de que hubiese sido todo un éxito de ventas —dijo el padre de Menchu con sorna.

—Bueno, ya que ha salido el tema a colación… Había pensado mantenerlo aún en secreto; durante unos días. De hecho, me han pedido expresamente que no se lo cuente a nadie. Pero… qué mejor ocasión que esta, estando aquí, entre… no diré amigos, no… sino entre quienes considero de alguna manera mi familia… para anunciar… que he recibido la llamada de una famosa agencia literaria de Barcelona. Están interesados en que cuente mi historia, en que la escriba. Lo del robo del alca, cómo desenmascaramos a la banda de Santiño… Al parecer, una importante editorial quiere publicarla. Y no solo eso, la agencia dice que uno de los directores de cine más importantes de este país, no puedo decir quién, quiere llevarla a la gran pantalla.

—Pero… ¡eso es fantástico, Sito! —Menchu se acercó, lo abrazó y le plantó un sonoro beso en la mejilla—. ¡Esto hay que celebrarlo!

La madre de Menchu se acercó también y le plantó otro beso.

—¡Ay, José Luis! ¡Si tu madre levantara la cabeza! ¡Qué orgullosa se sentiría ahora mismo! Aunque estoy segura de que te está viendo desde el cielo…

—Bueno, bueno… Menudo notición… —dijo Adolfo estrechándole la mano—. ¡Enhorabuena!

—Muchas gracias.

—Pero… la novela está aún por escribir, ¿no?

—Sí sí. Me ha pillado totalmente por sorpresa.

—¿Y se fían? Quiero decir, que no has publicado nunca nada. Supongo que te pondrán un negro

—¡Papá!

—Bueno bueno, tampoco te pongas así. Es lo normal. Tienen que asegurarse las ventas.

—José Luis no necesita de nadie que le escriba la novela. Yo leí lo que había escrito y te aseguro que lo hace de maravilla.

—Vale vale. No he dicho nada.

A falta de una botella de cava, Carmen sacó una de Oporto y brindaron por el éxito de Sito. Poco después madre e hija se fueron a recoger la cocina.

—Os ayudo —dijo Sito levantándose de su asiento.

—No no, tú estás aquí de invitado — dijo la madre—. Además, así le das palique a Adolfo.

Sito, resignado ante la molesta perspectiva que se avecinaba, respondió con su sonrisa de estreñido y volvió a tomar asiento.

—Ven, José Luis, sentémonos junto a la chimenea. Estaremos más cómodos.

Sito le siguió y se hundió en un sofá tan trajinado que parecía que estaba a punto de tragárselo.

—Dime —dijo el padre de Menchu mientras encendía un habano—, al final ¿qué pasó con el alca? Oí algo de que lo habían encontrado en casa de un marqués o algo así, ¿no?

—No exactamente. La policía encontró un montón de documentación cuando registró los clubs de Santiño. Y más aún en la finca que tenía por Toledo. Tardaron dos meses en revisar todos los papeles. A finales de julio o primeros de agosto creo que fue, encontraron una mención al asunto del alca. Y un nombre: Raimundo o Rosemundo, no recuerdo bien, Olivares de Bobilla, vizconde de la Jarilla. Un señor muy mayor, de noventa y tantos años. Al parecer era un amante de la naturaleza. Y de la caza mayor. El caso es que el vizconde tenía un palacete por ahí, por Villanueva de la Cañada. Y en la sala principal tenía una especie de museo de historia natural. Tenía de todo: fósiles, dientes de megalodón, animales naturalizados, pequeños meteoritos, libros de naturalistas antiguos… y minerales; montones de minerales. En general cosas de poco valor. Parece, por lo que contó el guardés, que el vizconde andaba ya bastante cascado, y debía pensar que no le quedaba mucho de vida. Y como no se llevaba demasiado bien con sus hijos, que eran catorce, no te lo pierdas…

—¿Catorce?

—Catorce eran los que estaban vivos. Que había tenido alguno más.

—¡La leche! Sería del Opus, como si lo estuviera viendo.

—Bueno, pues eso, que como debía pensar que le quedaba poco, se le metió en la cabeza que total, para lo que le quedaba de convento, por qué no darse un capricho. Quería comprar una pieza de valor, para ponerla en el centro de la sala. Había visto la noticia de la exposición en el museo y, a través de un tipo algo turbio que vivía en el pueblo, encargó el robo del alca. No se sabe cuánto llegó a pagar, porque claro, lo pagó en negro. Pero un dineral. Todo esto a espaldas de los hijos, claro.

—Así que el alca acabó expuesto allí, en su pequeño museo.

