Novela por Entregas, El asesino imaginario (Capítulos 35, 36, 37, 38 y 39) por Fernando Arnáiz

XXXV

El museo se había ido quedando vacío. Hacía dos horas que se habían cerrado las puertas a los visitantes, y la mayor parte del personal se había marchado. Sentado en el pasillo de la zona de dirección, Amalio Delgado se sentía inquieto. No paraba de mover las piernas, cruzándolas y haciendo oscilar una de ellas sobre la otra como si se tratase de un columpio, para descruzarla poco después. Una y otra vez. Tenía lo que él llamaba “nervios en las piernas”. Síndrome de piernas inquietas. El silencio casi monacal que reinaba a esas horas no ayudaba a paliar el temor que sentía ante la idea de tener responder a las preguntas de la policía. A aquellas alturas era probable que tuviesen ya la ubicación del móvil de Cárdenas de los últimos días. Y su lista de llamadas. Y si no era así, no tardarían en tener ambas cosas. Sabrían que había hablado con él la tarde del sábado. Y obtendrían la ubicación de su propio móvil. Antes o después, sabrían que habían estado juntos esa noche. Y hoy en día, con tantas cámaras de seguridad, era posible que, incluso, acabasen averiguando que habían ido juntos en su furgoneta hasta el club. Tenía que adelantarse a ellos.

La puerta del despacho situado frente a él se abrió y dejó paso a Mateo Filón. Una sonrisa de satisfacción cruzaba su cara. “Y este, ¿de qué coño se ríe?”. Detrás de él, en el umbral de la puerta, apareció un individuo con cara de pocos amigos y aspecto curtido.

—¿Amalio Delgado? —dijo—. Pase, por favor.

Delgado entró y tomó asiento. La inspectora y el agente se presentaron, pero antes de que tuviesen tiempo de formularle pregunta alguna, fue él quien les preguntó:

—¿Saben ya algo de Eduard?

—Entenderá que no podamos comentar los detalles de la investigación —contestó la inspectora Muguruza—. Pero si se refiere a si sabemos dónde está, la respuesta es, lógicamente, que no. De ser así, no estaríamos aquí.

—Sí, claro. Lo entiendo. Verán, es que… es posible que sea yo la persona del museo que lo vio por última vez.

—¿Usted? ¿Por qué piensa eso?

—Porque estuve con él el sábado por la noche. Y como Eduard no hace muy buenas migas con casi nadie en el museo, dudo que alguien de aquí le viera durante el resto del fin de semana. Ni ayer, ni hoy.

—Ya. Así que se vieron el sábado por la noche. ¿A qué hora fue eso? ¿Y en dónde?

—Verán, pasé a recogerle por su casa poco después de las diez. Había quedado con él para entregar un encargo que me había hecho. Tengo un pequeño taller de taxidermia, en El Pardo. Me había encargado un par de piezas: una cabeza de un toro cenizo y una de jabalí. Me había pedido que las tuviera listas para el sábado por la mañana. Pero se me complicaron las cosas, y no las tuve listas hasta bien entrada la tarde. Yo hubiese preferido dejarlo para el domingo, porque tenía una cena esa noche, pero me llamó a media tarde y se empeñó en que tenía que entregárselas ese mismo día, que no podía esperar al día siguiente. Así que no me quedó más remedio.

—¿Era algo normal? Que le hiciera ese tipo de encargos…

—No, en absoluto. Era la primera vez.

—Las cabezas ¿eran para él?

—No, para un amigo, me dijo.

—¿Sabe su nombre?

—No, ni idea.

—Entonces, fue usted a su casa, le entregó las cabezas y se marchó…

—No no. Como le he dicho, no eran para él. Se montó en mi furgoneta y me dio una dirección, en Sor Ángela de la Cruz. Una cosa muy rara.

—¿A qué se refiere?

—Pues… a que era un puticlub. Bueno, supongo. Por el aspecto. Y por el nombre. Club Glamour, eso ponía en el cartel. La verdad, un sitio un poco extraño para llevar este tipo de cosas. Paramos delante de la entrada, Eduard se bajó, y volvió al cabo de un rato con un tipo con pinta de matón. Me dijo que diera la vuelta a la manzana para descargar las cajas y meterlas por la puerta lateral del local. Así que di la vuelta, aparqué, abrí la parte trasera de la furgoneta, y entre aquel matón y otro parecido sacaron las cajas y las metieron en el edificio. Me despedí de Eduard y me fui a la cena.

—Y eso sería sobre las…

—Diez y media, más o menos. Sí, porque llegué a la cena a las once menos cuarto…

—Un poco tarde para cenar, ¿no?

—Ya le digo. Tenía que haber visto la cara de mi mujer.

—Me imagino. Y dígame, ¿ya no volvió a saber nada de él?

—No.

—¿Cuánto le dejó el señor Cárdenas a deber?

—¿A deber? Nada. Cobro un 40% cuando me entregan la mercancía. Y el resto al terminar el trabajo. Me lo entregó cuando le recogí en su casa. En efectivo.

—¿Y dónde fue a recoger la mercancía el día que el señor Cárdenas le hizo el encargo?

—A ningún lado. Me la trajeron al taller.

—¿Le llevó él los animales?

—No, qué va. Los trajo un tipo, en una furgoneta.

—Y no recordará su nombre, por un casual…

—Pues no. No creo que me lo dijera.

—Dígame —intervino Fábregas—, siento curiosidad. ¿Es muy difícil eso de disecar animales?

—Bueno, eso depende del animal de que se trate y del estado en que llegue. En cualquier caso es una profesión vocacional, al menos así es como lo veo yo. Un buen taxidermista tiene que respetar al animal con el que está trabajando. No es solo una cuestión técnica, sino artística. Hay que conseguir que el animal parezca estar vivo. Debe tener alma, si se me permite la expresión. Hay que ponerle mucho cariño.

—¿Y trabaja usted solo?

—Eso depende. Tengo un chico que me ayuda de vez en cuando. Manuel. Depende de la carga de trabajo. A veces se te junta mucho a la vez. Y a mí no me sobra el tiempo. Tengo el trabajo en el museo, la familia…

—Me imagino. Supongo que esta vez, como el señor Cárdenas le metió prisa, echaría mano de Manuel.

—Ya me hubiera gustado, ya. Pero el chaval no podía. Es época de exámenes, ya sabe… Por eso tardé más de la cuenta.

—Supongo —dijo la inspectora— que no tendrá usted idea de dónde se podría encontrar en estos momentos el señor Cárdenas… No sé, quizás le hiciera algún comentario el sábado, algo sobre lo que pensaba hacer al día siguiente, por ejemplo.

—No, que yo recuerde.

—¿Y sobre el trabajo? ¿Le dijo algo sobre algo en concreto que tuviera que hacer en el museo esta semana? Algo que diera a entender que tenía intención de venir a trabajar.

—No, no, para nada.

—¿Se lleva usted bien con él?

—Bueno, ni fu ni fa. Lo normal.

—Muy bien. Pues le agradecemos mucho su ayuda.

Delgado le estrechó la mano a los dos policías. Se disponía a salir del despacho cuando la inspectora se volvió a dirigir a él.

—¡Ah, disculpe! ¿Dónde dice que cenó el sábado por la noche? Es mero trámite. Ya sabe…

—Claro. En casa de unos amigos.

—Pues si nos pudiera decir sus nombres y su dirección se lo agradeceríamos. Ah, y también, si fuera tan amable de dejarnos su número de móvil. Por si necesitáramos contactar con usted…

—Claro, como no. Tome nota…

Delgado les proporcionó la información y, despidiéndose de nuevo, salió del despacho cerrando la puerta tras de sí.

—¿Has visto el meneíllo de piernas que se traía? —dijo Fábregas.

—No, desde aquí sentada…

—Pues no paraba. Aparentaba serenidad, pero la procesión iba por dentro. Parecía una bailarina de cancán.

—¿Crees que nos mentía?

—Ya no sé qué creer, jefa. Puede ser. No ha esperado a que le hiciéramos la primera pregunta. Quizás traía el discurso preparado.

—Es posible. Pero al menos su declaración cuadra con la de Carmen y José Luis. Salvo en el contenido de las cajas, claro está. Hay que comprobar su coartada. Y pedir la ubicación de su móvil desde el sábado.

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XXXVI

La explanada frente al WiZink Center estaba a reventar. Miles de seguidores de los equipos de baloncesto del Real Madrid y el Obradoiro ondeaban sus banderas, cantaban y gritaban mientras se dirigían hacia el interior del estadio. Sito había quedado con Berto en una de las puertas de acceso de la calle Goya. Eran amigos desde el instituto, y no habían perdido el contacto desde entonces. Berto, que había estudiado hostelería, trabajaba en el tanatorio de La Paz, en Alcobendas, atendiendo a las familias y coordinando el proceso funerario. Era un enamorado de los cómics, la cerveza y el baloncesto. Por este orden. Y coleccionista. De epitafios. Tenía una red de contactos en los tanatorios de todo el país que le avisaban si alguien contrataba una lápida con un epitafio curioso. La fotografiaban y se la enviaban. No eran muchos quienes, fuera de dicho circuito, conociesen su extraña afición. Por algún motivo que a él se le escapaba, a la gente le parecía algo bastante macabro. Y si con alguien tenía una especial precaución en ese aspecto, era con las mujeres. No es que las novias le durasen mucho, pero las dos que lo habían hecho habían acabado huyendo de él en cuanto se enteraron de su insólito pasatiempo.

Sito, a quien le gustaba el baloncesto en lo que él consideraba su justa medida, no solía ir a muchos partidos. Se limitaba a verlos en compañía de Berto y un par de amigos más en un bar de deportes, por la zona de Moncloa. Pero en aquella ocasión, Berto había conseguido un par de entradas gratis de uno de los clientes del tanatorio. Un cliente que, desgraciadamente, no iba a tener la oportunidad de utilizar las entradas, debido a su irreversible paso del mundo animal al mineral. Berto no había dudado ni un segundo en ofrecerle la segunda entrada a Sito, a quien consideraba su mejor y más fiel amigo.

Sito la había aceptado entonces de buen grado, pero en aquel momento le hubiera gustado estar en otra parte: al terminar la irritable entrevista con la policía, había vuelto a la casita, donde se había encontrado con todo el departamento esperándole para ir a tomar unas cervezas y poder comentar entre todos el asunto de la desaparición de Cárdenas. Propuesta que, para su descontento, había tenido que declinar, debido al partido.

—¡Hey! ¿Qué pasa, chaval? —Berto, que parecía haber aparecido de la nada, se le echó encima con un fuerte abrazo. Con su metro ochenta y cinco y sus más de cien kilos de peso, más que abrazarlo dio la impresión de que lo había engullido de un bocado.

Sito gimió, dolorido. Berto se separó al instante y se quedó mirando su cara, espantado.

—¡Pero tío! ¿Qué te ha pasado? ¡Estás hecho un cromo!

Sito se encogió de hombros y puso una sonrisa de medio lado.

—Pues si vieras cómo quedó el otro.

—Ya… Me imagino… Pero, ¿estás bien?

—Un poco dolorido todavía, pero voy mejor.

—Bueno, menos mal. Me alegro. Me lo tienes que contar en detalle. ¡Pero oye! ¡Si no te has traído la bufanda, ni el gorro, ni nada de nada!

—Chico —dijo Sito, estirándose para comprobar que seguía entero tras el abrazo de oso de su amigo—, es que no me ha dado tiempo de pasar por casa.

—¿Qué pasa? ¿Que estás echando horas extra o qué?

—Que no, que no. Que es que ha desaparecido mi jefe.

—¡No jodas! Pero, ¿desaparecido, desaparecido?

—Del todo.

—Joder, ¡qué suerte tienes, cabrón! —Berto se echó a reír de forma compulsiva. Cuando lo hacía, algo bastante corriente en él, a Sito le recordaba a una morsa temblorosa. Sobre todo por el enorme mostacho que adornaba su rostro—. ¡Lo que daría porque desapareciese el mío!

—¡Que no es coña! ¡Que ha desaparecido!

—¡Bueno, bueno! ¡No te pongas tan serio! ¿Y qué tiene eso que ver con que hayas salido tarde del curro?

—Pues que ha venido la poli y nos ha estado interrogando.

—¡Joder! ¡Cómo mola! Oye, vamos entrando y me lo vas contando, que seguro que el bar está ya petado.

—Vale. Y tú, ¿qué tal por Llanes? ¿Cómo está tu padre?

—¡Ah, bien! Bueno, va tirando, ya sabes. Allí está en su salsa. Y el pueblo, pues como siempre. Bien, no estuvo mal. Pero son muchos kilómetros para un fin de semana. Y más ahora, con este tiempo. No veas el atasco que pillé el domingo. Bueno venga, ve largando, ¿cómo desapareció tu querido jefe? ¿Así, sin dejar rastro, sin más?

Habían quedado una hora antes del inicio del partido, por lo que Sito tuvo tiempo para contarle a grandes rasgos todo lo sucedido hasta aquella misma tarde.

—La leche, tío, ¡vaya aventura! Me voy un par de días y la que lías. Oye, ya puedes tener cuidado con tu vecino. Sobre todo estos días. No vaya a ser que te lo encuentres en la escalera. Que aunque no lleves el peluquín, con la cara que te ha dejado, lo mismo te reconoce.

—Que no, que no, ¡qué me va a reconocer! Tendrías que haberme visto. Lo malo es que ahora no me lo puedo volver a poner, porque si no, fijo que se acuerda de mí. ¡Qué mala leche! ¡Con el pelazo que me deja!

—A mí siempre me pareció un tipo un poco raro. Un tiarrón como ese, todo músculo, con su perrito a todas horas…  ¡Ándate con ojo!

—Bueno, y ¿qué te parece lo de mi jefe? ¿Tú que crees? ¿Que se ha largado con la pasta o que le ha pasado algo?

— ¿Tu jefe? Tu jefe está ahora tomando el sol en el Caribe con un daiquiri en la mano. A ese no le volvéis a ver el pelo. Te lo digo yo.

—Pues a ver si lo encuentran pronto, porque la inspectora de policía me ha estado buscando las cosquillas, como si pensara que tengo algo que ver con la desaparición.

—¡Buah! Tampoco te rayes. No sabrán por dónde se andan. Te ha tocado las bolas para ver si surgía algo. Me imagino que habrá hecho lo mismo con todos. Bueno, y ahora, a ver el partido…

Llegado el último cuarto, Sito se despreocupó de lo que sucedía en la cancha y empezó a pensar en su novela. Había llegado a la conclusión el día anterior de que, para poder alargar la trama, necesitaba hacer aparecer en escena a algún personaje que pusiese en jaque a Prado. Alguien que dijese haber presenciado el asesinato de Bermejo. O que le hubiese visto quemando el coche. Y que le pidiese dinero a cambio. No, no, dinero no. Otro tipo de chantaje. ¿Quizás alguien que hubiese indagado en su pasado? ¡Coño, su pasado! No había contado nada sobre la vida de Prado antes del asesinato del mendigo. ¡Eso podía dar mucho de sí! Y ofrecer coherencia al personaje. ¿Cómo no había caído en la cuenta antes? Si el chantajista averiguaba algo comprometedor sobre el pasado de Prado, algún asesinato previo… A fin de cuentas era un nuevo Ripley. En cierta forma, al menos. Si lo averiguase, si averiguase que había matado a alguien antes de haberse cargado a Bermejo (bueno, y al mendigo), quizás… quizás… Quizás ¿qué? ¡Joder, no se le ocurría nada! Bueno, ya pensaría en eso. ¿Y quién podía ser el chantajista? ¿Algún vecino de Prado o de Bermejo? Sí, de Bermejo. Un vecino que se encontrara en el interior de su coche en el momento del asesinato en el garaje,. Podía haberlo seguido hasta la sierra, incluso. Haber presenciado cómo quemaba el coche con Bermejo en el interior del maletero. Por cierto, ahora que lo pensaba, ¿cómo sabía la policía que el cuerpo calcinado que habían encontrado en la montaña era el de Bermejo? ¿Por el número de bastidor del coche? ¿Podía la policía averiguarlo después de un incendio tan brutal? Suponía que sí. Tenía que haber leído algo al respecto en alguna novela… Bueno, con el número del bastidor averiguarían quién era el propietario. Y al ver que el coche pertenecía a Bermejo, que llevaba una semana desaparecido, darían por hecho que se trataba de él. Aunque sería necesario que el forense identificase el cuerpo, claro está. Su familia… ¿tenía familia? Joder, ya no recordaba si había hablado sobre su familia. ¿Estaba casado, soltero, divorciado, viudo? ¿Tenía hijos, hermanos, padres? ¡Mira que no haberse dado cuenta de eso antes! Bueno, en cualquier caso, su familia, porque tenía que tener algún familiar, no podría reconocer el cadáver. Estaría totalmente carbonizado. En esos casos la policía, en las pelis y las novelas, siempre recurría a la ficha dental. Tenían que averiguar primero quién era el dentista de la supuesta víctima, claro. ¡Ah! ¡Y el ADN! Aunque no recordaba si cuando el cuerpo estaba calcinado se podía recuperar el ADN. Suponía que sí. En CSI seguro que sí, ¡menudas fieras! ¡Pero es que eran americanos! Si es que los americanos, mira que sabían hacer bien las cosas… En las películas y en las series. Daba igual que luego, en la vida real, fueran o no capaces de hacer aquellas virguerías. ¡America First!, como decía el Trump. ¡Con dos huevos! ¡Defendiendo el honor patrio! ¡Que sus pelis y sus series se veían por todo el mundo! En cambio en España… ¡Qué manía de ponernos a caer de un burro a nosotros mismos! No, aquí las cosas había que mostrarlas como eran. O peor. En CSI se podía cotejar el ADN de una persona en cinco minutos. Pero aquí no, no. Aquí ¿menos de dos días? Ni de coña. Y luego estaban los detectives. En las pelis americanas podían llegar a demostrar unas capacidades deductivas que ni Sherlock Holmes en sus momentos de mayor lucidez. Pero aquí no, no, por favor… Aquí teníamos que aportar un poco de negatividad al asunto. Claro que, visto lo visto aquella tarde con la inspectora Muguruza… ¿Por dónde iba? Sí, por el ADN…

—Oye Berto. Tú que trabajas en el tanatorio, ¿sabes si se puede recuperar el ADN de un cuerpo calcinado?

Berto volvió la vista y se lo quedó mirando con la boca abierta y el ceño fruncido.

—Pero tú ¿has venido a ver el partido o a qué has venido? ¿Estamos a Rolex o a setas? Pero ¿no ves que quedan veintinueve segundos?

Sito miró el marcador.

—Hombre, les sacamos siete puntos…

—Cosas más raras se han visto Sito. Cosas más raras se han visto.

—Bueno, ¿me respondes ahora a la pregunta que te he hecho antes? —le preguntó Sito veinte minutos después, una vez en la calle.

—¿Lo del ADN?

—Sí.

—¿Y cómo quieres que lo sepa?

—Hombre, como trabajas en un tanatorio…

—Claro, y como tú trabajas en un museo, lo mismo sabes decirme cuántos espermatozoides por centímetro cúbico tiene un cuco siberiano.

—Hombre, no es lo mismo. Entonces ¿no lo sabes?

—Pues claro que no lo sé. Yo atiendo a los familiares, no soy forense. Además, ¿a qué viene esa pregunta?

—Es por mi novela.

—¿Qué novela?

—¿No te lo había contado? He empezado a escribir una novela.

—Ah, pues no, no sabía. ¿Y cómo te ha dao por ahí?

—¡Hombre! A mí siempre me ha gustado lo de escribir. Y no se me daba mal de chaval, no creas…

—Oye, ¿nos tomamos una birra y unas raciones en La Gaditana?

—Por mí vale.

—Genial. Me comería un burro ahora mismo. Bueno, perdona, que te he cortado. Entonces… has empezado a escribir una novela.

—Sí, una novela negra.

—Pues seguro que la bordas. Porque tú de novelas policíacas sabes un huevo.

Sito se infló como un pez globo.

—Entonces, lo del ADN necesitas saberlo para la novela… Bueno, a lo mejor podría preguntar. Conozco a alguien en el Anatómico Forense.

—¿En serio? Joer, no sabes cuánto te lo agradezco. A ver, que creo que sí, que se puede obtener ADN de un cuerpo calcinado. Y también podría mirar en internet, supongo. Pero si me lo puede confirmar un experto…

—Sí, hombre, no te preocupes. Le llamo y te digo. Y ahora, al lío, que me rugen las tripas.

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XXXVII

Había tenido suerte. Mucha suerte. El director y su jefe se encontraban de viaje en Londres, y Brisson estaba aún de baja. De ahí que, al recibir en el museo una llamada de la OCBC, la Oficina Central de la Lucha contra el Tráfico de Bienes Culturales, y preguntar con quién podían hablar sobre un asunto relacionado con el reciente préstamo de un espécimen al Museo Nacional de Ciencias Naturales de Madrid, le hubiesen pasado a él la llamada.

—¿Sí? ¿Dígame? —De Rugy intentó mostrarse tan sereno como le fue posible.

—¿Monsieur de Rugy? Buenos días. Al aparato el teniente Blanchard, de la OCBC.

—Buenos días, teniente. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Verá, hemos recibido una llamada de la policía judicial española. Al parecer están investigando un posible robo. El de un alca gigante que les prestaron ustedes para una exposición.

—Sí. Les prestamos un ejemplar de alca gigante, un animal desgraciadamente extinguido. Pero ya está aquí de vuelta.

—El caso es que, según la policía española, podría ser que el alca que les han devuelto fuese una réplica, no el original.

—Ah, sí, sí. El lunes me llamaron de Madrid. La señorita Espejo, la responsable de la exposición, y me habló de este tema. Ya le dije que me parecía de todo punto imposible que hubiese sucedido algo así. Yo mismo supervisé la retirada del alca en Madrid, y le puedo asegurar que se trata del original. En cualquier caso, dada la insistencia de la señorita Espejo, durante el día de ayer se realizó una nueva comprobación, muy detallada, del espécimen. Y no cabe duda alguna: se trata del alca gigante original. No ha habido robo alguno.

—De acuerdo. En ese caso no le molesto más. Muchas gracias.

—A usted, teniente. Buenos días.

No habían pasado ni cinco minutos cuando sonó su móvil. Miró la pantalla: Carmen Espejo. Dejó que el teléfono sonara, una y otra vez. Lo puso en silencio y se lo guardó en el bolsillo.

—Bueno, ¿qué tenemos? —el inspector jefe Antonio Parrondo abrió la ventana de su despacho —Aparte de un calor del carajo la vela… Y de una historieta que parece sacada de un tebeo de Mortadelo y Filemón.

—Ya tenemos la información de los centros hospitalarios del resto de España —respondió la inspectora Muguruza—. En los últimos cuatro días no ha habido ningún ingreso, ni nadie que acudiera a urgencias con el nombre de Eduard Cárdenas Gamaz.

—El registro de la casa de Cárdenas, negativo —informó Fábregas—. No hemos encontrado nada. Todo estaba en orden, no había señales de violencia. Nos hemos llevado una tablet y un ordenador para examinarlos. En cuanto a los vecinos, se confirma que no lo han visto en los últimos días. La última que lo vio lo hizo el jueves pasado. Hemos visitado también los comercios de la zona. Lo vieron por última vez el sábado por la mañana, en una panadería y en el quiosco.

—¿Y qué hay de Marbella?

—Más de lo mismo. La policía local pudo acceder ayer al apartamento que tiene en la zona del pueblo, gracias a la inmobiliaria que le lleva el mantenimiento. Todo en orden. Y los vecinos no lo han visto desde el puente de mayo, lo que coincide con la información que me dieron en el puerto. Los agentes inspeccionaron el yate por si acaso. Pero tampoco encontraron nada.

—La última señal de su móvil —prosiguió Muguruza— lo sitúa cerca de su domicilio, a las 2:23 de la madrugada del domingo. Estuvo en el club o en sus alrededores hasta las 2:03. Sus movimientos previos coinciden con la historia que nos han contado.

—Y después de las 2:23, ¿nada?

—Nada.

—¿Tenemos la matrícula de su coche?

—Sí, claro.

—Pues toca revisar las cámaras próximas al domicilio. Y las de las carreteras de salida de la ciudad. A ver si encontramos algo.

—Okey.

—¿Habéis sacado algo nuevo de la familia o los amigos?

—Nada. Las declaraciones de su ex y de su hija coinciden con lo que nos contó el director. —La inspectora revisó sus papeles—. El móvil de la ex la sitúa en su casa durante la madrugada del domingo, y el resto de sus movimientos parecen normales. Su hermana, la que vive en Suiza, no ha salido de Laussane el fin de semana. Su tía, la anciana de Orense, vive en una residencia. En cuanto a las amistades de Cárdenas, no es que fuera muy popular, pero la ex nos ha proporcionado algunos nombres. Estamos contactando con ellos.

—¿Aeropuertos, estaciones de tren?

—Nada. Ya lo hemos comprobado. Seguimos alerta por si acaso.

—¿Movimientos bancarios, cajeros, tarjetas…?

—Nada de nada. Desde el sábado. Ni ha sacado dinero en efectivo ni ha pagado con tarjeta. No hay transferencias desde ni hacia sus cuentas desde la semana pasada. Algún que otro recibo, eso es todo.

—Hemos comprobado también —dijo Fábregas— si alguien del museo estaba fichado. Están todos limpios.

—Vale. Habéis comprobado las cámaras de seguridad del museo, supongo.

—Estamos en ello. Si lo del cambiazo del alca es cierto, tuvieron meses para hacerlo. Pero en el museo solo guardan las imágenes del último mes. Así que, si lo hicieron antes, no hay nada que hacer.

—De acuerdo. Contadme ahora lo del club. ¿Cómo fue la visita?

—No sé —dijo la inspectora Muguruza—. Demasiado colaboradores. Me huele mal. Llegamos allí, preguntamos por el jefe, nos recibió en un despacho impresionante, con las paredes forradas con maderas nobles, suelos de mármol, unas alfombras que debían costar más que mi sueldo de cinco años, muebles de coleccionista… Aunque algo hortera, la verdad. Le preguntamos si conocía a Cárdenas, y para nuestra sorpresa, antes de que nos diese tiempo a mostrarle una fotografía, nos dijo que sí, que era un cliente habitual. Al preguntarle si sabrían decirnos cuándo lo habían visto por última vez, Santiño nos dijo que había estado reunido con él la noche del sábado, sobre las once, pero que después no había vuelto a verlo. Se volvió entonces hacia uno de sus gorilas, el tal Chacho Méndez, el vecino de José Luis Lomas, y le preguntó si le sonaba haberlo visto después de ese día. Contestó que no, pero que preguntaría en la sala, por si alguien lo había visto después del sábado. Le indicamos que nos gustaría hacerlo nosotros en persona y Santiño respondió que no había problema alguno.

—¿Y?

—Dijeron lo mismo, básicamente. Que era un habitual, que había estado tomando unas copas… Una de las chicas reconoció que había estado con él, ya me entiende, y que se había ido sobre las dos de la mañana. También llevamos una foto de Lomas. O mejor dicho, dos. En una de ellas le pusimos un peluquín. Se las mostramos a las camareras y a las chicas también, pero ninguna pareció reconocerlo. Pero, dijeron, el local estaba a reventar el sábado, así que tampoco podían asegurar que no hubiese estado allí.

—¿Y qué dijo Santiño sobre esa reunión con Cárdenas?

—Nos contó lo mismo que Delgado, básicamente. Que como sabía que trabajaba en el museo, le había pedido tiempo atrás que le buscara un taxidermista de confianza. Uno que le hiciese un buen precio por preparar la cabeza de un toro de su ganadería y de un jabalí que había cazado hacía poco tiempo. —La inspectora puso voz grave—: “El primer jabalí que he cazado en mi vida. No sabía lo divertido que podía ser esto de la caza”, dijo. Y que Cárdenas había ido a llevárselos el sábado.

—¿Así que tiene una ganadería?

—Eso parece. En la zona de Camarena, en Toledo. Nos dijo que estábamos invitados a visitar la finca. Que le encantaría recibirnos este fin de semana. Que iba a organizar una novillada, y que así, de paso, podríamos ver las cabezas del toro y el jabalí, en el comedor de su casa.

—Si es cierto lo del alca, se han cubierto muy bien las espaldas.

—Por eso decía que me pareció todo algo… artificial, preparado.

El móvil de la inspectora comenzó a vibrar en ese momento.

—Perdón. Es del museo.

Su jefe le hizo un gesto para que atendiese la llamada.

—¿Sí?… Muy bien… Señor director… Ah, perfecto… Ya… De acuerdo. Así que no… Bien. Muchas gracias… De momento no. Pero estamos avanzando… Sí, por supuesto, en cuánto podamos decirle algo nos pondremos en contacto con usted… A usted. Buenos días.

—¿Y bien?

—El director del museo. Han comprobado su catálogo de pieles de aves y no echan nada en falta. Así que, de ser cierto lo del alca, no fue en el museo donde consiguieron las plumas.

Antonio Parrondo se puso en pie y se acercó a una pizarra blanca colgada en la pared situada a la derecha de su escritorio.

—Veamos…

Empezó a escribir mientras hablaba.

—OPCIÓN 1 – LA HISTORIA DEL ALCA ES CIERTA.  En este caso, Cárdenas entrega la mercancía, y 1.1. DESAPARECE CON EL DINERO. Dejando a su socio, Amalio Delgado, colgado de la brocha. Este, que no está dispuesto a pagar el pato mientras el otro se da la vida padre, usa una versión de la historia próxima a la realidad, la del toro y el jabalí, que todos los implicados tienen preparada y acordada de antemano por si el asunto del alca sale a la luz. Alternativamente, 1.2. SANTIÑO DECIDE QUEDARSE CON EL ALCA Y EL DINERO Y SE DESHACE DE CÁRDENAS.

—En cuyo caso —intervino la inspectora Muguruza— habría que presumir que desconoce la identidad de Delgado. O si la conoce le da lo mismo, porque sabe que no va a inculparse de un robo.

—Exacto.

—También podría ser —intervino Fábregas— que la entrega se produjese sin incidentes, que Cárdenas le adeudase aún algo de dinero a Delgado y que, esa misma noche, tuviesen algún tipo de discusión y Delgado acabase con la vida de Cárdenas. Podría incluso haberlo planificado, para quedarse con todo el dinero.

—Podría ser. Buen punto, Roberto. —Parrondo anotó en la pizarra:

1.3. DELGADO ASESINA A CÁRDENAS Y SE QUEDA CON EL DINERO.

—Creo que existe otra alternativa —dijo Muguruza.

—¿Cuál?

La inspectora se puso en pie, tomó el rotulador que le ofreció su jefe y escribió en la pizarra:

1.4. LOMAS NO DA EL CAMBIAZO.

—No entiendo. ¿Qué quieres decir?

—Sé que lo que voy a decir puede parecer algo enrevesado, pero… Supongamos que Lomas está involucrado en el asunto del alca. Y supongamos que fuese Lomas el encargado de dar el cambiazo, pero que llegada la hora de hacerlo no lo hiciese. Los dos alcas eran idénticos, por lo que es posible que Delgado no se diese cuenta de que lo que Lomas le dio, y que luego se encargó de embalar para llevar al club, era la réplica que él mismo había fabricado, y no el original. Lomas le hace llegar la noticia a Santiño, a través de su vecino Chacho Méndez, de que Cárdenas va a intentar colarle una réplica en lugar del original.

—¡Coño!

—Lomas les explica de qué manera pueden saber que se trata de una réplica: qué análisis o pruebas pueden hacer. Y cuando Cárdenas llega, le están esperando con lo necesario para hacer esas pruebas. Confirman que se trata de una réplica y le dan puerta.

—¿Y qué habría sacado Lomas de ello? Se habría quedado sin su parte del botín.

—Quizás no le importaba el dinero. Puede que al principio sí. Pero es posible que después sucediese algo que le hiciese cambiar de idea hasta el punto de desear la muerte de su jefe. Y se le ocurriese este plan, para deshacerse de él sin tener que mancharse las manos.

—El que Lomas estuviese implicado daría aún más sentido al monumental cabreo que se pilló Cárdenas cuando le vio sacando las fotos —dijo el inspector jefe—. Porque, siendo parte del equipo, ¿qué se suponía que estaba haciendo?

—Preparar su coartada, está claro.

—Perdone, jefa —dijo Fábregas—, pero yo a este tío no le veo capaz de hacer algo así. Para eso hay que ser muy listo. Y a mí, la verdad, no me lo parece. Que no digo que sea tonto, pero tampoco creo que sea un Maquiavelo, vamos…

—Hombre, complicado es, y de narices —dijo Parrondo—. Pero no todas las desapariciones a las que nos enfrentamos resultan fáciles de aclarar. Y eso cuando las aclaramos. Así que no descartemos esta opción. Eso sí, de ser cierta, necesitaríamos saber qué es lo que llevó a Lomas a querer matar a su jefe. Y no me miréis así, que seguro que más de una vez os habría gustado que fuese yo el que desapareciese. Bueno, y yo que desapareciese el mío, las cosas como son. —Se echó a reír—. Negaré siempre haberlo dicho, que conste. Pero no me refiero a una ensoñación, sino a un deseo auténtico. ¿Qué motivos podía tener Lomas?

—Bueno, puestos a intentar colarle una réplica a Santiño —dijo Fábregas—… ¿y si fue el propio Cárdenas el que tenía que dar el cambiazo y no lo hizo? Para no pillarse las manos si se descubría la tostada en París. Pensaría que, al tratarse de una réplica perfecta, Santiño no se daría cuenta.

—Pero lo haría —dijo Muguruza—. Dudo mucho que nadie, y menos un tipo como Santiño, soltase esa cantidad de dinero sin comprobar antes la autenticidad del animal. Podría haber contratado a un experto.

Parrondo escribió en la pizarra:

1.5. CÁRDENAS DECIDE ENGAÑAR A SANTIÑO Y LE ENTREGA UNA RÉPLICA.

—El abanico de posibilidades es enorme —dijo la inspectora.

—Y todo esto suponiendo que la historia del alca es cierta, lo que está por ver. —Parrondo hizo una pausa algo teatrera antes de continuar—. Supongamos ahora —se acercó de nuevo a la pizarra— que: OPCIÓN 2 – LA HISTORIA DEL ALCA NO ES CIERTA. Tal y como yo lo veo, esto da lugar a dos alternativas. La primera es que: 2.1. PERO LOMAS Y ESPEJO CREEN QUE ES CIERTA. Lomas cree ver unas diferencias en las fotos, alguien le cuenta una conversación entre su jefe y Delgado que podría tener que ver con él, y entre él y su amiga Carmen acaban creando una conspiración inexistente muy en línea con las novelas policíacas a las que tan aficionado es Lomas. En este caso, el asunto del toro y el jabalí podría ser cierto, ya que Delgado no tendría necesidad alguna de inventarse algo así.

—Y les vieron entregar unas cajas en el club.

—Efectivamente. La desaparición de Cárdenas respondería por tanto a algún asunto turbio entre él y Santiño. Algún asunto de drogas, de deudas de juego… Cárdenas no tendría motivos para desaparecer voluntariamente, salvo que le adeudara una cantidad importante a Santiño. —Parrondo escribió debajo:

ASUNTO TURBIO (¿DEUDAS?, ¿DROGAS?)

2.1.1.  SANTIÑO SE DESHACE DE CÁRDENAS.

2.1.2. CÁRDENAS DESAPARECE VOLUNTARIAMENTE POR MIEDO A SANTIÑO.

—Vale. Pero, ¿y si Lomas y Espejo se hubiesen inventado toda la historia del alca para desprestigiar a su jefe? —preguntó Fábregas.

—No, no tiene sentido, sabrían que nos acabaríamos enterando de que el alca de París es auténtico.

—Pero entonces, la conversación que mantuvieron Lomas y Espejo en el italiano, en la que supuestamente hablaron de envenenar a su jefe, ¿fue solamente eso? ¿Una charla sin intención alguna? ¿Una manera de desahogarse?

—En este caso sí —dijo Muguruza—. Porque ¿cuál sería el móvil? ¿Una bronca de su jefe? ¿Sin más?

—Bueno, una de muchas, por lo que nos han contado.

—No sé, Roberto, sigue sin parecerme motivo suficiente para matar a alguien.

El teléfono del escritorio empezó a sonar. Parrondo se acercó y levantó el auricular.

—Inspector jefe Parrondo, dígame… ¡Hombre, Carlos! ¿Tienes ya algo?… ¿Y?… ¿Seguro?… Vale. Muchas gracias. Te debo una… A ver si quedamos un día de estos, que hace mucho que no nos vemos… De acuerdo. Venga, un abrazo… Ciao, ciao.

Parrondo se volvió hacia sus subordinados.

—Ya tenemos respuesta de París. La judicial ha hablado con el museo. Los expertos han realizado una inspección del ejemplar y dicen que el alca es auténtico.

—¡La leche! ¿Cómo nos deja esto?

El inspector jefe comenzó a tachar y a escribir en la pizarra hasta dejar las posibilidades que la nueva situación les dejaba:

OPCIÓN 1. CÁRDENAS ENTREGA UNA RÉPLICA DEL ALCA.

 

1.1. ES CÁRDENAS EL QUE DECIDE ENGAÑAR A SANTIÑO Y LE ENTREGA LA RÉPLICA.

1.1.1. SANTIÑO NO SE DA CUENTA DEL ENGAÑO.

1.1.1.1. CÁRDENAS DESAPARECE CON EL DINERO.

1.1.1.2. SANTIÑO DECIDE QUEDARSE CON EL ALCA (NO SABE QUE ES FALSO) Y EL DINERO à SANTIÑO MATA A CÁRDENAS.

1.1.1.3. DELGADO ASESINA A CÁRDENAS Y SE QUEDA CON EL DINERO.

1.1.2. SANTIÑO SE DA CUENTA DEL ENGAÑO à SANTIÑO MATA A CÁRDENAS.

1.2. ES LOMAS QUIEN ENGAÑA A CÁRDENAS Y HACE QUE ENTREGUE UNA RÉPLICA à SANTIÑO SE CARGA A CÁRDENAS.

 

OPCIÓN 2. CÁRDENAS ENTREGA LAS CABEZAS DE TORO Y JABALÍ.

LO DEL ALCA ES UNA FANTASÍA DE LOMAS Y ESPEJO. ASUNTO TURBIO ENTRE CARDENAS Y SANTIÑO (¿DEUDAS?, ¿DROGAS?).

 

2.1.  SANTIÑO MATA A CÁRDENAS.

2.2. CÁRDENAS DESAPARECE VOLUNTARIAMENTE POR MIEDO A SANTIÑO.

 

—Tenemos siete posibilidades. Dos implican la desaparición voluntaria de Cárdenas. Cuatro el asesinato de Cárdenas por Santiño, una de ellas instigado por Lomas. La última, el asesinato de Cárdenas por Delgado. Bien, seguid a Lomas, a Espejo, a Delgado y al matón del club, el vecino de Lomas. No los perdáis de vista.

—Va a ser complicado, jefe. Si no tuviéramos otros casos…

—Ya me encargo yo. Me llamó Antúnez, el comisario principal. Alguien de arriba, y no voy a decir quién, tiene mucho interés en que resolvamos esto lo antes posible. Así que no os preocupéis. Tendréis los agentes que os hagan falta. Quiero también que vigiléis los movimientos bancarios de Delgado. Y localizad la ubicación de los móviles de todos ellos desde la tarde del sábado.

—El de Chacho Méndez imposible. No tenemos su número. Y además, seguramente cambie de teléfono regularmente. Podríamos pedirles a los de la UDYCO…

—Dejad en paz a los de la UDYCO. Me ha llamado Morales para darme la brasa, que a ver si les vamos a fastidiar la operación que tienen en marcha y bla, bla, bla…

—Eso mismo me dijo ayer Salazar.

—Pues de momento limitémonos a seguir al tal Chacho.

—¿Les pinchamos los teléfonos?

—Pediré la orden al juez. Cuando la tenga os digo.

___________________________________________

XXXVIII

Ramón Salinas colgó el teléfono. ¿Cómo es que la policía no sabía nada de Cárdenas aún? Que estaban avanzando, había dicho la inspectora. ¿Y eso qué quería decir? A saber. ¿Habrían hablado con París? Probablemente. Entonces, ¿por qué no le decían nada? Aquello no le gustaba. Si tenía razón y lo del alca era todo un bluf —y esperaba que así fuera—, lo mejor sería seguir manteniendo dicha posición ante la policía, dejarlo estar y no hablar de ello con nadie. Pero si al final lo del alca resultaba ser cierto y no había hecho nada por esclarecer lo sucedido, parecería que había intentado ocultarlo. De ser así, lo mejor sería adelantarse, abrir una investigación y comunicárselo a la directora del CSIC. Tenía que hablar con París. Quizás fuese buena idea hablar con el correo, con de Rugy, para tantear la situación. Y, en función de lo que le dijera, decidir cómo proceder. Levantó el auricular del teléfono y pulsó la tecla de su secretaria.

—Vali, por favor. Ponme en contacto con el Museo de Historia Natural de París. Quiero hablar con el señor de Rugy.

André de Rugy estaba a punto de salir a almorzar cuando sonó el teléfono de su escritorio.

—De Rugy al aparato… ¿De Madrid?… ¿El director?… Pero ¿por quién ha preguntado?… ¿Por mí? ¿Directamente?… —Se quedó pensativo un instante. Si evitaba hablar con Salinas, este acabaría preguntando por el director del museo, que se enteraría del asunto del alca gigante y solicitaría una inspección detallada del mismo por los especialistas. Y si resultaba ser falso…

—¿André?

—Sí, sí, Catherine, páseme la llamada, por favor. Gracias.

Al poco, oyó la voz de Salinas, dirigiéndose a él en un perfecto inglés.

—¿Monsieur de Rugy? Ramón Salinas, director del Museo Nacional de Ciencias Naturales, de Madrid.

Monsieur le Directeur, me alegro de oír su voz. ¿Qué tal va todo por ahí?

—Bueno, podría ir mejor. ¿Y usted?

—Perfectamente. Dígame, ¿a qué debo el honor de su llamada?

—Verá, ¿se acuerda del señor Cárdenas, el vicedirector de exposiciones?

—Sí, claro.

—Pues… ha desaparecido.

—¿Desaparecido? ¿Qué me está contando?

—Sí, verá, lo cierto es que su desaparición podría estar relacionada con una supuesta falsificación del alca gigante que nos prestaron ustedes.

Ah, oui, oui… Lo del alca. De hecho, la señorita Espejo me llamó anteayer y me lo contó. Pero no me dijo nada sobre la desaparición de monsieur Cárdenas.

—¿Lo llamó Carmen?

—Sí. Me expresó su inquietud acerca de la posibilidad de que el alca gigante que trajimos de vuelta a París fuese una falsificación, una réplica.

—¿Y qué opinión le merece el asunto?

—Sinceramente, cuando oí lo que me contó, me pareció una bobada. Yo mismo supervisé la operación, e inspeccioné en detalle el ejemplar antes de su embalado. Era claramente el original. Además, lo acompañé durante todo el trayecto de regreso a París. No obstante, dada la insistencia de la señorita Espejo, ayer procedimos a realizar una nueva inspección del alca. Y le puedo confirmar que se trata del original.

Salinas suspiró para sus adentros.

—No sabe cómo me alegra oírle decir eso. La verdad es que yo albergaba serias dudas al respecto. Las fotos que Carmen y José Luis me enseñaron no me parecieron muy reveladoras, la verdad.

—No, lleva usted razón. A mí me las enviaron también y me pareció que esas diferencias eran tan pequeñas que probablemente se debían a un efecto de la luz, de la cámara o… vaya usted a saber.

—Efectivamente. Bueno, veo que podemos respirar tranquilos, que todo esto no ha sido más que el resultado de un exceso de celo profesional por parte de mis empleados.

—Yo también me alegro. Y espero que encuentren pronto a monsieur Cárdenas, y que todo se quede en un susto.

—Sí, yo también. Eso esperamos todos. Bueno, monsieur de Rugy. Le agradezco enormemente que me haya atendido, y les pido disculpas por haberles hecho perder su precioso tiempo.

—En absoluto, monsieur Salinas. En absoluto. Ha sido un placer. Cualquier cosa que necesite, aquí me tiene.

—Lo mismo digo. Y por favor, trasmítale mi agradecimiento al director Vaillant.

—Por supuesto, por supuesto. Así lo haré.

—Muchas gracias. Y à bientôt.

À bientôt, monsieur le Directeur. À bientôt.

___________________________________________

XXXIX

Miró el reloj. Las seis menos cuarto. Dejó sobre la mesa el abriguito de punto que estaba tejiendo y se levantó.

—Hala, Shakira, vamos a la calle. Que papi se tiene que ir a trabajar.

La pequeña chihuahua se levantó de un salto, fue a buscar la correa y se la entregó a su dueño. Antes de entrar en el ascensor, Chacho Méndez la cogió en brazos. La perrita, acostumbrada al ritual, acercó su diminuto morro a la cara de su dueño y le lamió la mejilla, haciéndole reír. Al llegar al portal, Chacho la volvió a dejar en el suelo. Se acercaron a la puerta de la calle, pero antes de llegar a ella, esta se abrió y dio paso a su vecino del tercero. Este se lo quedó mirando, inmóvil, con la tensión dibujada en el rostro. Tenía un ojo morado, una tirita en la ceja y la mitad de la cara de mil y un colores. Sito intentó ocultar el estropicio de la cara, haciendo como que se peinaba los cuatro pelos de la frente —pelos que ya no estaban, al habérselos afeitado la peluquera para colocarle el postizo.

—¡Caray, vecino! ¿Qué le ha pasado?

La lengua de Sito se quedó bloqueada un instante.

—¿Eeehh? ¿De qué?

—¡Hombre, en la cara!

Shakira empezó a ladrarle a Sito. Chacho la volvió a coger en brazos, pero la perrita siguió ladrando.

—¡Ah! ¿Esto? —Sito se señaló el ojo—. Nada. Me caí en el baño y me di con el grifo.

—¡Vaya, hombre! Si es que los baños son muy puñeteros. Y usted, que vive solo… Mira que se lo digo yo a mi madre todos los días cuando la llamo. Mamá, la digo, estate con ojo en el baño. No vayas a resbalarte en la bañera. Miedo me da. Pues ya la voy a decir… “Que mira lo que le ha pasado a un vecino mío…”. ¡Para haberse sacao el ojo!

—No, qué va. No ha sido para tanto. Si fue un golpe de nada… Pero estas cosas, en la cara, ¡son tan escandalosas!

Shakira se había vuelto medio loca. Intentaba zafarse de los brazos de su dueño, lanzando la cabeza hacia delante, enseñando los dientes, babeando, gruñendo y ladrando.

—¡Vale ya! Es que se desquicia cuando ve a un desconocido. Bueno, me voy. A ver si se tranquiliza. Que se mejore. Y tenga cuidado en el baño, no vaya a ser que se vuelva a resbalar.

—Ya, ya. Sí, muchas gracias.

Se despidieron. Sito dio gracias al cielo por el postizo y por lo mal fisonomista que parecía ser su vecino. Entró en el ascensor. Al pulsar el botón y volver la vista al frente, pudo ver, a través del cristal de la puerta, la figura de Chacho Méndez quien, desde la puerta de la calle, lo observaba con el ceño ligeramente fruncido. El ascensor comenzó a subir. Se recostó en la pared trasera y resopló.

Chacho Méndez se dio la vuelta, salió a la calle y dejó a Shakira en el suelo para que pudiese hacer sus necesidades. ¡Pobre hombre! ¡También era mala suerte! Ya podía tener cuidado. Era lo malo de vivir solo. Al menos él tenía a Shakira y la tenía bien entrenada. En caso de que le pasase algo, la perrita sabía que tenía que ir a la puerta de la calle y empezar a ladrar hasta que viniese alguien. ¡Mira que era lista la condenada! ¿Cómo se llamaba su vecino? Ah, sí, José Luis. ¡Pobre José Luis! Parecía majo. Un poco raro, pero majo. Si no fuera por su horario de trabajo, podrían haber hecho buenas migas. Pero el club era lo que tenía… El caso es que su cara… le sonaba de algo. Mira que se lo había cruzado veces en los años que llevaban viviendo en la misma casa, pero hasta ahora no había caído en la cuenta. Era como si le hubiese visto en algún sitio. ¿En el mercado, en alguno de los puestos? Empezó a repasarlos mentalmente. ¿De la pescadería? No. ¿La pollería? Tampoco. ¿Del super? Que no, que tampoco. Espera un momento, se parecía a un actor. Sí, eso era. A un actor. Pero ¿a cuál? Shakira dio un fuerte tirón de la correa al ver a un gran danés que se aproximaba por la acera, y empezó a ladrar como una soprano afónica desquiciada, haciendo que Chacho se olvidase del asunto de Sito por el momento.

Continuará…

©Novelas por entregas, Fernando Arnáiz, 2020.

https://fernandoarnaiz.com

https://m.facebook.com/fernandoarnaiz.escritor/

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