Novela por entregas, El asesino imaginario por Fernando Arnáiz

Sinopsis

Menchu y Sito son amigos y compañeros de trabajo en el Museo Nacional de Ciencias Naturales. Ella es coordinadora de exposiciones. Él, uno de los dos fotógrafos del museo y un escritor en ciernes, apasionado de las novelas de Patricia Highsmith. Y, especialmente, de su personaje Tom Ripley. El del curioso talento.

Cuando Sito descubre en internet un fragmento del supuesto diario desaparecido de Tom Ripley, se convence a sí mismo de que será él quien ha de encargarse de cumplir los deseos expresados por el personaje en dicho diario. Y tras el enésimo episodio de acoso laboral por parte del jefe de Menchu, Sito comienza a elaborar un plan para matarlo, de forma ficticia, en la que será su primera y, está seguro de ello, exitosa novela. Una novela protagonizada por un nuevo Tom Ripley, español esta vez, de nombre Tomás Prado.

I

Del Diario de Tom Ripley

4 de febrero

Se ha ido. Pat. Resulta raro que diga esto pero… la echaré de menos. ¡Han sido muchos años juntos! Más de los que cree todo el mundo. Pero ¡qué sabrán ellos! Todos piensan que nuestra relación comenzó en el 54 en aquel cottage que había alquilado en Lenox, cuando comenzó a escribir mi historia. Pero fue mucho antes. Siendo ella una niña. Acababan de mudarse al apartamento de la 103 Oeste, en Manhattan. Ella, su insufrible madre y el manipulable padrastro que le había dado el apellido.

Yo era totalmente invisible para ella por entonces. Pero sabía que si era tenaz, si persistía en mis intentos, algún día conseguiría llamar su atención. Lo que jamás pensé era que pasarían más de veinte años antes de lograrlo. Durante todo ese tiempo, no fui sino un ente inmaterial relegado a uno de los oscuros rincones de su mente. Hasta aquel día en Positano.

Pat llevaba una temporada viajando por Europa con Ellen, su novia de entonces, una de tantas; y, como solía ocurrir más pronto que tarde con todas ellas, las cosas no iban demasiado bien. Pat siempre ha tenido un carácter demasiado complicado, incluso para mí, ja, ja, ja. Nos alojábamos en un hotelito, el Albergo Montemare. Lo recuerdo perfectamente, porque aquel día fue el primero en que logré tocar su alma. Fue un breve instante, pero fue suficiente. Pat no estaba de muy buen humor. Dejó a Ellen dormitando en la cama y salió a la terraza de la habitación. Era un día soleado, idilico, sin demasiado calor, de esos en los que corre una ligera brisa que te acaricia y te hace cerrar los ojos. Desde el balcón se disfrutaba de una espléndida vista del Tirreno, de la verde falda inclinada de la costa sobre la que se encajaban las calles y casas del pequeño pueblo… y de la playa. Pat intentaba abstraerse, no pensar en nada, paseando su mirada a uno y otro lado, intentando escapar a los tumultos emocionales de su relación con Ellen. Era temprano aún y había poca gente en las calles. Un joven apareció caminando desde el otro lado de la playa, a paso lento. Pantalones cortos, sandalias, una toalla colgada sobre el hombro… Supuse, mejor dicho, supe que era americano. Lo delataban su aspecto y su forma de moverse, libre y despreocupada. Lucía unas gafas de sol de aspecto barato, y sus labios separados mostraban una dentadura potente y la sonrisa de quien acaba de llegar a un lugar que considera paradisíaco. Pero había algo en él que delataba que se encontraba fuera de lugar. Poco después, pasó por debajo de la ventana, y vi que aquella podía ser mi oportunidad. «Ahí lo tienes. A tu personaje. Al que llevas tiempo buscando». Mis palabras parecieron sacar a Patsy de su letargo. Se lo quedó mirando, perpleja. «Baja. Síguelo». Lo hizo. Salió a la carrera y bajó las zigzagueantes calles que llevaban hasta el mar, preguntándose de dónde había salido aquella voz interior y porqué le había hecho caso. Cuando llegó a la playa, el joven se había desvanecido. Lo buscó por las calles aledañas durante unos minutos, sin éxito.

Aquella visión plantó una semilla en su imaginación. Y durante las siguientes horas, diría incluso que durante los siguientes días, empezó a preguntarse, alentada por mí, quién podía ser aquel hombre. No tenía el característico aspecto del americano hijo de papá, decidido a vivir una aventura en Europa, llevando una vida bohemia, deseoso de alejarse de las obligaciones y de la inaguantable presión familiar. No. Parecía un tipo corriente. Podría haber pasado por un vendedor de seguros o de coches, por un aburrido funcionario o un inspector de Hacienda. Un hombre anodino y sin futuro a quien una mano invisible hubiese levantado de la silla en la que aplastaba el culo ocho horas al día para trasladarlo, por arte de magia, en un abrir y cerrar de ojos, a lo más puro de la costa amalfitana. ¿Qué era lo que le había llevado hasta allí? ¿Cuáles eran sus planes? Pat empezó a fantasear y a crear un mundo alrededor de aquel tipo. Pero el asunto de Ellen y otras distracciones del viaje hicieron que finalmente se olvidase del asunto.

Aun así, la semilla estaba plantada. Y yo me encargué de irla regando con la esperanza de que empezase a brotar, para aferrarme a su tallo y a sus hojas y poder así crecer con ella. Pero se resistía. Hubieron de pasar dos años.

Cuando, por fin, comenzó a escribir mi primera novela, todo cambió. Los siguientes fueron los mejores años de mi vida. Pero a medida que iba pasando el tiempo y Pat iba sacando nuevas entregas, empecé a cansarme del personaje. Inadvertidamente, al principio, Pat fue tomando el control, sin que yo, que me dedicaba a disfrutar del momento, me diese cuenta de ello. Tanto es así que, al final, Pat creía que era ella la única creadora de aquellas historias, como si yo no hubiese tenido nada que ver en el asunto. Y me fue arrinconando, relegándome al papel de un simple personaje de novela. Hasta que fue demasiado tarde. Para no reconocer mi existencia como un ser independiente, llegó hasta el extremo de pensar que ella y yo éramos una única persona. Cierto es que teníamos muchas cosas en común, y que ella aprovechaba sus novelas para hacer lo que yo hacía en las mías: deshacerme de aquellos que me molestaban, de quienes se interponían en mi camino. Pero yo lo hacía solo cuando los demás no me dejaban otra alternativa. No se trataba de ningún tipo de impulso criminal o de venganza. Ella, en cambio, asesinaba a sus antiguas amantes en sus novelas… bastaba con ponerle el nombre de una de ellas a uno de sus personajes para completar su vendetta. Sin mancharse las manos. Con premeditación. ¿Cómo pudo llegar a pensar que ella y yo éramos una sola persona? Me llegó a vestir con el mismo tipo de prendas que le gustaban a ella: vaqueros Levi´s ajustados, los mismos pijamas con botones, los mismos albornoces (de las mejores tiendas de caballeros)… ¡Si hasta en ocasiones se refería a sí misma como Pat H, alias Ripley!

Había empezado a escribir una sexta entrega. Le había puesto de título, provisionalmente, La suerte de Ripley. Ya no podrá ser. Pero no lo lamento. Al contrario. Sigo viviendo en las páginas de los libros y en los recuerdos de los lectores, como la propia Patsy. Pero deseo ser libre. Libre para poder meterme en la piel de otro, como hice con Dickie, para comenzar una nueva vida, para dejar atrás este personaje y reinventarme.

Noto que empiezo a aletargarme. ¿Cuánto durará este estado de inconsciencia hasta que otro autor me encuentre escondido en el fondo de su mente? No lo sé. Pero llegará el día. Y no seré ya más Tom Ripley, seré… qué sé yo, qué importa el nombre. Pero seré yo, en el fondo, un personaje en busca de autor, al que contarle la historia de mi vida. Una nueva vida que tengo ya pergeñada, y en la que no habrá más Grenleafs ni más Heloises, ni más Reeves, ni ninguno de esos otros personajes que me han venido acompañando y que son ya un obstáculo, una amenaza para mi nueva existencia. Es hora ya de que me deshaga de ellos. Otros me acompañarán. Hay cientos, miles de personajes como yo, esperando ser escuchados por un escritor atento.

Me noto cansado. Va siendo hora de dormir. Puede que sea un sueño largo, pero regresaré. Estoy seguro de ello.

 

II

 

Sito leyó el fragmento del supuesto diario de Tom Ripley por enésima vez. Lo había encontrado navegando por internet, dos semanas antes, por casualidad. Bueno, no tanto por casualidad como por tozudez. Sito era un enamorado de la novela negra y, especialmente, de las novelas de Patricia Highsmith. Y de todas ellas, había una, El Talento de Mr. Ripley, que lo tenía encandilado. Consideraba a Tom Ripley uno de los personajes más conseguidos del género, por no decir el más logrado de todos. Cada vez que se publicaba alguna noticia, fuese en un medio de comunicación tradicional, en un blog, una revista especializada o en alguna de las redes sociales (aunque Sito no era un fan entregado a las mismas), recibía una notificación en su email. Le llegaban diariamente decenas de menciones a la escritora o a alguna de las cinco novelas protagonizadas por Ripley. Las leía todas, y como no solía encontrar grandes novedades (las noticias se repetían constantemente, lo cual era normal ya que Highsmith llevaba muerta un cuarto de siglo), se ponía a investigar por su cuenta, convencido de que sería capaz de encontrar algo que no supiese sobre el tema.

Las ocasiones en que conseguía encontrar algo nuevo eran, lógicamente, cada vez más escasas. De ahí que la publicación de un fragmento de aquel supuesto diario, escrito por el propio Ripley, le había pillado con el paso cambiado. No era tan ingenuo como para creer que se tratara de un diario auténtico, por supuesto. Pero no dejaba de darle vueltas. Había aparecido publicado en un grupo de Facebook dedicado a la novela negra. Lo había compartido uno de los miembros del grupo, quien a su vez lo había recibido de un amigo, quien a su vez… etc. El autor original se encubría bajo un alias, un nombre falso. En su página de Facebook solo había un par de fotos del pueblo de Positano y el artículo en cuestión. Eso era todo. No había publicado nada más. Durante las dos semanas transcurridas desde que encontrara el artículo, Sito había buscado y rebuscado en la red, intentando averiguar el nombre del autor; esperando que, en algún momento, volviese a salir a la luz; que escribiese algún nuevo fragmento del diario o explicase porqué lo había escrito… Pero no había vuelto a dar señales de vida.

Cada vez que releía aquel fragmento se convencía, más y más, de que de alguna manera había sido escrito para él, para Sito Lomas. ¿Quién conocía las novelas de Highsmith y al propio Ripley como él? ¿Por qué no podía ser él ese autor buscado por el personaje, el creador de un nuevo y remozado Tom Ripley? Cierto es que solo había escrito un par de relatos breves a los que nadie había prestado atención (uno de ellos lo había presentado a un concurso sin resultado alguno) y que incluso había intentado escribir una novela. Pero no había pasado de las primeras páginas: siempre le encontraba algún fallo a lo escrito y volvía a reescribirlo. Una y otra vez. Hasta que un buen día, cansado ya del asunto, había decidido abandonar la idea.

Pero ahora todo era diferente. Sabía cómo era el personaje. Y no solo eso: tenía una historia. Una historia ciertamente obsesiva, es verdad, relacionada con su trabajo: la de matar, imaginariamente por supuesto, a su jefe. No es que a él le hubiera hecho nada lo suficientemente flagrante como para decidir acabar con su vida; pero no lo soportaba, y empezaba a estar harto, pero que muy harto, de lo mal que trataba a Menchu. La veía sufrir un día tras otro. Según Cárdenas —ese era el nombre de su jefe—, su amiga, de la que estaba secretamente enamorado, lo hacía todo mal. Cárdenas no desaprovechaba la ocasión para ponerla en evidencia, injustamente siempre, delante de los demás. Menchu apenas protestaba, convencida de que sería peor el remedio que la enfermedad. Porque Cárdenas era un especialista en fastidiar a todo aquel que no le hiciese la rosca. No importaba que te hubiera hecho ya la vida imposible: siempre era capaz de más. Capaz de inventarse una nueva tarea totalmente innecesaria o sinsentido, de asignarte un trabajo que sabía no podías hacer más que fuera de horario, o de, y en esto era un consumado experto, averiguar qué era lo que menos te gustaba hacer para así encasquetártelo; con una sonrisa, eso sí, un par de palmaditas en la espalda y un “Estoy convencido de que eres la persona más indicada para llevar a cabo esta tarea”. Un auténtico hijo de perra, en resumidas cuentas.

De ahí que Sito, cada vez que Menchu soltaba un “Así le dé un yuyu y se quede en el sitio”, empezaba a elucubrar de qué manera podría cargarse a Cárdenas sin que le pillaran. Y aunque era algo que no pasaba de un puro ejercicio mental, le reconfortaba. Pero ahora tenía la oportunidad de llevar a cabo su vendetta, siguiendo los pasos de su adorada Patricia Highsmith, dándole muerte en una novela. Una novela que le permitiría resarcirse de los malos momentos que Cárdenas había hecho pasar no solo a Menchu —su querida Menchu—, sino también a él y a muchos otros en el museo. Y que le permitiría disfrutar de su particular venganza leyendo y releyendo su imaginaria muerte a manos del alter ego de un personaje de la talla de Tom Ripley.

Al terminar de leer el fragmento del diario de Ripley, volvió sobre la pregunta que se planteaba Ripley casi al final de su diario: “¿Cuánto durará este estado de inconsciencia hasta que otro autor me encuentre escondido en el fondo de su mente?”. Era hora de que alguien le rescatase. Cogió fuerzas —despachando un bocadillo de salchichón y una sopa de brik con fideos—, y encendió el ordenador, dispuesto a ejecutar su revancha literaria. Sorprendentemente, las palabras fluyeron con una facilidad asombrosa:

 

 

El talento del señor Prado

por Sito LómaX

Capítulo 1. El mendigo

Bajó del autobús a tres manzanas de distancia. Madrugada de un martes, lluvia intermitente y calles desiertas. Había escogido bien el momento. El aire olía a limpio, por primera vez en varias semanas. Se subió la capucha, abrió el paraguas y comenzó a andar. Un taxi solitario se aproximó de frente, aminorando la marcha, desesperado por hacerse con un cliente. Tomás Prado bajó la cabeza y apuró el paso. Llegó a un cruce, se refugió en un portal y comprobó por décima vez el contenido de la bolsa. Satisfecho, levantó la mirada en dirección al edificio situado en diagonal, al otro lado de la calle. El portal estaba remetido metro y medio, y a su derecha, bajo el escaparate de una tienda de licores, un vagabundo dormía arrebujado en su saco de dormir, cubierto por una manta y un gran plástico de color azul. No se movía. Esperó un rato. Tenía que asegurarse.

Miró a un lado y al otro de la calle y levantó la vista hacia las ventanas de las casas situadas enfrente. Todo el mundo dormía ya, salvo en uno de los últimos pisos, en el que una luz cambiante indicaba la presencia de un televisor encendido. Cruzó la calle y levantó de nuevo la mirada, esta vez hacia la fachada del edificio en cuyo portal se había refugiado. Ni un alma. Siguió caminando hasta que estuvo a un par de metros del hombre. Seguía sin moverse. Le oyó roncar. Miró las bolsas y el carro de la compra situados tras él y a sus pies. Era él. No cabía duda. Procurando no hacer ruido, abrió la bolsa, sacó un cartón de vino y retiró la pinza metálica con la que había cerrado la embocadura, cuidándose mucho de no rasgar los guantes de nitrilo que llevaba puestos. Se acercó con sigilo hasta la cabecera del saco de dormir, cogió el brik casi vacío que el hombre guardaba en una esquina, y lo cambió por el que había sacado de la bolsa. Miró el bulto formado por el cuerpo del hombre durante un instante, y regresó por donde había venido, protegido por la oscuridad y la soledad de la noche. “Espero que la dosis sea suficiente”, pensó.

 

III

Sito salió de casa algo más temprano de lo habitual. Tenía que llegar al museo antes de que lo hiciesen los operarios. La exposición La Nueva Extinción había concluido el día anterior, y las operaciones para desmontarla comenzarían aquella misma mañana. Había quedado con monsieur Brisson, el correo del Museo de Historia Natural de París, para hacer una sesión fotográfica del alca gigante que dicho museo había cedido para la exposición. Cualquier manipulación del ejemplar, de su vitrina, incluso una simple sesión de fotos, tenían que realizarse bajo la atenta supervisión del conservador francés, puntilloso hasta la médula.

Giró por Ponzano. De forma casi refleja, volvió la cabeza hacia el edificio situado en la acera de enfrente. El portero del inmueble estaba despachando al mendigo que se instalaba allí todas las noches, provisto ya de sus útiles de limpieza: tenía que adecentar la entrada antes de que llegase el dueño de la vinoteca. El indigente, de edad indefinida, murmuró algo mientras recogía sus bártulos y los colocaba en el carro de la compra en el que transportaba sus pertenencias. Levantó el brik de vino y apuró las últimas gotas que quedaban en su interior, dejándolas caer, una a una, sobre su lengua, extendida como la de un enorme camaleón. Como si de un pistolero se tratase, Sito sacó la Canon compacta del bolsillo de su chaqueta, puso el zoom al máximo y lanzó una ráfaga de disparos. “Buena toma”, se dijo, mientras comprobaba el resultado en la pantalla.

Tenía que decidir qué hacer con el mendigo de su novela. Normalmente, Tom Ripley sabía bien lo que debía hacer, y habría sabido qué dosis de arsénico era la indicada. Pero Ripley ya no era Ripley, ahora era Tomás Prado. Ripley lo había dejado claro en su diario: quería romper las cadenas que le ataban con su existencia anterior, la de las novelas de la señora Highsmith. A Sito le resultaba imposible referirse a ella como Pat o Patsy, como hacía Tom. Pero claro, este había convivido muchos años con ella. Para Sito, era la Señora (con mayúsculas), Highsmith, tal era su reverencia por su obra. Romper cadenas, eso es lo que Tom deseaba. Ser libre para actuar de manera diferente a cómo lo había hecho hasta entonces. Cambiar de nombre incluso, decía en su diario. A Sito le encantaba el nuevo nombre que le había puesto. Era ingenioso, sí señor. Prado… eso era lo que significaba Ripley. Lo había buscado en internet. De esa manera seguía siendo Ripley, en cierta manera.

Pero Prado ya no era Ripley; podía no ser infalible. Habría consultado lo del arsénico en internet, pero le habrían quedado dudas. ¿La información que había encontrado sería la correcta? Por cierto, tendría que poner que había adquirido el veneno en la Deep web. No tenía ni idea de cómo pero, ¿qué más daba? Prado era un tipo con recursos. Quizás fuese una buena idea dejar al mendigo con vida, hacer que la dosis fuese errónea. Haciendo así que tuviese que volver a intentarlo con una dosis mayor.

Llegó al museo a las ocho y veinte y se dirigió directamente a la casita, el nombre con que se conocía popularmente al pequeño edificio situado detrás del museo, en el que tenían su lugar de trabajo algunos de los empleados, entre ellos Sito. Era el primero en llegar. Se hizo con la bolsa con las cámaras y los objetivos, cogió un trípode, y salió en dirección a la puerta trasera del museo.

Había quedado en encontrarse con monsieur Brisson en la sala de la exposición, pero estaba vacía. Se dirigió al mostrador de seguridad y preguntó si había llegado el francés. Viendo que no era así, les pidió que cuando lo hiciera le enviasen directamente a la sala. Volvió a ella y empezó a montar el equipo y a hacer algunas pruebas de luz. Brisson no tardaría en llegar.

A las nueve y media, viendo que no aparecía, le pidió a Conchi, la vigilante que cubría ese día la entrada de la sala, que le echase un ojo al equipo. Era lunes y el museo estaba cerrado, pero a veces las manos más largas no eran necesariamente las de los visitantes. Y su equipo resultaba muy apetitoso.

—Voy a la casita un rato. Vengo enseguida. Si aparece por aquí un francés, le dices que no tardo. ¿OK?

Sito puso su sonrisa interesante (o la que al menos él consideraba interesante y que había tardado meses en perfeccionar delante del espejo del baño) y le guiñó un ojo.

—Descuida.

Cuando Sito se dio la vuelta, Conchi elevó las cejas y meneó la cabeza. ¡Ya le valía con el guiñito! ¿Y el OK aquel? Le daba un poco de pena el chico. Estaba segura de que no se comía una rosca. Debía pensar que, porque ella le sacara veinte años, cualquier carantoña o bobería de un joven treintañero podía encandilarla. ¡Si el pobre supiera que ligaba más en una noche que él en un año! Apoyó la espalda en la pared y se dispuso a dejar correr las largas horas que tenía por delante, recordando la última de sus aventurillas.

Sito entró en la casita y cruzó el pasillo que, dividiendo el edificio en dos, y con despachos a ambos lados, llevaba hasta una amplia sala situada al fondo. Lalo, Raquel y Miren, deducadores del museo, trabajaban en sus ordenadores. Menchu estaba sentada junto a la ventana, estudiando un catálogo.

—¿Habéis visto al gabacho?

Todos le ignoraron salvo Menchu:

—Por aquí no ha venido… y debería haber llegado ya. Los operarios están al caer…

—Ya, es que había quedado con él para hacer las fotos del alca antes de que empiecen a desmontarlo todo. Y ahora ya voy justo de tiempo.

—No te preocupes, mientras él no llegue no se puede empezar a desmontar.

—Ya, pero es que si empezáis a desmontar en cuanto aparezca, ¡a ver cómo hago yo mis fotos!

Sito no se mostraba enfadado. Lo cierto es que cuando lo estaba, era difícil darse cuenta, a menos que uno lo conociese bien. Menchu le decía que cuando se enfadaba ponía cara de estar estreñido.

—Bueno, no te preocupes, que yo te doy diez o quince minutos para que puedas hacer las fotos.

—Pero Menchu, ¡diez o quince minutos! ¡El arte no se puede encorsetar a diez o quince minutos! Los artistas necesitamos un poco… un poco de margen para el proceso creativo, no sé si me entiendes.

Se oyó la risa reprimida de Lalo. Sito le miró con gesto altivo.

—¿Qué pasa? ¿Que te hace gracia el tema?

—No, qué va, para nada. —Lalo levantó su metro noventa y sus espaldas de armario ropero. Con una sonrisa se acercó a Sito y le puso la mano en el hombro.

El gesto de Sito se convirtió en el de una dulce gacela.

—Si yo soy un acérrimo defensor de la libertad creativa y de los artistas como tú. Ya lo sabes. Es que estaba mirando una cosa que me ha mandado un colega por Whatsapp. Si quieres te la mando. Por si no me crees…

—No, no, no, no, no… ¡Por favoooor! Si yo te creo, cómo no te voy a creer. Es que… ya sabes cómo somos los artistas. Y esto de trabajar bajo presión… no es bueno. No deja que la cosa fluya, no sé si me entiendes…

Eduard Cárdenas, el vicedirector de exposiciones, hizo su entrada en la sala con el aire petulante que le caracterizaba. La temperatura del aire bajó varios grados de golpe. Sito le miró, intentando disimular la cara de asco que le producía la presencia de su jefe. Si a alguien se le podía aplicar la expresión de “parece que le han metido un palo por el culo”, ese era Cárdenas.

—Menchu, hay que retrasar el desmontaje de la exposición. Brisson está en el hospital.

—¿Y eso, jefe? —preguntó Sito, que se arrepintió al instante de haber abierto la boca. A su jefe le gustaba controlarlo todo, los tiempos, lo que se decía, lo que no se decía, y sobre todo lo que hacían o dejaban de hacer sus subordinados.

Cárdenas medio cerró los ojos y le miro con gesto impaciente.

—Y eso… porque alguien le propinó una buena paliza ayer por la noche. Parece que se fue de copas y se metió en una pelea. Resultado: la muñeca derecha y tres costillas rotas, y una contusión cerebral. No saldrá del hospital en unos días. Le Jardin enviará a otro correo mañana mismo.

Le Jardin, le Jardin, mira que es estirado el condenado. ¿Por qué no dice simplemente el museo de París?”, se dijo Sito.

—¡Pobre hombre! —dijo Raquel.

—Quizás deberíamos ir a hacerle una visita, ¿no? ¿En qué hospital está? —preguntó Miren.

—No creo que sea el mejor momento. Está sedado, por lo que me han dicho. No conviene molestarlo. Y ahora, a trabajar… Menchu, cuando sepa el nombre del nuevo conservador y a qué hora llega, te digo.

Con el mentón levantado, Cárdenas hizo un giro de ciento ochenta grados que ni la Guardia de la Reina del Palacio de Buckingham y salió de la sala en dirección a su despacho.

Más tarde, mientras comían, Menchu volvió a sacar el asunto.

—¿A ti no te parece raro?

—¿El qué? —respondió Sito.

—Lo del francés.

—Pues no sé… ¿Qué tiene de raro?

—Es que… ¡no lo veo! Lo de que se fuera de farra.

—Pues no sé chica. A mí… a mí me parece normal. Viene un par de días a supervisar el tema y aprovecha la noche anterior para salir de copas y pasárselo bien. ¡No sé qué le ves de raro!

—¡Pero es que tú no le conoces como yo!

—¿Ah, no? —respondió Sito, celoso en el fondo de que ella dijese algo así de un individuo a quien había visto solamente en unas pocas ocasiones—. ¿Y de qué le conoces tanto, si no es indiscreción?

—Bueno, tanto, tanto… Quiero decir que tú solo has coincidido con él cuando hiciste las fotos del alca, cuando lo trajeron. Media hora como mucho. Pero yo coincidí con él en una convención en Londres hace dos años, y luego he tenido que lidiar con él para lo de la exposición. ¡No veas la turrada que me dio por email y por teléfono desde que accedieron a dejarnos el alca! ¡Menudo tiquismiquis está hecho!

—En eso tienes razón. Es un pelmazo como la copa de un pino.

—Pues por eso. ¡Si a ese no le aguanta ni su madre! ¡Es un plasta! Me lo tuve que llevar a comer, Eduard me obligó, el día de la inauguración, y no dijo esta boca es mía en toda la comida. Como si estuviese solo. Te digo yo que Brisson no tiene amigos. O si los tiene son igualitos que él. En cuanto acabamos de comer le dije si quería tomar un café. ¿Y sabes qué me contestó? Que no. ¿Y una copita? ¿Un gin tonic? Que nada. Que quería volver al museo a hacer una última revisión.

—¿Y qué era lo que tenía que revisar?

—Y yo que sé, Sito. Ni charleta, ni café, ni gin tonic, ni nada de nada. Ese tipo no se ha tomado una copa en su vida. ¡Si no hay más que verle!

—Sí, la verdad es que un poco raro sí que es.

—Pues eso, que me parece imposible que se fuese de juerga él solito por la noche. Y menos aún que se liase a tortas con nadie.

—Pero entonces, ¿qué crees? ¿Que el imbécil de Cárdenas nos ha mentido? ¿Por qué iba a hacerlo?

—Pues eso digo yo…

 

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©Novela por entregas: Fernando Arnáiz, 2020.

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