—Pues sí. Pero por poco tiempo. Porque cuando los agentes llegaron al palacete, ya no estaba. El vizconde había fallecido de un ictus al poco de haber recibido el animal. Y resulta que llegado el momento de repartir la herencia, los hijos se encontraron con que las cuentas de su padre se encontraban bajo mínimos. Porque se lo había gastado todo en el alca. Claro que esto ellos no lo sabían. Total, que decidieron venderlo todo: el palacete, que se encontraba en un estado de cierto abandono, el mobiliario, algunas obras de arte de poco valor…

—Y las cosas del museo.

—Eso es.

—Así que vendieron el alca, pero como no sabían que valía un dineral, lo vendieron por cuatro perras…

—No, si el alca no valía nada. ¿No ves que era de pega?

—¿Entonces?

—Pues resulta que uno de los hijos había estudiado en Madrid, en la Escuela de Ingenieros de Minas. Y sabía que la escuela organizaba todos los meses un mercadillo de minerales y fósiles. Yo lo he visto, y no te imaginas la cantidad de gente que colecciona esas cosas… Bueno, el caso es que habló con la escuela para ver si les podían ayudar a organizar una especie de rastrillo, en el propio palacete. Pero cuando lo tenían ya todo preparado y faltaban solo dos días para la fecha, unos ladrones entraron por la noche en el edificio y arramplaron con todo lo que les pareció de cierto valor. Poca cosa, la verdad. De hecho, apenas se llevaron algo de la colección. Supongo que debieron pensar que todo aquello, o no tenía valor o era imposible de colocar. Pero el alca, curiosamente, había desaparecido.

—¡Menuda historia! ¿Y no han encontrado a los ladrones?

—No. Al menos de momento. Y ya hace dos meses de eso. De todas formas no creo que la policía se haya tomado demasiadas molestias. Para lo que se llevaron… Así que probablemente el alca haya desaparecido para siempre.

—¿Y cómo es que se lo llevaron? ¿No dices que el resto de la colección casi ni la tocaron?

—Pues es una buena pregunta. No sé, puede que alguno de los chorizos se encaprichara del animal. O que uno de ellos tuviera un niño pequeño y pensara que le haría ilusión. Por alguna de esas películas de dibujos animados en las que salen pingüinos, ya sabes. ¡A saber!

Menchu y Sito se marcharon poco después.

—Muchas gracias —le dijo ella una vez en el coche—. ¿Qué tal la charla con mi padre? ¿Se ha portado bien?

—Sí, no te preocupes. Ha estado bastante amable.

—Menos mal. Por cierto, me has dejado de piedra con lo de la novela y la película. ¡Es alucinante! ¿Cómo no me lo habías contado antes?

Sito se echó a reír.

—Y tanto que alucinante. ¡Yo me parto!

—¿Se puede saber de qué te ríes?

—¿Tú también te lo has tragado?

Menchu se lo quedó mirando, con la boca abierta.

—¡Serás…!

Le dio un golpe en el brazo con la mano y se echó a reír ella también.

 

 

___________________________________________

XLVII

Caía la tarde en las calles de Burela. Finalizada la jornada, hecha la caja y con todo ya dispuesto, Xosé Muíños apagó las luces y salió de su tienda, dispuesto a echar el cierre.

—Chico, ¿qué quieres que te diga? —le dijo Martiña, su mujer— Yo no lo acabo de ver. Cincuenta euros por esto…

—Que sí, muller. Que queda cojonudo.

—No sé. Yo, la verdad, lo devolvía.

—Pero ¿cómo quieres que lo devuelva? Lo compré en el mercadillo.

—Bueno, tú verás, pero no sé qué tiene que ver esto con una tienda de peces. No digo nada…

Xosé bajó la reja, echó el cerrojo, cogió a su mujer de la mano y dejaron atrás la tienda.

La luz del ocaso tiñó de naranja los tejados del pueblo. Y cuando la noche se apoderó del lugar y las calles quedaron desiertas, el centenario alca gigante se quedó mirando, encandilado, los elegantes movimientos de los peces multicolores mientras danzaban sin fin, iluminados por las tenues luces de sus acuarios, teñidos de un color a camino entre el azul cielo y el marino. Y soñó con que estaba de vuelta en la diminuta isla de Eldey, y con las gélidas aguas del bravío Atlántico Norte, zambulléndose en pos del apreciado alimento junto a sus añorados y queridos hijos, padres y hermanos.

FIN

©Novelas por entregas, Fernando Arnáiz, 2020.

 

https://fernandoarnaiz.com

https://m.facebook.com/fernandoarnaiz.escritor/

Impactos: 36

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies